La razón por la que enero parece no terminar nunca, según la ciencia

Enero llega justo después de diciembre, un mes igual de largo en días, pero radicalmente distinto en estímulos y ritmo.

por-que-enero-parece-no-terminar-nunca-segun-la-ciencia.jpg

UNSPLASH

Quizás sea todavía muy temprano para hablar de esto (estamos en los primeros días del mes de enero), pero ¿quién no ha experimentado esa extraña -e incómoda- sensación de que enero se siente como si nunca terminara? Sí, es la última semana del primer mes del año y parece ser que se ha prolongado más de la cuenta. A veces nos encontramos con chistes en redes que dicen cosas como: “ya estamos a 37 de enero”. Pero ¿a qué se debe esto? ¿Cuál es la razón científica por la que enero parece dilatarse de manera interminable?

El reloj del cerebro no funciona como el de la pared

La ciencia lleva décadas intentando explicar por qué el tiempo se estira o se encoge según la situación. William Skylark, investigador de la Universidad de Cambridge especializado en percepción temporal, lo dice de forma directa: el tiempo mental es una métrica frágil frente a la duración física. Dicho de otro modo, el cerebro no registra el paso de los minutos con precisión matemática. Lo interpreta.
Ese proceso depende del contexto, del estado emocional y del nivel de estimulación. Por eso hay días que pasan en un suspiro y otros que parecen no avanzar.

Miedo, aburrimiento y cafeína: cómo se distorsiona el tiempo

Los experimentos lo confirman. Sustancias estimulantes como la cafeína aceleran la sensación de paso del tiempo. En cambio, emociones intensas como el miedo lo ralentizan. En estudios donde los participantes veían películas de terror, muchos afirmaban que el tiempo había pasado más lento. El cerebro, en estado de alerta, reduce la velocidad de su reloj interno.
Ese reloj se asocia principalmente al cuerpo estriado, una región del cerebro implicada en el conteo de intervalos cortos. Aunque los investigadores sospechan que otras áreas, como el hipocampo, también intervienen. No es un sistema único ni perfectamente sincronizado, y ahí empieza el problema.

Enero llega después del mes más sobreestimulado del año

Enero llega justo después de diciembre, un mes igual de largo en días, pero radicalmente distinto en estímulos y ritmo. Diciembre se celebra en medio de reuniones, celebraciones, viajes, horarios rotos, gasto emocional y físico. Todo ocurre rápido, aunque el calendario diga lo contrario.
Enero, en cambio, baja el volumen y el ritmo de golpe. Zhenguang Cai, doctorando en la University College London que estudia la percepción del tiempo, apunta que volver al trabajo tras las vacaciones suele generar aburrimiento, especialmente cuando se compara con la estimulación de diciembre. Ese contraste hace que el tiempo se sienta más lento.

La dopamina también decide cuánto dura el mes

Aquí entra en juego la llamada hipótesis del reloj dopaminérgico. La dopamina, neurotransmisor vinculado a la motivación y la recompensa, acelera el reloj interno. Cuando hay motivación, el tiempo vuela. Cuando no la hay, se arrastra.
Estudios en animales han respaldado esta idea, aunque en humanos el panorama es más complejo. Aun así, el principio se mantiene: enero suele venir acompañado de menos estímulos gratificantes y más rutina. Menos dopamina, más lentitud percibida.

Enero se juzga en retrospectiva, no minuto a minuto

Cuando decimos que enero fue eterno, no estamos midiendo el tiempo mientras ocurre. Lo evaluamos después. Eso se conoce como juicio temporal retrospectivo. En lugar de contar segundos, el cerebro reconstruye la duración a partir de recuerdos, emociones y expectativas.
Un estudio de 2010 lo ilustra bien. A estudiantes universitarios se les asignó una tarea repetitiva. Algunos la realizaron cinco minutos, otros veinte, pero a todos se les dijo que había durado diez. Quienes trabajaron menos tiempo sintieron que el tiempo pasó rápido y que la tarea fue más agradable. Quienes trabajaron más la percibieron como interminable y aburrida. Nadie dudó de la información recibida.
Nuestra capacidad para estimar cuánto duró algo es sorprendentemente pobre, y muy influenciable.

Menos luz, más sensación de lentitud

A la ecuación se suma la luz natural. Aunque los días empiezan a alargarse en enero, la percepción sigue siendo de jornadas cortas. El profesor David Whitmore, de la UCL, explica que esta falta de luz hace que sintamos que el día termina antes de lo que realmente lo hace. Todo parece ir más despacio porque el cuerpo interpreta que el tiempo se agota antes.

Cuando pensar demasiado en el tiempo lo hace avanzar más lento

Desde los años noventa, el psicólogo Dan Zakay sostiene que el tiempo se siente más largo cuando somos muy conscientes de él y no sabemos exactamente cuándo terminará una situación. Como estar atrapado en el tráfico rumbo al aeropuerto.
Enero funciona igual. Estamos pendientes del reloj, de los propósitos, del gimnasio, del trabajo. No hay festivos cercanos ni recompensas inmediatas. El verano queda lejos y la rutina manda.
Para colmo, reconocer colectivamente que enero es largo lo vuelve aún más largo. Hablar del tiempo hace que el cerebro lo vigile, y cuando lo vigila, se estira.
La percepción del tiempo, al menos en periodos largos, refleja bastante bien cómo nos sentimos. Por eso, cuando alguien se queje de lo eterno que fue enero, no sirve de mucho recordarle que tuvo 31 días. La pregunta más reveladora es otra: ¿cómo la pasó?

Te interesará
Después de los 40, la ciencia ficción deja de ser una promesa y se convierte en una conversación seria con uno mismo más que con el mañana.
Una sabiduría, posiblemente, más colectiva que individual
La respuesta mezcla historia, estrategia comercial, burla social y, por supuesto, esa necesidad humana de empezar de cero aunque sepamos que el calendario es solo una convención.
Ten presente esto…
Más que un baile, una escena revolucionaria