La historia del Pulso de la República, según Durden

Durden

Esta es la historia del Pulso de la República. El millennial que se atreve a romper las reglas en medio de un agitado panorama político.

Esta es la historia del Pulso de la República en voz de uno de sus creadores. El Pulso es uno de los programas que más ha impactado a la sociedad mexicana actualmente. Se entrelaza y crea una narrativa que nos acompaña hasta nuestros días, siendo altamente relevante con lo que vivimos actualmente.

LA HISTORIA DEL PULSO DE LA REPÚBLICA, DE ACUERDO CON DURDEN

Una pistola en la espalda baja. Una voz de unos 19 años diciéndome con voz temblorosa que no me mueva. El temblor en la voz se transmite a la mano que empieza a rozar el cañón del arma en mi columna vertebral. No sería muy fan de andar en silla de ruedas así que me quito la mochila y se la entrego, no sin antes verlo a la cara. Un error que quizá me hubiera dejado herido, muerto o en la portada del Alarma. La voz se pone más nerviosa, pero ahora habla más fuerte y me clava más el cañón. Temo lo peor. Sin embargo, la voz, desesperada por acabar el que parece su primer asalto, me dice que camine, que no haga una pendejada, que no volteé. Y eso hago; aterrorizado no vuelvo a mirar atrás.

LA FORMA EN LA QUE CAMBIÓ SU VIDA

El Pulso de la República cambió mi vida. No sólo en el sentido cliché salido de un libro de Paulo Coelho. Realmente cambió mi persona, mi visión de las cosas y la gente; me sacó de una colonia del Estado de México y me llevó a vivir el sueño de poder pagar tu propia renta. El programa tiene un millón setecientos mil suscriptores -hasta el 2017-, se ve en México, Estados Unidos y Latinoamérica. Nos han entrevistado BBC, Al Jazeera, El País, Univisión, The Guardian y muchos otros medios. Actualmente es el contenido de comedia política más grande de Latinoamérica. Hemos hecho gira durante tres años en todo el continente y hemos entrevistado a gobernadores, candidatos e intelectuales. Una vez hasta a la Feria del Libro nos llevaron. Hemos narrado ante decenas de miles de personas la historia de cómo un abogado y un ingeniero a quienes les gustaba mucho The Colbert Report y The Daily Show, al calor de las cervezas una noche del año 2012, tomaron la decisión de empezar con una computadora el monstruo que hoy es El Pulso de la República. Ha sido un sueño de miel y flores por donde se le vea. Pero para mí, la historia empezó un poco antes.

Para mí ese ha sido el equilibrio, en el que a pesar de que me encante la comedia y sea bueno para eso, no tiene sentido si no entrega un mensaje, si no enseña algo

PREVIO AL PULSO DE LA REPÚBLICA

Desde los 15 años, viví la rutina poco publicitada del estudiante del Estado de México que no está satisfecho con las opciones educativas de donde vive. Opciones que se limitan a una carrera técnica en el Cecytem que esté más cerca de su domicilio. Nada tienen que ver tu vocación profesional, tus habilidades y muchos menos tus sueños. Para muchos significa poder salir lo más rápido de la escuela para iniciar su segundo turno en el trabajo y ayudar en la economía de su familia. La opción para los “locos” que deciden buscar lo mejor a su alcance, es estudiar en una vocacional del IPN, en un CCH o en la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM. ENP tiene 12 opciones en la Ciudad de México, la más cercana a mi domicilio en Coacalco es la número 9 “Pedro de Alba”, en la colonia Lindavista (hermosa preparatoria que se caracteriza por tener un motel de paso y un hospital de vecinos). Yo elegí esta última, lloré sangre para poder obtener 108 de los 120 aciertos que tiene la evaluación (de los cuales la UNAM pide 101), en un proceso en el que 95 por ciento de los candidatos queda fuera y que en aquel momento dejaba a más de 20 millones de estudiantes rechazados. Y este fue el primer paso en la odisea de mi vida. Afortunadamente, tuve una familia que sacrificó muchas cosas para que yo pudiera ir a la escuela y no tuviera que trabajar. Una familia que pudo financiar los 2,500 pesos que costaba transportarme mensualmente de Cocacalco a Lindavista y aguantar las dos horas y media de camino diario para ir a la preparatoria. Levantarse a las 4:30 am. Subir al colectivo. Subir al metro. Llegar a tiempo a clase de siete. Repetir. Toda la semana. Todo el mes. Todo el año. Graduarse. Levantarse a las 4:00 am. Subir al colectivo. Subir al metro. Recorrer toda la línea verde. Llegar tarde a la clase de las 7am. Repetir. Cuatro años enteros de ver cinco horas diarias a los mismos personajes que viven historias distintas pero a quienes los une la misma deficiencia del transporte público.

EL ACERCAMIENTO A LA REALIDAD MEXICANA

Conoces sus vidas, conoces sus preocupaciones, conoces sus alegrías, sus cansancios. Sabes que están enojados por algo, pero no lo pueden expresar porque nadie se esfuerza en explicarlo. Y obviamente también aprendes a reírte de eso. De la indignación. De la injusticia. De la rutina. O la matas con una broma o dejas que te mate poco a poco hasta que te des cuenta de que tienes 40 años y nunca viviste la vida que en realidad querías tener. Que no estabas viviendo, sólo respirando. Al escribir en El Pulso de la República he encontrado la mejor manera de desahogar lo que siento, toda la indignación; hacer catarsis con la seguridad de saber qué se siente vivir con 3,000 pesos al mes, no tener oportunidades laborales saliendo de la carrera o simplemente no saber si tu hermana va a regresar de la escuela. Y de la forma que más le duele a los que detentan el poder: con la comedia. La gente ve lo que escribo en El Pulso de la República y se ríe, pero sé que al mismo tiempo se indigna. Recordar una buena broma, un personaje, un apodo como jajajalisco para su estado provoca que disfruten ser más consciente de la realidad política tan enfermiza de este país. En un país en el que la información es una quimera que debe enterrarse en miles de tecnicismos, narrativa de lenguaje cansado y cientos de páginas para que la menor cantidad de personas acceda a ella, trato de que en cada línea que escribo y que magistralmente interpreta Chumel, mi socio, amigo y compañero de batalla, la gente sepa que entender la política no es complicado.

EL PROGRAMA NO SÓLO ES HUMOR...

No sólo es un programa de humor, si no una manera de acercarse un poco a los titiriteros gubernamentales y no gubernamentales que jalan los hilos que definen nuestras vidas tras bambalinas. El Pulso de la República es una manera de socializar la información que gracias a YouTube e internet se vuelve asequible a las personas que les da miedo preguntar el significado de un concepto. Que no tienen a nadie a quien preguntarle que significa “derogar” o “peculado” o “tráfico de influencias”, pero que es bien importante que lo sepan. En la sala de mi departamento de estudiante que compartía con Manuel por allá de 2014, esa ha sido una de las discusiones más constantes. ¿Cuál es la prioridad del programa? ¿La comedia? ¿La política? Para Chuma siempre ha sido la comedia, el programa no funciona si no tiene un respaldo fundamentalmente cómico, si a la gente no le parece gracioso, va a dejar de vernos, lo cual es el principal objetivo. Para mí ese ha sido el equilibrio, en el que a pesar de que me encante la comedia y sea bueno para eso, no tiene sentido si no entrega un mensaje, si no enseña algo, si no regresa algo a la gente que dedica 20 minutos a vernos. Las noticias no son lindas y muchas veces, no da para reírse de ellas. La realidad algunas veces es tan cruel que es inmune al mejor chis- te que se pueda crear. Sin embargo, son estas dos visiones distintas las que se complementan y le dan alma al programa.

LOS MILLENIALS TIENEN ESTA VOZ...

Mi generación (nací en 1990) es uno de los pokemones inatrapables para muchos sectores muy importantes del poder (y que por cierto, no saben qué es un pokémon), entre ellos el empresarial, el publicitario y sobre todo, el político. La palabra millenial es el término más pronunciado tanto en juntas creativas de publicidad como en bunkers de campañas electorales. Es la generación más numerosa y más influyente. Lo más importante es que no juega con las mismas reglas con las que jugaron sus antepasados, todo gracias a internet y las redes sociales. Pensemos en alguien que nació en 1970, aproximadamente a los 30 años abrió su primera cuenta en un Facebook arcaico. 30 años en los que las prioridades eran distintas y el uso de internet generalizado era algo relativamente nuevo y que todavía no tenía la capacidad móvil que ahora tiene, porque los precios altos de internet eran una limitación elitista antes de la reforma en telecomunicaciones. Nada de trending topics en una marcha, videos grabados desde el celular reportando abusos o peticiones de change.org. Impensable en una realidad en la que comprar un riñón y tener internet móvil costaban lo mismo. Los millenials preferimos no cargar con la hueva de bañarnos, ponernos tenis cómodos e ir a una marcha. Desde la comodidad de nuestro hogar podemos denunciar cualquier tipo de acto impune y la repercusión dependerá de cuánta gente se suba en nuestro tren del mame. Pero en el 2012, meses después de las elecciones, el panorama era aún peor, la iniciativa política del movimiento 132 que aglutinaba a todos los jóvenes, desapareció ante los ojos que la veían como parte de la primavera latinoamericana. AMLO era el candidato que tenía más votantes jóvenes haciendo campaña de forma orgánica, pero éstos se encontraron con un candidato que ni siquiera los volteó a ver. El pan con una estrategia arcaica de comunicación no supo vender el discurso de equidad que le daba tener una candidata y el PRI, bueno, es el PRI. Jóvenes que votaron por primera vez aquel 2012 vieron que eran desvirgados electoralmente por uno de los peores comicios de los que se tenga memoria. Manoseados, vilipendiados y con los tacones en la mano emprendimos la caminata de la vergüenza de las urnas a nuestras casas más asqueados de las noticias, las encuestas y la política que nunca. Amigos se perdieron por diferencias políticas, familias se pelearon y lo peor de todo, una generación se perdió porque realmente a nadie le importaba. Y en ese momento en el que todo era impopular, en el que la gente odiaba todo lo que tuviera que ver con la política y las noticias, a dos locos se les ocurre sacar un programa que giraba en torno a eso. Era nuestro pretexto para pistear y pedir pizza. Para reírnos. Para desabrocharse la corbata y olvidarse del día. Cada vez que subo a una conferencia, que escribo El Pulso o que escribo alguno de los nuevos proyectos que están a punto de materializarse, recuerdo cómo es seguir y no volver a mirar atrás. La diferencia es que ahora no lo hago por miedo.

Crédito de foto: Ricardo Urroz

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