La ciudad de los sueños es uno de los títulos más comentados de Netflix. Su historia aborda un tema delicado: el tráfico de menores desde México hacia Estados Unidos y su explotación en redes de trabajo forzado.
Desde su estreno, la pregunta se repite: ¿lo que vemos en pantalla ocurrió de verdad? La respuesta es sí, pero no como una crónica literal de un solo caso. La respuesta larga exige mirar más allá...
Jesús no es uno, son muchos
La historia sigue a Jesús, un niño mexicano que es seducido con la promesa de convertirse en futbolista profesional en Estados Unidos. El anzuelo es perfecto, pues le prometen salir de su precariedad a través del talento, la fama y el dinero. Sin embargo, al cruzar la frontera, su supuesto sueño deportivo se transforma en explotación laboral dentro de un taller clandestino en Los Ángeles, donde fabrica ropa para la industria de la moda rápida.
El personaje de Jesús no corresponde a una víctima específica. Los creadores han sido claros: lo construyeron a partir de múltiples testimonios reales de menores que han sido captados, trasladados y explotados bajo dinámicas similares. Esta decisión protege la identidad y seguridad de los sobrevivientes reales. Por otro lado, permite condensar en una sola historia patrones que se repiten sistemáticamente en la trata de personas.
En términos históricos y sociales, la película no inventa el fenómeno. La captación mediante falsas promesas es una de las estrategias más documentadas por organismos internacionales en casos de tráfico infantil.
La esclavitud moderna a plena vista
Uno de los aspectos más perturbadores del filme es su insistencia en que estos delitos ocurren “a plena vista”. No hablamos de víctimas cautivas en sótanos secretos, sino en barrios urbanos, talleres improvisados, cadenas de suministro que conectan con marcas visibles en cualquier centro comercial.
La explotación laboral infantil vinculada a la moda rápida es una realidad. La industria global ha sido señalada durante años por utilizar cadenas de producción ilegales donde el trabajo forzado y las condiciones inhumanas persisten. La película traduce esos informes y estadísticas en el rostro de un niño que cose durante horas interminables en lugar de entrenar en una cancha de futbol.
La alianza con A21
Aunque la organización A21 —dedicada a combatir el tráfico humano desde hace más de 16 años— no participó directamente en la producción, sí se asoció con la película para fortalecer su mensaje de concientización.
A21 insiste en un punto clave: la mayoría de las personas no puede identificar con certeza una situación de trata cuando la tiene enfrente. Esa ambigüedad es parte del problema y la película recoge esa idea para traducirla en tensión dramática.
¿La ciudad de los sueños está basada en hechos reales?
La ciudad de los sueños pertenece a esa tradición cinematográfica que toma realidades documentadas y las transforma en relato de ficción para llegar a un público más amplio. En este caso es una ficción construida sobre patrones comprobados de explotación infantil.
Su intención va más allá del entretenimiento, ya que busca generar conversación sobre derechos humanos, esclavitud moderna y responsabilidad social.
Históricamente, el cine ha funcionado como catalizador social cuando aborda problemáticas incómodas: desde el trabajo infantil en la Revolución Industrial hasta las migraciones contemporáneas. La ciudad de los sueños se inserta en esa línea.