A veces da la impresión de que el spritz está en todos lados. Aparece en terrazas, restaurantes, bares frente al mar y hasta en reuniones casuales donde nadie quiere complicarse con bebidas demasiado elaboradas. Su color brillante y su sabor entre dulce y amargo lo convierten en el trago ideal para los meses de calor, pero su historia está lejos de ser tan ligera y refrescante como parece.
Detrás de esta bebida que hoy se asocia con vacaciones, tardes relajadas y estilo europeo, hay una mezcla de guerra, tradición y costumbres que se arrastran desde hace más de dos siglos.
Todo nació en tiempos de conflicto
Venecia no siempre fue la postal romántica que hoy conocen millones de turistas. A finales del siglo XVIII, tras la caída de la República de Venecia a manos de Napoleón Bonaparte, la ciudad quedó bajo control del Imperio austrohúngaro.
Durante esa ocupación, los soldados austrohúngaros descubrieron el vino local y rápidamente se aficionaron a él. El problema era que los vinos venecianos tenían una graduación más alta que los que acostumbraban beber en su región. Para hacerlos más suaves, comenzaron a añadir un chorrito de agua. Ese pequeño gesto cambió la historia.
La palabra alemana spritzen significa precisamente “rociar” o “salpicar”. Con el tiempo, ese término se acortó hasta convertirse en spritz, el nombre con el que hoy se conoce uno de los aperitivos más populares del mundo.
De vino rebajado a ícono del aperitivo
Durante décadas, el spritz no fue más que vino mezclado con agua. Su transformación ocurrió en el siglo XX, cuando los licores amargos italianos comenzaron a ganar popularidad. En 1919 apareció Aperol en Bassano del Grappa, y poco después, en 1920, nació Select Aperitivo en Venecia.
Fue entonces cuando alguien tuvo la idea de sumar amaro a esa mezcla simple de vino y agua. No hay una fecha exacta, pero ese cambio convirtió una costumbre de soldados en el coctel que hoy aparece siempre en las cartas de bares en todo el planeta.
El crecimiento también coincidió con el auge de la cultura del aperitivo en Italia durante las décadas de 1950 y 1960. Tomar algo antes de cenar se volvió parte del ritual social: una pausa después del trabajo, una excusa para encontrarse con amigos y alargar la tarde.
El prosecco cambió todo
La versión moderna del spritz no estaría completa sin Prosecco. Aunque no existe un registro definitivo de cuándo reemplazó al vino tranquilo, se cree que esa transición ocurrió en los años noventa en la costa de Jesolo, cerca de Venecia.
Tiene sentido: el prosecco se produce en la región del Véneto y aportó justo lo que el coctel necesitaba para conquistar al público global. Más frescura, burbujas y una textura ligera que encaja perfecto con días calurosos y terrazas al aire libre.
No todos los spritz son iguales
Aunque muchos piensan automáticamente en el Aperol, el universo del spritz es más amplio. El clásico veneciano es el Select Spritz, preparado con prosecco, Select Aperitivo, agua mineral y una aceituna verde, un detalle pequeño que cambia por completo el sabor.
También está el Aperol Spritz, más conocido fuera de Italia, con un perfil más dulce y cítrico. Otra versión es el Cynar Spritz, hecho con el licor de alcachofa Cynar, que tiene un carácter más herbal. Y en el norte italiano surgió el Hugo, que sustituye el amaro por licor de flor de saúco y ofrece una versión más fresca y aromática.
El trago que define una temporada
El spritz no solo se volvió popular por su sabor. Tiene esa rara combinación de tradición, estética y facilidad que pocas bebidas logran. Es fotogénico, ligero y fácil de preparar, pero también carga con una historia inesperada: la de un simple vaso de vino rebajado por soldados extranjeros que terminó transformándose en un símbolo del verano europeo.
Dos siglos después, ese “chorrito” de agua inventado por necesidad sigue vivo, solo que ahora llega servido en copas grandes, acompañado de hielo, naranja y tardes largas que parecen no querer terminar.