Cada 13 de enero se celebra el Día Mundial del Chicle y, aunque suele asociarse con el aliento fresco o con matar el tiempo, en el mundo del fitness el chicle tiene una reputación curiosa. Basta ver a futbolistas, basquetbolistas o beisbolistas masticando sin parar para que surja la duda: ¿es solo una manía o realmente aporta algo al rendimiento físico?
¿La respuesta? Sí puede tener beneficios, pero con ciertas restricciones. Masticar chicle mientras entrenas no te convertirá en un atleta de élite, aunque sí puede influir en tu concentración, tu nivel de estrés e incluso en la forma en la que tu cuerpo responde al ejercicio. La clave está en entender qué ocurre en tu cerebro y en tu sistema cardiovascular cuando no dejas de mover la mandíbula.
Chicle, cerebro y enfoque mental
Masticar no es un gesto automático sin consecuencias. Cada movimiento activa receptores en las encías y la boca que envían señales eléctricas al cerebro. Ese “ruido” extra obliga al sistema nervioso a trabajar un poco más, lo que se traduce en mayor estado de alerta y mejor capacidad de concentración.
En entrenamientos que requieren coordinación, toma rápida de decisiones o atención constante —como deportes de equipo, boxeo o incluso sesiones intensas de pesas— esto puede marcar una diferencia sutil pero real.
Además, ese aumento de actividad cerebral incrementa el flujo sanguíneo hacia el cerebro. Para cubrir esa demanda, el corazón acelera ligeramente su ritmo. El resultado es un sistema más activado, con mejor comunicación entre cerebro y músculos, algo que explica por qué muchos atletas sienten que “piensan más rápido” cuando mastican chicle.
Menos estrés, mejor rendimiento
Otro punto a favor es el manejo del estrés. La masticación estimula la corteza prefrontal, una zona clave para la regulación emocional. Al hacerlo, se activan neuronas que liberan serotonina, un neurotransmisor asociado con la sensación de bienestar y calma mental. En términos prácticos: menos ansiedad, menos tensión y mayor capacidad para mantener el foco durante el esfuerzo.
Esto es especialmente útil antes de una competencia, en entrenamientos duros o cuando entrenas después de un día pesado. No elimina la presión, pero ayuda a que no te juegue en contra.
¿También ayuda a quemar más calorías?
Aquí la ciencia se pone interesante. Un estudio realizado en la Universidad de Waseda, en Japón, encontró que masticar chicle mientras se camina aumenta la frecuencia cardíaca tanto en hombres como en mujeres. Sin embargo, el dato llamativo es que en hombres mayores de 40 años también se observó una quema de calorías mayor en comparación con quienes no masticaban.
La explicación más aceptada apunta a la llamada sincronización cardiolocomotora: una especie de coordinación natural entre el ritmo del corazón y el movimiento del cuerpo. Al masticar, ese sistema parece activarse más, elevando ligeramente el gasto energético. No es magia ni sustituye al entrenamiento, pero suma.
¿Todo chicle sirve?
No exactamente. Los estudios sugieren que los chicles más duros estimulan mejor la atención que los blandos, y que los chicles con sabor activan más receptores que los neutros. Eso sí, conviene elegir versiones sin azúcar para evitar picos innecesarios de glucosa y cuidar la salud dental.
Masticar chicle mientras haces deporte puede ayudarte a concentrarte mejor, reducir el estrés y, en ciertos casos, elevar ligeramente la frecuencia cardiaca. No es un suplemento milagro ni una estrategia central de entrenamiento, pero sí un pequeño hábito que puede jugar a tu favor, sobre todo en sesiones largas o mentalmente demandantes.
Este 13 de enero, Día Mundial del Chicle, quizá sea un buen momento para probarlo. Al final, en el fitness, a veces los detalles más simples son los que hacen la diferencia.