Vivimos rodeados de recordatorios de productividad, urgencia y futuro. Planes, metas, pendientes. Pero casi nadie nos recuerda algo igual de esencial: que estamos vivos ahora. Ahí es donde entra Memento vivere, una expresión latina breve y directa que significa “recuerda que has de vivir”. En vez de verlo como una consigna motivacional, sería prudente adoptarla como una forma de colocar la mente y el carácter en su sitio.
Memento vivere no nace solo. Es hijo de una frase más conocida y más incómoda: Memento mori, “recuerda que vas a morir”. Ambas se entienden mejor juntas. Una sin la otra queda incompleta.
Vivir porque vamos a morir
Horacio, el poeta latino, fue quien dejó estas ideas escritas con una claridad que sigue vigente dos mil años después. Sabía que el tiempo vuela (tempus fugit) y que la conciencia de la muerte no debía paralizar, sino empujar a vivir mejor. De ahí su famoso Carpe diem: aprovecha el día, no porque todo sea fiesta, sino porque nada está garantizado.
Memento mori parece sombrío. Carpe diem suena alegre. En realidad son dos caras de la misma moneda. Saber que la vida es finita le da peso a cada decisión. Y de ahí surge Memento vivere: no olvides que tu tarea principal no es sobrevivir ni acumular, sino vivir con presencia y sentido.
El presente como único territorio real
Memento vivere apunta siempre al ahora. No es una negación del pasado ni una renuncia al futuro, sino un recordatorio claro: solo en el presente puedes actuar. Los antiguos griegos ya lo sabían. El budismo lo ha repetido durante siglos. Y hoy lo encontramos, a veces diluido, en prácticas como el mindfulness.
La idea es simple, aunque no fácil: gran parte del sufrimiento humano nace de quedar atrapados en lo que ya fue o en lo que aún no existe. La mente salta, se anticipa, se culpa. Vivir conscientemente el presente no es euforia ni evasión; es aceptar las cosas como son y responder desde ahí, sin resistencia inútil.
Memento vivere no es “vive el momento” entendido como impulso o exceso. Es estar atento a lo que ocurre mientras ocurre. Darle valor incluso a lo pequeño, porque es lo único que realmente tenemos.
Libertad, responsabilidad y acción
Desde otra trinchera, el existencialismo llegó a conclusiones similares. Jean-Paul Sartre sostenía que el pasado se reconstruye desde el presente y que el futuro se proyecta desde el ahora. Todo parte del hoy. No hay excusas metafísicas: somos responsables de lo que hacemos con este instante.
En ese sentido, Memento vivere no es una frase cómoda. Obliga a mirar de frente nuestras elecciones. Vivir conscientemente implica asumir libertad, y la libertad siempre pesa. No hay destino que nos absuelva de vivir a medias.
Placer, medida y sabiduría
Epicuro, muchas veces malinterpretado, entendía bien este equilibrio. Para él, la felicidad no era el exceso, sino la ausencia de dolor. El placer sí importaba, pero debía ser inteligente. Satisfacer el cuerpo sin perder la calma del espíritu. Buscar el término medio, porque el desenfreno de hoy suele convertirse en sufrimiento mañana.
Ese es otro rostro de Memento vivere: disfrutar, sí, pero con criterio. Saber qué vale la pena y qué solo distrae. Reconocer que el bienestar no está en acumular sensaciones, sino en sostener una vida que no duela.
Vivir con intención
Memento vivere no promete felicidad permanente ni elimina la incertidumbre. Lo que ofrece es una brújula para recordarte, una y otra vez, que no estás aquí para aplazar tu vida, ni para vivir en automático, ni para llegar exhausto a un futuro que tal vez no exista.
Recordar que estás vivo fortalece la mente porque la ancla al presente. Fortalece el alma porque la vuelve consciente. No es un lema para repetir, sino una práctica diaria: atender, elegir, vivir.
Nada más. Nada menos.