Callar durante una discusión puede parecer una salida elegante. No levantar la voz, no confrontar, no “hacer drama”. Desde afuera, incluso, puede leerse como madurez. Pero desde la psicología, el silencio sostenido suele contar una historia mucho más compleja y, en muchos casos, más costosa para quien lo practica.
En relaciones de pareja, familia o amistad, hay personas que optan por no decir lo que sienten ni lo que necesitan para evitar conflictos, discusiones incómodas o el riesgo del rechazo. El problema es que ese silencio, lejos de proteger, termina cobrando factura: resentimiento acumulado, frustración constante y una autoestima que se va erosionando sin hacer ruido.
Callar no siempre es calma: a veces es miedo
Según los especialistas, este patrón suele tener raíces profundas. Muchas personas aprendieron, desde muy jóvenes, que expresar emociones era peligroso: podía generar rechazo, castigo o abandono. En entornos donde el conflicto se vivía como una amenaza y no como una oportunidad de diálogo, el silencio se convirtió en una estrategia de supervivencia.
Así, callar no nace de la tranquilidad, sino del miedo: miedo a perder el afecto, a ser juzgado o a incomodar al otro. El costo es alto. Como explica el psicólogo Walter Riso, autor de Los 7 pilares del amor propio, quienes viven así terminan “aceptando lo inaceptable”. Es decir, sacrifican sus límites y necesidades con tal de conservar la relación, reforzando la idea de que su voz vale menos.
El perfil del que siempre dice “no pasa nada”
Quienes evitan discutir suelen usar frases comodín como “no importa”, “da igual” o “no es tan grave”, incluso cuando sí lo es. A veces, llegan al extremo de cambiar su opinión para coincidir con la de los demás. Detrás de esta actitud suelen aparecer rasgos muy concretos:
- Alta sensibilidad a los sentimientos ajenos
- Tendencia a la pasividad o la sumisión
- Dificultad para poner límites claros
- Evitación de temas incómodos
- Necesidad constante de aprobación
A nivel emocional, esto suele venir acompañado de ansiedad, autoexigencia elevada y una sensación interna de frustración: saber que algo debió decirse… y no se dijo.
En la pareja: dos formas muy distintas de evitar el conflicto
No todas las personas que evitan discutir lo hacen por las mismas razones. La psicoterapia distingue dos tipos claros:
1. Evitación por autoconservación
Aquí, el silencio es un escudo. La persona está en una relación donde sus puntos de vista no son respetados y evita discutir para protegerse emocionalmente. No es cobardía: es una forma de defensa frente a dinámicas desgastantes, luchas de poder o falta de respeto.
En estos casos, se sugiere identificar con calma algunos límites clave. Si la pareja no puede respetarlos, el problema no es el silencio, sino la seguridad emocional de la relación.
2. Evitación por razones egoístas
Este es el lado incómodo del silencio. Aquí, callar sirve para esquivar responsabilidades: ocultar información, evitar dar explicaciones o no enfrentar las consecuencias de los propios actos. Frases como “no te lo dije para no estresarte” suelen encubrir decisiones que sí afectan al otro. En este caso, el silencio no cuida la relación: la debilita.
Amor propio: la salida que no hace ruido, pero sostiene
Romper con el hábito de callar no implica volverse agresivo ni discutir por todo. Implica algo más profundo: fortalecer el amor propio. Para Walter Riso, quererse a uno mismo es aprender a cuidarse, poner límites y defender el espacio emocional personal.
El amor propio, explica, es uno de los factores más importantes para resistir la ansiedad y la depresión, y también para construir relaciones más sanas. Sus siete pilares van desde la aceptación incondicional de uno mismo hasta vivir el amor propio en acción, conectándolo con los propios valores.
Riso lo resume con una idea poderosa: cuando alguien te ignora, la mejor respuesta no es la rabia ni la humillación, sino volver a tu propio centro.
Hablar también es dignidad
Aprender a comunicar lo que se siente, aunque incomode, depura en lugar de romper las relaciones auténticas. Una comunicación más directa y honesta fortalece la confianza en uno mismo y permite vínculos más reales, donde no hace falta desaparecer para que todo “esté bien”. Es cierto que, en ocasiones, el silencio ocasional puede ser sabio, pero el silencio permanente casi siempre es una señal de que algo dentro está pidiendo ser escuchado. Esa voz, aunque tiemble, también merece un lugar en la conversación.