¿Quién soy, de verdad? Esta pregunta puede cambiarlo todo, pero casi nadie la hace en serio hasta que algo se rompe en su interior. No quién dicen que soy, no quién esperan que sea, no quién aprendí a ser para sobrevivir, sino quién soy cuando nadie está mirando. Suena simple, pero no lo es. Lo que pasa es que la mayoría de nosotros no construimos nuestra identidad desde adentro, sino desde los reflejos que recibimos afuera. ¿Cómo nos afecta esto y qué hacer al respecto?
El problema de vivir en un espejo
Desde que somos niños, aprendemos a vernos en los ojos de los demás. Primero en los padres, luego en la familia, después en la escuela, más tarde en las parejas, los amigos y ahora también en las redes sociales. Poco a poco, esas miradas se convierten en un molde: el responsable, la fuerte, el rebelde, el que siempre puede con todo, o el que siempre falla. El problema es que esos no son necesariamente descripciones, sino adaptaciones.
El psiquiatra Carl Jung llamaba a esto la “persona”: una máscara que usamos para funcionar en el mundo, pero que no representa toda nuestra verdad. El riesgo aparece cuando olvidamos que es una máscara y empezamos a creer que es nuestra cara real. Ahí es donde comienza la desconexión.
El origen invisible de muchos de tus comportamientos
Imagina a un niño al que siempre le dicen que es “difícil”. Con el tiempo, ese niño no solo escucha esa palabra: la incorpora. Empieza a actuar desde ahí, incluso sin darse cuenta.
Pero muchas veces ese papel no nació en él, sino en las necesidades emocionales de su familia.
En psicología profunda, esto se conoce como proyección: emociones, deseos o conflictos no resueltos de los padres que terminan expresándose a través de los hijos. Es decir, a veces no eres quien eres por elección, sino por adaptación.
El psicólogo humanista Carl Rogers decía que muchas personas viven alejadas de su “organismo real” porque han aprendido que el amor y la aceptación dependen de comportarse de cierta manera. Así que se convierten en lo que es seguro ser, no en lo que es auténtico ser.
Eso tiene un costo que es una sensación persistente de vacío, de estar actuando, de no sentirse completamente vivo.
El momento en que algo dentro de ti pide salir
Casi siempre hay señales como pueden ser aburrimiento profundo, sensación de estar atrapado, cansancio que no es físico, o la impresión de que estás viviendo la vida correcta para otra persona. No es una crisis sino más bien una invitación a hacer una búsqueda interna.
El psicólogo Abraham Maslow lo llamaba autorrealización: el impulso natural de convertirte en quien realmente eres, no en quien aprendiste a ser.
El primer paso es dejar de mirar afuera
Encontrarte no es añadir algo nuevo, sino quitar lo que no es tuyo. Eso es algo que empieza con algo incómodo pero poderoso: mirar hacia adentro. No necesitas hacerlo perfecto sino solo empezar.
Una herramienta sorprendentemente efectiva es escribir como una especie de diálogo interno. Escribe lo que sientes sin editar, escribe lo que te molesta, lo que quisieras hacer si no tuvieras miedo. Verás que con el tiempo, empiezan a aparecer cosas que no sabías que estaban ahí.
También puedes hacerte preguntas incómodas: ¿Estoy viviendo para agradar o para sentirme vivo? ¿Qué partes de mí escondo para que me acepten? ¿Qué haría diferente si no tuviera que demostrar nada? No necesitas responder todo de inmediato. El valor está en abrir la puerta.
El mitólogo Joseph Campbell decía que el verdadero viaje del héroe no es vencer dragones, sino encontrarse a sí mismo.
Y eso se traduce en pequeñas decisiones como decir que no, cambiar de opinión, permitirte sentir cosas que antes reprimías, o dejar de justificar quién eres. Es también entender algo fundamental: tu verdadero yo no es una versión perfecta de ti, es una versión honesta.
No tienes que hacerlo solo
A veces necesitamos ayuda para ver lo que no podemos ver por nuestra cuenta. En ese sentido es cuando conviene ir a terapia, la cual no es para personas rotas, sino para personas que quieren conocerse.
Un buen proceso terapéutico es como tener un espejo que no distorsiona. Ahí puedes descubrir que muchas de las cosas que creías que eran defectos eran, en realidad, partes tuyas que nunca tuvieron espacio para existir.