Hay quienes te dirán que leer ficción literaria es una pérdida de tiempo. Que mejor vayas al gimnasio, que inviertas, que hagas networking, que veas videos de 15 segundos donde un tipo con voz nasal te explica cómo “ser tu mejor versión” mientras se graba desde un Lamborghini rentado. Pero aquí va una verdad incómoda: si no estás leyendo ficción literaria, estás perdiéndote de la forma más elegante, radical y poderosa de entender el mundo y, de paso, de entenderte a ti mismo.
Leer ficción: la única droga que no destruye tus neuronas
Empecemos por lo básico: leer ficción literaria cambia tu cerebro. Y esto no es poesía barata. Un estudio publicado en Science (Kidd & Castano, 2013) demostró que leer ficción literaria —no thrillers prefabricados ni biografías infladas de influencers— aumenta significativamente tu teoría de la mente, es decir, tu capacidad de comprender pensamientos, emociones y motivaciones ajenas. Traducido a lenguaje masculino básico: te ayuda a no ser un humano insensible.
Además, otro estudio de la Universidad de Emory (Berns et al., 2014) encontró que leer ficción deja una “sombra neurológica” en tu cerebro. Es decir, incluso días después de leer, ciertas conexiones neuronales continúan activas, como si hubieras vivido esa historia. Porque eso es lo que hace la buena ficción: no te la cuenta, te la hace vivir.
Leer es un acto subversivo (y un escape legal)
En un mundo que te exige estar todo el tiempo produciendo, corriendo, rindiendo, vendiendo tu alma en forma de presentaciones de PowerPoint, leer una novela es una forma de resistencia. Es como decirle al sistema: “no voy a ser productivo esta hora porque quiero saber qué demonios va a pasar con Gregor Samsa o si Anna Karenina en serio se va a tirar al tren”.
Leer te saca del algoritmo, de la notificación urgente, del correo laboral de las 10 p.m. Te libera. Es un respiro, una pausa, una ventana que se abre en medio del encierro cotidiano. Y además, a diferencia de las series, no te pone anuncios antes del clímax emocional.
Pero… ¿por qué ficción literaria y no cualquier libro?
Porque no todo lo que tiene letras es lectura. Así como no todo lo que tiene proteína es comida. La ficción literaria —esa que exige un poco de esfuerzo, que está escrita con belleza, que explora la complejidad de los personajes, que no te da todo masticado— es el gimnasio de tu alma.
Leer a Dostoyevski, Morrison, Borges o Chimamanda es enfrentarte al misterio de lo humano, a lo ambiguo, lo contradictorio, lo incómodo. Y eso es infinitamente más nutritivo que cualquier libro de autoayuda con fórmulas de cinco pasos para ser millonario sin salir de tu casa.
Leer te hace más deseable (aunque no lo sepas)
Esto puede dolerle a varios: leer te hace más interesante. Punto. En la era de las apps de citas y los perfiles calcados, ser una persona que puede sostener una conversación sobre Faulkner, Kazuo Ishiguro o Mariana Enríquez es el equivalente cultural de tener abdominales marcados. Porque te da perspectiva, lenguaje, humor, memoria. Y porque —aunque nadie lo diga en voz alta— la inteligencia es sexy.
¿Y si no tengo tiempo?
No tienes tiempo porque se lo das a todo lo demás. A Instagram, al correo, al estrés innecesario. Leer 20 minutos al día no va a destruir tu agenda. Pero sí puede reconstruir algo más valioso: tu sensibilidad.
Haz el intento: apaga el teléfono, siéntate con un libro. No uno de esos de “cómo hacer networking con tiburones”, sino una buena novela, un cuento bien escrito, algo que te empuje fuera de tu zona de confort. Pronto notarás que tu forma de mirar el mundo cambia.
¿Por dónde empezar?
Si te convencí (y si no, igual hazlo), aquí algunas recomendaciones para distintos tipos de lectores:
Si te gustan las emociones intensas: “Los hermanos Karamazov” de Dostoyevski. Te va a sacudir el alma.
Si quieres algo contemporáneo pero profundo: “Nunca me abandones” de Kazuo Ishiguro. Sutil, devastador.
Si prefieres cuentos y poco a poco: “Cuentos reunidos” de Samanta Schweblin o “Hombres sin mujeres” de Murakami.
Si te va el estilo oscuro y atmosférico: “Nuestra parte de noche” de Mariana Enríquez o “La carretera” de Cormac McCarthy.
Si no has leído ficción desde la prepa y te da miedo empezar: “El viejo y el mar” de Hemingway. Corto, directo, brutalmente hermoso.
Leer ficción literaria no es un lujo para intelectuales ni una nostalgia de tiempos pasados. Es una necesidad. Un acto de rebeldía. Un refugio. Y, sobre todo, un hábito que puede darte más herramientas para vivir —y no solo sobrevivir— este extraño experimento que llamamos existencia.
Así que sí, apaga el celular. Ponte cómodo. Abre un libro. Y empieza a vivir más de una vida. Porque eso, al final, es lo que hace la literatura: te multiplica.
¿Vas a seguir siendo un espectador… o vas a entrar a la historia?