El calor de la Ciudad de México se siente fuerte en la terraza de uno de los restaurantes más conocidos de la colonia Cuauhtémoc, en el centro de la CDMX. El movimiento de la calle contrasta con la calma de la mesa donde Sebastián Zurita se sienta a conversar. Viene de Oaxaca, donde celebró el cumpleaños de su padre junto con su familia, y en unas horas volverá a tomar un avión rumbo a Los Ángeles.
Hay algo de tránsito constante en su vida. Aeropuertos, filmaciones, sesiones de fotos, proyectos en México y el extranjero. Sin embargo, esa mañana parece estar en pausa. Está relajado, recién llegado de la playa y celebrando también el cierre de una etapa de trabajo: después de meses preparando la campaña Fall de Original Penguin by Munsingwear, finalmente puede relajarse y disfrutar el momento.
La marca eligió al actor, productor y modelo mexicano como embajador para presentar su colección de sportswear y Premium Blend, una de sus fragancias insignia. Para Zurita, la colaboración llegó de manera natural, en una etapa en la que también parece estar redefiniendo su relación con el trabajo, la moda y consigo mismo.
Su estilo dejó atrás las reglas que alguna vez siguió
De niño le decían “el licenciado” porque acostumbraba vestir con corbata. Durante mucho tiempo, los trajes y las prendas formales fueron parte esencial de su manera de vestir. Hoy, sin embargo, Sebastián se encuentra en otro lugar.
“Yo era una persona mucho más formal. Me gustaban los trajes”, recuerda. Con los años, esa rigidez comenzó a desaparecer y dio paso a una relación más libre con la ropa.
“Me he vuelto un poco más experimental. Me gusta probar cosas nuevas, estar más relajado, estar cómodo”, explica.
Para él, ambas cosas no están peleadas. Verse bien y sentirse cómodo pueden formar parte de la misma ecuación. De hecho, una de sus ideas más claras sobre la moda masculina tiene que ver precisamente con romper esa falsa oposición.
“Mucha gente cree que la comodidad no tiene que ver con estar bien vestido, y no tiene nada que ver”, afirma.
Vestirse también significa aprender a cambiar
Parte de esa evolución ocurrió frente a las cámaras. Las portadas, las sesiones de fotos y el trabajo con stylists lo llevaron a probar prendas que jamás habría elegido por cuenta propia.
“Hay que ir rompiendo tus propios tabús de lo que tú crees que se te ve bien y lo que no y experimentar”, dice.
El oversize es un buen ejemplo. Durante mucho tiempo le costó adoptar las siluetas amplias porque prefería las prendas más ajustadas. Hoy la historia es diferente.
“Al principio me costaba trabajo porque me gustaban las cosas más fit y ahora me encanta el oversize”, cuenta.
Su estilo, entonces, no responde a una fórmula fija. Cambia con él. Esa capacidad para experimentar también parece reflejar una transformación más profunda en su carrera.
Su carrera atraviesa un momento de cosecha
Los últimos años estuvieron marcados por decisiones importantes. Desde su casa productora comenzó a rechazar proyectos que podían parecer más sencillos para buscar personajes, historias y oportunidades diferentes.
“No te puedes quedar siempre en la zona de confort”, explica al hablar de esa etapa.
No fue un periodo fácil. La industria atravesó años complejos y apostar por caminos menos seguros implicó esperar. Ahora, sin embargo, siente que aquellas decisiones empiezan a dar resultados.
“Este último año ha sido un año de ir cosechando lo que se ha ido sembrando”, asegura.
Durante el último año ha trabajado en varios proyectos en España, un territorio profesional al que había querido llegar durante mucho tiempo. En apenas unos meses consiguió participar en cinco proyectos allá, además de continuar con producciones mexicanas.
La recompensa no está solamente en los créditos. También está en haber comprobado que decir que no a ciertas oportunidades puede abrir otras puertas.
¿Qué busca Sebastián antes de aceptar un proyecto?
La pregunta que se hace actualmente es sencilla: ¿se la va a pasar bien haciéndolo?
“Mi primera pregunta es: ¿me la voy a pasar bien haciéndolo hoy?”, cuenta.
El tamaño del proyecto, su alcance o el resultado final dejaron de ser los únicos criterios. Sebastián aprendió que el resultado depende de demasiados factores como para convertirlo en la principal motivación.
“Hoy por hoy es como: ¿voy a disfrutar el proceso?”, explica.
Busca historias que no haya hecho antes, personajes que representen un reto y trabajos que lo saquen de su zona de confort. Esa búsqueda incluso lo llevó a esperar por oportunidades que realmente le interesaran.
“Estoy como en ese punto de decidir y hacer cosas que me gusten y me ilusionan”, resume.
Después de años de carrera, la prioridad parece ser otra. No acumular proyectos por acumularlos, sino encontrar razones para disfrutarlos.
El kitesurf es su manera de desconectarse del mundo
Cuando no está filmando o trabajando en una sesión fotográfica, Sebastián busca una experiencia completamente distinta. Su respuesta es el kitesurf.
“Es como una cuestión que es como mi happy place”, dice.
El deporte se convirtió en su lugar de escape. Viaja con frecuencia a La Ventana, en Baja California, para practicarlo y desconectarse del teléfono y de las obligaciones.
La dinámica combina una tabla, un arnés y una cometa que aprovecha la fuerza del viento para desplazarse sobre el agua. Para alguien que disfruta los deportes extremos, la sensación tiene un atractivo evidente.
“Es como si estuvieras como medio snowboardeando, surfeando, pero con un papalote pegado a ti”, explica. “Siento que es como que estás volando. Es rarísimo, me encanta”.
Llegó a este deporte en 2015, cuando unos amigos con los que practicaba wakeboard lo invitaron a probarlo. Al principio tuvo miedo. Pensaba que podía ser demasiado peligroso.
Fue todo lo contrario.
“Fui y me encantó y he sido un adicto desde ese entonces”, recuerda.
El miedo también le enseñó a respetar los límites
Su pasión por el kitesurf no significa que desconozca sus riesgos. Recuerda especialmente una experiencia en Tulum, cuando una tormenta apareció mientras estaba en el mar.
La lluvia comenzó y los truenos hicieron evidente el peligro. En un deporte donde el viento puede levantar a una persona varios metros, una tormenta no es un escenario para improvisar.
“Es un deporte que le tienes que dar mucho respeto”, reconoce.
La experiencia terminó bien, pero le dejó una lección clara. En el kitesurf, la distancia entre la adrenalina y el peligro puede ser mínima.
“Te alejas tantito y sales volando 15 metros”, advierte.
Quizá por eso la disciplina funciona también como una forma de desconexión. En el agua no hay espacio para pensar en el siguiente proyecto, responder mensajes o preocuparse por lo que ocurrirá mañana. Hay que estar ahí.
Su nueva prioridad es disfrutar el presente
Hay una idea que atraviesa toda la conversación: aprender a detenerse.
Sebastián recuerda el consejo de un actor veterano durante una producción de Cómo ser un soltero. En el último día de trabajo, aquel actor reunió al elenco y al equipo para pedirles que cerraran los ojos y agradecieran el momento.
La razón era simple. Probablemente nunca volverían a trabajar todos juntos.
La reflexión se quedó con Sebastián. Desde entonces intenta repetir ese ritual al terminar cada proyecto.
“Trato de darme ese mismo momento que él me regaló y trato de hacerlo con el crew”, cuenta.
Para él, ese instante sirve para reconocer todo el esfuerzo que hay detrás de una producción y, sobre todo, para dejar de pensar inmediatamente en lo siguiente.
“Yo siempre estaba pensando en lo que sigue”, reconoce. “Creo que es un mal que muchas veces tenemos: no estar en el presente”.
Después de una carrera marcada por el movimiento constante, aprender a quedarse unos minutos en el momento parece ser una de sus decisiones más importantes.
A los 40, la felicidad se convirtió en una prioridad
Sebastián atraviesa también una etapa personal distinta. Lleva casi un año y medio fuera de casa debido al ritmo de trabajo y reconoce que, aunque se trata de una situación privilegiada, también existe el cansancio de estar lejos.
“He estado filmando y trabajando por todos lados, pero de repente extrañas tu casita”, dice.
La experiencia lo ha llevado a replantear algunas prioridades. Más que perseguir una idea abstracta del éxito, quiere encontrar aquello que realmente lo haga feliz.
“Ya estoy en el punto de: quiero ser feliz”, afirma.
Después de cuatro décadas de vida, la conclusión parece sencilla, pero no necesariamente fácil de alcanzar. La felicidad dejó de ser una consecuencia que llegará después de conseguir determinado proyecto, reconocimiento o meta.
Ahora forma parte de la decisión.
La fama no es lo mismo que ser actor
Sebastián creció en un entorno donde la exposición pública formaba parte de su vida desde muy temprano. Por eso distingue entre ser conocido y ejercer una profesión.
“No conozco otra cosa”, explica. “Era como famoso antes de nacer, casi, casi”.
Esa exposición le ha permitido experimentar el cariño del público hacia él y su familia, algo que considera una de las partes más valiosas de ser una figura pública. Pero también existe una cara menos cómoda.
A veces, incluso en momentos personales, existe la expectativa de explicar lo que ocurre, tomarse una fotografía o mostrarse frente a los demás.
“Hay momentos que pueden pasar cosas y tienes que estar tomándote la foto, tienes que hacer esto”, reflexiona.
Para Sebastián, esa es una de las contradicciones de ser una figura pública. El reconocimiento puede ser consecuencia del trabajo, pero no debería convertirse en su razón de ser.
La pregunta que se ha hecho es contundente: si nadie lo conociera, ¿seguiría siendo actor?
“Yo quiero ser actor”, responde. Y lo deja todavía más claro: “Si nadie me viera, seguiría siendo actor”.
La música representa el lado que pocos conocen de él
Si hubiera elegido otra profesión, Sebastián no duda demasiado: habría escogido la música.
Toca la batería y la guitarra y durante una etapa de su vida tocó rock pesado. Su lista de bandas favoritas deja poco espacio para las apariencias: System of a Down, Static-X, Iron Maiden, Korn, P.O.D., Extremoduro, Rata Blanca y Dream Theater.
“Soy músico frustrado definitivamente”, admite entre risas.
Pero detrás de esa frase existe una mirada seria sobre el oficio. Sebastián sabe que amar la música no necesariamente significa estar preparado para vivir de ella.
“La música yo creo que es lo que más me gusta”, reconoce. Pero también considera que convertirse en músico exige disciplina y respeto por el proceso.
No basta con querer tocar. Hay que practicar.
“Mucha gente regresa a lo mismo. Les gusta la idea de ser músico, pero no el día de estar haciendo escalas todo el día para llegar a tocar como deberías de tocar”, explica.
Por ahora, la actuación sigue siendo su camino. La música permanece como ese sueño pendiente que algún día podría convertirse en algo más.
Sebastián Zurita está aprendiendo a elegir lo que lo hace feliz
Entre una campaña de moda, un vuelo a Los Ángeles, una producción en España y una escapada para practicar kitesurf, Sebastián Zurita parece encontrarse en una etapa de transición.
Ya no busca únicamente trabajar más. Busca trabajar mejor. Ya no se trata solamente de vestir bien, sino de sentirse cómodo con aquello que lleva. Y tampoco parece interesado en perseguir cada oportunidad, sino en escoger aquellas que despierten curiosidad y representen un desafío.
“Estoy en un proceso de reencontrarme, de crecimiento y de poder encontrar cosas que me hagan feliz”, dice.
La frase resume buena parte de la conversación. También explica por qué su estilo ha cambiado, por qué elige proyectos diferentes y por qué necesita desaparecer de vez en cuando frente al mar, con una cometa sobre la cabeza y lejos del teléfono.