Históricamente, Baja California juega un papel secundario en la narrativa del vino nacional. Este rincón del país no fue el primero en elaborar vino y tampoco es el único que lo hace en la actualidad. Sin embargo, cuando hablamos del presente, el estado acapara los reflectores. Hoy, al menos tres cuartas partes del vino mexicano proviene de un solo municipio de la Baja.
A 40 kilómetros del puerto de Ensenada, el Valle de Guadalupe es una de las regiones que concentran la actividad vitivinícola en el estado. Tapizado de restaurantes premiados y bodegas vanidosas, este destino ha sabido aprovechar la vid para vender un estilo de vida. Uno que a veces se afinca en el campo, otras en el absurdo y, a menudo, en una mezcla de ambos.
Es verdad que el Valle de Guadalupe atrae tanto a puristas del vino como a cazadores de momentos aesthetic. Y es cierto, también, que muchos de sus atractivos son descaradamente caros. Por fortuna, no todos los proyectos tienen la misma visión ni las mismas pretensiones. En plan netamente enológico, como este destino en México no hay dos.
Al vino, vino
En México el vino tiene menos regulaciones que en otros países. Más que cepas y procesos específicos, se apuesta por exploración. Por lo mismo, en el valle cohabitan bodegas casi antagónicas: pequeñas y grandes, longevas y efímeras. Unos kilómetros bastan para saltar de la devoción francesa de Viñas de Frannes, a la franqueza artesanal de Vinos Pijoan.
El Valle de Guadalupe presume decenas de bodegas. En innovación, sin embargo, Decantos se las lleva todas. Aquí se producen más de 60 etiquetas de vino usando únicamente gravedad. Al omitir el bombeo, la uva no se oxigena de más y mantiene sus cualidades. Para implementar este proceso, Decantos ha desarrollado y patentado instrumentos como válvulas para barricas.
Otra bodega peculiar es Las Nubes. No solo porque producen vino de secano, sino por su ubicación. Enclavado sobre una colina, este proyecto presume una terraza donde las degustaciones se maridan con vistas privilegiadas del valle. Las Nubes cuenta con 14 etiquetas de línea y ediciones especiales que solo están disponibles in situ.
Al pan, pan
El vino es la razón de ser del Valle, pero la cocina no se queda atrás. Muchas bodegas, incluidas Decantos y Las Nubes, cuentan con restaurantes concebidos para maridar. Además, espacios como Bloodlust ofrecen etiquetas de vinícolas locales más discretas. En este bar, lo único más atractivo que la arquitectura es el combo de queso frito con una copa de tinto Drosophilia.
La cocina de autor tiene peso en estos valles vitivinícolas. De hecho, los únicos restaurantes entre viñedos de los 50 Best Latinoamérica están en la ruta del vino de la Baja. Fauna es el más famoso, pero no es el único que vale la pena. En Emat, el chef Eduardo Salgado rinde homenaje a los productos locales de temporada. Por sí sola, la ensalada de betabel ya merece hacer una reserva.
Aunque el destino es la meca enoturística de México, a veces peca de pretencioso. Curiosamente, el antídoto a los lugares montados para la foto es uno de los locales más concurridos y populares. Con precios aterrizados y recetas que no buscan descubrir hilos negros, como gorditas de chile poblano y burritos de machaca, La Cocina de Doña Esthela se gana el título de favorita.
Caer en blandito
La oferta de hoteles en El Valle de Guadalupe se ha diversificado. En las décadas de 1990 y 2000, cuando el destino se posicionaba como marca, las opciones de hospedaje se limitaban a villas privadas y hoteles contados con las manos. Entrada la década de 2010 comenzaron a aparecer glampings y hoteles de diseño, pero no todos sobrevivieron a la pandemia.
Hoy, la oferta es más amplia. Si bien proliferan las propiedades en plataformas como Airbnb y los hoteles rodeados de viñedos, que suelen ser los más caros, también hay opciones intermedias. Una de ellas es Los Amantes Valle de Guadalupe, un proyecto que llama la atención por su ubicación central y por sus estructuras de cemento con acentos brutalistas.
Aquí comparten protagonismo las comodidades urbanas y los paisajes campiranos. Custodiado por conejos y halconcitos dorados, Los Amantes cuenta con alberca al aire libre, centro de bienestar y jacuzzi exterior techado. Entre temazcal, mosaicos artesanales y catas de mezcal, este hotel es una gran opción para caer en blandito luego de recorrer el valle.
Guía Práctica
¿Cómo llegar?
El aeropuerto internacional de Tijuana está 115 kilómetros al norte del corazón del Valle de Guadalupe. La ciudad cuenta con más de 30 rutas vigentes a destinos nacionales. Además de vuelos directos a gran parte del país, el aeropuerto de Tijuana está conectado a Estados Unidos por medio del puente transfronterizo CBX.
Dos carreteras conectan a Tijuana con la ruta del vino en la Baja: la escénica, vía Ensenada, y la interior, vía Tecate. Sin tráfico, el viaje toma poco más de una hora y media. Es importante mencionar que el transporte público es limitado en el Valle de Guadalupe y las distancias son considerables. Para evitar pagar fortunas en traslados privados, es ideal rentar coche.
¿Cuándo visitar?
El Valle de Guadalupe es un destino que opera todo el año. Climáticamente, las mejores épocas para visitar son la primavera y el otoño. No hace el calor abrasador del verano y tampoco se esperan las lluvias habituales del invierno. En términos vitivinícolas, la mejor temporada es el fin del verano, cuando tiene lugar la vendimia.
Marck Guttman es fotógrafo, escritor y partidario del turismo sostenible y la conservación. Dirige el blog Don Viajes y ha publicado más de mil historias en medios como Esquire y National Geographic. Las montañas son su lugar feliz y el pan dulce su primer amor.