Desde sus primeros minutos, Sentimental Value (Valor sentimental, fuerte candidata a competir por el Oscar como Mejor Película) deja claro que no estamos frente a una película “agradable” en el sentido convencional. Joachim Trier no busca consolar al espectador, sino incomodarlo con algo mucho más honesto: la herida abierta que dejan las relaciones no resueltas, especialmente entre padres e hijos. Es cine que se siente en el pecho, no en la cabeza. Y su final poderoso, contenido, y profundamente humano, es la pieza que termina de darle sentido a todo.
La historia gira en torno a Nora (una Renate Reinsve en estado de gracia), actriz y mujer adulta que sigue cargando el peso de una infancia marcada por la ausencia emocional de su padre, un célebre director interpretado por Stellan Skarsgård. Cuando él reaparece para pedirle que actúe en su nueva película, Nora no ve una oportunidad artística ni un gesto de reconciliación: ve una invasión a su vida y su corazón.
El cine como campo de batalla emocional
El golpe bajo llega cuando el padre decide reemplazarla con una actriz famosa de Hollywood. Esta decisión creativa es un acto calculado, casi cruel, que toca justo donde más duele. Para Nora, no se trata de perder un papel, sino de confirmar una sospecha antigua: que nunca fue indispensable para él, que siempre hubo algo —el cine, la obra, el prestigio— más importante que ella.
Aquí es donde Valor Sentimental se vuelve especialmente lúcida. Trier entiende que las grandes batallas familiares suelen darse en silencios incómodos, en gestos pequeños, en decisiones aparentemente prácticas que esconden años de resentimiento. Y en medio de ese conflicto aparece Agnes, la hermana menor, como una figura clave. Agnes no busca resolver el problema, sino mostrar que el dolor no es exclusivo y que cada hijo carga su propia versión del abandono.
El final: comprender no es justificar
El momento decisivo llega cuando Nora, después de hablar con su hermana y con Rachel —la actriz que ocupa su lugar—, acepta leer el guion. En ese momento ocurre algo fundamental: entiende que la película de su padre no es un acto de egocentrismo ni un ajuste de cuentas, sino un intento torpe, tardío, pero sincero de entender su propia historia. No escribió sobre su madre; escribió sobre el vínculo roto, sobre lo que no supo hacer, sobre lo que heredó sin querer.
Ese descubrimiento no borra el daño, pero le da otro significado: Nora comprende que el dolor es generacional, que su padre nunca aprendió a estar presente porque nadie estuvo ahí para él. Nora toma una decisión que define el corazón del final: acepta participar en la película, pero lo hace desde otro lugar, acompañada por su sobrino, rompiendo (simbólicamente) el ciclo.
Aquí está la grandeza del cierre: Valor Sentimental no propone una reconciliación milagrosa ni un perdón grandilocuente sino algo más real: un entendimiento frágil, provisional, pero suficiente para seguir adelante sin tanto rencor.
Una película dentro de la película
La última secuencia, con los actores ya en el set, es clave. Vemos a personajes interpretando una vida que les pertenece y no les pertenece al mismo tiempo. Es cine dentro del cine, pero también terapia sin diván. Trier parece decirnos que el arte no arregla todo, pero puede ofrecer un lenguaje cuando las palabras ya no alcanzan.
La ironía es brutal y hermosa: Nora pasó años queriendo alejarse de su padre y de su mundo, solo para terminar en el mismo territorio que él —el cine—, aunque desde el otro lado de la cámara.
¿Y después qué?
¿Mejorará la relación entre Nora y su padre? La película no lo asegura, y hace bien en no hacerlo. Los seres humanos somos contradictorios, reincidentes, impredecibles. Pero en ese final ambos están, por primera vez, en un lugar honesto.
Valor Sentimental habla de heridas que casi todos tenemos y que rara vez sabemos cómo nombrar. Habla de padres ausentes, de hijos que solo querían ser vistos, de vocaciones heredadas como cicatrices. No hay duda de que Joachim Trier es uno de los cineastas más humanos de su generación.