Los regalos más icónicos y románticos entre celebridades

Obras monumentales, joyas deslumbrantes y hasta islas privadas... para algunas celebridades, demostrar amor no tiene límites creativos ni financieros

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En el universo de las celebridades, el amor rara vez se expresa con flores de último minuto. Aquí, los gestos románticos se miden en obras públicas, joyas legendarias y territorios completos. En este mes del amor, repasamos algunos de los regalos más desmesurados —y memorables— de la historia, aquellos que cruzaron la línea entre el detalle íntimo y el mito cultural.

María Félix y el regalo que mueve a una ciudad entera

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Pocos regalos de amor han tenido un impacto tan profundo —y tan cotidiano— como el que recibió María Félix. La actriz contaba que “la primera idea de hacer el Metro de México fue de Alex Berger, mi esposo, y él fue el alma del proyecto hasta el final. Me dijo: ‘Tú que quieres tanto a tu México, que quieres que progrese, y eres tan farolona y te gusta lo fabuloso, ahí te va un regalo’”. El obsequio no fue una joya ni una mansión: fue nada menos que el Metro de la Ciudad de México.
Las primeras obras comenzaron en junio de 1956, en la avenida Chapultepec, y muchas de las reuniones clave se realizaron en la propia casa de María Félix. Ahí se discutieron ideas técnicas que ya tenía Bernardo Quintana, y se fue dando forma a un proyecto que no solo transformaría la movilidad urbana, sino también la imagen de modernidad del país. Como efecto colateral —y muy al estilo de “La Doña”—, la construcción del Metro ayudó a fortalecer las relaciones diplomáticas entre México y Francia, además de impulsar otros rescates culturales en los que María tuvo voz y voto, como el regreso de La Diana Cazadora al espacio público.
Con el tiempo, aquel regalo íntimo que hoy cuenta con 12 líneas que cruzan gran parte de la capital, terminó siendo un obsequio que María devolvió a los citadinos.

Elizabeth Taylor, un San Valentín en versión imperial

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Si el amor pudiera colgarse del cuello, tendría la forma de La Peregrina. La perla más famosa del mundo fue el regalo que Richard Burton le dio a Elizabeth Taylor por San Valentín durante su primer matrimonio. No era una perla cualquiera: descubierta en el siglo XVI, con 55.95 quilates, había pertenecido durante más de 250 años a la realeza española y luego a los Bonaparte de Francia.
Burton la adquirió en Sotheby’s en 1969 por 37 mil dólares —una cifra que hoy suena casi inocente— y Taylor llevó la pieza a otro nivel al encargar a un collar de dos vueltas, compuesto por perlas naturales, rubíes, diamantes y una montura desmontable que permitía usarla también como broche. La perla incluso tuvo su momento cinematográfico en Ana de los mil días, donde Burton interpretaba a Enrique VIII.
La historia no estaría completa sin un episodio digno de leyenda: Taylor relató que una vez perdió La Peregrina en su suite del Caesar’s Palace. Tras horas de pánico, la encontró dentro de la boca de uno de sus cachorros. “Abrí su boca y ahí estaba la perla más perfecta del mundo”, escribió. Sin un solo rasguño. En 2011, la joya fue subastada por 11.8 millones de dólares, estableciendo un récord mundial.

Angelina Jolie y su amor a escala geográfica

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Cuando el romance se vuelve inmobiliario, pasan cosas como esta. Angelina Jolie le regaló a Brad Pitt una isla privada con forma de corazón, valorada en aproximadamente 15 millones de euros. El enclave se encuentra a unas 50 millas de Nueva York, lo suficientemente lejos para garantizar privacidad, pero lo bastante cerca como para no perder de vista la ciudad que nunca duerme.
La isla alberga dos mansiones de diseño orgánico hechas por el reconocido arquitecto Frank Lloyd Wright, concebidas para dialogar con el paisaje más que imponerse sobre él. Grandes muros de cristal envuelven las estructuras, regalando vistas panorámicas mientras que en el interior, el lujo se expresa con sutileza: muebles de caoba conviven con enormes formaciones de granito que atraviesan los muros, integrando la naturaleza al espacio habitable.
Aunque la historia de amor no tuvo final feliz, el regalo quedó como prueba de una era en la que el romanticismo de Hollywood todavía se atrevía a pensar en grande.

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