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Mi encuentro con Lennon

Foto: Unsplash

 

Un ataque canino puede ser un evento traumático. No importa qué tan amistoso y humanizado pueda ser a lo largo de su vida; la capacidad subyacente de morder siempre está ahí. Ya sea que agreda porque percibe una amenaza a sí mismo, porque crea que su dueño está en peligro o por otras razones, las víctimas frecuentemente quedan marcadas con secuelas mentales y físicas.

Por Mauricio Rodríguez Galindo

Hace unas semanas y como cada tarde, paseaba a Tuna, mi perro, en las calles de la Roma, barrio que se disfruta a pie, en donde cientos de personas deambulan diariamente con sus mascotas sin correa. A pesar de que la Ciudad de México cuenta con la Ley de Protección a los Animales que obliga a los propietarios de un perro a colocarle una correa al transitar en la vía pública, es muy frecuente que esta norma sea ignorada por la sociedad y por las propias autoridades.

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Después de una caminata de aproximadamente 30 minutos, Tuna y yo nos dirijimos a un parque público de la zona para tomar un break. Al llegar, Tuna tiró de la correa para subirse a una elevación de arbustos más allá de mi alcance. Miro a mi alrededor y por microsegundos y sin pensarlo demasiado, repaso en mi cabeza los riesgos de liberarla para que explore la zona y estire libremente sus patas:

1. Que a su paso encuentre basura y comida que la puedan enfermar o envenenar.

No se me olvida el caso del 2015 en donde 18 perros fueron envenedados en el parque México de la colonia Condesa o recientemente en donde un hombre acaba de ser condenado a más de diez años de cárcel por envenenar a Athos y Tango, los perros de rescate y asistencia emocional de la Cruz Roja Mexicana.

2. Que la arrolle un vehículo o se pierda.

Aunque Tuna es extremadamente obediente a mis comandos de voz, no está excenta a que en cualquier momento algo o alguien llame fuertemente su atención y cruce las vías de tránsito sin cautela y se aleje al punto que pueda perderme de vista y extraviarse.

3 . Asustar o incomodar a otros.

No todas las personas son dog lovers como yo y algunas de ellas hasta les temen. Aún cuando nuestra mascota nos parezca la más  dulce y amigable, es más seguro asumir que la gente no desea ningún tipo de interacción que involucre baba, pelos y manchas en su ropa. Tuna no es consciente de su energía y tamaño, por lo que ​​podría lastimar accidentalmente a un niño si salta sobre él.

4. Morder a un individuo.

Pese a que Tuna adora a los humanos y podría hasta meter las manos al fuego por ella, existen miles de casos de mordeduras de perros sin antecedentes de agresividad.

5. Ser víctima o victimario de otro perro.

Este es el punto que me inquietaba más dado el historial de Tuna de no ser la más sociable con los de su misma especie, sobre todo si estos son más pequeños e invaden su espacio personal.

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Ataque canino

Aún con estos riesgos, decidí soltarla para que inspeccionara con libertad entre los arbustos, no perdiéndola de vista. De repente, apareció un perro llamado Yago que se aproximó a ella de forma amigable, pero como era de esperarse, Tuna reaccionó de forma hostil y lanzó la primera mordida provocando una pelea. El dueño de Yago y yo intervenimos inmediatamente para separarlos.

Al momento de colocarle a Tuna la correa, un golpe tremendo impactó mi pantorrilla izquierda y me tiró al piso. Era Lennon, un precioso Bernés de la Montaña de 50 kilos que sin advertencia alguna tomó mi pierna con gran fuerza, dispuesto a no soltarme. Entre alaridos y manotazos intenté zafarme pero él tiró y hundió más sus colmillos hasta arrastrarme unos cuantos metros. Segundos después, apareció su tutor y lo sujetó de la cara para abrir su hocico y liberar mi pantorrilla. Al momento de incorporarme, Lennon logró zafarse y me atacó por segunda vez directo y de frente. Esta vez clavó sus dientes en mi brazo hasta que al fin Lennon fue puesto bajo control y atado a su correa.

Foto: Mauricio Rodríguez

Mis extremidades sangraban sin parar y por la gravedad de las heridas, no me quedó la menor duda de que necesitaba con urgencia ser atendido en un hospital. Sin ningún entrenamiento de primeros auxilios y como lo he visto en las películas, tomé una bolsa del piso para hacer un torniquete en mi pierna y detener el sangrado. El dueño me miró aterrado y confundido por la reacción de su pupilo, repitiendo una y otra vez que Lennon no es un perro agresivo y que nunca había mordido a nadie. Una testigo de lo sucedido, me dijo que todo estaría bien, tratando de calmarme, mientras trataba de llamar a una ambulancia desde su celular. Temblando y en pánico, esperé durante veinte minutos a los paramédicos con una decena de personas a mi alrededor auxiliándome.

Foto: Mauricio Rodríguez

Con la presión arterial alta y sufriendo una taquicardia, llegué a la sala de urgencias del hospital más cercano. Las enfermeras cortaron mi pantalón y lavaron mi herida con chorros de agua helada. Luego intrudujeron un isopo en una de mis cavidades nasales para hacerme la prueba PCR de Covid y recolectaron muestras de sangre con el fin de rastrear cualquier tipo de bacteria peligrosa que Lennon pudiera haberme transmitido. El médico en turno echó un vistazo a mi perna y pidió llamar al cirujano plástico quien horas más tarde, y luego de tres horas en el quirófano, recontruyó mi pierna.

Al cabo de tres días y después de tres vacunas, salí del hospital en silla de ruedas  con una férula ortopédica ajustada desde el muslo al tobillo y una sonda para drenar la sangre de la herida.

Foto: Mauricio Rodríguez

Veinte días después, por fin dejé los antibióticos y analgésicos para iniciar una terapia de rehabilitación para poder sostenerme de pie y recuperar la mobilidad perdida.

Mi desafortunado encuentro con Lennon me ha dejado huellas psicológicas y físicas profundas que no me dejan dormir por las noches y que me han hecho entender lo frágiles que somos y la inmensa responsabilidad que tenemos todos los dueños de una mascota.

Esta terrible experiencia jamás debió suceder porque ni Tuna, ni Yago, ni Lennon debieron estar sueltos en el parque. Lennon sigue en observación por etólogos y ahora pasea por las calles siempre con correa y bozal con el mismo amor y cuidado que merece.

Foto: Mauricio Rodríguez

Afortunadamente contaba con todas su vacunas y el cultivo bacteriológico salió negativo por lo que no tuve complicaciones post operatotrias ni de infección. Su tutor ha estado pendiente de mi convalecencia y se ha hecho responsable de los daños.

Ataque canino en cifras

En lo que va del año, casi 70 mil mexicanos han sufrido un ataque canino, con heridas desde leves hasta graves y cada vez son más frecuentes según el Boletin Epidemiológico Nacional, por lo que “se considera un problema de salud pública que compromete el bienestar físico y emocional de tanto de sus víctimas como del mismo animal” dice Claudia Edwards, Directora de Humane Society México. “La mayoría de las mordidas son provocadas por errores humanos. La gente debería de tener conciencia de ponerle una correa a su mascota en espacios públicos no sólo por respetar la legalidad, sino por el deber cívico y moral de proteger a nuestros perritos y el bienestar común”.

*Por seguridad, el nombre de los perros fue cambiado.

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