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Owen Wilson, un personaje basado en una historia real

Owen Wilson, ese personaje basado en una historia real, está resfriado, pero no hay nada que unos hot-cakes de aguacate, terapia de hidratación, un paseo en bici, té caliente, media rebanada de pay de limón y la magia de la vida no puedan curar.

Pasamos tres días con la estrella de Loki, The French Dispatch, y todas esas películas que te sabes de memoria.

¿ES ÉL?

Al otro extremo de la calle sobresale una gorra de beisbol y unos lentes de sol,  es un tipo que está sobrevolando la banqueta.

Cuando distingo todo su cuerpo, me doy cuenta de que va en bici, por eso parecía estar sobrevolando la banqueta.

Va medio de pie en la bici, con una pierna estirada y los labios apretados de cara al poco viento que pega, como un niño que va hacia las portabicicletas de la escuela.

La bici mantiene la velocidad a pesar de que no está pedaleando. Trae puestos pantalones, aunque hace calor.

Creo que Owen podría ser la estrella de este artículo

¿Pero qué es eso? Detrás de él, en otra bici, veo a otro tipo. Entonces tal vez no sea él. Pero se acerca y estoy casi seguro de que sí es: cara arrugada, galán, por la gorra se asoma pelo rubio despeinado, y trae puesta una camisa a cuadros muy cool.

Y si es él, y se suponía que íbamos a desayunar, ¿debía haberlo esperado en esa fila enorme? ¿O él no tiene que formarse porque es famoso? Tal vez aquí desayuna siempre, lo conocen y tiene una mesa especial, así que si hubiera hecho el ridículo si me hubiera formado.

O tal vez todo el mundo sabe que en cuanto llegas a Blueys, más te vale formarte. Me va a preguntar qué hago aquí parado en el estacionamiento, saludándolo desde lejos.

¿Quién es el otro tipo?

Owen Wilson es real…

¿ES ÉL?

Parece nervioso. Supongo que creyó que hacía calor. ¿Él me va a entrevistar? Qué pálido. Está meciéndose de un pie al otro. Qué bueno que traje la llave para la otra bici porque está muy alto y creo que vamos a tener que ajustar el asiento.

Ojalá que se me quite el dolor de garganta. Creo que me va a dar gripa. A lo mejor tendría que haber agendado la entrevista más tarde.

Hay gente. Cuando vine no había gente. Tal vez siempre hay gente y esa vez Paul y yo tuvimos suerte.

No importa, tal vez sea un buen inicio para esta historia.

Se ve nervioso, si es él, claro. Ah, sí es, me está saludando.

“Hay un poco de gente”, dice Owen Wilson en voz baja, como si fueran las primeras palabras que dice hoy.

Es una mañana cálida de junio, es sábado y estamos en Blueys, un restaurante en una zona industrial de Santa Mónica. Owen llega en una bici eléctrica, en otra bici viene un tipo que saluda, se baja y desaparece. La otra bici es para que la use después de desayunar.

—¿Quieres ir a otro lugar? —le pregunto y de inmediato me arrepiento.

En voz tranquila, responde:

—Mm, espera…creo…vamos a ver… —camina hacia la puerta para asomarse.

Pides en la barra, te entregan la comida en una de las mesas de afuera. Auténtica comida californiana, puedes sustituir el chorizo con chorizo de soya en tu burrito, café bulletproof [mantequilla, aceite MCT y café], ese tipo de menú.

Los locales acaban de despertar de una hibernación de un año, y como relojes de Dalí, se sientan en las mesas agarrando sus tazas de latte con las dos manos.

Entramos y volvemos a salir, una luz gris se filtra por un cielo muy azul. Los empleados nos sonríen, pero nadie dice nada.

—Mira, vamos a sentarnos aquí —dice Owen.

Da vuelta en la esquina y se acerca a una mesa vacía, está resguardada del sol. Hay gente en todas las mesas, menos en esta, que está un poco oculta en el callejón.

Pero de pronto cambia de opinión. Camina hacia un camión modificado que está estacionado a las afueras de la terraza del restaurante. Venden ropa vintage. Owen ve un impermeable amarillo que dice “camaro z/28”. Se asoma a la parte trasera del camión. Encuentra una playera café que conmemora el Iditarod de 1987.

—¿Sabes qué es el Iditarod? —me pregunta.

Sí, le explico.

Sonríe con su sonrisa característica.

—Vamos a sentarnos —me pone la mano en el hombro.

FOTO: Cortesía

UNA HORA DESPUÉS…

No hemos ordenado. No hemos pedido comida. Tampoco café. Estamos hablando. El personal pasa de prisa, llevando tazones de quinoa y açai.

La escena le recuerda a Owen otro restaurante, y sonríe. Él y Wes Anderson estaban escribiendo The Royal Tenenbaums, la película de 2001 que les valió una nominación al Óscar por mejor guion original, y como parte de la historia de fondo, inventaron un restaurante, Sloppy Huck’s, a donde Royal Tenenbaum (Gene Hackman) llevaba a sus hijos de niños.

—En este lugar había cáscaras de cacahuate en el piso y el menú era muy raro, tenían pay de ruibarbo, pero también tortitas fritas de elote. En la mesa de cada cabina había una rocola individual. Y las ventanas tenían marcas de balas porque lo habían asaltado varias veces, así que Sloopy siempre estaba alerta.

Tiene 52 años. Tiene la piel bronceada y saludable, rosada, y pelo rubio envidiable, parece que nadó en el mar hace media hora y se le secó al sol, tan perfecto que es molesto. Los ojos azules son tan azules como se ven en las películas, o más.

Su gorra tiene un logo de una dona y un taco (mitad y mitad), recuerdo de una película que acaba de rodar en Saratoga Springs, Nueva York. (Se la regaló el propietario de un café que vende tacos y donas).

No pone el teléfono sobre la mesa, como hace la mayoría.

Responde no como si lo estuvieran entrevistando, si no como si estuviera en una fiesta, platicando y contando anécdotas divertidas.

Me empiezo a preguntar cuánto tiempo tenemos para desayunar. ¿Tendrá que irse pronto? ¿Vamos a andar en bici?

—Sloppy Huck’s no salió en la película —dice sonriendo.

Hace preguntas. Ha leído. Mucho. Analizamos los estilos narrativos divergentes de Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Me cuenta de un libro que su hermano Luke le regaló hace poco, la biografía de un escritor sueco poco conocido, Robert Walser.

Menciona haber comprado The Snow Leopard hace no mucho, un libro muy importante para él.

Mientras tanto, le hago las preguntas comunes de todas las entrevistas, todavía no entiendo a dónde quiere llegar. ¿Qué me quiere contar?

Menciono Loki, la inteligente y divertida serie de tele de Marvel que protagonizó con Tom Hiddleston para Disney+, en la que interpretó al agente Mobius.

—Ayer hicimos una sesión de entrevistas para la prensa.

—¿Qué te preguntaron? —es mi pregunta aguda.

—Insistieron mucho en que parecía que me habían tenido que convencer para hacerla. No sé de dónde sacaron eso. No es verdad. El director me llamó para contarme y acepté. Pero creo que en sus notas decía que no sé nada del universo de Marvel. No soy experto, pero tampoco es para tanto… —hace una pausa—.

Bueno, sí, puede que no sepa mucho. Sé algo de Iron Man. He visto Aquaman, nada en jeans. ¡Nadie puede nadar en jeans! Ese fue mi argumento con los niños.

(Hablando de Loki: a Owen se le conoce por improvisar sus diálogos en el set, y en una escena del primer capítulo, Loki se está haciendo el importante cuando lo interroga Mobius. Y este le dice: “Eres un blandengue”. Hiddleston me cuenta que fue idea de Owen.)

No es que a Owen no le interese hablar de estos temas, pero dentro de poco se desvía y me cuenta que estuvo en Atlanta para filmar Loki e inventó un juego para atrapar hojas, para sus hijos.

—Tienes que atraparla con una mano y correr. Me gusta porque te hace levantar la vista.

Asiente con la cabeza, es casi imperceptible, entrecierra los ojos y sonríe, también es casi imperceptible, y susurra:

—Sí, el juego de atrapar las hojas.

La grabadora digital está en la mesa frente a él. La lucecita roja

—¿Tienes que pensar en el ángulo de la historia?

—Lo intento, un ángulo, una idea.

Asiente con resolución, seriedad.

—¿Te gustaba algún deporte de niño? —pregunta.

—Sí, el atletismo.

—¿Qué corrías?

—Obstáculos.

—¿Crees que me ganarías en una carrera?

Lo veo, tartamudeo, sin responder todavía:

—¿Qué?

Me mira fijamente con sus ojos azules, sonrientes. Me escuchaste.

—¿Crees que me ganarías en una carrera?

Creo que a esto se refería Jennifer Aniston —quien ha hecho dos películas con Owen— cuando me dijo que “es adorable”.

Atrapar hojas, carreras. ¿Es muy propio de él?, le pregunto. ¿Reta a la gente? ¿Inventa juegos?

—Sí, mis hermanos dirían que invento reglas.

“Se remonta a la infancia y lo sigue haciendo”, dice su hermano Andrew, cuatro años mayor. El logro supremo de Owen inventando juegos se llama Tip Horse, una combinación de 21 y caballo, basado en el basquet, y es tan dominante que cuando juega se autodenomina profesor Tippins.

“Tiene un montón de reglas y cada regla, una addenda, también todas las reglas son negociables”, cuenta Andrew.

Todos tienen una anécdota. Cuando filmaron The Grand Budapest Hotel en Alemania, Owen invitó a Adrien Brody a los bolos. Se tomaron unas cervezas mientras jugaban y Brody ganó los primeros dos juegos. Owen anunció que el ganador de la siguiente ronda pagaría las bebidas. “¡Y me fulminó!”, recuerda Brody.

“De niños íbamos a un lago cerca de nuestra casa. Un verano Owen inventó que para estar en el grupo, todos tenían que hacer un truco nuevo diario en el lago. Así que todos los días subíamos más alto en un árbol, cada día se volvía más peligroso, y recuerdo haber pensado, me voy a morir por tratar de juntarme con estos”, cuenta Luke.

Ben Stiller: “Un noche, creo que hace unos veinte años, Owen, Anthony Kiedis y yo nos estábamos retando en una carrera en la Reserva de Hollywood. Es una anécdota muy de los noventa.

Ni siquiera creo que llegamos a correr, pero Owen lo planeó todo”. Stiller asegura que a Owen le encantan “las conexiones”. Son la raíz de de los juegos competitivos que no deja de inventar. Los juegos son divertidos, y cuando la gente se divierte, establece vínculos.

Siguen siendo amigos.

Suena “Here Comes Your Man”, de Pixies.

—Aquí también ponen muy buena música —dice de pronto, como si estuviera revelando una verdad inadvertida.

Le cuento que en el coche que renté, he estado escuchando 80s on 8, el canal de SiriusXM que solo pone música de los ochenta.

—A veces no puedo escuchar esa música, porque es desgarradora. Me ha pasado que voy manejando a casa y pienso, ahorita no puedo con esta canción. Escucho creo que el canal 73, 40s Junction o algo así. Me encanta.

—A mí también. Parece soundtrack de una película de Woody Allen. Por cierto, gran película.

—Sí, Midnight in Paris. Recuerdo que antes de hacerla, le dije a alguien, ¿No sería genial que fuera como Vicky Cristina Barcelona o una de esas muy buenas de Woody Allen? Y recuerdo estar sentado en la proyección en Cannes, junto a Rachel McAdams y pensar, ¡Definitivamente no es una de esas! Qué desastre. Pero con el tiempo sí lo terminó siendo. Qué curioso. No poder procesar algo así mientras lo haces. Porque ahora la veo y me parece muy buena.

Owen puede dar la impresión de un hombre que llegó a la vida, por accidente, de otra época, y que tarde o temprano, seguirá su camino, hacia el futuro. O en otras palabras, un bobo.

Pero quienes lo conocen bien dicen que sí, es todas esas cosas, pero que también es mucho más formidable.

—Su inteligencia es engañosa, y a veces incluso oculta lo inteligente y culto que es —asegura Wes Anderson—. En el curso de tu amistad con él, te sorprende. A veces la gente lo puede subestimar.

Pero también es un agasajo tenerlo cerca, indudablemente.

—Es muy querido. Si los niños están haciendo equipos para jugar, es muy probable que sea bueno en cualquier deporte, pero creo que lo escogerían al margen de su talento porque la gente lo quiere en su equipo —continúa Anderson.

Aniston me cuenta que en Marley & Me “Owen y yo nos llevamos extraordinariamente bien. Recuerdo haberme reído muchísimo. Y me encanta que me hagan reír, es la forma de llegar a mi corazón”.

Andrew actuó con Owen en Bottle Rocket, la primera película que Owen escribió con Anderson, la primera que dirigió Anderson y la primera en la que Owen actuó.

Owen interpreta a Dignan, un forastero peculiar y encantador con aspiraciones a una vida criminal.

—En una escena mi personaje es cruel con el suyo. Me burlo de su mono y me voy en mi coche. Y Luke, que es su amigo, intenta consolar a Dignan diciéndole: ¿Viste cómo iba vestido?, a lo que Dignan responde: Sí, supercool. Creo que ese intercambio refleja un poquito a Owen.

The French Dispatch, la séptima película de Anderson en la que Owen ha participado, es el tipo de película que denomina “hecha a mano”, un cumplido que utiliza con la obra de cineastas como Allen, Wes Anderson y Paul Thomas Anderson, con quien trabajó en Inherent Vice.

French Dispatch es un triunfo de narrativa visual, verla es como leer la mejor edición jamás publicada de una revista magnífica, precisamente el tema de la película.

Por como habla de ella, en un tono rítmico, se percibe felicidad, no solo de haber participado en la película, también de estar en este punto de su carrera, en este lugar para desayunar, en esta ciudad en la que ha vivido veinticinco años, el día es hermoso y su hijo tiene un partido de futbol más tarde.

Todo.

—No sé, he tenido la fortuna de estar muy agradecido con todo —dice, y casi parece sorprendido—. Sé que hay altibajos, pero cuando te subes a una ola así, tienes que aprovecharla todo lo posible. Sí, estoy muy agradecido. Se usa mucho esa palabra, “agradecido”. Valoro las cosas, todas.

Una mariposa se lleva sus palabras a las flores de una jacaranda cercana, levanta la vista y dice:

—¿Cómo va la fila?

FOTO: Mark Seliger

OTRA HORA MÁS TARDE…

Estamos compartiendo unos hot-cakes que me pidió cuando vimos que otra mesa los pidió. Están calientes, son de calabaza, están servidos en capas y entre cada uno hay una especie de puré de aguacate. Están coronados con granola, moras y jarabe de maple. Un sueño.

—Qué interesante, ¿no? Una verdura. ¿Eso es guacamole? —pregunta Owen.

El personal del restaurante lleva puestas playeras de colores pasteles, y en la parte de la espalda se lee: OJALÁ QUE ESTUVIERAS AQUÍ.

—¿En serio las playeras dicen eso? —Owen se ríe, en señal de descreimiento, mira alrededor—. ¿Nos atropelló un camión de basura? ¿Estamos en el cielo? Porque hace poco me ardía la garganta y ahora… tú estás —sigue masticando.

—No sé en dónde estoy.

—¿¡Cómo que no sabes en dónde estás?! Tienes jet-lag. Te encontré parado en un estacionamiento haciendo señas.

—Te estaba buscando, pero había muchos letreros amenazantes sobre donde no me podía estacionar y me puse nervioso.

No renuncies antes del milagro. Estabas listísimo para apretar el botón de escape. Como cuando te vi y me preguntaste si mejor nos íbamos, y te dije que no, que viéramos qué onda. Sabía que estabas entrando en pánico. Te estaba perdiendo, lo sentía. Sabía que no te podía meter a la fila, no te podía hacer eso. Dije, vamos a esperar a que se relaje. Y después, muy casual, como si nada, pregunté qué tal iba la fila. ¡Y te paraste en un segundo!

Comimos en silencio unos minutos. Regreso a mis preguntas de entrevista: ¿cocina?

—Mm, cocinar, cocinar, no —dice despacio, reprimiendo una sonrisa—. Pero soy muy bueno haciendo sándwiches.

—¿De qué tipo?

—Crema de cacahuate y mermelada —dice sonriendo.

—¿Crema crujiente o suave? Es lo que le interesa a la gente.

—Creo que prefiero crujiente. Aunque uso crema de almendra, pero igual les llamo sándwiches de crema de cacahuate y mermelada.

Owen Wilson hace una pausa, se limpia la boca con la servilleta y asienta como si hubiera llegado a una conclusión.

—Sería bueno que no sintieras presión para escribir esta historia —como a veces yo me siento con las películas—, hacer escenas. Porque una historia sería… No quiero decir aburrida, porque no lo es. Una película que fuera esto. No tenemos la carga que tienes, si la tienes, con un artículo, no tenemos que hacer algo puntual. Que estuviéramos bromeando sobre lo que la gente quiere saber. “No, no es crema de cacahuate crujiente. Uso suave, pero de hecho le pongo crema de almendra, no de cacahuate”. ¿Ves? ¡Sí es interesante!

Me termino las sobras de un smoothie de sandía que me recomendó. Sobrevivieron unas hojuelas de chile en polvo y están en el fondo del vaso. El último trago es el mejor. Suena “Stuck in the Middle with You”.

—Qué lugar —digo sacudiendo la cabeza.

Owen sonríe, como si me estuviera sosteniendo de los hombros:

—¿Ves?

La biografía no es la historia

Owen Wilson se crió en Dallas, es el hijo de en medio, Andrew es el mayor y Luke es tres años menor. Sus padres son de Massachusetts.

Bob, padre de Owen, era ejecutivo de televisión y publicista, se graduó de la Universidad Dartmouth y recaudó fondos para la institución incluso después de que rechazaron la admisión de sus tres hijos.

Bob fue un padre estupendo, el tipo de persona cuya compañía disfrutaban todos.

Los niños Wilson tuvieron una vida acomodada y se llevaban muy bien, jugaban futbol y cumplían en la escuela.

Laura, su madre, era fotógrafa y cocinaba la cena de la familia casi todos los días, y en casa no consumían cereales dulces ni refrescos. A Owen lo expulsaron de una escuela privada debido a varios incidentes de travesuras, sarcasmo e insubordinación, encantadora pero molesta.

Terminó en una escuela militar en Nuevo México que a Andrew le recomendó un amigo de la universidad.

Estudió un año en la Universidad del Sur de California y luego se transfirió a la Universidad de Texas, al campus de Austin, de donde no se graduó pero en donde conoció a Wes Anderson en una clase de dramaturgia.

Fueron roommates y coescribieron un corto, Bottle Rocket, que en 1996 hicieron un largo, y de algún modo convencieron a James Caan para que apareciera en un papel secundario.

Otros miembros del reparto incluyen a Dipak Pallana, propietario de un café indio en donde Owen jugaba ajedrez; el padre de Dipak, Kumar, que interpretó a Kumar, un ladrón de cajas fuertes; y Stephen Dignan, amigo de la infancia cuyo apellido usaron para el personaje de Owen.

Después de Bottle Rocket Owen compró una casa de la que creyó se mudaría pero en la que hoy sigue viviendo. Después también compró una casa en Maui.

Al igual que millones de personas ha padecido depresión, en 2007 tuvo una experiencia desgarradora y se reportó que intentó quitarse la vida.

FOTO: Mark Seliger

Se recuperó de ese terrible episodio con el amor, la compañía y el apoyo diario de amigos y familia.

Nunca ha querido hablar públicamente al respecto, pero desde entonces ha hecho muchas películas, algunas buenas y otras maravillosas, como Marley & Me, Fantastic Mr. Fox, Hall Pass, Midnight in Paris, The Big Year (una película sobre observación de aves con Steve Martin), She’s Funny That Way (dirigida por el legendario Peter Bogdanovich y la segunda película de Owen con Aniston), Inherent Vice y Lost in London (escrita y dirigida por Woody Harrelson, y si en esta lista hay una película que no conocías y quieres ver, que sea esta).

Y este año, Loki (no es una película, pero es fantástica; y están rodando la segunda temporada), además de la maravillosa French Dispatch (que estrenó el 22 de octubre) y la divertida Marry Me (que estrena en febrero de 2022, y en la que su coprotagonista romántica es Jennifer Lopez).

Tiene dos niños de diez y siete años, de dos exparejas, todos viven cerca y se llevan bien, y Owen cuida a los niños en una agenda de papá soltero.

Los hijos

La otra tarde le estaba cortando las uñas al pequeño, y se estaba enojando: “¡No bajes de la raya!”, y Owen le respondió: “¡Relájate!”, todo muy tenso. Después Owen le dijo a su hijo: “¿Cómo se dice?” y el niño, muy obediente, contestó: “Graaaciaaas”, y después le murmuró a su hermano: “por nada”. Owen lo escuchó:

“Es curioso cómo acabamos en estos papeles, porque me parece que fue ayer que yo murmuraba por nada, y ahora estoy de este lado. Cuando eres adulto, crees que la infancia es inocente y hermosa, pero se te olvida.

Por eso me gustó que en Last Tango cuando ella describe lo hermosa que es la infancia, Brando responde: ‘¿Es hermoso que te obliguen a ser un soplón o a admirar la autoridad?’ Es parte importante de ser niño, sentirte destrozado.

Después de que te toca una buena mano, parece que te toca sentirte destrozado. ‘Por nada’ [sonríe]. Así era yo. Así terminas en un colegio militar, fueron muchos ‘por nada’”.

Vamos a un complejo deportivo en las bicis eléctricas con varios campos de cricket repletos de niños con sus padres. Cuando nos acercamos a la reja, Owen grita, “Hola, amigo”, y su hijo mayor, ocupado calentando, responde rápido: “¡Hola, pá!”.

Caminamos y perdemos el tiempo, Owen me explica las reglas de un juego para la bicicleta que él y Woody Harrelson inventaron en Maui: “Tienes que ver quién pone el pie en el piso primero. Puedes agarrar un poste, un coche, pero si bajas el pie al piso pierdes. Te sorprendería, puedes hacer esto horas y es muy divertido”.

Intento regresar a la entrevista normal. ¿Qué música le fascinó de niño?

—Mi primer concierto fue de Rolling Stones, 1981, Tattoo You. En el Cotton Bowl.

—Es un buen primer concierto. El mío fue Chicago.

—¡Chicago! Wow —el primer wow de Owen Wilson del día, más de dos sílabas—. ¿Sabes qué canción de Chicago me encanta? La del parque.

—Saturday, in the park…

—¡Como nosotros! Hay gente riendo, un vendedor de helados. Así rescatamos el día.

—¿Se estaba yendo al carajo?

—Sí. Y mira, ya que estamos siendo honestos, lo estaba revirtiendo. Entré en pánico cuando vi la fila en Blueys. Y la historia toma un giro a lo Rashomon. Primero te asustaste, pero la verdad es que entré en pánico.

Hacía unos días había ido al mismo restaurante y estaba vacío. Pero llego y parece que estamos en una escena de Hunter S. Thompson, demonios por todos lados, y se acerca un camión de Charles Manson.

DOS DÍAS DESPUÉS…

–¡Ey! ¡Oye! —grito.

Está cruzando la calle, voltea y me saluda de lejos. Estoy hablando por teléfono con mi esposa y me disculpo por gritar. Le digo que tengo que colgar porque Owen acaba de llegar. Le llamo después.

–¡Ey! ¡Oye! —grita.

–¿Qué fue…? ¿Quién está gritando? Wow, Ryan le está gritando al teléfono. ¿Quién será? Supongo que todavía está nervioso.

A lo mejor necesita hidratarse.

La enfermera empieza inyectando a Owen, después sigo yo.

Sigue intentando curarse de su resfriado.

Estamos en Hydration Room, parte de una pequeña cadena de clínicas móviles impolutas en las que profesionales de la salud te conectan a un intravenoso y te inyectan fluidos rejuvenecedores y cocteles de vitaminas y nutrientes.

Después te sientes increíble.

Esperamos sentados en sillones una media hora a que los fluidos nos llenen las venas. Hablamos susurrando, como si estuviéramos en una biblioteca. Hago preguntas como: “¿En dónde filmaste Behind Enemy Lines?”

Y Owen me cuenta del entrenamiento de supervivencia en el agua que hizo para la película, luego de An Officer and a Gentleman (“qué buenas escenas en el agua”), y luego de escenas memorables de peleas.

–Debe ser una de las mejores escenas de peleas en una película –se refiere a Richard Gere y Louis Gossett Jr. en 1982–. Dos escenas memorables porque hay otra en la que sale del bar y los locales lo empiezan a molestar, y no termina nada bien.

–¿Las cinco mejores escenas de peleas en el cine?

Owen responde de inmediato:

Officer and a Gentleman es una. Y supongo que Billy Jack. ¿Viste las películas de Billy Jack? De niño me encantaban.

La enfermera se acerca con una jeringa y nos inyecta algo. Owen se ríe como si hubiera conseguido drogas buenísimas.

–Woow, esto es lo bueno. ¡Nos vemos del otro lado! ¡Allá vamos!

Le pregunto a la enfermera qué es.

–Vitamina B-12 –responde.

–Podría ser otro elemento. Hacemos listas de cinco mejores cosas, pero nos da flojera. Llegamos a la dos o la tres y cambiamos de lista.

Nos sentamos en silencio unos minutos, mientras nos recorre la vitamina, en las bocinas se escucha una canción relajante.

Las bolsas de intravenosa se vacían, la enfermera regresa y nos desconecta en segundos: saca las agujas, nos coloca gasa en la piel y aprieta, retira las bolsas de los ganchos, enrolla los cables.

–Siento como si hubieran prendido las luces en el bar. Wow, ¿ya son las dos? –va al baño y cuando sale, la enfermera le entrega un librito, y con orgullo le dice: “se te olvidó la última vez”.

Lo toma y pasa la mano por la portada, como si fuera una piedra muy suave. Ten Poems to Change Your Life. Por fin responde:

–¿En serio?

La enfermera siente, satisfecha.

–Pero no había venido como en dos años.

–Te lo guardamos.

Me voltea a ver, sonríe, esa sonrisa muy suya, con los dientes apretados, pícara, y sacude la cabeza ante la magia del momento.

–¿Ves?

Me pregunto si lo hago. Creo que sí. Varias veces Owen ha utilizado el concepto de “realismo mágico”, un género literario en el que lo irreal o surreal es absolutamente real. Owen parece estar en la búsqueda constante de que la realidad parezca mágica. O que la magia de la vida parezca más real. Algo así.

Cuando me cuenta la trama surreal de su nueva película Marry Me –una megaestrella del pop escoge a un completo desconocido de la multitud y se casa con él– Jennifer Lopez dice que Owen “juega a favor y en contra de lo absurdo de la situación”, que me parece es una manera extraordinaria para describir a Owen.

De hecho, describe exactamente por qué es tan difícil describirlo, incluso después de los desayunos mágicos, los paseos en bici, las sesiones de hidratación intravenosa.

Stiller, quien lo contrató en 1996 para The Cable Guy, ha hecho más películas con él que nadie más ( catorce), y cenó con él una semana después de nuestra entrevista. Me cuenta: “Vive una vida algo misteriosa. Al menos a mí me lo parece, no creo que sea posible conocerlo del todo”.

Luke recuerda cuando mandaron a Owen a la escuela militar, una experiencia que toca lo que J. Lo menciona: “Cuando lo expulsaron de nuestra preparatoria y fue al Instituto Militar de Nuevo México, mi papá y yo lo visitamos. Era una fortaleza en medio del desierto, para mí una especie de The Lords of Discipline.

Y cuando vi a Owen –rapado, en uniforme, su cuarto y su locker, caminando en línea recta–, a el le gustó todo eso. Jamás se me hubiera ocurrido. Pero supongo que encontró tanto material, y se divirtió”.

Hampton Fancher, quien escribió y dirigió The Minus Man, vio Bottle Rocket y decidió que Owen sería perfecto para interpretar a un asesino en serie. “Es un comediante, al estilo de Jimmy Stewart. Solo que es más gracioso que Jimmy Stewart. Su comedia es existencial. Cuenta una anécdota, y a menudo alude a que el secreto de la vida es justo lo opuesto, el chiste sobre la muerte”, afirma Fancher.

Enseguida aborda el reto de capturar al verdadero Owen en la pantalla, y me recuerda lo que me dijo Stiller sobre la imposibilidad de conocerlo del todo. “Tiene rasgos germánicos, como Oskar Werner o Dennis Hopper, una especie de pureza. Piero della Francesca, el pintor renacentista, plasma ese rostro en su obra. También belleza. Intenté capturarlo, pero fracasé.

Quería capturar los rasgos cremosos, angelicales de Owen, juguetones. Y no pude. Lo intenté. Es formidable. Y tiene una mente muy compleja, engañosa”.

Las calles cuadriculadas de Venice, California, albergan campamentos de indigentes. En una cuadra, del interior de una tienda azul, una mujer grita: “¡Cállate, no eres mi amigo!”

–Dios, nadie quiere escuchar eso. Te regresa a la secundaria. ‘Ya no eres mi amigo’ –Owen susurra.

Me pregunta sobre mi vida, que últimamente ha sido difícil. El mundo conoce un poco de sus dificultades porque es famoso, y le comparto algunas de las mías: mi hijo con una enfermedad crónica, de quien Owen sabía porque escribí un artículo al respecto; la muerte repentina e inesperada de mi hermano hace cinco meses, y la labor imposible de criar a los niños cuando han experimentado traumas.

–De niño, piensas en muchas cosas.

Empecé a pensar en la muerte como a los once años.  Y no recuerdo a mis padres hablar de ello.

Aunque sí recuerdo que una vez le dije a mi papá (recuerdo perfecto en qué parte de la casa estábamos): “Me preocupa morirme”, y verlo voltearse para recuperarse. Me preocupó su reacción.

Pero quién sabe, tal vez en parte por eso lo dije.

La banqueta por donde caminamos está doblada, rota y llena de maleza. Le pregunto su experiencia de superar una dificultad, cómo se hace.

No habla mucho sobre su encuentro cercano con la muerte, pero sí me cuenta que después de eso Andrew se quedó en su casa, despertaba con él y le preparaba una agenda poco ambiciosa todos los días para que, al principio, la vida pareciera manejable y tiempo después, que valía la pena vivirla.

Recuerdo que unas semanas después, en un correo sobre otro tema, Owen ofreció su punto de vista sobre la vida a través del cine: “A veces parece que Gene Hackman en Hoosiers interpreta la vida, dura pero justa.

Va a exigir mucho, pero si cumples y te pones la camiseta, las cosas salen bien.

Es una buena sensación, las cosas tienen sentido.

Pero desde luego, otras veces parece que es Tom Hardy en The Revenant, un tipo horripilante que te quiere matar, incluso si llevas las de ganar, te acompañará hasta el final, susurrando: “Tu hijo no va a resucitar” o tu papá, o los buenos momentos del pasado. O lo que sea.

Y cuando la vida es ese tipo, no hay más que aguantar y esperar a que pase.

Aparece el restaurante al que vamos, es una reja abierta en el centro de un muro largo, dentro está iluminado con una cadena de lucecitas, es una bienvenida cálida. Owen sonríe.

–Me gusta este lugar –dice.

Nos sentamos a la luz inmortal del atardecer de Santa Mónica, hay platos de comida dispersos en la mesa, con sobras de calabaza, una rebanada de pay de limón esculpido y un cuarto de botella de vino.

Owen me mira fijamente y me dice:

–¿Tú pediste el pay?

Sí, se le ilumina el rostro.

–Creí que lo había imaginado. Que solo lo pensé. ¿Qué podría ser más increíble ahora? Pensé que era una especie de ventrílocuo que te lo había adjudicado: ‘un pay de limón, por favor’.

Porque todo ha sido, incluso ahora en la penumbra. ¿No te parece que estamos en Cien años de soledad? ¿No son los maestros del realismo mágico? ¿No hay un artículo de Esquire famoso, del Nuevo Periodismo? “Frank Sinatra está resfriado” ¿Lo has leído?

–Claro. ¡Podría ser “Owen Wilson está resfriado”!

Me mira.

–Las circunstancias han cambiado.

Lo miro. Todo este tiempo he intentado escribir mi historia, o por lo menos describir una historia alternativa. La mía es el perfil para una revista. Espero que bueno, un poco revelador, pero sigue siendo el perfil para una revista. Pero Owen busca hacer otra cosa, más fascinante, divertida. Algo diferente, sin embargo, milenario. Creo que le encantan las buenas historias.

Le encanta escucharlas, por eso hace tantas preguntas. Le encanta contarlas, y lo hace mejor que nadie.

Le encanta actuar en ellas, no importa si es una historia sobre una familia retorcida, los Tenenbaums, sobre Starsky y su amigo Hutch, o sobre una revista estadounidense en Francia en donde trabaja un escritor de viajes de pelo rubio a quien le gustan las boinas.

Me comparte que, ahora mismo, las mejores historias en su vida son las que le cuenta a sus hijos cuando tienen puesta la pijama, como su papá lo hacía para Andrew, Luke y él, inventaba cuentos en los que aparecía un personaje recurrente, Crazy Maggie, que reía sin vida, horrible.

–A veces, cuando les cuento cuentos a los niños en la noche, me siento orgulloso de que les gusten y les intriguen. Una vez, uno de ellos me dijo que debería hacer algo con el cuento porque era muy bueno.

Era sobre un grupo de niños en un mundo posapocalíptico, y una manada de perros, soy muy complaciente con mi público. En un punto de la historia, un niño ve a la niña que le gusta con otro niño, y cree que están tomados de las manos –narra despacio, con su acento tan característico–, pero no es así. Están jugando.

Extiendes las manos, con las palmas hacia arriba, la otra persona pone las palmas sobre las tuyas, y les tienes que pegar muy rápido. ¿Sabes cuál? El niño los ve de lejos y cree que están agarrados de las manos, pero están jugando.

A veces esos detalles son buenos elementos para una historia.

El sol se sigue ocultando. Owen se está tomando su té, con las piernas estiradas y los talones cruzados, trae unos mocasines.

–Tal vez debería escribir esto como un guion. Todo –digo bromeando.

Owen arquea las cejas.

–Sabes qué, seguro sería mejor porque entonces podríamos incluir muchas de las cosas de las que estamos hablando.

FOTO: Mark Seliger

 Terraza del restaurante. Ya anocheció.

Owen y Ryan están sentados en una mesa redonda en el extremo de un amplio patio de piedra con pocas mesas. La cuenta está al centro, doblada, no la han pagado. En la mesa descansa una grabadora digital.

RYAN

Aunque a veces esas cosas se sienten egocéntricas.

OWEN

Es verdad, películas sobre películas o un escritor que escribe sobre el acto de escribir. Pero siempre me gustó esa parte en Hearts of Darkness, cuando dice “Todos dicen, ‘Ay, es Francis; lo va a resolver’. ¡Pues no! ¡No lo voy a resolver! ¡La estoy cagando!”. Y dice que como artista o persona creativa, de lo peor que te pueden acusar es de ser pretencioso.

O como dijiste, egocéntrico. Es lo mismo. Pero creo que a veces hacer algo, decir algo, implica tomar el riesgo de que te acusen de hacer tonterías. A veces hay que superar el miedo e intentar contarlo.

[pausa]

Porque sí, tal vez sería mejor.

RYAN

¿Sería mejor porque se acercaría más a quien eres?

OWEN

Sería una mejor historia. Es decir, no sería ninguna crisis para Esquire. ¿Te meterías en problemas si dijeras: ‘A ver, no vamos a hacer el artículo, vamos a hacer otra cosa’? ¿Podrían conseguir a alguien más para la portada?

La cara de Ryan demuestra que se da cuenta de que Owen está sugiriendo que abandonen el artículo por completo y mejor escriban un guión.

RYAN

¿Y no podríamos hacer los dos?

OWEN

¿Esquire hacía eso antes, no? ¿Quién fue el editor famoso que hizo a Ali con las flechas? [Se acerca y baja la voz.] Porque tal vez también sea parte de la historia: no hay nada en la cinta porque todo estaba aquí [se señala el corazón.]

RYAN

¿Me viste entrar en pánico hoy?

OWEN

Pues estabas gritándole al teléfono cuando te vi en la clínica de hidratación. Me puse nervioso. Estabas peleando con alguien por teléfono. No quería preguntar qué pasaba, así que se me ocurrió lo de la hidratación.

RYAN

[confundido, intenta recordar y cae en cuenta.] ¡Te estaba gritando a ti!

OWEN

[sonríe, confundido] ¿En serio?

RYAN

¡Sí! Estaba hablando con mi esposa, todo bien, pero después grité para saludarte.

OWEN

Creí que le estabas gritando a alguien por teléfono. ¿Ves? Así es la vida. Una situación mágica. Creí que le estabas gritando a un pobre empleado que se había equivocado con la reservación, pero me estabas gritando alegremente.

RYAN

¿Quieres meterte al mar en ropa interior? No, lo estoy forzando. Suena muy ensayado.

OWEN

No, es buena idea. Quién sabe, puede que así terminemos después de que el té me resucite. Un final como de Coming Home, vamos a nadar y uno de nosotros se sigue. Ahí radica la tensión dramática. No es algo existencial, triste, uno decide seguir hasta llegar al horizonte.

FOTO: Mark Seliger

RYAN está sentado en un bar del aeropuerto, tomando agua de jamaica y comiendo una hamburguesa con queso, pensando qué escribirle a Owen para reportarse, tiene que ser gracioso. Empieza a teclear en su teléfono y aparece en pantalla como burbuja de texto.

Lo último que recuerdo es cuando la aguja entró en mi brazo…

Minutos después, Owen responde:

¿En serio? ¿Estás bien? ¿Al menos recuerdas que anoche nadamos en tablas de surf? Pusimos al Pacífico de rodillas. Todavía recuerdo tu cara llena de lágrimas asomándote detrás de una avalancha de espuma, riéndote. Tenías una mancha enorme en la espalda. Para cuando llegamos a Sloppy Huck’s ya había desaparecido.

RYAN, ESCRIBIENDO: Creí haberlo soñado. ¿O soñamos lo mismo?

OWEN, ESCRIBIENDO: Tal vez es como dicen los aztecas: “Estamos aquí para dormir / para soñar / No es real, no es real / Que vinimos a la tierra a vivir”.

¡¡¡E hidrátate!!!

Dos semanas después.

Owen, en un estudio de Nueva York de un fotógrafo célebre se está quitando un atuendo costoso que se puso para la sesión de fotos de la revista, que está llegando a su fin luego de varias horas.

Varios asistentes y equipo de producción corren a todos lados, rompiendo equipo y empacando la ropa. Owen revisa la hora, tiene una cena. Se ve cansado.

Anoche llegó de Los Ángeles, y antier en la noche voló de Maui a los Ángeles. Mañana a las 7:00 a.m. vuela a Francia para promover The French Dispatch en el Festival de Cine de Cannes.

Está hablando con Ryan.

«De niño, quería saber el origen de los relámpagos… Se asoma un asistente por la puerta»

Owen, llegó tu coche.

Se le hizo tarde. De pronto se apresura, se pone el cinturón con una mano, pisa los talones de sus zapatos. Corre para alcanzar el elevador. Le agradece al equipo, y hay aplausos.

El botón de espera del elevador llegó a su límite y se empieza a cerrar la puerta, no se detendrá.

RYAN ¡Owen! Rápido, se cierra.

Owen se da la vuelta y corre, le vuela la cabellera rubia, le va colgando el cinturón de la cintura, con la expresión resuelta, los dientes apretados, en camino a la gloria.

En el último segundo, mete la mano a la estrecha apertura del elevador antes de que se cierren las puertas, aprieta el antebrazo de Ryan muy fuerte, y como con el poder de su personalidad, Owen abre la puerta y casi cae dentro del elevador, apenas se logra mantener de pie para no estrellarse en la pared de fondo.

A medida que el elevador desciende, se pasa la mano por el pelo, exhala profundo y se carcajea. Después se detiene, levanta las cejas y sonríe.

Por Ryan D’Agostino

Fotos Mark Seliger

Estilismo Bill Mullen

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