El cine de terror a veces juega fuerte y no deja concesiones: cuando el peligro no viene de un demonio, un asesino en serie o una criatura sobrenatural, viene de algo amistoso y que debería ser familiar. Este es el caso de Primate, una de las primeras películas de terror de 2026, que apuesta justo por ese terreno incómodo. Aquí, la amenaza no surge de lo desconocido, sino del interior de una familia y de su mascota, un lindo chimpancé llamado Ben.
¿Primate está basada en una historia real? La respuesta corta es no. La larga es mucho más interesante.
Vacaciones en el paraíso… que se transforman en un infierno
La película arranca con una premisa casi idílica. Una familia viaja a su casa de descanso en Hawái para pasar unos días lejos de la rutina. Con ellos va Ben, el chimpancé que han criado como si fuera un miembro más del hogar.
Las cosas comienzan a desmoronarse cuando Lucy, la hija mayor, organiza una pequeña fiesta con sus amigos. Lo que debía ser una noche relajada se transforma en una pesadilla cuando Ben es atacado por otro animal y contrae rabia. A partir de ese momento, el chimpancé se convierte en una amenaza impredecible, violenta y difícil de contener.
La clave de Primate no está en mostrar a un animal “malvado”, sino en cómo una enfermedad altera su comportamiento y rompe la ilusión de control humano. Esa decisión narrativa la conecta directamente con una tradición muy clara dentro del terror: los animales como “villanos”.
Animales como villanos: una vieja obsesión del género
Primate no inventa nada nuevo en términos conceptuales, y eso juega a su favor. El cine de terror lleva décadas explorando el miedo a los animales fuera de control: Jaws, The Birds, Anaconda, Orca y muchas más son claros ejemplos de ello. En todas ellas, el horror nace del mismo punto: la naturaleza respondiendo a estímulos humanos.
La premisa de Primate nos recuerda a un viejo clásico de la literatura y el cine de terror: Cujo, de Stephen King. Tanto la novela como su adaptación cinematográfica parten de una idea sencilla y devastadora: un perro amoroso contrae rabia tras ser mordido por un murciélago y se convierte en una amenaza mortal. Cujo no es un monstruo, es una víctima, y precisamente por eso resulta tan perturbador.
Primate hereda ese enfoque. Ben no ataca por crueldad ni por maldad innata. Ataca porque está enfermo. La rabia lo despoja de cualquier vínculo afectivo y lo convierte en una fuerza caótica, incapaz de reconocer a quienes antes formaban parte de su “familia”.
Ese matiz ético es importante: la película insiste en que los animales no son villanos, sino consecuencias de decisiones humanas mal calculadas.
Nope y el extraño caso Travis
Aunque Primate no está basada en hechos reales, es inevitable pensar en uno de los episodios más inquietantes del cine reciente: la escena del chimpancé en Nope (2022), de Jordan Peele. Esa secuencia, brutal y casi insoportable, muestra a un animal atacando y asesinando personas durante la grabación de un programa de televisión.
Lo que muchos espectadores no saben es que esa escena se inspira en un caso real: el ataque del chimpancé Travis en 2009. Travis fue criado como mascota y vivía en un entorno doméstico. Un día, atacó violentamente a una amiga de su cuidadora, causándole lesiones gravísimas. La policía tuvo que abatirlo en el lugar.
El caso Travis generó un debate global sobre la ética de tener chimpancés como mascotas y derivó en regulaciones más estrictas e incluso prohibiciones. Peele utilizó ese hecho real para hablar de explotación, espectáculo y control ilusorio. Primate, desde otro ángulo, retoma la misma idea.
Ambas obras comparten una idea inquietante: por más cariño, entrenamiento o convivencia, un chimpancé no es un animal doméstico.
El experimento real que resuena detrás de Primate
Hay otro antecedente histórico que flota sobre la película, aunque no sea una inspiración directa. En los años 30, el psicólogo Winthrop Niles Kellogg llevó a cabo un experimento tan fascinante como perturbador. Decidió criar a su hijo Donald junto a un bebé chimpancé llamado Gua, tratándolos como hermanos y sometiéndolos a las mismas rutinas, estímulos y pruebas.
Durante un tiempo, Gua mostró avances sorprendentes: memoria, respuestas emocionales y habilidades similares a las de un niño humano. Sin embargo, su desarrollo se estancó. El experimento terminó de forma abrupta y nunca se explicó del todo por qué.
Con los años, surgió una teoría inquietante: Gua estaba creciendo, volviéndose más fuerte y potencialmente peligroso. Kellogg pudo haber detenido el estudio por miedo a que el chimpancé lastimara a su hijo.
Primate dialoga indirectamente con este episodio histórico. La película plantea la misma pregunta de fondo: ¿qué pasa cuando cruzamos una línea que no deberíamos cruzar? ¿Qué ocurre cuando confundimos cercanía con control?
Como puedes ver, Primate no adapta un caso específico ni recrea un evento documentado, pero tampoco surge de la nada. La película se alimenta de miedos reales, de antecedentes históricos, de tragedias documentadas y de una larga tradición del terror que utiliza a los animales como espejo de nuestras decisiones.