Durante buena parte de la historia de la fotografía, tomar una imagen implicaba elegir. Un rollo tenía un número limitado de exposiciones, revelar las fotografías costaba dinero y cada disparo desperdiciado significaba una oportunidad menos para guardar algo que realmente importaba. Las vacaciones podían resumirse en 24 o 36 imágenes y, precisamente por esa limitación, cada una terminaba adquiriendo cierto valor.
Hoy esa lógica parece pertenecer a otro mundo. Podemos tomar diez fotografías prácticamente idénticas de una cena, grabar varios minutos de un concierto, llenar el teléfono con imágenes durante unas vacaciones y regresar a casa con cientos de archivos que probablemente nunca volveremos a mirar. La fotografía dejó de ser escasa y, en el proceso, también cambió nuestra relación con los recuerdos.
La coincidencia resulta especialmente interesante hoy. Cada 19 de agosto se celebra el Día Mundial de la Fotografía, fecha elegida en referencia al anuncio público del daguerrotipo en Francia en 1839. Casi dos siglos después, aquella tecnología extraordinaria se ha convertido en algo tan cotidiano que prácticamente todos llevamos una cámara en el bolsillo.
Antes fotografiábamos para recordar
Hay algo especial en abrir un viejo álbum familiar. No contiene cada comida, cada outfit ni cada tarde de unas vacaciones. Lo que encontramos es una selección pequeña y, muchas veces, imperfecta de momentos que alguien decidió conservar.
La fotografía funcionaba como una especie de filtro. Había que elegir cuándo sacar la cámara, reunir a las personas, encuadrar y confiar en que la imagen hubiera salido bien. Después llegaba otro ritual que prácticamente desapareció, revelar las fotografías, seleccionarlas y colocarlas en un álbum que probablemente volveríamos a abrir años después.
El smartphone eliminó prácticamente todas esas barreras, algo que democratizó la fotografía de una manera extraordinaria. Ya no necesitamos decidir si un momento merece una foto porque podemos fotografiar todos los momentos.
Pero cuando todo puede convertirse en recuerdo, aparece una pregunta inevitable. ¿Qué hace que un recuerdo siga siendo especial?
La cámara también puede cambiar lo que recordamos
La relación entre fotografía y memoria es más compleja de lo que parece. Una investigación realizada durante una visita a un museo encontró que las personas que fotografiaban determinados objetos posteriormente recordaban menos objetos y menos detalles que quienes simplemente los habían observado. La investigadora llamó a este fenómeno photo-taking-impairment effect.
Eso no significa que sacar el teléfono automáticamente borre nuestros recuerdos. El efecto cambia dependiendo de cómo utilizamos la cámara. Cuando los participantes fotografiaban activamente un detalle concreto, la afectación desaparecía. Otras investigaciones incluso han encontrado que tomar fotografías puede aumentar nuestro disfrute cuando nos hace prestar mayor atención a la experiencia.
La diferencia parece estar en dónde colocamos nuestra atención. No es lo mismo observar una puesta de sol y decidir qué queremos conservar de ella que pasar varios minutos pensando únicamente en conseguir la fotografía perfecta para publicar.
La cámara puede ayudarnos a mirar. Pero también puede convertirse en aquello que nos impide hacerlo.
El concierto que terminamos viendo a través del teléfono
Pocas escenas representan mejor esta contradicción que un concierto contemporáneo. Las luces se apagan, aparece el artista y cientos o miles de teléfonos inmediatamente se levantan.
Tiene sentido. Queremos conservar una canción que significa algo para nosotros, recordar cómo se veía el escenario o guardar unos segundos de un momento que probablemente no volverá a repetirse.
El problema aparece cuando dejamos de registrar un recuerdo y comenzamos a registrar la experiencia completa.
Grabamos una canción. Después otra. Revisamos si el video quedó bien. Ajustamos el encuadre. Pensamos si deberíamos subirlo. Y, sin darnos cuenta, una parte de nuestra atención deja de estar frente al escenario y termina concentrada en una pantalla de unas cuantas pulgadas.
La paradoja es extraña. Queremos guardar tanto el momento que corremos el riesgo de dejar de vivirlo.
También dejamos de tomar fotos solamente para nosotros
Hay otra transformación que ocurrió silenciosamente. Durante décadas, el destinatario principal de nuestras fotografías futuras éramos nosotros mismos.
Fotografiábamos para recordar. Las redes sociales introdujeron otro espectador.
Ahora también fotografiamos pensando en quién verá la imagen. Elegimos el ángulo de la mesa, repetimos una fotografía porque alguien cerró los ojos, buscamos el lugar correcto frente a un monumento y podemos terminar evaluando una experiencia por lo bien que se verá cuando aparezca en una pantalla.
Eso no significa que publicar fotografías sea necesariamente negativo. Compartir imágenes siempre ha sido una parte fundamental de la fotografía, mucho antes de que existiera Instagram. Lo diferente es la velocidad y la escala con las que ahora lo hacemos.
Una fotografía ya no necesita sobrevivir décadas dentro de un álbum. A veces necesita sobrevivir 15 segundos dentro de una historia.
El problema no es tomar demasiadas fotos
Sería demasiado sencillo convertir todo esto en una defensa nostálgica de las cámaras analógicas. Poder fotografiar nuestra vida constantemente también significa conservar momentos que generaciones anteriores simplemente habrían perdido.
Las fotografías siguen siendo poderosos detonadores de recuerdos. Revisarlas puede ayudarnos a recuperar experiencias y reforzar determinados momentos de nuestro pasado, aunque la investigación también sugiere que aquello que recordamos depende en parte de cuáles imágenes volvemos a mirar.
Quizá el verdadero problema no sea la cantidad de fotografías que tomamos. Es qué hacemos con ellas después.
Miles de imágenes permanecen enterradas entre screenshots, recibos, memes y fotografías repetidas dentro de nuestros teléfonos. Tenemos un archivo extraordinariamente detallado de nuestra propia vida, pero pocas veces nos detenemos a recorrerlo.
Antes teníamos pocas fotografías y las mirábamos muchas veces. Ahora tenemos miles y quizá miramos muy pocas.
Tal vez necesitamos volver a elegir qué queremos recordar
El Día Mundial de la Fotografía existe para celebrar una tecnología que transformó nuestra manera de documentar el mundo. Desde aquel anuncio del daguerrotipo en 1839 hasta la cámara que llevamos hoy en el bolsillo, nunca había sido tan sencillo detener un instante y conservarlo.
Quizá precisamente por eso elegir vuelve a ser importante. No necesitamos dejar el teléfono guardado durante todas nuestras vacaciones ni asistir a un concierto sin tomar una sola fotografía. Tampoco necesitamos regresar al rollo de 36 exposiciones para recuperar el valor de una imagen.
Tal vez basta con preguntarnos, de vez en cuando, por qué estamos tomando esa foto. Si queremos recordar cómo se veía aquello que tenemos enfrente, vale la pena hacerla. Pero también puede haber momentos que no necesitan convertirse en un archivo para permanecer con nosotros.
Porque después de casi dos siglos intentando encontrar mejores maneras de conservar nuestras vidas, quizá la fotografía todavía tiene algo que enseñarnos sobre la memoria.
No todos los momentos necesitan una foto para convertirse en recuerdos.