Paul Thomas Anderson llevaba más de veinte años rumiando esta película. Eso se nota. Una batalla tras otra (reciente ganadora de los Critics Choice Awards 2026) no es un gesto impulsivo ni una respuesta a la coyuntura política del momento. Es una obra que mira hacia atrás, revisa los restos de una época incendiaria y se pregunta qué queda cuando el fervor se apaga.
Aunque la cinta parte de Vineland, la novela que Thomas Pynchon publicó en 1990, su corazón está anclado en una historia muy concreta del siglo XX estadounidense: la de los movimientos radicales que surgieron al final de los años sesenta y que, con el paso del tiempo, se diluyeron entre la clandestinidad, la derrota y el desgaste personal. Anderson no adapta un hecho real específico, pero sí un clima histórico reconocible.
El eco de los años sesenta
Bob Ferguson, el personaje que interpreta Leonardo DiCaprio, es un ex militante que alguna vez creyó que la violencia era una herramienta legítima para cambiar el mundo. Formó parte de un grupo llamado French 75, dedicado a sabotajes, liberación de inmigrantes y ataques simbólicos contra el poder. Hoy, Bob es otra cosa: un padre soltero, adicto, paranoico, que vive con la sensación de que el pasado nunca se fue del todo.
Ese tránsito no es inventado. Está inspirado en trayectorias reales como la de los integrantes del Weather Underground, también conocidos como los Weathermen. Este grupo surgió en 1969, dentro del movimiento Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS), y apostó abiertamente por la lucha armada como respuesta al racismo estructural, la guerra de Vietnam y el imperialismo estadounidense. Eran jóvenes, mayoritariamente blancos, con formación universitaria y una convicción radical: el sistema debía caer, aunque el precio fuera alto.
Durante algunos años colocaron bombas, organizaron acciones clandestinas y se convirtieron en el enemigo interno perfecto. Luego vino la persecución. Muchos cambiaron de identidad, se dispersaron por el país y trataron de llevar vidas normales. No todos lo lograron. Esa resaca moral es la que Anderson coloca en el centro de su película.
No hay nostalgia, hay desgaste
Una de las decisiones más interesantes de Una batalla tras otra es evitar la épica. Aquí no hay romanticismo revolucionario ni discursos inflamados pensados para viralizarse. Lo que hay es cansancio. Bob Ferguson no es un símbolo, es un hombre roto que intenta proteger a su hija mientras sabe que sus decisiones pasadas siguen teniendo consecuencias.
Anderson ha insistido en que su película no pretende ser un comentario directo sobre la política actual. En entrevistas ha dicho, sin rodeos, que se trata de ficción. Y es cierto. Pero también lo es que la película conecta porque habla de algo que sigue ocurriendo: el choque entre ideales absolutos y vidas concretas.
El enemigo no desaparece, solo cambia de forma
El regreso del coronel Lockjaw, interpretado por Sean Penn, activa el conflicto central. Lockjaw no es solo un antagonista físico; es la encarnación del pasado que Bob creyó enterrado. Representa a esos poderes que sobreviven a cualquier cambio generacional, que saben esperar y cobrar facturas tarde o temprano.
En ese punto, la película se aleja del thriller convencional y se acerca más a una reflexión incómoda: ¿qué ocurre cuando quienes lucharon contra el sistema envejecen y el sistema sigue ahí? ¿Qué se transmite a los hijos: la causa o el miedo?
Mujeres, memoria y liderazgo
El personaje de Perfidia Beverly Hills, interpretado por Teyana Taylor, añade otra capa histórica. Su construcción está influida por figuras reales como Assata Shakur, activista afroamericana, militante del Black Liberation Army y símbolo de resistencia para varias generaciones. Taylor ha explicado que la autobiografía de Shakur fue una referencia constante durante el rodaje.
Perfidia no es un interés romántico ni un recuerdo idealizado. Es una líder política, una mujer negra obligada a cargar con una fortaleza que nunca pidió. Su ausencia pesa tanto como su recuerdo. En ese sentido, la película también habla de quiénes pagan los costos más altos cuando los movimientos se fragmentan.
Persistir no es lo mismo que ganar
DiCaprio ha dicho que lo que lo atrajo del proyecto fue la humanidad del guion. Y se nota en su actuación. Bob Ferguson no es un héroe clásico ni un villano redimido. Es alguien que sigue en pie, a pesar de todo. Anderson parece más interesado en esa persistencia torpe, a veces patética, que en cualquier idea de triunfo.
Una batalla tras otra no ofrece respuestas claras ni moralejas. Se dedica a mirar cómo la historia se filtra en lo cotidiano y cómo las grandes consignas se vuelven problemas domésticos. Al final, la pregunta no es si la revolución valió la pena, sino qué hacemos con sus restos.