Heart Eyes juega con el espectador desde su primera escena, porque se presenta como una historia de romance incómodo entre dos adultos que no creen demasiado en el amor, pero poco a poco se transforma en una pesadilla sangrienta donde cualquier gesto romántico puede convertirse en una sentencia de muerte. Sin embargo, lo que realmente termina de definir la película es su último giro, uno que obliga a replantear todo lo que se vio antes y que confirma que el asesino nunca fue quien parecía ser. Este es el verdadero significado de su final.
La primera gran pista: el rostro que no significa nada
En el clímax inicial del autocine, Ally y Jay consiguen algo que parecía imposible: herir al asesino y quitarle la máscara. La escena está construida como un momento de revelación, de esos donde el público espera descubrir a alguien conocido, alguien que ha estado presente desde el inicio. Pero no ocurre. El hombre bajo la máscara es un completo desconocido.
Ese detalle, que en un primer momento desconcierta tanto a los personajes como al espectador, es en realidad la clave de todo el misterio, porque deja claro que la identidad de Heart Eyes no pertenece a una sola persona. Es un disfraz que puede cambiar de dueño. Una máscara que cualquiera dentro del plan puede usar.
Y alguien más la está usando.
La revelación en la iglesia
La verdad emerge poco después, cuando Ally recibe una llamada del asesino y acude sola a una iglesia con la esperanza de salvar a Jay. El lugar no es casual. La iglesia simboliza el amor, la unión, el matrimonio, pero también es el escenario perfecto para destruir esas ideas.
Ahí descubre que la detective Shaw, quien durante toda la película parecía estar del lado de la justicia, es en realidad una de las responsables de los asesinatos. Pero no está sola. Su esposo David forma parte del juego, y el hombre al que Ally y Jay habían herido antes era el tercer miembro. Entre los tres construyeron la identidad del asesino, alternándose el disfraz para mantener la ilusión de una figura omnipresente, imposible de atrapar y completamente impredecible.
¿Matar era su forma de estar juntos?
Uno de los aspectos más inquietantes del final es que no existe una razón trágica que justifique sus actos. No hay un trauma infantil que los marcó ni una venganza específica contra las víctimas. Lo que los une es algo más simple y perturbador. Disfrutan matar. Lo hacen juntos, como una actividad compartida que fortalece su vínculo, casi como una cita macabra que celebran cada Día de San Valentín. El amor, en su versión, está ligado a la destrucción.
La confrontación final: sobrevivir o morir
Cuando Shaw obliga a Ally a elegir entre suicidarse o ver morir a Jay, la dinámica cambia por completo, porque Ally deja de ser la víctima que huye y se convierte en alguien que pelea por su vida. La reacción es rápida, violenta, desesperada. Le clava una pajilla metálica en el cuello.
Al mismo tiempo, Jay enfrenta a David en una secuencia brutal donde logra atravesarle el ojo con una flecha, un gesto que funciona como una especie de justicia poética contra el asesino que observaba a sus víctimas a través de una máscara con ojos de corazón. Aunque David parece muerto, intenta levantarse una vez más.
Jay no comete el mismo error dos veces. Le dispara y lo remata. Esta vez, Heart Eyes no volverá a levantarse.
El salto temporal donde el amor nació en medio del horror
Un año después, la película regresa al autocine, el mismo lugar donde la muerte estuvo a punto de alcanzarlos, pero ahora el ambiente es distinto. No hay persecución ni sangre. Sólo silencio y calma. El pasado sigue ahí, pero ya no tiene poder sobre ellos.
Jay planea dar el siguiente paso en la relación y pedirle que se muden juntos, aunque es Ally quien toma la iniciativa y le propone matrimonio primero, invirtiendo por completo la dinámica que ambos tenían al inicio, cuando ella no creía en el amor y él parecía más abierto a la idea. Es un cierre optimista. También es una forma de cerrar el círculo.