Existe una paradoja incómoda en la historia de los Premios de la Academia, y es que mientras el Oscar presume ser el máximo reconocimiento de la industria cinematográfica, muchas de las películas que realmente han moldeado la imaginación de generaciones enteras y dejaron una huella profunda en el cine moderno, fueron ignoradas por completo el año de su estreno.
Estas producciones no recibieron siquiera una nominación, como si en su momento la industria no hubiera sido capaz de reconocer lo que tenía frente a los ojos. Lo verdaderamente fascinante es que, con el paso de los años, estas mismas películas crecieron en prestigio, influencia y estatus cultural. Actualmente son clásicos indiscutibles, referentes obligados y obras que hoy pesan mucho más que muchas de las que sí ganaron la estatuilla.
Leon: The Professional (Luc Besson, 1994)
Desde su premisa inicial, la película nos introduce en la vida de Léon, un asesino a sueldo meticuloso, silencioso y emocionalmente aislado que habita en un pequeño departamento de Nueva York. Su mundo cambia radicalmente cuando Mathilda, una niña de apenas 12 años que acaba de sobrevivir al asesinato brutal de su familia, toca su puerta buscando refugio.
Resulta difícil entender cómo la Academia ignoró una película que no solo posee una dirección visual elegante y precisa, sino que además contiene interpretaciones extraordinarias, especialmente la de Gary Oldman, quien construyó uno de los villanos más impredecibles y aterradores de su generación, y la de una joven Natalie Portman que debutó con una madurez interpretativa que muy pocos actores adultos han alcanzado.
The Big Lebowski (Joel y Ethan Coen, 1998)
Lo que comienza como una confusión absurda cuando un hombre desempleado y despreocupado es confundido con un millonario del mismo nombre, pronto se convierte en una espiral delirante de secuestros, conspiraciones, nihilistas alemanes y maletines llenos de dinero, todo visto a través de los ojos de Jeffrey Lebowski, mejor conocido como “The Dude”, un personaje que encarna como pocos el desencanto masculino moderno y la resistencia pasiva frente a las exigencias de una sociedad obsesionada con el éxito y la productividad.
El hecho de que la Academia ignorara su guion resulta particularmente incomprensible, considerando que su estructura narrativa es un rompecabezas perfectamente diseñado que combina comedia, cine negro y existencialismo con una naturalidad que muy pocos cineastas han logrado.
Scarface (Brian De Palma, 1983)
La historia de Tony Montana, un inmigrante cubano que llega a Miami sin nada y que asciende hasta convertirse en uno de los narcotraficantes más poderosos de la ciudad, es al mismo tiempo una fantasía de poder y una advertencia brutal sobre el precio de vivir sin límites.
La actuación de Al Pacino es una transformación total, física y psicológica, que sostiene toda la película y que, incomprensiblemente, no fue reconocida por la Academia.
Shutter Island (Martin Scorsese, 2010)
Desde el momento en que el detective Teddy Daniels llega a la isla envuelta en niebla para investigar la desaparición de una paciente psiquiátrica, la película construye una atmósfera sofocante y paranoica en la que la realidad comienza a fragmentarse lentamente hasta revelar una verdad devastadora.
Resulta sorprendente que una película con semejante nivel técnico, narrativo e interpretativo no recibiera reconocimiento.
Heat (Michael Mann, 1995)
La película presenta el enfrentamiento entre un policía obsesivo y un ladrón profesional disciplinado, dos hombres que, aunque se encuentran en lados opuestos de la ley, comparten el mismo código moral, la misma soledad y la misma incapacidad para vivir una vida normal.
La escena entre Al Pacino y Robert De Niro, cargada de tensión contenida mientras sostienen un diálogo, es una clase magistral de actuación que merecía más reconocimiento de la Academia.
Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992)
La influencia de esta obra es difícil de exagerar, porque no solo redefinió el cine independiente de los años noventa al demostrar que una historia podía sostenerse casi por completo a través de diálogos inteligentes y personajes moralmente ambiguos, sino que además introdujo una nueva forma de representar la violencia, una que no dependía únicamente de lo visual, sino del peso emocional y psicológico de cada acto.
El hecho de que la Academia ignorara el guion resulta especialmente injusto cuando se considera que Tarantino construyó una narrativa no lineal que rompe deliberadamente las convenciones clásicas.
The Terminator (James Cameron, 1984)
La premisa es tan simple como poderosa, cuando un cyborg prácticamente indestructible es enviado desde un futuro dominado por las máquinas hasta el Los Ángeles de los años ochenta. Su misión es asesinar a una mujer aparentemente común, cuyo único “delito” es que algún día dará a luz al líder de la resistencia humana.
La película cambió la ciencia ficción para siempre porque introdujo una visión mucho más oscura, física y tangible del futuro, alejándose de las fantasías espaciales tradicionales para presentar una amenaza tecnológica íntima, cercana y profundamente inquietante.
La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988)
La película sigue a Seita y su pequeña hermana Setsuko mientras intentan sobrevivir en Japón durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial.
Su influencia fue monumental porque demostró de forma definitiva que la animación no era un género ni un entretenimiento exclusivo para niños, sino un medio capaz de explorar el dolor, la pérdida y la muerte con una honestidad emocional que muchas películas de acción real no han logrado alcanzar.
La película merecía nominaciones no solo por su narrativa devastadora, sino por su capacidad de construir una experiencia emocional tan poderosa que permanece en la memoria durante años.
Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984)
A través de la mirada melancólica de David “Noodles” Aaronson, la película recorre varias décadas de su vida, desde su juventud como delincuente callejero hasta su vejez marcada por el arrepentimiento y la nostalgia.
La ausencia de nominaciones resulta especialmente incomprensible si se considera la ambición formal de la película, su complejidad narrativa y la extraordinaria actuación de Robert De Niro, que construye un personaje lleno de contradicciones y humanidad.
The Shining (Stanley Kubrick, 1980)
La historia de Jack Torrance, un hombre que acepta un trabajo como cuidador de invierno en un hotel aislado en las montañas junto a su esposa e hijo, se convierte lentamente en un descenso a la locura cuando el aislamiento, las tensiones familiares y una presencia maligna invisible comienzan a desintegrar su mente, transformándolo en una amenaza para su propia familia.
La actuación de Jack Nicholson, junto con la dirección meticulosa de Kubrick, merecía un reconocimiento que nunca llegó, a pesar de que hoy la película es considerada una de las mejores de la historia.
Los otros (Alejandro Amenábar, 2001)
La película sigue a Grace, una mujer que vive con sus dos hijos en una enorme casa aislada después de la Segunda Guerra Mundial, mientras espera el regreso de su esposo y trata de proteger a sus hijos de una enfermedad que les impide exponerse a la luz. A la par comienzan a experimentar fenómenos extraños que desafían cualquier explicación lógica.
Su guion, su dirección y la extraordinaria actuación de Nicole Kidman merecían una presencia en los Premios de la Academia, especialmente porque la película logró construir uno de los finales más impactantes y mejor ejecutados del cine moderno.