Más allá de esa perfecta fase de grupos y el aplastante triunfo ante Ecuador en la Copa del Mundo 2026, la Selección Mexicana de Futbol nos unió y nos hizo creer, y ese aún agradable sabor de boca fue gracias a Santi y sus compañeros.
Nos reunimos con el delantero en Polanco, justo antes de regresar a Europa, donde nos contó sobre los sueños, las adversidades y esas lecciones de la vida que lo hacen tener los pies sobre la tierra.
ESQUIRE: ¿Qué pasó por tu mente después de ese partido ante Inglaterra?
SANTIAGO GIMÉNEZ: Sinceramente, se me quedó la espinita de que merecíamos más, de qué habíamos puesto a una de las potencias mundiales a defender durante todo el partido, pero con la espina de que podíamos haber pasado a la siguiente fase.
Si tu vida fuera un partido de 90 minutos, ¿en qué minuto sientes que estás hoy?
En el 45, en el primer tiempo. Creo que estoy a la mitad de mi carrera, que he logrado cosas interesantes, pero con hambre de más, así que quiero salir al segundo tiempo a comerme la cancha.
Has cumplido sueños que parecían lejanos cuando eras niño. Hoy, después de todo lo que has vivido, ¿qué versión de Santiago sientes que descubriste en estos últimos meses?
A un Santiago guerrero, a uno que conquista barreras y atraviesa momentos difíciles, pero que sabe que, con Dios, todo es posible.
Cuando miras atrás a lo que te pasó a los 17 años (una trombosis que puso en riesgo su vida), ¿dónde lo ves hoy? ¿Es un recuerdo lejano o sigue siendo presente de alguna manera?
Está muy presente, pero de forma positiva, porque me cambió la vida. Pude encontrar a Dios, y agradezco eso, porque soy más fuerte. Cuando me pongo a pensar en ese momento, saco un fuego interno que me hace ser diferente.
El último año ha sido uno de los más intensos de tu carrera, entre el Milán y un Mundial en casa. Ahora que has tenido tiempo de asimilarlo, ¿qué fue lo más valioso que te dejó esa etapa?
La lección de que, nosotros, como deportistas, podemos unir y hacer creer a muchas personas, y creo que esa responsabilidad es una lección que me dejó el Mundial.
Siempre hablas de la importancia de tu familia y de tu fe. Cuando llegan los momentos de mayor presión o las críticas, ¿qué es lo que te recuerda quién eres fuera de la cancha?
Cuando la vida te pone abajo, lo único en lo que pienso es en Dios y de que cómo me ha sacado de cosas peores. Eso es lo que me da esperanza y fortaleza, además de mi familia, que es quien me hace estar apegado a Dios. Es un combo perfecto, porque con Dios todo es posible.
¿Hay algún sueño, dentro o fuera de la cancha, que hoy ocupe el lugar que antes tenía jugar un Mundial o llegar a Europa?
Tengo muchos. Los sueños nunca se acaban… siempre aparece uno nuevo. Quiero hacer historia en Milán, un club en el que soñé siempre. No quiero pasar únicamente, quiero hacer historia.
¿Hay algo que tu padre te haya dicho sobre el fútbol que solo entendiste cuando maduraste como jugador?
Hace poco me dijo algo que me cambió la perspectiva. Me dijo que cambiaría todos sus títulos por jugar en el Milán y por jugar un Mundial.
Los futbolistas son ídolos, son estrellas... ¿cómo manejas la parte de los piropos sobre tu físico, más allá del manejo del balón?
La familia y Dios son quienes me mantienen humilde, los que te dan un balance en la vida. Siempre he creído que no eres el mejor cuando ganas, ni el peor cuando se pierde… que es importante saber quién eres.
¿Qué cosa pequeña te hace genuinamente feliz y que a la gente le sorprendería saber?
Algo que me hace bastante feliz, que lo he descubierto últimamente, es estar por lo menos un día sin teléfono, sin estar conectado con el mundo. Lo he intentado y la verdad es que me gusta bastante.
¿Tienes una persona favorita?
Tengo muchas. Mi esposa Fer, que me acompaña, que es mi aliada en la vida. Mis padres, que siempre me acompañan en las buenas y en las malas, además de mis hermanas, que siempre me dan todo el amor y todo el apoyo.