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El efecto Federer en la industria del deporte

roger federer

Foto: Cortesía

El placer (y ocasional dolor) de ver a Roger Federer, el mejor jugador en la historia del tenis.

Por Tim Lewis

Él cambia su raqueta después del séptimo juego del primer set y cada nueve juegos después de eso. Esto lo mantiene en sincronía con el horario para cambiar las bolas viejas por las nuevas (él, así como los organizadores del torneo, designa el equivalente al desgaste de dos juegos para el golpe antes del partido).

La metodología que utiliza para cambiar su raqueta ‒elegante, económica, como cada movimiento que hace‒ varía muy poco cuando él está en el mundo, sin importar la etapa del juego. Es uno de los tantos placeres de nicho derivados de ver a Roger Federer en una cancha de tenis ‒idealmente en vivo, en la ronda‒ pero probablemente este sea mi favorito.

Cuando ha terminado con una raqueta, abre el zipper a su bolsa marca Wilson junto a su silla y la coloca dentro. Federer entonces saca lo que sería grosero no llamar, en un cliché de comentarista, una nueva vara mágica.

Las raquetas que usa Roger Federer

Típicamente, llega a la cancha con nueve raquetas, suficientes para llevarlo a través del más profundo juego de cinco sets. Estas raquetas están preparadas por uno de dos hombres: Nate Ferguson y Ron Yu, dueños de una empresa itinerante, especializada en encordado, llamada Priority 1.

Ferguson y Yu se hicieron de un nombre de forma separada, trabajando en las raquetas para Pete Sampras y Andre Agassi respectivamente, antes de unir fuerzas hacia el cambio de milenio. Federer ha estado utilizando sus servicios en cada torneo importante desde el Abierto de Francia en 2004.

Esas nueve raquetas tienen 19 cordones cruzados, hechos de poliéster texturizado y 16 cuerdas verticales de tripa natural (las “principales”). Esto, encuentra Federer, le da un giro y poder óptimos, mayor sensación, aunque durabilidad limitada (lo cual no es un problema cuando sólo le pides 30 minutos a tu raqueta).

Cuando Ferguson y Yu terminan, dibujan un logo rojo de Wilson sobre las cuerdas, empacan cada raqueta en una larga bolsa de plástico y cierran el extremo con un trozo de cinta adhesiva azul. Después, cada bolsa es estampada con una calcomanía grande que lee: RF.

Ahora, esta es la parte que he aprendido a amar durante la década que he visto a Federer en Wimbledon, reportando los partidos para un diario nacional. Él elige la raqueta que quiere, seleccionándola de entre una de tres diferentes tensiones en las cuerdas.

Se levanta de su silla, quita la cinta adhesiva azul. Después, camina hacia el niño o niña recogepelotas más cercano y, sin palabras, Roger Federer coloca su mano dentro del plástico y toma el mango de la raqueta. El niño quita bruscamente el plástico con un movimiento y lo mete al bote de basura junto a la silla del árbitro. El intercambio, como una pareja casada que conoce las rutinas del otro demasiado bien, toma tan sólo un segundo o dos, pero como coreografía, es perfecta.

Roger Federer en Copa Davis, en Zúrich, Suiza, 2000 – Getty Images

 

La técnica de Roger Federer

Puedes, por supuesto, apreciar a Federer a través de una compilación de los mejores y más destacados tiros: el tierno salto de conejo que hace antes del golpe por encima de la cabeza; el servicio metronómico que es el golpe más valorado en toda la historia del tenis; esos locos golpes fuertes de squash o el golpe con truco entre las piernas llamado tweener, el cual es hoy en día una popular palabra en los crucigramas.

Pero fue Mats Wilander, el ganador siete veces del Grand Slam, originario de Suecia, quien notó que para comprender realmente a Roger Federer, debes verlo entre los puntos.

Wilander disfruta de manera especial la forma en la cual Federer regresa la bola a los recogepelotas después de un primer servicio perdido o al final del rally. Nunca es una interacción simple, utilitaria: al contrario, él hará un tiro con una viciosamente retorcida caída que rebota hasta sus manos o un golpe con efec- to cortado que logra un sonido satisfactorio sobre la lona detrás de la cancha. “Nadie más hace eso”, dijo Wilander. “Nadie más ha hecho eso nunca. Y todavía lo hace. La final de Wimbledon ‒no importa”.

«Extrañamente tierno”

El autor David Foster Wallace se volvió ligeramente obsesionado con la solícita atención que obtuvo Federer colocando su blazer color “suero de leche” sobre la silla libre al lado de la cancha durante el campeonato de Wimbledon 2006, alisándolo para que no tuviera arrugas. “Algo en esa acción parece infantil y extrañamente tierno”, Foster Wallace escribió en su emblemático ensayo, Roger Federer Como Experiencia Religiosa.

Gustave Flaubert puede haber acuñado la expresión “Dios está en los detalles”, el arquitecto modernista Ludwig Mies van der Rohe ciertamente la practicó y volvió popular. Pero la vida profesional de nadie ha sido una búsqueda tan estructurada y determinada de este ideal como la de Federer. Parece significar tanto para él como los récords, a pesar de que también ha acumula- do varios de esos. Y son estos momentos que hacen que muchos de nosotros amemos a Roger Federer.

Durante mucho tiempo estuve convencido de que Federer era un hombre muy apuesto, del tipo que modelaba para los escultores en el siglo XVI en Florencia. Recuerdo plantear este argumento una mañana de domingo en enero hace algunos años, mientras veía el Abierto de Australia en la televisión. Mi novia frunció la nariz. “¿Sí sabes, de manera objetiva, que él no es tan guapo, no?”, contestó ella. “Quiero decir, tiene un ‘buen’ aspecto. Pero no es como Ryan Gosling”.

Observé bien a Federer, como si fuera la primera vez, y me di cuenta que ella tenía razón: la nariz blanda, la sonrisa dispareja y tonta, el barrido ligeramente del flequillo anticuado de la época de Judd Nelson que se asoma de pronto por debajo de su bandana. ¡Bandana! Y, por mucho que yo quisiera establecer que Federer es uno de los hombres con más estilo de los últimos años, no es perfecto.

Algo de la historia de Roger Federer

Llegó a la escena, hace más de 15 años, con una cola de caballo enorme, difícil de defender. Nike lo ha puesto en un atuendo divisivo y a prueba con el paso de los años, no menos que un chaleco estilo crupier, pantalones de cricket y una chamarra militar con adornos dorados que presumió en Wimbledon 2009. (La editora de moda de la edición estadounidense de Vogue, Anna Wintour, su amiga, lo separó de la gente y le dijo que bajara un poco los acentos dorados).

Pero una cosa que hay que concederle a Federer es que siempre porta bien su imagen. Y este estilo se vuelve convincente para los espectadores, tanto masculinos como femeninos, pero especialmente para los hombres.

He tenido infatuaciones masculinas antes ‒en unas vacaciones, me rendí ante los hombres de Estocolmo‒ pero quizá la razón de que Federer haya sido una tan duradera es el encanto del viejo mundo y la civilidad que representa. Es el Jimmy Stewart de nuestra generación. Hace una década, un representante de Nike que era el responsable del guardarropa de Federer durante Wimbledon, me contó cómo fue a la casa que Federer rentó para el torneo la mañana después de que hubiera ganado el título.

Llegó hasta la puerta principal, observó la longitud de la casa y vio a Federer en el jardín. Llevaba puesta una impecable bata blanca, bebía café y leía un diario, como si el representante hubiera llegado a un comercial de Nespresso que Federer grababa para el mercado japonés. “La manera en que te imagines que Roger es, así es”, el representante explicó. “No hay truco”.

Los vistazos que podemos tener de su vida, fuera de la cancha, sugieren que esto es verdad. Cuando Federer se hizo la única lesión seria en los 20 años de carrera, hasta el día de hoy –un menisco roto en la rodilla que arruinó su temporada 2016‒lo hizo preparando un baño para sus dos pares de gemelos: Myla y Charlene, de ocho años, y Leo y el intachable Lenny, de cuatro años. “Y ya que es Roger Federer”, escribió Brian Phillips en The New York Times, “debemos asumir que estaba preparando un impresionante baño, posiblemente el mejor baño de toda la historia, temperatura perfecta, burbujas inmaculadas, un ligero aroma a lavanda, lo de siempre”.

Por supuesto, es más fácil perturbar la serenidad y la despreocupación cuando estás ganando. Si eres el número 74 de las listas mundiales, no se te permite hacer un ballet estilizado con el niño recoge pelotas cuando quieres cambiar tu raqueta. Sólo le quitas el plástico y lo metes en el bote de basura –tú solo. Puedes tontear entre puntos tanto como lo desees, si de cualquier forma vas a ganar en sets seguidos.

Federer en ocasiones se comporta como el perro bien amaestrado que aún tiene algo de lobo dentro de él. En los primeros días del sistema de llamadas Hawk-Eye, a menudo reaccionaba de manera petulante a sus veredictos con molestos “¿sabes quién soy?”. Durante la final de Wimbledon de 2007, a la cual se coló a través de cinco sets contra Nadal, afirmó que Hawk-Eye lo “estaba matando” y pidió al árbitro que lo apagara. (El árbitro, con razón, se negó).

Cuando, después de años de dominio, comenzó a perder contra Nadal y Djokovic, se volvería irritable en las entrevistas posteriores a los partidos. Después de una mortificante derrota en la semifinal contra Djokovic en el Abierto de Estados Unidos en 2011, dijo, desagradablemente: “Es extraño tener que explicar esta derrota, porque siento que debería estar dando la otra conferencia de prensa”.

El serbio, un punto abajo, había tenido la temeridad para desatar un tiro monstruoso y así, retirarse del abismo. No, no, no, vuelve a jugar el punto. Ese es el efecto que Federer tiene en otras personas.

Para los admiradores de Federer, esta etapa fue la que más lo puso a prueba en esta larga y monógama relación. Es curioso reflejarse en esos años ahora que estamos tomando el sol en la Segunda Llegada de Roger Federer. Pero sin duda, esta fue una época desafiante.

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Los inicios de la carrera de Roger Federer

La Primera Llegada abarcó aproximadamente de 2003 a 2010. A lo largo de estos años, obtuvo 16 títulos; en 2006 ganó la impresionante cantidad de 92 partidos en todas las superficies, perdiendo únicamente cinco (cuatro ante Nadal, uno ante Andy Murray). Alcanzó 10 finales consecutivas de Grand Slams, logró 23 semifinales seguidas.

Su récord contra los mejores jugadores de esta era fue violentamente desequilibra- do: Lleyton Hewitt y David Nalbandian le ganaron algunas veces al principio, pero Federer descifró sus estilos y amontonó una derrota tras otra sobre ellos. Andy Roddick ganó únicamente tres de sus 24 partidos y nunca un Grand Slam.wint

Federer era imperioso, intocable. Al mismo tiempo, podía también pasar por algo así como un tonto europeo; sus discursos de victoria después de los juegos, en ocasiones, canalizaban a Derek Zoolander. Esto probablemente fue injusto para un hombre que hablaba en su cuarto idioma, pero ciertamente Federer casi no utiliza el auto desprecio, es más, no lo utiliza en absoluto.

Roger Federer Con Novac Djokovic después de la final de Wimbledon, 2014 – Getty Images

 

La Caída, de 2010 a 2016, fue extraña para todos. Malcolm Gladwell, el autor de David and Goliath, su libro acerca de “inadaptados y el arte de luchar contra gigantes”, dice que si no tienes una pizca de empatía, nunca debes echar porras al desvalido. El desvalido, razona, no espera ganar y no estará distraído si no lo hace.

El macho alfa fanfarrón, por otro lado, estará destruido si pierde. “Se van a casa devastados”, dijo recientemente Gladwell en un promocional para su podcast, Revisionist History. “Se van hacia el desierto sin agua ni comida. Sus vidas son un verdadero infierno”.

¿“Verdadero infierno” suena muy extremo? Ver a Federer en la cancha en Wimbledon o en la televisión cuando jugaba en cualquier otro lugar, había algo desgarrador acerca de esta época. Ciertamente, era tanto triste como doloroso. En 2016, un Federer lleno de lesiones pasó todo un año sin ganar un solo título. Federer también salió de la lista de los 10 mejores, por primera vez desde 2002.

La rivalidad de Roger Federer con Rafael Nadal

Sus partidos contra Rafael Nadal se volvieron especialmente desalentadores. Mientras que Nadal siempre ha sido respetuoso con Federer ‒dijo alguna vez: “Si alguien dice que soy mejor que Roger, pienso que no saben nada acerca de tenis”‒ la suya fue una archirrivalidad problemática. Sus juegos se convirtieron en versiones adultas del tenis que jugabas de niño: ¡pégale hacia su revés! ¡Pégale hacia su revés!

En un punto durante 2014, Nadal había ganado 23 de sus partidos, Federer únicamente 10; en las etapas más grandes, las finales de Grand Slam, la ventaja de Nadal era de seis a dos. Esto se convirtió en un dilema lógico imposible de resolver: ¿Cómo podía Federer ser tanto el mejor jugador de tenis que jamás haya existido, como claramente ni siquiera el más dominante de su propia generación?

Algunas veces Federer rompió en llanto después de duras derrotas. Estos deberían haber sido los peores y más tristes momentos, pero personalmente, no lo fueron. Los hombres modernos lloran por todo, desde comerciales de comida para gato hasta la abuela que muere en Moana. La desaparición persistente de Federer cayó en la categoría de dolor más discreto y profundo: del tipo que experimentas cuando te das cuenta de que tu padre no es infalible.

El legado de Roger Federer

Cuando habló acerca de que El legado de Roger Federer está asegurado. La derrota cualquier día no significa que sea el fin del mundo. Poco a poco se ha descubierto que, de hecho, tiene un astuto sentido del humor. Y ha seguido ganando. Todo deportista desciende y la velocidad a la cual resbalan es a menudo dramática, alarmante. Pocos de los grandes mantienen algo de control sobre su salida. Ali no lo hizo. Woods no lo ha hecho. Beckham tuvo el buen juicio de irse a otro continente. Jordan probablemente lo haya hecho, pero tuvo algunos giros incorrectos a lo largo del camino. Parte de la tristeza con Federer fue que se sentía que había más en riesgo que el destino del exilio fiscal de un multimillonario.

Él, con sus corteses modales y su lánguido revés con un solo brazo, representó la belleza en la batalla contra la función, interpretada aquí por Nadal y Djokovic, hombres que rara vez cometían errores, quienes derriban a sus oponentes sin piedad. Por supuesto, la belleza siempre será aplastada eventualmente, pero esta fue una forma descarnada de anotar un punto.

La Segunda Llegada ha probado que todos están mal ‒excepto probablemente Federer. Comenzó, a la edad de 35, en el Abierto de Australia en 2017. Clasificó al torneo en el número 17, lo más cerca de Federer, bajo el radar, que ha estado desde el principio del siglo. Pero Djokovic y Murray perdieron pronto y Federer se escabulló en cinco sets contra Kei Nishikori y Stan Wawrinka. Nadal esperaba en la final, pero su juego no siguió el guion habitual.

El revés reconstruido de Federer era sólido, resuelto; el español continuaba lanzando su golpe de derecha con giro cambiado hacia el “anuncio” de la cancha, pero esta vez Federer no lo agachó hacia las gradas. Este partido también llegó a cinco sets, y el servicio de Federer rompió temprano en el decisorio. Parecía el final. Ya que él no suda y no gruñe, en ocasiones parece que Federer no se está matando. Este juego, sin embargo, fue diferente. Él fue tenaz, incluso desesperado. Y salió adelante.

Desde entonces, ver a Federer ha sido una alegría simple, sin complicaciones. Su legado está seguro. La derrota cualquier día no es el fin del mundo. Lenta- mente ha surgido que de hecho tiene un astuto sentido del humor.

Y continúa ganando: Wimbledon 2017, sin rendirse siquiera contra Nadal. Al borde de cumplir 37, el retiro sucederá en algún punto, pero existe principalmente una aceptación de que todos somos extraordinariamente suertudos por ser testigos de esta longevidad sin precedentes. No le echen mala suerte. Para poner esto en contexto: Björn Borg y John McEnroe no ganaron un Grand Slam después de cumplir los 25. en un set; Australia 2018. Ahora tiene 20 títulos. Ha ganado cinco partidos en el giro.

Tenía que descubrirlo. Ese intercambio con los niños recogepelotas en Wimbledon, con la manga de su raqueta, eso es “algo”, ¿cierto? Así que hice una llamada a Sarah Goldson, una maestra de Educación Física de Basingstoke, quien durante los últimos seis años ha estado a cargo de entrenar a los niños y niñas recoge pelotas (o BBGs, como se conocen en inglés) para Wimbledon.

Los BBGs, resulta, empiezan su curso de entrena- miento en febrero, casi cinco meses antes del inicio del torneo. Hay 700 solicitantes de escuelas locales; estos son reducidos a los mejores 160, quienes son reforzados por 90 niños y niñas de años anteriores (los recalls). Los absolutos mejores entre los mejores son repartidos en cuatro escuadrones de élite de seis que son los responsables de las canchas Centre y No 1. Estos 24 ninjas, caza pelotas (edad promedio: 15 años), trabajan una hora y descansan una hora.

Roger Federer se reinventó a sí mismo

Todos los involucrados con Wimbledon tienen la discreción de un caballerizo del rey, y cuando le digo a Goldson que quiero hablar acerca del desenvaine de la raqueta de Roger Federer, ella contesta con un cuidadoso “ahhh, sí”. En los últimos años, ha surgido que Wimbledon mantiene expedientes secretos de los mejores jugadores: a quien, al estilo Goran Ivaniŝeviŝ, le gusta reutilizar la misma bola que les ha ganado un punto en el servicio (Dustin Brown, en ocasiones Andy Murray); a quienes quieren que les den una toalla sin pedirla y así, muchos más.

Así que, ¿el cambio de raqueta de Roger Federer cae en esta categoría de debilidad idiosincrática? “Durante el entrenamiento, tenemos estos ‘qué tal si…’”, contesta Goldson. “‘¿Qué tal si al árbitro se le cae un lápiz?’ o, ‘¿Qué tal si un jugador te pide tirar algo en el bote de basura?’. Así que están conscientes de que esas cosas suceden y sí, Federer sacando su raqueta, he ahí una expectativa de que se levantarían para quitar el plástico y tirarlo en el bote por él. Es parte de su rol”.

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No sé qué sentir con respecto a esta respuesta. ¿Estaría yo esperando que Goldson me dijera que es una interacción orgánica, instintiva? Por supuesto, es una actividad montada, practicada. Federer –el hombre, el jugador de tenis– es claramente una construcción artificial.

Por muy profundamente cómodo que se vea reclinado en, digamos, un sillón de piel color blanco, no tuvo una crianza especialmente privilegiada. Sus padres, Robert y Lynette, trabajaban para una empresa farmacéutica. Y de igual manera, tan imperturbable como aparece en la cancha ahora, era famosamente un avienta pelotas quejumbroso, que lloraba cuando iba perdiendo.

Pero en su adolescencia tardía, Federer se reinventó a sí mismo. Después descifró que incluso los actos mundanos, como cambiar una raqueta, pueden convertirse en un placer estético. La principal diferencia entre Federer y cada uno de sus rivales es que él pare- ce verdaderamente feliz y sin complicaciones cuando está en la cancha de tenis.

Es algo extraño decir esto acerca de alguien que ha dominado un deporte por dos décadas, ha ganado todo, pero cuando investigas un poco más profundamente, es un tipo que va a trabajar, ama lo que hace, se siente orgulloso por hacer algo con la mejor de sus habilidades. Que cuando te encuentras en un hoyo, a veces sales del otro lado. Que cuando todos te dicen que estás mal, a veces sólo necesitas aferrarte a tus principios, sortear la tormenta y comprobarás que estás en lo correcto.

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