De vez en cuando escuchamos historias reales que suenan exageradas, pero que son reales. Algunas de ellas sirven al cine para contarlas. La de Marty Reisman es una de ellas. Tan improbable, tan excesiva y tan llena de giros que resulta lógico que A24 haya decidido convertirla —libremente— en una película. Marty Supreme, protagonizada por Timothée Chalamet, es una cinta sobre uno de los personajes más salvajes, carismáticos y contradictorios que ha dado el deporte estadounidense. Y no, no hablamos de boxeo ni de béisbol. Hablamos de ping-pong.
El tipo que hizo peligroso una mesa de ping-pong
Marty Reisman nació en Manhattan en 1930 y creció en un entorno donde el azar, las apuestas y el caos eran parte del paisaje cotidiano. Su padre era taxista, corredor de apuestas y jugador compulsivo. En casa no había estabilidad, pero sí una idea clara: el riesgo era una forma válida de vida.
A los nueve años, después de una crisis nerviosa, alguien le puso a Marty una paleta de ping-pong en la mano. Lo que empezó como una especie de terapia infantil se convirtió en una obsesión absoluta. Reisman no solo aprendió a jugar sino a intimidar, a leer al rival, a convertir cada punto en una pequeña batalla psicológica.
A los 13 ya era campeón juvenil de Nueva York. Poco después, dejó de jugar solo por trofeos y empezó a hacerlo por dinero.
Hustler antes que campeón
Antes de ser leyenda, Marty Reisman fue un hustler. Un estafador elegante. Un tipo que se metía en salones de ping-pong, bares y sótanos clandestinos apostando fuertes sumas contra desconocidos que creían tener una oportunidad. Su estilo provocador, su lengua afilada y su seguridad insultante eran parte del truco. Esa mezcla de talento puro y descaro lo convirtió en una figura casi mítica en el Nueva York de los años cuarenta.
El día que venció a una leyenda
En 1949, con apenas 19 años, Marty Reisman derrotó a Viktor Barna, una de las máximas figuras del tenis de mesa mundial, en el Campeonato Mundial. Fue el tipo de victoria que cambia una carrera para fijar un nombre en la historia.
A partir de ahí, todo se volvió más grande para Reisman. Ganó 22 títulos importantes, nacionales e internacionales. Desarrolló uno de los drop shots más temidos del circuito y golpes tan veloces que parecían imposibles para la época.
Pero incluso en la cima, Reisman nunca dejó de ser ese jugador de apuestas. Fue millonario tres veces. Y exmillonario otras tres. Medía la altura de la red con billetes de 100 dólares y aceptaba retos que ningún manual deportivo aprobaría.
El campeón que se aferró a sí mismo
Mientras el deporte evolucionaba hacia paletas modernas y materiales nuevos, Reisman se volvió un purista radical. Defendía el hardbat, el juego clásico, ruidoso, estratégico, casi violento en su ritmo. Decía que el ping-pong moderno había perdido el alma.
En 1997, con 67 años, ganó el primer Campeonato Nacional de Hardbat en Estados Unidos. Se convirtió así en el campeón nacional más longevo de cualquier deporte de raqueta.
Vestía fedoras, pantalones de colores imposibles y tenía una presencia que hoy sería carne de culto en redes sociales. En 2010 fundó la Table Tennis Nation para seguir evangelizando su forma de entender el juego.
De la mesa al cine
Marty Supreme no cuenta su vida de forma literal. El personaje de Marty Mauser es una reinterpretación, pero el ADN está ahí: el talento brutal, el ego sin freno, la relación con el dinero, el espectáculo, la sensación constante de que todo puede salirse de control.
Chalamet entrenó durante años para replicar su estilo, con la misma seriedad con la que aprendió a tocar la guitarra y cantar para encarnar a Bob Dylan. El actor supo que Reisman no se podía fingir sino que había que entenderlo. Y esta actuación ya le valió un Critics’ Choice Movie Awards y un Globo de Oro como Mejor Actor. Muchos lo colocan como el candidato número uno para el Oscar, también como Mejor Actor.
Marty Reisman murió en 2012, a los 82 años, en Nueva York. Dejó una esposa, Yoshiko, una hija, Debbie, varios nietos y una leyenda que sigue pareciendo exagerada incluso cuando se cuentan solo los hechos comprobables.