House of the Dragon: ¿Por qué se atacan los dragones entre sí?

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Antes que otra cosa suceda, toca respondernos a la primera pregunta que lanzamos allá por agosto: ¿está House of the Dragon a la altura de Game of Thrones? La respuesta es la pregunta inversa: ¿está Game of Thrones a la altura de House of the Dragon?


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Gonzalo Cordero Esa altura, desde hoy y hasta que dentro de un año y pico nos concentremos en el estreno de la segunda temporada, se expande con el vuelo de Aemond a lomos de Vaghar sobre los pobres Lucerys y Arrax. Esa altura se comprime en la mirada de Rhaenyra en ese último plano, en el instante en que recibe la noticia de la muerte de su hijo predilecto, el mismo que al inicio del capítulo le decía a su madre aquello de “no soy tan perfecto como tú". Tranquilo, Luke, tu madre va a ser mucho más imperfecta de lo que jamás podrías imaginar. Y nos morimos de ganas por verlo. La altura, en realidad, empieza a ganar metros y más metros desde el momento en que Rhaenys alerta a Rhaenyra y Daemon de la maniobra de ‘los verdes’. Primero porque la primera reacción ya marca una primera grieta en la unión del matrimonio. Segundo, porque da pie a una de las escenas más gores que hemos visto en toda la temporada, y que rima con el primer episodio. Recuerda que House of the Dragon comenzó con un parto maldito, el de la esposa de Viserys. Y ahora es Rhaenyra quien da luz a un bebé muerto. Tiene un significado muy potente porque es el primer paso hacia la conversión total de Rhaenyra, además de que contiene varias lecturas que resuenan con el tratamiento que ha dado la serie al aborto en un momento en que, sobre todo en Estados Unidos, es un tema que está completamente a flor de piel. Se puede entender como una fatalidad fruto del disgusto, pero no es descabellado intuir que la propia Rhaenyra ha sacrificado a su sexto hijo al forzarse a sí misma a adelantar el parto y llevarlo a cabo con prisa y sin asistencia. La manera en la que acuna y amortaja al cadáver aportan nuevas capas de profundidad a un personaje ya de por sí riquísimo en matices.

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Con la coronación de Rhaenyra y la llegada de Otto Hightower descubrimos el que parece que va a ser el conflicto final de la temporada. Como bien percibe Rhaenys, la hija de Viserys es la única que mantiene la entereza y la visión estadista en un enjambre de machitos deseosos de ir a la guerra. Daemon el primero. Por mucho que se sepa ultrajada, por muy explícita que haya sido la traición de Alicent y los Hightower, su misión como Targaryen es asegurar la unidad del reino y evitar la destrucción. No porque sea una pacifista de corazón, como su padre, sino porque en su cabeza siempre sobrevuela la dichosa Canción de Hielo y Fuego, es decir, la amenaza mortal que vendrá del norte y ante la que será imperativo estar fuertes y unidos. Digamos que, a partir de aquí, este capítulo final se convierte en una balanza. La balanza de Rhaenyra. En un lado está la misión de ser la Targaryen que el reino necesita. Ahí se colocan su espíritu de lealtad a su padre y a su legado; el apoyo de Rhaenys, que convence a Lord Corlys de que la apoye porque ve en ella esa determinación por la unidad; y también suma peso el mensaje de Alicent, la hoja del libro de historia que Rhaenyra arrancó cuando ella era una adolescente engreída y Alicent era su adorada amiga. En el otro lado de la balanza está el ansia de Daemon por lanzarse contra King’s Landing en ese mismo momento, por calcinar a quienes les han usurpado el trono. Es curioso porque, de alguna manera, Daemon representa a la perfección el ansia de los espectadores. Todos estamos deseando ver la gran guerra con los dragones como armas de destrucción masiva, por lo que, en este momento del capítulo, es inevitable ponerse en su bando, aunque sea de forma inconsciente. Es otro gran acierto de la serie, contar con un personaje que es como un caballo de Troya en las tripas del público. Por eso tiene tanta fuerza el momento en el que Daemon coge a Rhaenyra del cuello al ver que su mujer quiere evitar la guerra: “Soñar no nos convertirá en reyes; los dragones, sí". A nivel dramático, ese momento también parece un punto de inflexión importante porque hay una ruptura de confianza en el matrimonio. Entre eso y que Lord Corlys apuntala la opción de sitiar Desembarco para presionar a ‘los verdes’ sin combate directo, parece que la balanza de Rhaenyra se inclina claramente hacia el lado contrario a Daemon. Y así llegamos al último cuarto del capítulo. Que arranca con una escena visualmente implacable, la de Daemon canturreando por las cuevas donde habitan los dragones. Es uno de los mejores planos de toda la serie, con fuego en el aire y fuego en las pupilas. Quizá estamos interpretando por encima de nuestras posibilidades (es un clásico en Esquire, no podemos evitarlo), pero la comunión entre el dragón y Daemon, esa fusión de sus miradas, esconde en realidad lo que va a pasar a continuación. Lo que va a desequilibrar la balanza de la que hablamos. No, no va a desequilibrarla. Va a romperla en mil pedazos.

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Llevamos semanas analizando que la verdadera historia de House of the Dragon es la historia de una decadencia. Lo que nos está contando George RR Martin en los libros, y en versión para muchos mejorada en la serie, es qué resortes de la miseria humana son los que provocan la destrucción, la caída de un imperio. Los clásicos son la falta de ética, en ansia desmedida de poder, la crueldad, la ausencia de amor. Pero aquí se incluye uno distinto, trascendental a su manera. Volvemos a hablar de la genética, como en el capítulo 6. Lo que va despedazar las posibilidades de paz y cordialidad va más allá de la voluntad de los individuos. Está en su sangre. En su destino. Lo que vamos a describir a continuación tenía que pasar. Es decir, este final de temporada se explica más como las grandes tragedias griegas: hay algo más poderoso que la voluntad humana a la hora de desatar los peores males. Lo argumentamos con el tremendísimo desenlace. Lucerys, el hijo bueno, el inocente en el sentido más amplio, el que no quería asumir su destino como futuro rey de Driftmark, llega a Storm’s End con un mensaje para el líder de los Baratheon. Pero antes que él ha llegado su primo Aemond, sin duda el personaje revelación del último tramo de la temporada. Que está blanqueado con respecto al libro, pero para bien. Aemond no solo le gana la partida en la función de emisario, sino que le exige que se arranque un ojo para él. Aemond provoca terror, es un villano de diez. Parece que Luke logra escapar pero, como ya sabes, porque si has llegado hasta aquí sin haber visto el capítulo es que eres un masoquista, Aemond le persigue. Aquí tenemos que repartir el aplauso entre el equipo de efectos especiales, porque la persecución entre la tormenta y el bocado final son de lo mejor que se ha visto nunca en el universo Game of Thrones, y entre el equipo de guion. Porque hay un matiz que lo cambia todo, y que explica nuestra teoría a la griega. Ni Luke quiere que el pequeño Arrax ataque a esa bestia gigantesca que es Vhagar, ni Aemond quiere que Vhagar destroce de un bocado al joven jinete y a su dragoncito.

¿Entonces por qué se atacan los dragones entre sí?

Imposible responder sin ponernos filosóficos. Lo que mueve a los dragones es esa fuerza superior que llamea en las pupilas de Daemon, un fuego que nadie puede controlar. Es el fuego que ocupa el cuerpo de Rhaenyra cuando se entera de que han asesinado a su dulce niño. Se puede leer claramente como un paralelismo con el ‘lado oscuro’ de Star Wars. Darth Vader en la sala.

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Es el destino destructor. Es un recordatorio. Los dragones son la razón del poder de los Targaryen. Y son también la semilla de su destrucción. Moraleja, significado, llámalo X: cuando pones tu destino en manos de un poder superior a ti, por muy poderoso que te sientas, no eres más que una marioneta. Y ante eso no hay balanza que valga. No hay vuelta atrás. Bueno, hasta que llegue Jon Snow, pero para eso todavía queda un ratito. Afortunadamente, porque House of the Dragon es (y va a ser, si mantiene este nivel) una de las mejores series de la década.

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