En muy poco tiempo pasamos de sorprendernos porque una computadora podía escribir un párrafo a preguntarnos por qué el refrigerador, el buscador, el correo, la aplicación de notas y prácticamente cualquier cosa con una pantalla necesita incorporar inteligencia artificial.
El problema con cualquier tecnología que promete hacerlo todo es que llega un momento en el que también tenemos que aprender a utilizarla para todo.
Nuevas herramientas, nuevos modelos, nuevas funciones, nuevas maneras de escribir instrucciones y una corriente permanente de noticias asegurando que la versión que aprendiste a usar hace tres meses ya quedó vieja.
Ahora la investigación está intentando ponerle nombre al agotamiento que puede producir esa relación: AI fatigue, o fatiga de la inteligencia artificial.
Un estudio publicado en Computers in Human Behavior Reports desarrolló incluso una escala específica para medirla. Los investigadores realizaron cuatro estudios con un total de 717 participantes y encontraron cuatro dimensiones principales: cansancio cognitivo, emocional, conductual y físico.
No es simplemente estar harto de escuchar sobre ChatGPT
La fatiga de IA va un poco más allá del aburrimiento con la conversación tecnológica.
Está la carga cognitiva: intentar seguir la enorme cantidad de nuevas herramientas o descubrir cuál modelo sirve para cada tarea. Está el desgaste emocional de pedir algo, recibir un resultado mediocre, volver a intentarlo, corregirlo y terminar preguntándonos si realmente ahorramos tiempo.
También aparece algo conductual: empezar a evitar nuevas herramientas aunque puedan ser útiles. Y los investigadores incorporaron una dimensión física relacionada con el tiempo prolongado frente a pantallas y sesiones de trabajo asistidas por IA.
Lo curioso es que buena parte del discurso alrededor de la inteligencia artificial prometía precisamente lo contrario: reducir trabajo mental.
Y puede hacerlo.
El problema llega cuando automatizar una tarea genera otras tres: elegir herramienta, verificar el resultado y corregir aquello que la máquina decidió inventar con una seguridad admirable.
La presión por usar IA también cansa
Hay otra capa particularmente moderna en todo esto: la sensación de que no utilizar inteligencia artificial significa quedarse atrás.
Antes podías decidir que una nueva aplicación no te interesaba. Con la IA, el discurso ha sido mucho más absoluto. Aprende ahora o perderás tu trabajo. Automatiza o serás menos productivo. Incorpórala a todo antes que los demás.
Ese mensaje repetido diariamente también convierte una herramienta en una obligación.
El estudio encontró que mayores niveles de fatiga de IA estaban asociados con menor uso declarado de estas herramientas y una intención más fuerte de reducir su utilización durante los siguientes meses. Eso no significa que la inteligencia artificial esté sufriendo un rechazo masivo. Significa algo mucho más simple: también podemos saturarnos de tecnologías útiles.
Pasó con las videollamadas. Pasó con las notificaciones. Pasó con las redes sociales. No existe una razón especial por la que la IA vaya a ser inmune.
Quizá la siguiente etapa de la IA sea aprender cuándo no utilizarla
Durante los últimos años la pregunta ha sido: “¿Qué más podemos hacer con inteligencia artificial?”.
Quizá la pregunta más interesante a partir de ahora sea: “¿Para qué vale realmente la pena usarla?”.
No todos los correos necesitan ser redactados por un modelo. No todas las ideas necesitan pasar por un chatbot antes de llegar a otra persona. Y quizá hacer ciertas tareas manualmente no sea una ineficiencia que debamos corregir.
La investigación sobre AI fatigue apenas empieza y el estudio mide asociaciones, no una nueva enfermedad provocada por hablar demasiado con robots. Pero la existencia de una escala para estudiarla resulta reveladora.
La IA no va a desaparecer. Probablemente ocurra todo lo contrario: se volverá tan cotidiana que dejaremos de señalar cuándo estamos usándola.
Y quizá ese sea finalmente el punto de equilibrio. La mejor tecnología suele ser aquella que deja de exigirnos constantemente que pensemos en ella.