Tras una carrera de tres décadas, Rulli todavía se pone nervioso cuando empieza un proyecto, frente a un personaje nuevo reaparece esa incertidumbre que lo ha acompañado desde que comenzó a actuar y que, después de una larga carrera, podría suponerse superada, pero no es así: “Sigo sintiendo al mismo niño con esos nervios cada vez que empiezo un trabajo y estoy empezando a conocer a mi personaje”, reconoce. Lo que sí ha cambiado es todo lo que sucede alrededor de esa sensación: hoy están la experiencia, la tranquilidad de saber que años lo respaldan y una responsabilidad distinta frente a un público que siempre lo ha seguido.
Esa combinación entre experiencia y curiosidad quizá explique mejor su presente que cualquier recuento de personajes, reconocimientos y producciones, como esta con Esquire México. Desde el primer paso que da en una de las impecables suites de The Ritz Carlton Mexico City, con sus icónicas vistas hacia el Castillo de Chapultepec y Paseo de la Reforma, queda claro que Rulli tiene siempre un enfoque peculiar en el presente, con una personalidad accesible, concentrado en las direcciones, conociendo perfectamente sus ángulos y jugando en un par de ocasiones con la producción, continúa buscando historias capaces de sorprenderlo, papeles distintos al anterior y razones para disfrutar cada momento.
De hecho, así describe al hombre que reaparece cuando deja atrás a uno de sus personajes: alguien que se “resetea”, recupera sus hábitos y vuelve a enfrentarse a la incertidumbre de una profesión en la que, por muchos proyectos que existan en el horizonte, nada está completamente asegurado.
Tal vez por eso tampoco habla de hacerse mayor desde la nostalgia, “creo que envejecer es algo maravilloso”, dice sin ninguna duda. Su forma de entenderlo pasa menos por aferrarse a una versión anterior de sí mismo que por reconocer aquello que merece permanecer: la esencia, los afectos, la energía con la que se enfrenta a las cosas y cierta disciplina que, con los años, se ha convertido en una estructura más que en una obligación: “Creo que en esta vida yo vine a aprender el tema de la paciencia”, asegura sin problema.
En su caso, evolucionar nunca ha significado comenzar de nuevo desde cero, se parece más a ajustar el mecanismo sin alterar aquello que lo puso en movimiento. Cambian los proyectos, las prioridades y seguramente también la manera de mirar la vida, pero permanece una inquietud por lo que todavía puede ocurrir. Y quizá sea precisamente ahí, en saber avanzar sin desprenderse de lo esencial, donde se encuentra una de las claves para entender el capítulo actual de su vida.
LO MEJOR PERMANECE
La experiencia, para el también modelo, no parece haber eliminado la incertidumbre; simplemente le ha dado más herramientas para atravesarla. Después de tantas historias que ha contado, reconoce que buena parte de lo que hoy puede aportar frente a una cámara viene de lugares que no tienen demasiado que ver con la técnica sino con todas las vivencias, buenas y malas: “Tanto los logros como los desaciertos, los errores, las caídas. Cada batalla que uno va superando en la vida te hace mejor actor”, explica. Haber dejado su casa, llegar a un país nuevo, convertirse en padre, enamorarse, sufrir o atravesar fracasos personales terminó ampliando ese repertorio emocional que después aparece, de una forma u otra, cuando toca construir a alguien más.
Quizá por eso, a estas alturas, elegir un proyecto tampoco responde a una fórmula demasiado precisa y su prioridad sigue siendo una conexión. “Lo que uno busca es plenitud en el proyecto. Es sentir que conectas con la historia y que luego puedas transmitir algo más allá de un momento, de un personaje”, dice. Después aparece otro requisito que se ha vuelto importante: no repetirse. “Tiene que surgir esa magia, algo que sea diferente al personaje anterior y, sobre todo, que si me sorprende a mí, le pueda sorprender al público”.
En una trayectoria tan extensa resulta inevitable que algunos papeles terminen funcionando como puntos de referencia. Para él, uno de los primeros quiebres llegó con el teatro, donde asegura haberse enamorado definitivamente de la actuación. Más tarde apareció Héctor Ferrer, en Rubí (2004), el personaje que le permitió protagonizar cuando todavía estaba construyendo su camino en este país. “Me dio la posibilidad de protagonizar, que era el sueño que yo tenía cuando llegué a México sin conocer nada ni a nadie. A partir de ahí todo cambió en mi carrera”, recuerda. Años después, El dragón (2019-2020) representó otro movimiento importante porque le permitió salir de ciertos códigos del melodrama. Pero incluso cuando enumera esos momentos, jamás se asoma el ego o la soberbia de alguién que se podría imaginar que llegó ya al éxito, al contrario su mirada vuelve rápido al presente: “Sigo aprendiendo, sigo esperando el proyecto que sea mejor que el anterior”.
Ese impulso por seguir avanzando convive con una vida mucho más estructurada de lo que podría sugerir una profesión marcada por horarios cambiantes, viajes y periodos largos de rodaje. Rulli admite que no le incomoda la rutina; al contrario, encuentra en ella una forma de mantenerse centrado. “Soy una persona muy disciplinada. De verdad siento que mi vida para muchos puede ser monótona, pero para mí es algo fundamental saber que tengo una estructura que me ayuda a mantenerme sólido”, cuenta.
Tal vez ahí también haya una explicación para cierta continuidad que resulta visible después de tantos años de exposición. No en la búsqueda imposible de conservar una versión anterior de sí mismo, sino en la repetición consciente de algunas decisiones. El también protagonista de Mi Rival (2026), lo reduce a una palabra que aparece varias veces cuando habla de su carrera y de su vida cotidiana: disciplina. “Es sinónimo de éxito en lo que te propongas”, afirma. Y aunque la frase podría sonar categórica, en su caso funciona menos como un secreto para mantenerse “joven” y con esa apariencia impecable que lo caracteriza, y más como simplemente una filosofía o estilo de vida: “Me ayuda a sentirme bien interiormente…hacer ejercicio, tratar de dormir las horas que necesitas, estar siempre rodeado de gente que te haga feliz, entregarte al máximo, buscar siempre una sonrisa en los demás, el detalle y ser disciplinado en lo que te propongas como objetivo”.
MÁS ALLÁ DE LA HORA
Una vida dedicada a la actuación obliga a convivir constantemente con aquello que puede controlarse y con lo que escapa por completo de las manos. Está la preparación, las horas destinadas a entender un personaje, la técnica adquirida después de repetir un oficio durante años; pero también existe ese instante menos predecible en el que algo simplemente funciona frente a la cámara. Sebastián parece haber aprendido a moverse entre ambos terrenos sin necesidad de elegir uno. “La improvisación no se sustenta si no tienes las otras tres. La preparación es básica”, explica cuando le preguntamos por la combinación entre técnica, intuición y preparación. “Es fundamental para sentir que cada paso que das es con un poco más de certeza”, explica.
Esa certeza no tiene demasiado que ver con mantener todo bajo control, de hecho, en nuestra dinámica de respuestas rápidas admite la contradicción: Rulli quisiera tenerlo todo previsto, “pero la vida te dice que hay que improvisar”. Quizá ahí se encuentre una de las diferencias entre disciplina y rigidez. La primera establece una base desde la cual moverse; la segunda apenas deja espacio para hacerlo. Después de tantos años en una industria donde pocas cosas están garantizadas, su forma de entender la precisión se parece mucho más a la primera.
“Para mí el tiempo es lo más valioso que tenemos, porque es igual a la vida”, afirma. La respuesta llega sin demasiados rodeos y pronto deja de hablar de horas para entrar en un terreno más personal. Respetar las propias y las ajenas, explica, dice mucho de la responsabilidad, la disciplina y hasta del carácter de una persona. “La precisión para mí es algo que siempre estoy buscando. Es sinónimo de excelencia”. En su caso, sin embargo, esa búsqueda no parece responder a una obsesión por hacer cada cosa de acuerdo con una regla establecida, tiene más que ver con encontrar una cadencia propia y mantenerse fiel a ella aun cuando alrededor cambien los personajes, los proyectos o las circunstancias.
Tal vez por eso presta tanta atención a los detalles. Después de interpretar a hombres que no necesariamente se parecen a él, sabe que una personalidad también puede construirse a través de aquello que parece secundario, “la vida está basada en los detalles”, asegura, “cuando te enfocas en algo, ahí marcas la diferencia”. Una manera de vestir, un gesto, la forma de ocupar un espacio o incluso el objeto que alguien decide llevar en la muñeca pueden contar una parte de la historia antes de que pronuncie una sola palabra.
Rulli lo entiende especialmente bien con los relojes, siempre lleva uno y, a diferencia de tantos que hemos sustituido ese gesto por mirar una pantalla, prefiere seguir consultando la hora en su muñeca. Pero el dato más revelador aparece cuando la conversación vuelve a su oficio: procura que cada uno de sus personajes tenga también el suyo. “Para mí cada uno que hago tiene que tener un reloj dependiendo de su personalidad”, explica.
La elección difícilmente es accidental, un reloj puede sugerir discreción, carácter, gusto por la ingeniería o una relación particular con el diseño; puede acompañar durante años o quedar inevitablemente ligado a un momento. En manos de un actor acostumbrado a observar cómo pequeños elementos terminan componiendo una identidad, se convierte también en una herramienta narrativa.
Fuera del set, la relación es todavía más emocional. “Soy fanático de los relojes. Me encantan”, reconoce. Tanto que durante años los ha elegido también como obsequio para las personas cercanas a él: “Siempre he regalado a la gente que más amo un reloj porque siento que les estoy regalando tiempo. Estoy regalando vida”. Quizá por eso su interés no termina en la función o en la apariencia, hay algo en un objeto pensado para acompañarnos mientras todo lo demás avanza que inevitablemente acaba acumulando historias, lugares y recuerdos.
La familia Ingenieur de IWC Schaffhausen, presente en esta sesión, comparte precisamente esa convivencia entre identidad y evolución. Nacida en 1955 con una vocación técnica y redefinida en 1976 a partir del diseño de Gérald Genta, ha construido un lenguaje reconocible alrededor de líneas definidas, ingeniería y el característico brazalete integrado. Las tres piezas elegidas para acompañar a Rulli muestran hasta dónde puede extenderse esa misma personalidad: el Ingenieur Calendario Perpetuo 41, con caja y brazalete de titanio ligero, lleva la precisión hacia uno de los terrenos más complejos de la relojería; el Ingenieur Automático 42 reinterpreta su arquitectura con caja y brazalete integrados en cerámica negra; mientras que el Ingenieur Automático 40, en acero y una distintiva esfera aguamarina, introduce una proporción más compacta y una expresión inesperadamente vibrante. Tres formas de interpretar un mismo código sin perder aquello que permite reconocerlo a primera vista.
Cuando el actor argentino observa un reloj, de hecho, empieza por algo mucho menos técnico. “Primero que nada, la belleza. La armonía que tiene en lo visual”, dice. Después aparecen la calidad, el estilo y una apreciación por aquello que no siempre resulta evidente a primera vista: las horas de trabajo necesarias para llevar una pieza hasta su forma definitiva. “Saber que detrás de esto hay mucho tiempo de por medio para poder desarrollar cada pieza, ahí es donde tiene aún más valor”.
Para conocer de cerca estas piezas y descubrir el universo Ingenieur, la colección puede encontrarse en las boutiques de IWC Schaffhausen de El Palacio de Hierro Polanco y Berger Masaryk, en Ciudad de México.
No cuesta encontrar el paralelo con una carrera como la suya. Lo que el público termina viendo es una escena, un personaje o una fotografía; detrás quedan la preparación, las repeticiones, las decisiones diminutas y una constancia que solo adquiere sentido después de acumularse durante años. En Rulli, la precisión parece funcionar de esa misma manera, más allá de una exigencia por vivir siguiendo un cronómetro, es la decisión de hacer las cosas de una forma coherente consigo mismo. La disciplina le ha dado estructura, pero no le ha quitado espacio a la intuición; la experiencia le ha dado certezas, pero tampoco ha eliminado los nervios y el detalle le ha ayudado a construir su legado “ser detallista es algo fundamental para quedar en la memoria y en el corazón de la gente”, señala el actor y modelo.
Después de todo, encontrar el ritmo propio quizá sea bastante más difícil que limitarse a seguir uno establecido, y Sebastián lleva buena parte de su vida afinándolo.
HACIA ADELANTE
Mirar hacia adelante parece ser una costumbre difícil de negociar para él. Incluso cuando se le plantea la posibilidad de volver a un personaje que ya marcó su carrera, prefiere pensar en aquel que todavía no conoce; uno capaz de sorprenderlo, retarlo y, quizá, cambiar nuevamente la dirección de las cosas. No parece demasiado interesado en quedarse contemplando aquello que ya consiguió. De hecho, cuando tiene que elegir entre seguir persiguiendo nuevas metas o detenerse a disfrutar las alcanzadas, la respuesta llega casi por instinto: avanzar. “Lo que pasó, pasó”, resume.
Eso no significa vivir permanentemente acelerado, entre el éxito profesional y tener espacio para disfrutarlo, elige lo segundo. Entre una existencia dominada por la adrenalina y otra marcada por la paz, reconoce que necesita ambas. Y cuando la conversación abandona por un momento los sets y los personajes, aparece una imagen mucho más sencilla: una motocicleta, la carretera y, al final, la posibilidad de desconectarse frente al mar. Son respuestas aparentemente pequeñas, pero juntas dibujan algo que atraviesa buena parte de su manera de vivir: seguir moviéndose sin convertir el movimiento en una carrera contra sí mismo.
Quizá por eso, al hablar de evolución, Rulli vuelve antes a la identidad que a los logros. “Hay que tener conciencia de que la esencia de cada persona es fundamental”, asegura. Para él está ligada a la familia, a las amistades, al lugar del que viene y a aquellos sueños que alguna vez parecieron lejanos. Son referencias que permiten avanzar sin perder el punto de partida. “La esencia es básica para tener los pies sobre la tierra, saber de dónde uno viene y cuáles fueron tus anhelos, tus sueños y qué pudiste hacer para conquistarlos”.
Con los años, esa conciencia también ha cambiado su relación con aquello que inevitablemente avanza, pero no desde la idea de enfrentarlo o ganarle, sino de vivirlo: “El tiempo es algo que tenemos que ayudar a llevar, no ir en contra de ello”, dice. “El tiempo ayuda a eso y aunque no lo quieras, va a pasar y ser feliz, disfrutar, tener disciplina, precisión en cada paso que das, en cada emoción que se tiene, ayuda a que las cosas salgan mejor y a cometer menos errores, pero también es parte de la vida y hay que saber aceptarlo”. Y es entonces donde aparece probablemente una de las mejores maneras de resumir su presente: “Tengo la sensación de que el tiempo lo cargo y lo aprovecho para surfear la ola y no es una carga. Creo que envejecer es algo maravilloso”.
La frase cobra especial sentido viniendo de alguien que ha construido parte de su vida frente al público, en una industria donde la imagen puede convertir el paso de los años en una conversación inevitable. Rulli prefiere colocarlo en otro lugar, ser feliz, disfrutar, conservar cierta disciplina y procurar que cada decisión tenga intención son, para él, maneras de acompañar ese proceso. No para evitar equivocarse, reconoce que el error forma parte de cualquier recorrido,, sino para llegar a cada etapa siendo todavía reconocible para uno mismo.
Tal vez por eso resulta coherente que su fascinación por los relojes tenga también una dimensión emocional. “Siento que cada momento de la vida se puede marcar con un reloj”, dice con una sonrisa. Los conserva, los utiliza y los regala a quienes quiere porque en ese gesto encuentra un significado que excede al objeto. Un reloj registra las horas, sí, pero con suficiente distancia termina registrando también otra cosa: quién eras cuando lo llevabas, dónde estabas y qué estaba ocurriendo alrededor.
Si pudiera regresar a los 18 años, cuando comenzó a trabajar como modelo y todavía no sabía hasta dónde podía llevarlo aquella primera relación con la imagen, no le revelaría al joven que fue los personajes, los éxitos o las decisiones que vendrían después. Le pediría algo mucho más difícil: paciencia. Recuerda a aquel Sebastián como alguien que al principio era visto principalmente desde el exterior, aunque por dentro “había muchas emociones por sacar y por descubrir”. Tres décadas después, la recomendación conserva sentido precisamente porque todavía quedan cosas por descubrir.
Él mismo lo admite cuando piensa en los años que vienen, no se detiene demasiado en el pasado, mantiene la mirada al frente. Quizá esa sea la verdadera ventaja de haber aprendido a llevar el ritmo propio: entender que avanzar no exige conocer de antemano el destino, únicamente estar dispuesto a reconocerlo cuando aparezca.
Porque al final, hacer que cada momento cuente no consiste en acumularlos ni en intentar retenerlos, consiste en saber qué hacer con ellos mientras están ocurriendo. Y después de una vida dedicada a interpretar historias ajenas, Sebastián Rulli parece tener bastante claro cómo quiere seguir escribiendo la suya: con precisión cuando haga falta, con espacio para improvisar cuando la vida lo exija y siempre con la mirada puesta en lo que todavía puede venir. “Tengo ganas de que la vida me siga sorprendiendo y yo seguir con la misma fuerza y energía de siempre”.
Créditos
Por: ALEJANDRA CASTILLO
Fotografía: ALEJANDRO SALINAS
Asistente de fotografía: ALBERTO GALICIA
Styling: TINO PORTILLO
Grooming: ROBERTO SIERRA
Locación: THE RITZ CARLTON MEXICO CITY