Hay artistas que necesitan presentación y otros que pueden reconocerse por una silueta.
Dolly Parton pertenecía al segundo grupo. El cabello rubio elevado varios centímetros por encima de cualquier límite razonable, las uñas largas, los vestidos llenos de brillo y ese acento de Tennessee que nunca intentó esconder fueron suficientes para construir una imagen que podía identificarse incluso antes de escuchar su voz.
Pero quedarse únicamente con el personaje siempre fue perderse buena parte de la historia.
Parton murió el martes 25 de agosto a los 80 años en Nashville, cerrando una carrera de siete décadas en la que vendió más de 100 millones de discos, escribió alrededor de 3,000 canciones y terminó convertida en una de las figuras fundamentales de la música estadounidense.
“Jolene”, “9 to 5” o “I Will Always Love You” serían suficientes para garantizar el lugar de cualquier compositor en la historia. Dolly tenía las tres y todavía quedaban miles más. Sin embargo, su legado va más allá del country. La historia de Parton también es la de alguien que consiguió convertir una personalidad enorme en un negocio todavía mayor sin permitir que el negocio terminara fabricando su personalidad.
Primero estaban las canciones
Es fácil distraerse con Dolly.
Ella misma lo sabía. Durante décadas hizo bromas sobre su cabello, su cuerpo, sus cirugías y prácticamente cualquier elemento de su imagen antes de que alguien pudiera hacerlo por ella. El sentido del humor era parte del espectáculo.
Debajo estaba una compositora tremendamente disciplinada.
Parton comenzó a escribir canciones siendo niña y terminó componiendo más de 3,000 durante su vida. BMI señala que publicó 50 álbumes de estudio y conservó la propiedad completa de su catálogo editorial, algo particularmente importante en una industria donde generaciones de músicos terminaron descubriendo demasiado tarde que los grandes éxitos que habían escrito ya no les pertenecían. También sabía escribir canciones aparentemente sencillas que escondían bastante más debajo.
“Jolene” puede reducirse a una mujer pidiéndole a otra que no le quite a su pareja, pero son poco más de dos minutos y medio capaces de construir tensión con apenas unos acordes y un nombre repetido obsesivamente. “Coat of Many Colors” convirtió un recuerdo de pobreza infantil en una de sus canciones más personales. Y “9 to 5” consiguió transformar la frustración laboral en un coro que varias generaciones han cantado camino al trabajo.
Su talento estaba precisamente ahí: hacer que algo pareciera fácil.
Es una característica compartida por muchos de los grandes. Cuando ves a alguien dominar realmente un oficio, rara vez puedes ver todo el trabajo que hubo detrás. Con Dolly pasaba lo mismo.
El día que le dijo que no a Elvis
Una de las mejores historias sobre Parton no ocurre sobre un escenario.
Ocurre alrededor de “I Will Always Love You”. La escribió en 1974 cuando decidió separarse profesionalmente de Porter Wagoner, el hombre cuyo programa televisivo había sido fundamental para convertirla en una estrella del country. La canción no nació originalmente como una balada romántica, sino como una despedida profesional. Después apareció Elvis Presley.
Elvis quería grabarla, algo que para prácticamente cualquier compositor de aquel momento habría parecido una oportunidad imposible de rechazar. El acuerdo, sin embargo, implicaba entregar una parte considerable de los derechos editoriales. Parton prefirió quedarse con la canción. Elvis nunca la grabó.
En ese momento probablemente fue doloroso. Años después quedó bastante claro que había tomado la decisión correcta. Whitney Houston grabó “I Will Always Love You” para The Bodyguard en 1992 y la convirtió en un éxito mundial mientras Dolly continuaba siendo propietaria de la composición.
Eso cambia bastante la forma de leer aquella historia. No fue simplemente una artista protegiendo sentimentalmente una canción. Fue alguien que entendía el valor de un activo que había creado y estaba dispuesta a perder una oportunidad enorme antes que regalar una parte de él.
Ese instinto empresarial aparecería constantemente durante el resto de su carrera.
De una canción a Dollywood
Dolly Parton terminó haciendo prácticamente todo.
Música, cine, televisión, libros, producción, parques temáticos y negocios. Apareció junto a Jane Fonda y Lily Tomlin en 9 to 5, protagonizó Steel Magnolias y terminó ingresando tanto al Songwriters Hall of Fame como al Rock & Roll Hall of Fame. Luego está Dollywood.
Lo fácil habría sido poner su nombre sobre un parque y cobrar regalías. En cambio, el proyecto terminó convirtiéndose en una de las principales atracciones de Tennessee y en una importante fuente de empleo para la región donde había crecido. Eso resulta fundamental para entender a Dolly. Nunca pareció demasiado interesada en escapar del lugar de donde venía.
Nació como la cuarta de doce hermanos en una familia con pocos recursos en las Great Smoky Mountains de Tennessee. A medida que se hizo famosa pudo haber eliminado cualquier rastro de aquella identidad para convertirse en una estrella más sencilla de exportar. Hizo exactamente lo contrario.
Tennessee terminó formando parte del producto. El acento, las historias familiares, el country y hasta su propia versión exagerada de la estética sureña permanecieron mientras su audiencia crecía fuera de Estados Unidos.
La expansión tampoco se limitó a negocios. Su Imagination Library comenzó en 1995 como un programa para regalar libros a niños pequeños de su comunidad y terminó expandiéndose internacionalmente. Años después también donó un millón de dólares para investigación relacionada con la vacuna de Moderna contra el COVID-19.
No parecía existir demasiada separación entre Dolly Parton, la estrella, y Dolly Parton, la persona que seguía pensando en Tennessee.
Una personalidad imposible de fabricar
Ahora vivimos en la época de la marca personal. Hay consultores, estrategias, manuales sobre cómo hablar frente a una cámara, algoritmos que indican qué publicar y suficientes recomendaciones sobre cómo construir una imagen como para terminar haciendo que todo el mundo se parezca un poco.
Dolly construyó la suya mucho antes de que alguien le pusiera ese nombre. Y probablemente por eso funcionó.
No era discreta. Tampoco sofisticada en el sentido tradicional de la palabra. Nunca pretendió serlo. Su imagen estaba llevada deliberadamente al límite, pero había una consistencia absoluta detrás. La misma mujer que aparecía cubierta de lentejuelas podía entrar a una junta para hablar de derechos editoriales, escribir una canción que terminaría generando millones de dólares y después hacer un chiste sobre su peluca.
Nada parecía incompatible. Esa quizá sea una de las razones por las que consiguió mantenerse vigente durante tanto tiempo. No tuvo que perseguir demasiadas tendencias porque nunca dependió completamente de ellas.
Su aspecto cambió, naturalmente. También su música. Grabó country, pop, gospel e incluso rock. Pero la identidad central permaneció prácticamente intacta. Dolly Parton pasó siete décadas siendo inmediatamente reconocible.
Eso es considerablemente más difícil que simplemente mantenerse famoso.
Y cuando desaparece alguien así, queda algo más grande que una lista de discos vendidos o premios acumulados. Quedan canciones que seguirán apareciendo en películas, bares, carreteras y karaokes cuando nadie recuerde exactamente en qué año fueron grabadas.
Parton dijo alguna vez que sus canciones serían su legado. Después de 3,000 de ellas, resulta difícil discutirlo.