“SI HICIÉRAMOS UNA TORRE con todos los libros que ha vendido Dan Brown, sería tan alta como el Everest… 1,400 veces”. Esa fue la unidad de medida que utilizamos para calibrar la envergadura de este escritor cuando anunciamos que iba a ser el Icono Global de los recientes Premios Hombre del Año Esquire (España), una categoría que de hecho nos inventamos para él porque las nomenclaturas habituales de nuestro palmarés se nos quedaban cortas. Resumir los logros de Mr. Brown en un párrafo de texto sería también como intentar coronar un ochomil de un saltito, así que quizá ha llegado el momento de respirar, abandonar el vértigo de los datos y las admiraciones, y volver a lo básico. A una charla no tanto con el autor de El Código Da Vinci y esa saga de libros que conoce todo dios –me atrevería a decir que el que se escribe con mayúscula, si es que existe, incluido–, sino con un señor estupendo de 61 años que está feliz de volver a España, especialmente porque lo hace acompañado de su prometida, la campeona de equitación danesa Judith Pietersen. Si a Dan Brown le perdonamos (como si le hiciera falta) que alguna vez haya caído en los clichés del thriller, perdonar que este observador curioso caiga en los clichés del género romántico: sólo hizo falta verlos una mañana juntos, eligiendo la ropa para las fotos, chequeando entre risas sus poses en el set o paseando por el Real Casino de Madrid, donde hicimos este reportaje, para tener la certeza de que el amor, en su sentido más fresco, vitalista y, por tanto, profundo, se ha convertido en el argumento principal de la vida del autor. De hecho está muy presente en El último secreto (Planeta), su octava novela, la sexta de la serie protagonizada por Robert Langdon, otro éxito global que será una serie de Netflix y que ya ha vendido… Que no, que esta historia no va de números. El secreto, ya te imaginas, se revela de otra manera.
ESQUIRE: La primera pregunta es obligatoria y casi indiscreta: ¿estoy entrevistando a Dan Brown, el escritor, o a Dan Brown, el modelo?
DAN BROWN: Mi carrera de modelo tiene unas dos horas de vida y creo que ya ha tocado techo: se acabó [risas]. No, definitivamente no soy modelo. La gente no suele confundirme con uno.
ESQ: Cuando te enfrentas a situaciones fuera de tu dominio, como esta de posar ante un fotógrafo de moda, ¿qué te pasa por el cuerpo?
DB: Como escritor es muy importante ampliar tu zona de confort todo el tiempo. La vida es corta, ya sabes, y a mí me encantan las experiencias nuevas. He hecho un montón de locuras sólo por vivir la experiencia. He saltado de un avión. Una vez. Nunca más. He hecho submarinismo, buceé muy profundo para conocer lo que se siente. ¡Nun ca más! Y he sido modelo durante una hora. Nadie va a pedirme que lo haga otra vez, así que no hay problema.
ESQ: ¿Sabes ya cuál es la siguiente locura de la lista?
DB: Sí, lo tengo claro. Yo me crié como músico: mi madre se dedicaba profesionalmente a la música, mi padre era un gran cantante y yo crecí tocando el piano, escribiendo y componiendo. Hace unos años compuse una sinfonía para niños que se llama Wild Symphony, y la grabamos. Acabo de estar en Praga grabando más música, me en canta todo el proceso. Lo que no he hecho es actuar en directo. En mi casa, vale, pero nunca en público; me da miedo porque creo que no se me daría muy bien. Esa será la locura: en algún momento voy a encontrar a un grupo de personas amables con las que intentaré tocar en directo para un público pequeño. Sólo por ampliar horizontes. Es como lo de la moda: sé que nadie me pedirá que lo haga otra vez.
ESQ: Hablando de esa vocación por la música, me resulta muy interesante el proceso por el que alguien se convierte en el mejor en un arte –en tu caso, la escritura de best sellers– cuando más bien era otro arte –la música– el que tiraba más en la juventud.
DB: En realidad escribí mi primera historia con cinco años. Bueno, la escribió mi madre por mí, yo se la dicté. E hicimos un libro. Y así cada año durante un tiempo. Ya en la universidad estudié escritura creativa, porque me encantaba, y también composición musical. Al terminar la universidad sabía que quería hacer algo creativo; podía ser música o escritura, no sabía cuál. Y pensé: “La música va a ser mucho más divertida”. Me fui a Los Ángeles y firmé un contrato discográfico. Hice un disco con músicos de renombre y con el productor británico del año. Qué suerte, ¿no?
ESQ: ¿Y qué pasó?
DB: Salió el disco y vendió 12 copias. Un fracaso comercial absoluto. En esa época tuve una idea para un libro y acabé escribiendo Fortaleza digital. Envié la novela a Nueva York y el primer editor que la leyó la compró. “Qué fácil es publicar”, pensé. Salió el libro y vendió 12 copias. Es que no lo compró nadie. “
ESQ: ¿Qué aprendiste de eso?
DB: Que ambos campos son muy difíciles. Y también que ambos procesos creativos son bastante parecidos. No puedes escribir una novela ni componer una pieza musical sin entender la estructura. Sin entender la dinámica. Por ejemplo, nunca escribirías tres persecuciones de coches seguidas en una novela, ni tres secciones seguidas de triple forte en una obra. Ambos procesos se apoyan en el suspenso, la tensión y la liberación. Los temas han de materializarse y desaparecer en el momento justo. Me encantan los dos. Ahora mismo estoy escribiendo una no vela y componiendo música simultáneamente. Creo que usan partes del cerebro ligeramente distintas, pero son procesos muy parecidos.
ESQ: Entiendo que tu cerebro está…
DB: Muy cansado [risas].
ESQ: ¿Sabes? Me he quedado con la imagen del niño dictándole una historia a su madre. Me parece preciosa.
DB: ¡Aún tengo el libro!
ESQ: ¿En serio?
DB: Está en mi biblioteca. Tengo una copia de cada uno de mis libros publicados por el mundo –ocho novelas multiplicadas por 56 traducciones– y un librito de cartón con mi letra en la portada.
ESQ: ¿Cómo se titula?
DB: La jirafa, el cerdo y los pantalones en llamas.
ESQ: Creo que es el mejor título de toda tu bibliografía.
DB: Exacto [risas]. ¡Y además es un thriller!
ESQ: Me gustaría quedarme un rato con ese niño y con el joven que vino a vivir a España una temporada. Si te pido que cierres los ojos y visualices a ese adolescente, ¿recuerdas cómo era? ¿Quién era?
DB: Sí… Y, como nos pasa a todos, ahora soy una persona muy distinta a quien era de niño. Vine a España, a Gijón, cuando tenía unos 16 años y para mí fue una experiencia muy exótica. Otro idioma, otra cocina, otra cultura. Con esa edad yo nunca había salido a bailar en EE.UU. y aquí, cada noche, íbamos a un sitio que se llamaba Tic o a El Jardín, uno u otro, y bailábamos Mecano, Los Secretos… ¡Todavía puedo cantar “Déjame” entera! [se arranca con los primeros versos]. Y “Caperucita feroz”, de la Orquesta Mondragón.
ESQ: Guau, menudo flashback.
DB: Recuerdo todas las canciones porque me encantó el tiempo que pasé aquí. Lo que de verdad aprendí en España fue la importancia de relajarte por un momento y gozar de la vida. Aquí las comidas eran larguísimas para disfrutarlas, los ratos por la tarde en familia eran para disfrutarlos. Fue una lección que me vino muy bien. Yo crecí en Nueva Inglaterra, cerca de Boston; venía de un internado muy exigente en el que había que comer en 10 minutos para ir corriendo a clase; todo el mundo trabajaba todo el tiempo... Esa era mi mentalidad y mis padres eran así también. Eran padres fantásticos, pero la mentalidad era estar siempre trabajando para ‘conseguir cosas’. En España preguntaba: “¿Qué estamos haciendo?”. Y me decían: “Nada. Estamos de sobremesa”.
ESQ: Retomo la pregunta: ¿quién era ese adolescente que sucumbió al arte de las sobremesas?
DB: Lo que en inglés llamamos a hopeless romantic [un romántico empedernido]. Un adolescente inseguro, como lo somos todos a esa edad. Me enamoraba cada 10 minutos, “¡todo el mundo es tan simpático y tan guapo!” [risas]. Era un crío. Hice muy buenos amigos. Me volví un apasionado de la música en ese momento de mi vida. Me pasaba el día escuchando discos de Paco de Lucía; de hecho, me fui a Sevilla a un concierto que dio junto a la Giralda. Tenía la necesidad desesperada de apreciar el cante flamenco, pero nunca lo llegué a entender del todo. Considero que es algo cultural. En lo que tiene que ver con la música, el cerebro se desarrolla a una edad temprana: si creces escuchando música clásica te acaban gustando esas armonías, esos tonos; y si creces escuchan do flamenco, con esas escalas árabes, lo amas y lo entiendes. Yo, que tengo bastante buen sentido del ritmo, nunca aprendí a tocar las palmas… Y ves a chavales de cinco años que lo hacen perfectamente. ESQ: En este viaje has nombrado a muchos músicos españoles… ¿Qué hay de la literatura española? ¿Algún nombre te ha atraído o influido especialmente?
DB: ¿Aparte de ti, quieres decir?
ESQ: [Risas] Que sepas que escribí un libro del que se vendieron… unas 12 copias.
DB: Por ahí es por donde se empieza. El siguiente será grande. No, la verdad es que estudié mucho la literatura española, de hecho escribí un ensayo de 100 páginas sobre ella para mi tesis universitaria. Así que obviamente Cervantes, García Lorca… Los clásicos, ya sabes. Pero es verdad que en mi vida adulta no he leído mucha literatura moderna, de ningún país, tampoco de EE.UU. Todo por la misma razón: no leo ficción. Puede parecer paradójico porque yo escribo ficción, pero de un tipo que idealmente consigue que el lector aprenda. Es una historia entretenida, con thriller y aventura, pero que te aporta conocimiento sobre el mundo de la psicología, la inteligencia artificial, la seguridad nacional… Según el tema del libro que esté escribiendo, todo lo que leo son libros de no ficción para aprender sobre ello.
ESQ: Tengo muchas ganas de entrar en el gran tema de fondo de tu última novela, pero te diré que, después de ver cómo has descrito a ese adolescente enamoradizo que habita en ti, se me va la cabeza al hecho de que es la primera vez en la saga de Robert Langdon en la que el amor es una fuerza muy presente. ¿Cómo se enfrentó ‘el maestro del thriller’ a un libro en el que el amor es uno de los motores principales de la historia?
DB: Es una pregunta excelente. Una de las razones por las que Robert Langdon está enamorado es que el arte imita la vida. He conocido a alguien, estoy prometido con una mujer maravillosa.
ESQ: Doy fe de ello.
DB: ¿A que es genial? Tan divertida, tan amable. Y tan bella. Tenemos la broma de que es ciega [risas]. Una mujer guapísima y ciega, perfecto para mí. Desde el punto de vista de un novelista, te pueden mover el miedo, el dine ro, el orgullo… pero cuando te mueve el amor, es el mayor motor de la vida, tienes muchísimo por lo que vivir y muchísimo que perder. La apuesta es muy alta, y eso es lo que le pasa a Robert Langdon. Cuando la mujer que ama desaparece, se enfrenta al terror definitivo. Desde ese punto de vista, fue una pieza estupenda que me ayudó mucho a la hora de escribir. En la parte emocional, estaba describiendo a un personaje escéptico, como yo; académico, como yo; pero también enamorado, como yo. El sentido del humor con el personaje de Catherine, el hecho de que se traten como iguales a nivel intelectual –si no es ella superior–, las formas sutiles que ella encuentra para burlarse un poquito de él… Esa es mi vida.
La entrevista completa se encuentra en la edición de junio 2026 de Esquire México.