La ceremonia reunió a Alejandra Cervantes, directora general del Papalote Museo del Niño; Mauricio Amodio, presidente del Consejo Directivo del museo; el fotógrafo Santiago Arau; la artista Betsabeé Romero; representantes de marcas aliadas como Volaris, GNP Seguros, Amazon y Voit, así como autoridades e invitados especiales que participaron en el arranque de una de las experiencias más ambiciosas que acompañarán la conversación mundialista en la capital mexicana.
Uno de los momentos más llamativos de la inauguración fue la presentación de la intervención exterior del emblemático domo del museo, transformado visualmente en un gigantesco balón de futbol gracias a una colaboración con Volaris, convirtiéndose en uno de los símbolos más visibles de la celebración rumbo al Mundial de 2026.
Mucho más que fútbol
Aunque el balón es el protagonista del recorrido, La Cancha de los Niños está lejos de ser una exposición tradicional sobre fútbol.
A través de experiencias interactivas, instalaciones artísticas, espacios naturales y actividades participativas, la propuesta explora cómo este deporte ha logrado convertirse en un lenguaje universal capaz de conectar generaciones, territorios y culturas.
La experiencia se articula alrededor de distintas estaciones que combinan aprendizaje, creatividad y movimiento físico, manteniendo la filosofía que ha distinguido al Papalote Museo del Niño desde su fundación: aprender jugando.
Las canchas cuentan historias
Uno de los espacios más destacados es Canchas con Historia, proyecto fotográfico del artista mexicano Santiago Arau.
La muestra reúne una selección de imágenes aéreas que conectan las antiguas canchas de juego de pelota mesoamericanas con algunos de los estadios más emblemáticos del país. Sin embargo, detrás de la exposición existe un trabajo mucho más amplio.
Durante la inauguración, Arau explicó que su interés por documentar estadios terminó llevándolo a explorar algo más profundo: los espacios donde realmente vive el fútbol.
“Llevo más de 1,500 campos fotografiados alrededor de toda la República Mexicana. Campos en la playa, campos en el desierto, campos que dan justo a la frontera; si se te vuela la pelota, tienes que pedirle a la migra que te la regrese. Hay canchas en barrancos, en lugares muy pobres y en lugares muy ricos”, relató.
Para el fotógrafo, la colección evidencia una característica única del deporte: su capacidad de reunir a personas de cualquier contexto social.
“Eso me lleva a pensar en lo democrático que es el fútbol. Se necesita muy poco para jugar. Lo juega la gente rica y lo juega la gente muy pobre. Y cuando están jugando, por un momento, todo lo demás desaparece”.
Arau también recordó cómo el Mundial de México 1986 marcó su infancia, convirtiéndose en uno de los recuerdos que inspiraron su interés por documentar la relación entre territorio, identidad y fútbol.
Tejiendo redes más allá de las fronteras
Otra de las piezas centrales de la experiencia es Tejiendo Redes: Uniendo Comunidades a través del Fútbol y el Arte, proyecto de la reconocida artista mexicana Betsabeé Romero.
La instalación reúne 20 porterías intervenidas con elementos escultóricos inspirados en jugadores de pelota mesoamericanos y futbolistas contemporáneos. Las estructuras incorporan redes tejidas por comunidades migrantes y colectivos artísticos de México y Canadá, estableciendo un diálogo sobre identidad, movilidad y pertenencia.
Durante la inauguración de una de las porterías, Romero decidió activarla leyendo un poema infantil sobre fútbol, recordando que el juego también es imaginación, creatividad y encuentro.
La obra funciona como un homenaje al llamado “jugador número 12": la afición. Pero también como un reconocimiento al papel que las comunidades migrantes han tenido en la expansión cultural del fútbol a lo largo de Norteamérica, precisamente cuando México, Estados Unidos y Canadá se preparan para organizar conjuntamente la próxima Copa del Mundo.
El Mundial como una experiencia cultural
A menos de diez días de que México vuelva a recibir una Copa del Mundo, La Cancha de los Niños propone una visión distinta de la fiesta futbolística.
Aquí no se trata únicamente de resultados, estadísticas o campeonatos. La propuesta busca recordar que detrás de cada Mundial existen historias compartidas, espacios de convivencia y expresiones culturales que trascienden los noventa minutos de un partido.
Entre arte contemporáneo, fotografía, naturaleza, memoria colectiva y juego, el Papalote Museo del Niño presenta una experiencia que demuestra que el fútbol puede ser mucho más que un deporte: una herramienta para entender quiénes somos, cómo convivimos y qué historias queremos contar hacia el futuro.