Cuando se disponía a viajar a Alaska, Santiago De la Parra sabía que enfrentaría una de las montañas más exigentes del planeta. Sin embargo, el reto iba mucho más allá de alcanzar una cumbre. El alpinista mexicano emprendió una expedición al Denali con un objetivo técnico muy específico: escalar la arista Cassin, una de las rutas clásicas más difíciles del alpinismo mundial.
Tras su exitoso regreso, Santiago conversó con Esquire México sobre el desafío, la relación que mantiene con la naturaleza, el miedo, la incertidumbre y las lecciones que le ha dejado una vida dedicada a la montaña.
Denali: una expedición al límite
Pocas montañas ponen a prueba a un alpinista como el Denali. Sus temperaturas extremas, el clima impredecible y la exigencia técnica han convertido a este gigante de Alaska en un referente para quienes buscan llevar sus límites al máximo.
ESQUIRE: ¿Cómo fue la expedición a Alaska?
SANTIAGO: “Fuimos al Denali, una montaña de 6,190 metros considerada una de las más frías del mundo. Las temperaturas pueden descender hasta los -40 °C y lo normal es moverse entre los -25 °C. Además de su altura, es una montaña enorme, con un desnivel impresionante desde su base hasta la cumbre.
La mayoría de quienes llegan al Denali lo hacen por la ruta normal, pero nuestro objetivo era escalar la Arista Cassin, una línea técnica sobre la cara sur que solo intenta alrededor del uno por ciento de los visitantes. Son aproximadamente 2,500 metros de escalada en hielo, roca y terreno mixto.
Nuestra idea era completar la ruta en un solo esfuerzo, saliendo desde el Campo 4 y regresando sin detenernos. Antes tuvimos que esperar durante varios días la ventana de buen clima. En Alaska puedes pasar semanas enteras sin ver el sol y nosotros vivimos exactamente eso”.
De la Parra realizó la expedición junto a Max Álvarez, guía de alta montaña y compañero habitual de entrenamiento.
La montaña como forma de vida
Escuchar la descripción del Denali lleva inevitablemente a otra pregunta: ¿por qué alguien decide exponerse voluntariamente a condiciones tan extremas? Para Santiago, la respuesta empezó mucho antes de convertirse en guía de alta montaña.
“Desde niño estuve en contacto con la naturaleza. Mis papás nos llevaban de expedición y crecí en ese ambiente. Hoy también es parte de mi profesión.
Claro que existe el deseo del desafío, pero también hay algo muy atractivo en la incertidumbre. Prepararte durante meses para una experiencia en la que no tienes la certeza de lograr el objetivo te obliga a sacar tu mejor versión.
Cuando estoy en la montaña experimento una libertad absoluta. Hay reglas relacionadas con el respeto al entorno, pero fuera de eso eres tú tomando decisiones constantemente. El alpinismo, para mí, no consiste únicamente en llegar a la cima; importa mucho más la forma en que haces el ascenso”.
Una experiencia que cambió la perspectiva
Durante la expedición, Santiago y su compañero pasaron veinte días sin ver el sol. Permanecieron atrapados por tormentas y presenciaron accidentes, además de observar a montañistas que descendían con lesiones por congelamiento.
“A pesar de todo, regresar con vida y poder contar esta historia es una de las mayores recompensas. Eso también forma parte del motivo por el que hacemos estas expediciones: traer de vuelta toda esa energía que solo existe en la montaña”.
Una especie de magia
Conforme avanza la conversación queda claro que, para él, el alpinismo no se resume en coleccionar cumbres. Existe una filosofía detrás de cada expedición, una forma particular de entender la relación entre el ser humano y la montaña.
Santiago habla constantemente de una especie de “magia” que aparece durante las expediciones. Para él no se trata de algo sobrenatural, sino de una combinación de intuición, presencia y sincronía.
“Hay momentos que no sabes cómo explicar. Por ejemplo, detenerte unos segundos para quitarte una chamarra y ver caer una avalancha exactamente por el lugar donde habrías pasado si hubieras seguido caminando.
Son situaciones que te hacen sentir que estás donde debes estar. No voy a la montaña para sumar números o récords. Lo importante es vivir plenamente la experiencia. Cuando entras en ese estado de presencia absoluta, todo parece acomodarse”.
Aprender a convivir con el miedo
Resulta inevitable pensar en el riesgo. Después de escuchar historias sobre avalanchas, tormentas y temperaturas bajo cero, surge la duda de cómo se aprende a convivir con el miedo sin permitir que tome el control.
“Desde el principio decidimos que no íbamos a luchar contra la montaña. Cambiar la mentalidad fue fundamental.
En lugar de pensar ‘qué duro será salir a quitar nieve de la tienda’, preferíamos decir ‘qué bueno que estamos aquí’. Lo mismo ocurrió con el frío. En vez de evitarlo, buscamos conocerlo.
Incluso realizamos ascensos de aclimatación durante la madrugada, cuando las condiciones eran más severas, para experimentar esas sensaciones antes del intento definitivo. Queríamos entender nuestros límites y no enfrentarnos a ellos por sorpresa”.
Para Santiago, disfrutar incluso de los momentos difíciles terminó siendo una de las claves del éxito.
Las lecciones que dejan las expediciones
Superar una expedición de este nivel deja mucho más que fotografías o una nueva ruta completada. También modifica la forma en la que se enfrenta la vida cotidiana.
E: ¿Qué cambia en ti después de cada aventura?
S: “Lo que más se fortalece es la confianza: en mí, en los demás y en la vida. Después de experiencias así desaparecen muchas dudas. Regresas convencido de que, si haces las cosas con honestidad y das tu máximo esfuerzo, las oportunidades aparecen. Esa confianza también se refleja fuera de la montaña, en el trabajo, en las relaciones y en cualquier proyecto”.
Un ritual antes de cada ascenso
Aunque la preparación física ocupa buena parte de su entrenamiento, Santiago reconoce que el aspecto mental comienza incluso antes de abordar el avión rumbo a la montaña. Antes de iniciar una expedición, el alpinista procura detenerse unos momentos para agradecer y pedir protección.
“Me gusta pedirle a Dios y a la montaña que nos cuiden. También visualizo constantemente cómo será toda la expedición. Imagino los movimientos, las sensaciones y el desarrollo completo del ascenso.
Además, pongo mucha atención a mis sueños y a las señales. Hay ocasiones en las que simplemente entiendes que no es el momento y es mejor regresar o posponer el intento”.
Los sueños todavía continúan
Aunque acaba de regresar de Alaska, Santiago ya piensa en sus próximos desafíos.
“Quiero seguir desarrollándome como guía y atleta de esquí de montaña. También me interesa escalar más rutas de hielo y preparar un viaje a la Patagonia. En este momento estoy muy enfocado en combinar el esquí con el alpinismo”.
El consejo para quienes quieren empezar
Para quienes desean iniciarse en el alpinismo, Santiago tiene claro cuál debería ser la prioridad.
“No busquen únicamente llegar a la cumbre. Busquen esa conexión especial con la montaña. Esa experiencia puede aparecer en cualquier ascenso, sin importar la dificultad.
También hay que prepararse muy bien. El entrenamiento es indispensable, pero igual de importante es disfrutar el camino y entender que la verdadera recompensa no siempre está en alcanzar la cima, sino en la persona en la que te conviertes durante el proceso”.
Al terminar la conversación queda la impresión de que Santiago De la Parra no habla de montañas, sino de la vida. El Denali fue el escenario, pero las verdaderas cumbres fueron la paciencia, la confianza y la capacidad de encontrar belleza incluso en medio de una tormenta.
FOTOS: CORTESÍA SANTIAGO DE LA PARRA