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El hombre que perdió su pene y le trasplantaron otro

El hombre que perdió su pene y le trasplantaron otro

El hombre que perdió su pene y le trasplantaron otro

Tom Manning sufrió esta increíble operación que te dejará sin poder dormir (literalmente).

Cada vez que Tom Manning empezaba a sen- tirse mal, pensaba en la joven de veintitantos años con cáncer cerebral terminal que había conocido en la clínica de rehabilitación en Boston, donde pasó casi un mes recuperándose de su amputación de pene. El carácter resuelto de la chica era un recordatorio de cómo las cosas podrían ser mucho peores, era como una bofetada en la cara. A veces, ese recuerdo no era suficiente; necesitaba un poco más de ayuda. Así que cuando Manning sentía el menor síntoma de autocompasión, se miraba en el espejo y se golpeaba la mejilla, lo bastante fuerte como para sentir dolor. Estúpido imbécil, pensaba. No vuelvas a lo mismo. Sin embargo, en ocasiones era casi imposible no rumiar sobre cómo había llegado a ese punto. En una fría mañana de enero de 2012, el mensajero bancario de 60 años empujaba un diablito cargado con pesadas cajas sobre una rampa lodosa detrás de las oficina de la compañía donde trabajaba en el centro de Boston. Sus piernas resbalaron y Manning cayó con fuerza. El vehículo, que transportaba unos 45 kilos de papel, cayó sobre él, ocasionando que una porción de su colon irrumpiera contra su pared intestinal inferior, arrollando sus genitales. El impacto se sintió como una explosión, pero la sorpresa amortiguó el dolor inicial. Un repartidor de agua que había oído el trancazo y el aullido de Manning corrió a ayudarlo a ponerse de pie. El dolorido mensajero dio las gracias al chico, le dijo que estaba bien, y caminó con dificultad hasta el baño de empleados para evaluar el daño, mientras tomaba ropa limpia de su casillero. Una vez que estuvo detrás de una puerta cerrada con llave, Manning se quitó cuidadosamente sus pantalones cargo estilo militar, los largos calzoncillos y el resto de la ropa interior; cada capa empapada por el aguacero de Bos- ton. El impacto había provocado que la hilera de botones (en lugar de zipper) en sus pantalones atravesara sus ge- nitales, y a medida que el impacto ocurría, su ingle empezó a palpitar al ritmo de su latido cardiaco. Había sangre, pero Manning no podía decir de dónde venía porque su pene se había hinchado a más del doble de su tamaño habitual. Todo se veía muy mal. Manning, quien habitualmente era un parlanchín imparable, era el tipo de persona que sufre en silencio, así que minimizó la gravedad de la caída frente a sus compa- ñeros de trabajo. La compañía había despedido reciente- mente a varios empleados, y el único que conocía las rutas de Manning estaba ocupado en otro lugar. Manning no quería abandonar a su jefe y ser despedido por ello. Además, creía que el problema se corregiría por sí mismo. Des- pués de media hora de evaluar los daños, se puso ropa seca y volvió a sus labores. A Manning le encantaba el trabajo. Su cuenta principal durante 10 años consecutivos era una de las mayores corporaciones de administración de activos en el mundo, el tipo de lugar que figu- raba entre la clientela de la revista For- tune 500. Era el encargado de transportar algunos de sus documentos más delicados —las tripas, como se les decía— por todo Boston. Antes de eso, su carrera había sido una mezcolanza de trabajos que le dejó poca satisfacción: supervisar al equipo de limpieza en Fenway Park, excavar tumbas en cementerios judíos con un amigo y dirigir una pequeña empresa de camiones. También negoció transacciones de pescado al ma- yoreo, durante un tiempo, hasta que los inspectores llegaron y suspendieron las


(El paciente, Tom Manning de 64 años)


operaciones. Siempre logró sobrevivir, una habilidad que su madre, Florence —quien había trabajado tiempo completo mientras criaba a Tom y a sus tres hermanos, sola, en el vecindario de Dorchester— le había enseñado con el ejemplo. Durante los dos meses siguientes, Manning se autotrató la herida con peróxido de hidrógeno para desinfectar y aspirina para reducir el dolor. Pero su pene seguía aplastado, su colon todavía se encontraba en el código postal equivocado, y la agonía implacable de sus pulverizados testículos le hacía difícil dormir más de unas cuantas horas de corrido. Siguió trabajando —ni siquiera había tomado vacaciones en cuatro años y medio—, pero hacía un gran esfuerzo y, a veces, tenía que pedir a sus compañeros que le ayudaran con las cargas más pesadas. Finalmente, en marzo —ocho semanas después de que sus genitales quedaron hechos papilla— Manning final- mente buscó ayuda en el Hospital General de Massachusetts, la filial de enseñanza de la Universidad de Harvard en el centro de Boston. Aquí es donde los saudíes vienen a ser atendidos, pensó Manning. No hay mejor lugar para recibir ayuda. En el transcurso de 12 horas, oleadas de médicos llegaban a ver, hurgar y retratar la entrepierna de Manning. El veredicto era que necesitaba ser operado. Los médicos le devolverían su colon al lugar correcto y reconstruirían una parte de sus genitales. Aunque el procedimiento sonaba profundamente incómodo, tener un pronóstico después de semanas de preocupación le daba la esperanza de un retorno a la normalidad. Antes de su cirugía, Manning volvió a encontrarse con Adam Feldman, uno de los mejores urólogos del hospital. Después de un examen cuidadoso, Feldman se recostó, con líneas de preocupación arrugando su frente. “Creo que tienes un tumor en el pene”, dijo. Una biopsia confirmó la sospecha. Manning tenía cáncer de pene, una enfermedad rara y agresiva que afecta a aproximadamente dos mil hombres en los Estados Unidos cada año. Las células cancerosas ya habían invadido una cantidad sustancial de su tejido peneal y pronto podría ex- tenderse a sus ganglios linfáticos y más allá, punto en el cual Manning estaría prácticamente muerto; con suerte, viviría seis meses. La radiación no retrasaría la diseminación, le explicó Feldman. Así que el mejor camino era amputarle el pene. Manning estaba aturdido. ¿Quedaría como un muñeco Ken? ¿Sería él el único hombre en Boston que tendría que hacer pipí sentado? ¿Volvería a sentir un orgasmo? Tal vez sería mejor dejar que el cáncer siguiera su curso, pensó. Después de todo, todos los humanos tenemos una fe- cha de caducidad. Manning se dirigió a la casa de dos recámaras en Beacon Hill, donde había vivido durante los últimos 32 años, para pensar en soledad. Estaba acostumbrado a resolver sus problemas por sí mismo. No quería inquietar a Floren- ce, ni a su hermano, Charles; a sus dos hermanas, Edna y Debra, que tenían hijos, trabajos y preocupaciones propias. Tampoco quería decírselo a sus amigos, porque probablemente sólo harían bromas. No estaba saliendo con nadie en ese momento, y además, nunca había sido bueno para el compromiso, al preferir al tipo de mujeres que su madre llamaba “mujeres chatarra” —modelos, strippers, una bailarina de la compañía Rockette…—. No le tomó mucho tiempo decidir que no quería morir. Les dijo a los médicos que estaba listo para renunciar a su pene con tal de salvar su vida. Así que en la primavera de 2012, ingresó en el Hospital General de Massachusetts, en lo que, imaginó, sería su última vez como un hombre entero. A lo largo de varias horas, mientras Manning permanecía in – consciente, Feldman le retiró todo menos un trozo pequeño de su pene, de menos de una pulgada de largo, y creó una abertura a través de la cual un catéter le permitiría orinar. Cuando volvió en sí, aturdido y bajo los efectos de medicamentos para el dolor, la mente de Manning comenzó a zumbar. Los médicos podían reconectar manos, trasplantar rostros. Recordó un reportaje sobre científicos que habían hecho crecer una oreja humana en la espalda de un ratón. ¿Por qué no intentar, de la misma manera, hacer crecer un pene y coserlo? Más tarde ese día, cuan- do Feldman lo visitó en la sala de recuperación, Manning le dijo, con el pesado acento bostoniano de un extra de Cheers: “Ey, doctor, si alguna vez hacen un trasplante de pene, yo me apunto”. En ese momento, la extirpación quirúrgica del miembro intacto de un donante y su fijación a un


(Las personas que obraron el milagro)


receptor nunca se había realizado en Estados Unidos. Hasta el año pasado, sólo se había intentado dos veces en todo el mundo: una, en 2006 en China, y otra en 2014, en Sudáfrica. El primer caso está mal documentado; la versión más común de la historia es que la cirugía salió bien y el órgano parecía prender, pero la esposa del receptor, de 44 años, se asustó ante la idea de tener el pene de otra persona. Al parecer exigieron que lo retiraran. El caso de Sudáfrica estuvo mejor reseñado y fue un éxito duradero. Cirujanos del Hospital Tygerberg de Ciudad del Cabo transplantaron el órgano de un donante a un joven de 21 años que había perdido su pene tres años antes, después de una circuncisión fallida que derivó en gangrena. Manning había leído sobre ambos casos después de su amputación, pero no tenía ni idea de que el mismo hospital donde había perdido su virilidad estaba sentando las bases para el primer trasplante de pene en Estados Unidos. Los orígenes del proyecto datan de finales de 2012, después de una presentación sobre trasplantes de manos de Curtis L. Cetrulo, especialista en cirugía plástica y reconstructiva en el Hospital General de Massachusetts. En el revuelo posterior a la conferencia, él y su amigo y colega, Dicken Ko, célebre cirujano urológico, iniciaron una conversación con un asistente, un antiguo miembro del departamento de cirugía general del dicho nosocomio, que había servido como especialista en la Marina estadounidense. El hombre detalló la epidemia de lesiones en la parte baja del cuerpo por explosivos en Irak y Afganistán. Los avances en la cirugía de trauma en campo, así como en las armaduras corporales de Kevlar, un material que se usa en chalecos antibala y otras prendas, permitían a los soldados sobrevivir a lesiones que en el pasado los habrían matado fácilmente. De hecho, más pacientes llegaban a los hospitales militares con lesiones en la cara, las extremidades y, debido a la prevalencia de artefactos explosivos improvisados que disparaban hacia arriba, con heridas genitales-urinarias devastadoras. Las heridas en la ingle, señaló el ex colaborador de la Marina, son particularmente insidiosas porque no tienen solución y a menudo se sufren en silencio. Cetrulo y Ko ya habían estado discutiendo, durante meses, la posibilidad de trasplantes de pene. Comprendían el impacto que tal procedimiento podría tener para los hombres que habían perdido ese órgano, una población que está en riesgo de suicidio, dice Cetrulo. “Son pacientes desanimados que realmente se ven a sí mismos sin esperanza”. La conversación con el ex- colaborador fue un catalizador para Cetrulo y Ko. Ambos cirujanos pensaban igual: tenía que haber algo mejor. Lo mejor que la medicina podía ofrecer a un hombre tras la pérdida de su pene, ya sea como soldado de infantería lesionado por una explosión o como enfermo de cáncer, era una reconstrucción, dice Cetrulo, para lo cual tomas un pedazo de tejido —que puede provenir del muslo o del antebrazo— y lo enrollas para formar un tubo de piel, para que parezca un falo. El “pene” resultante se asemeja a un embutido y es propenso a la infección. Aunque muchos receptores experimentan el retorno de la sensación erótica, no pueden lograr una erección sin un implante protésico. Los pacientes a menudo tienen dificultad para orinar mientras están de pie, y rara vez son capaces de tener relaciones sexuales. Cetrulo y Ko no fueron los únicos en el país en llegar a esta conclusión. En 2015, un equipo de la Universidad Johns Hopkins anunció que planeaba intentar un trasplante de pene para uno de los casi 1,400 soldados que habían sufrido algún tipo de lesión devastadora en la ingle, prácticamente todos ellos en Irak o Afganistán. Cuál de las dos instituciones — Hopkins o General de Massachusetts— realizaría el trasplante primero, simplemente era una cuestión de cuál de las dos instituciones conseguiría primero la aprobación de su hospital y emparejaría a un paciente con un donante sano. La tecnología para tal procedimiento ya estaba en marcha , gracias a los avances en cirugía de trasplante de cara y mano . Estos procedimientos se conocen como “aloinjertos compuestos vascularizados” (VCAs, por sus siglas en inglés). Mientras que un riñón o hígado son básicamente partes para conectar y echar a andar, compuestos casi en su totalidad por un solo tipo de tejido e instalables con unos cuantos anexos, un VCA comprende diferentes tipos de tejido —piel, músculo, nervio— y requiere la conexión de vasos sanguíneos. Un trasplante de pene es un VCA. Tratándose de órganos vitales, los riesgos conocidos de los trasplantes son superados por los beneficios; un paciente morirá sin, digamos, un corazón que funcione. Pero la pérdida de una mano, una mutilación facial o la amputación de un pene no pondrán fin a la vida de una persona. Por lo tanto, los médicos deben considerar que el paciente va a soportar una ardua cirugía con un riesgo de fracaso no insignificante, y si es exitosa, deberá tomar inmunosupresores de por vida para reducir el riesgo de rechazo. Además, los órganos trasplantados no son tan duraderos como los originales. Se desgastan. A pesar de estas preocupaciones, Cetrulo y Ko pensaban que un trasplante de pene era un riesgo que valía la pena tomar. Trabajaron durante más de tres años para desarrollar su protocolo, consulta ron con sus colega s y navegaron a través de las consideraciones éticas. También ayudaron a recaudar fondos para la investigación —que incluía sesiones de práctica con cadáveres en el Banco de «órganos de Nueva Inglaterra— e instruyeron a los trabajadores sociales sobre cómo hablar con las familias de los donantes a quienes pudiera resultar difícil entender por qué un hospital querría el pene de su ser querido. Finalmente, en diciembre de 2015, las autoridades del Hospital General de Massachusetts les dieron luz verde y el financiamiento para dos trasplantes. Antes de empezar a buscar a su primer paciente, Adam Feldman les contó acerca de Tom Manning. Manning había estado viviendo durante casi cuatro años sin su pene. Aquellos primeros días eran una nebulosa. Resistió cinco cirugías en rápida sucesión: el reacomodo del colon y el diafragma, la amputación del pene, el arreglo de una obstrucción que le impidió orinar durante dos días, y la reparación de un hematoma que tenía sus testículos del tamaño de unas softballs. A veces, bromeaba con sus amigos,

se sentía como si se hubiera metido en una rutina invertida de Groucho Marx (primero, un tipo saca su pene ‘podado’; y luego sus testículos se inflan como globos. El quinto procedimiento, para ver si el cáncer se había diseminado, era particularmente desagradable. Feldman separó la piel y el músculo de la parte alta de las piernas y la ingle de Manning para hacer una biopsia de sus ganglios linfáticos. La cirugía fue invasiva y sangrienta, e implicó que Manning permaneciera en un centro de rehabilitación semanas después. El dolor no le molestó tanto como la espera: los resultados tardaron casi dos semanas en procesarse. Permaneció en su cama durante días, preguntándose si había renunciado a su pene sólo para morir de cáncer. Cuando Manning vio aparecer el número de Feldman en su teléfono, respondió a la llamada tan rápido como sus dedos se lo permitieron. “Estás limpio”, le dijo el médico. Manning se quedó en silencio durante casi un minuto antes de reunir la coherencia para decir “gracias”. Ahora era libre para concentrarse en su nueva realidad. Todo lo que quedaba de la maquinaria reproductora externa de Manning eran los testículos y un muñón. Tenía que sentarse a orinar. No había orgasmos, ni consigo mismo ni con alguien más. Manning aceptó su destino. ¿Qué opción tenía? Y sin embargo, un pensamiento seguía haciendo ‘tilín’ en su cerebro: alguien, en algún lugar, intentaría un trasplante de pene en Estados Unidos. Manning compró un libro de texto médico y en su tiempo libre aprendió todo lo que pudo acerca de la estructura interna del falo. Mirando fijamente las representaciones del tejido parecido a un panal, interrumpido por vasos sanguíneos y nervios, pensó en su propia y cruda manera de conectar un trasplante con stents diminutos, aún más pequeños que los popotes para cocteles, pensó, para asegurar un flujo sanguíneo saludable. Hasta que pudo volver a moverse cómodamente, Manning estuvo sin trabajar. Dejó su apartamento y se mudó con su mamá, que ahora estaba retirada, a 45 minutos al sur de la ciudad. El sitio de la amputación sanó rápidamente, pero el dolor del accidente no disminuiría. Los testículos de Manning palpitaban como si todos los días lo patearan en la ingle otra


(Parte del staff del equipo quirúrjico) 


vez. Lo único que ayudó fue el medicamento para el sistema nervioso que tomaba tres veces al día, pero una dosis no duraba lo suficiente como para permitirle dormir una noche completa. Los médicos estaban felices de darle fármacos más fuertes para el dolor, pero Manning había estado sobrio toda su vida; nunca había fumado un cigarrillo. Tomaba la oxicodona que tenía en su botiquín sólo en los peores días. Durante todo ese largo tiempo, le habría dicho a alguien que esperaba algún día recibir un trasplante. Cuando el número de Feldman apareció en su teléfono de nuevo, en febrero de 2016, Manning estaba seguro de que algo estaba mal: el cáncer debe haber regresado, o quizá sólo tenía unos meses para vivir. Respiró hondo y contestó. “¿Todavía te interesa el trasplante?”, le preguntó el médico. Esta vez, Manning respondió sin dudar: “Vamos a hacerlo”. “Vamos”. Primero vino un largo proceso de selección para asegurarse de que el cuerpo y la mente de Manning fueran capaces de aceptar un injerto. Los cirujanos y los psicólogos eran cautelosos; no había datos a largo plazo o una literatura sustancial que pudieran consultar para comprender todos los riesgos que Manning podría correr. Sabían por Feldman que Manning tenía una tendencia a reservarse sus síntomas y complicaciones. En el caso de un nuevo procedimiento como este, tan sólo eso podría ser la diferencia entre el éxito (¡pene nuevo y mejorado!) y el fracaso (cero pene, en absoluto). No todas las cirugías de VCA anteriores habían resultado según lo previsto: Al hombre de Nueva Zelanda que recibió un trasplante en 1998, después se le retiró tres años más tarde porque estaba “mentalmente separado” de él. Un hombre de Virginia que había recibido el trasplante de cara más sustancial hasta la fecha en 2012, dos años más tarde estuvo inyectándose whisky en el estómago a través de un tubo de alimentación hasta que cayó inconsciente. Una vez confirmada la estabilidad mental de Manning, Cetrulo y Ko expusieron los riesgos con claridad: la cirugía podía fallar. Todo podría ser más complicado de lo previsto. Y aun en el mejor de los casos, Manning tendría que tomar medicamentos siempre, para prevenir que su cuerpo rechace el injerto. En el peor escenario, la cirugía no funcionaría y él volvería a ser el de antes: un hombre sin pene. Manning no se desanimó. Pensó: “Dispones de un tiro y lo vas a aprovechar. Cuando menos podrás verte en el espejo y decir: ‘hice todo lo que pude’”. Los cirujanos establecieron tres metas de recuperación en principio: apariencia, capacidad para orinar y funcionalidad sexual. No podían asegurar el logro de ninguna de ellas. Manning suponía que Cetrulo y Ko estarían preocupados por cómo reaccionaría él si la cirugía fallaba. Él les aseguró que, en ese caso, no guardaría rencor. No era algo que quisiera hacer; era lo que tenía que hacer. Florence se preocupaba porque cuatro años de charlar con su hijo sobre trasplantes lo estuvieran preparando para la decepción. Cuando escuchó las noticias, se emocionó, pero también era realista: “Manténte positivo, Tommy”, le dijo. “Pero no te hagas ilusiones”. Manning se dedicó a programar las visitas al hospital para una serie de exámenes médicos, lo que significaba salirse de trabajar y tener que hablar con sus jefes sobre lo que estaba pasando. Lo que más les sorprendió es que Manning hubiera estado viviendo y trabajando durante los últimos cuatro años sin un pene. La medicina del trasplante es un juego de espera. Pueden pasar meses o años para que un órgano esté disponible; el momento depende de la muerte de alguien que coincida con las necesidades del paciente, lo cual no es poca cosa. Un órgano aceptable debe cumplir con varios requisitos, incluidos el tono de la piel, el tipo de sangre, y una larga lista de detecciones de enfermedades. Además, esta era la primera vez que alguien buscaba uno. Era, en palabras del CEO del Banco de «órganos de Nueva Inglaterra, “una cuestión inusual”. En mayo de 2016, se propició un acercamiento entre las familias de dos donantes potenciales. Fue la primera vez que un banco de órganos estadounidense pide a familiares contribuir con el pene de un ser querido. Para sorpresa de todos, ambas familias dijeron que sí. Uno de los órganos no era viable, pero el otro —que pertenecía a un joven que vivía en Maine— era perfectamente compatible. Los trasplantes típicamente se llevan a cabo con poca notoriedad: un donante con órganos viables muere y los médicos necesitan actuar de inmediato. Ko estaba en una conferencia de urología en la costa oeste cuando recibió la noticia; corrió al aeropuerto para tomar el próximo vuelo a casa, pero no volvió hasta el final de la operación de Manning. Cetrulo había viajado a Maine con un equipo de cirujanos del Hospital General de Massachusetts, para conseguir el pene, junto con el corazón, los pulmones, el hígado, el páncreas, los intestinos y los riñones. Los órganos del joven salvarían seis vidas y elevarían la calidad de una más: la de Tom Manning. Los padres del donante pidieron que no se diera información sobre su hijo, pero publicaron una breve declaración en ese momento diciendo que la donación había sido “útil durante un tiempo difícil”. De regreso al hospital, un equipo preparó a Manning y lo condujo al quirófano. Trece cirujanos tomaron parte en el procedimiento que duró 15 horas, un especialista diferente entró para unir minuciosamente cada uno de los cinco vasos sanguíneos y los dos nervios principales que atraviesan el falo. Se insertó un catéter a través de la uretra y se cosió la herida. Manning despertó al mediodía en la UCI, el Día de las Madres, encontrando sus brazos atados para que no pudiera alcanzar el área de la cirugía. La herida aún no estaba cubierta —necesitaba estar expuesta al aire para secar— y todo lo que separaba el nuevo pene de Manning de la amenaza de infección bacteriana eran unas cuantas capas de gasa. Durante varios días, tuvo miedo de mirar hacia abajo. Cuando finalmente lo hizo, le pareció que su ingle había sido destrozada en un accidente automovilístico. La nueva zona estaba tan hinchada y descolor ida que era imposible reconocerla como genitales masculinos. Los médicos decían que se veía genial pero, obviamente, entendían ese calificativo de una manera muy distinta. No volvió a mirar durante una semana entera; para entonces, la hinchazón se había calmado y la zona intervenida estaba cicatrizando. Todavía se veía raro, pero mejor. El miembro, que estaba contento de ver, era casi del mismo tamaño del que tenía antes. Los cirujanos fueron optimistas desde el principio: el flujo sanguíneo parecía ser normal, y no había señales tempranas de rechazo. El siguiente objetivo de recuperación era la micción. Ko retiró el catéter tres semanas después de la cirugía, y Manning fue capaz de orinar libremente, aunque sentado y dentro de una botella. Un par de semanas después llegó la prueba real, algo que Manning no había hecho en cuatro años: orinar mientras estaba de pie. Para lograr esto, tendría que controlar el momento de inicio, la dirección y la rapidez del flujo. Ko puso un objetivo de plástico sobre el inodoro, en el baño de su oficina, le dijo a Manning que le atinara y lo lo logró. Mientras se bajaba los pantalones y se preparaba para soltar el chorro, Manning pensaba: llegué hasta aquí para pegarle al ojo del buey, y voy a hacerlo. La orina comenzó a fluir y Manning disparó al blanco, desencadenando un arroyo con el vigor de un tipo que había estado aguantando las ganas de orinar durante horas. “¡Bien!”, gritó, lo suficientemente fuerte como para que el doctor Ko y sus colegas de la puerta se echaran a reír. La meta de recuperación que aún faltaba satisfacer era la funcionalidad sexual. El que Manning tuviera alguna otra erección sería determinado por una serie de factores fisiológicos complejos. Una erección ocurre cuando la sangre se precipita a través de los minúsculos vasos del pene. El torrente de Manning sigue siendo bueno, dicen sus cirujanos. Lo que mantiene la erección, sin embargo, es una serie de interacciones de músculos y tejidos que contienen la sangre para que no se evacúe. Años sin erecciones pueden dejar estos tejidos inflexibles, lo que dificulta esta tarea y la de mantener la firmeza. Esta complicación es común en los hombres que han tenido cirugía de próstata, y es una preocupación importante en el caso de Manning. Manning comenzó a tomar Cialis —un medicamento indicado para tratar la disfunción eréctil— poco después de la cirugía, para alentar su flujo sanguíneo, y uno de los inmunosupresores que toma promueve la regeneración del nervio con la esperanza de recuperar la sensación. “Llamamos a esto rehabilitación del pene”, explica Feldman. Los resultados hasta ahora son alentadores: Manning ocasionalmente siente una especie de chispazos en su pene, un hormigueo semejante al de un pie adormecido. Un par de veces ha tenido la sensación de lo que parecería ser la hinchazón del pene, aunque ésta no se ha presentado realmente. “La sensación está ahí”, explica Manning, “pero no es lo que era antes”. Si el Cialis no conduce a erecciones confiables, hay otras medidas disponibles: bombas, por ejemplo, o implantes. “Ellos tienen todo tipo de cosas que pueden darme”, dice Manning. Cuando estaba en la sala de recuperación después de la cirugía, las enfermeras solían bromear con él, preguntándole si tenía alguna idea de cuántas mujeres querrían dormir con el receptor del primer trasplante de pene en Estados Unidos. Espera regresar un día con una advertencia: “Señoras, yo podría ser el hombre más peligroso del país en este momento, ¡un hombre de 65 años con el pene de un joven!”. Manning es honesto y espontáneo, pero no tiende a hacer reflexiones profundas sobre sí mismo. Cuando se le preguntaba por qué no se sentía como una persona completa sin su pene, respondía: “Imagínate cómo te sentirías”, y eso era todo. A menudo, compara el sentimiento con otra situación, diciendo, por ejemplo, que las mujeres que son sometidas a una mastectomía, a menudo son objeto de reconstrucciones no porque las necesiten, sino porque no se sienten completas después de perder sus senos. Manning toma 40 píldoras al día para proteger a su pene nuevo de un posible rechazo por parte de su cuerpo, y para evitar que su cuerpo sufra una infección. Debido a los efectos secundarios y su falta de actividad física, ha ganado algo de peso. El dolor en sus testículos, alguna vez aplastados, todavía lo despierta en medio de la noche. Tiene dificultad para bajar escaleras. Se siente confuso. Olvida cosas. Solía leer The Boston Globe de atrás para adelante todos los días, pero ahora tiene suerte si puede concentrarse lo suficiente para leer la primera sección. Está desesperado por volver a trabajar, pero sabe que eso es imposible por ahora. La principal queja de Manning, sin embargo, son los temblores, efecto secundario de los inmunosupresores, cuya administración se reducirá eventualmente pero no se eliminará. Ha desarrollado algunos trucos para controlarlos: mantener las manos juntas o sujetarse a los brazos de una silla. Pero cuando extiende una mano e intenta mantenerla derecha, vibra mucho. “Los medicamentos me sientan muy mal”, dice. Toma una pluma y escribe lentamente su nombre. El resultado es muy parecido a la lectura de un contador Geiger. Poco después del último Día de Acción de Gracias, estuve con Manning en la cocina de la casa de Florence, en Halifax, relativamente cerca, en automóvil, de Plymouth Rock. Florence y su hijo comparten un remolque de doble ancho en un pulcro parque móvil sombreado por abetos. Pasa la mayor parte de sus días en un sillón reclinable, tratando de leer el periódico y viendo las noticias por cable. Cuando menos una vez a la semana, va al Hospital General de Massachusetts para hacerse exámenes de sangre y visitar a su nutrida colección de médicos: Cetrulo, Ko, Feldman y Cori Tanrikut, especialista en reproducción al que Manning se refiere como “mi médico del pene”. Florence tiene 83 años pero luce unos 10 años menor.

Ella hace todo lo posible por minimizar el estrés y la ansiedad en la vida de su hijo mayor. Debido a que Manning está bajo órdenes terminantes de no hacer esfuerzos, ella funge como ama de casa, cocinera, chofer y enfermera. Está atenta a todo sobre la recuperación de su hijo, sin importar lo incómodos que sean los detalles. Al principio, Manning tuvo problemas para hablarle con tanta franqueza sobre su pene y sus problemas, pero eso ya no molesta a ninguno de los dos. “Pierdes la vanidad muy rápido”, dice Manning. Por lo único que discuten, dice Florence, es por la comida, porque Manning está en una dieta estricta para limitar su potasio y no siempre quiere seguirla. Pero lo intenta. Comienza el día, cinco veces a la semana, con un plato de hojuelas de maíz, y los otros dos días con huevos revueltos. Puede comer pescado, pollo y verduras, pero sólo en porciones pequeñas y muy poca fruta. De vez en cuando, puede comer un pequeño tazón de helado, su comida favorita. El postre más frecuente es gelatina sin azúcar, “como si estuviera todavía en el hospital”, dice. Estaba esperando ansiosamente saber cuando sería programada su próxima cirugía, ya no de la ingle, sino del corazón. Cuando Manning se hizo la serie de estudios preparatorios para el transplante en mayo de 2016, en una le fue mal: la de estrés cardíaco, según la cual una válvula aórtica está calcificada. Se le permitió continuar con el trasplante siempre y cuando prometiera abordar el problema cardíaco a la brevedad; los médicos advirtieron que podría tener un ataque al corazón en cualquier momento. Antes de que se publique esta historia, los cirujanos harán una incisión en su pecho para reemplazar la válvula dañada con una nueva, probablemente de un cerdo o un ternero. La cirugía a corazón abierto es un procedimiento brutal para cualquier paciente, pero es aún más riesgosa para Manning. Tendrá que dejar de tomar algunos de sus medicamentos para prevenir el rechazo del trasplante, y es probable que necesite, como mínimo, una diálisis a corto plazo durante la recuperación. Para Manning, es sólo otro ataque de hipo. Una vez que la cirugía se lleve a cabo, espera volver a su máxima fuerza. Perderá los kilos de más, reanudará una vida más activa y, espera, volverá a trabajar para el banco recorriendo toda la ciudad de Boston. Manning sabe que es uno de los hombres más desafortunados en Estados Unidos, y también uno de los más afortunados. “Si no hubiera sufrido el accidente, no me habrían detectado el cáncer”, dice. “Voy a un trasplante y se dan


(Recreación del pene y sus nervios conectados en la o

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