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Morir en malasia

Morir en malasia

Morir en malasia

 

El hombre que estaba sentado frente a mí parecía un fantasma. No sólo eran las manos, de las que sobresalían los huesos. Tampoco los hombros caídos, la máscara quirúrgica que cubría la mitad de su rostro o el cuello delgado que daba la impresión de ser incapaz de sostenerle la cabeza. Era algo mucho más sutil. La mirada.

 

«Hola José Regino», le dije.

 

El prisionero 1453 levantó el auricular con la mano libre, la que no estaba encadenada al suelo. Nos encontrábamos en un cubículo de la sala de visitas de la prisión de Kajang, una aldea localizada a unos 25 kilómetros al sur de Kuala Lumpur, la capital nacional de Malasia. Estábamos separados por una pantalla de plástico manchada de grasa.

 

Pese al cloro con el que se habían trapeado los pisos esa mañana, el aire, que ya comenzaba a calentarse, apestaba a orina y a otro olor que no alcanzaba a definir del todo. En una hora, el sol se estacionaría justo encima de nuestras cabezas y estaríamos asándonos en la humedad de la jungla.

 

«¿Cómo nos encontraste? Creí que nadie sabía que estábamos en esta cárcel», me dijo José Regino González Villarreal, uno de los tres mexicanos que el 16 de mayo pasado, junto con sus hermanos Luis y Simón, fue declarado culpable por la justicia malaya del delito de narcotráfico. Según las autoridades de ese país, intentó distribuir 29 kilogramos de metanfetamina, cantidad suficiente para que, conforme a las estrictas leyes locales, se le castigue con la muerte por un método casi medieval: ahorcamiento con una soga de cáñamo.

 

«Apenas llegamos anoche a esta cárcel?», empezó a contarme. Se le escuchaba y, sobre todo, se le veía cansado. No pude evitar estudiar su rostro. Líneas de preocupación se marcaban en la frente, el ceño estaba fruncido y unas ojeras negras se habían anclado firmemente debajo de los ojos. Supuse que no había dormido mucho en los últimos días, primero con la tensión de su juicio y después con la angustia de su sentencia.

 

«Me dijeron en la otra prisión que los habían enviado aquí», respondí. Tan sólo unas horas antes había acudido a la penitenciaría de Sungai Buloh, en donde los hermanos González Villarreal estuvieron recluidos durante un año, el tiempo que duró la parte final de su proceso judicial. Ahí se me informó que, tras su condena, los sinaloenses habían sido transferidos a Kajang, un centro de mala fama reservado para aquellos que están a la espera de recibir su fecha de ejecución.

 

El semblante de José Regino nunca se relajó. Aunque por conversaciones previas sabía que disfrutaba hablar español en cualquier oportunidad -porque su inglés es escaso y apenas y entendía unas palabras de bahasa, la lengua oficial de Malasia- en esta ocasión se mantuvo tenso, con la espalda recta, como un resorte a punto de reventar.

 

-¿Cuánto tiempo tenemos? -le pregunté a José Regino.

 

-El cheku (guardia) me dijo que como una hora. Después tengo que regresar a mi celda. Oiga, pero dígame, ¿ya se supo en México lo que pasó con nuestra sentencia? ¿Cómo está mi familia? ¿Mi mamá está bien? ¿Mi papá?

 

-Tus padres están bien de salud, por lo que me dicen tus hermanas -respondí, sin entrar en demasiados detalles.

 

Lo que sabía es que su familia se había enterado en las horas previas, a través de mi cuenta de Twitter (@vhmichel), que «los tres plebes», como se les conoce en Culiacán, habían sido sentenciados a la horca. Por un video que había visto en YouTube, me quedaba claro que la escena fue dramática. Carmen, la madre de los González Villarreal, rompió en llanto y casi se desmaya cuando leyó el tuit que confirmaba que sus hijos habían sido derrotados judicialmente.

 

Uno de los temores de sus hijas y nueras era que sufriera un infarto ante la noticia. Su corazón no está en buen estado. Padece de hipertensión.

 

«Dicen que se le subió la presión a tu madre, pero que está bien», añadí. José Regino se tranquilizó un poco. No demasiado.

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En Malasia, al otro lado del mundo, era el sábado 19 de mayo, día de visitas en la Penitenciaría Federal de Kajang. En los demás cubículos, ruidosas familias de indios, chinos, musulmanes, tamiles y unos pocos iraníes conversaban con otros reos, encarcelados en su mayoría por delitos contra la salud. Como José Regino y sus hermanos, algunos también estaban condenados a muerte. Llevaban un traje de mangas naranjas que obligan a usar a quienes ya han sido sentenciados.

 

Para nuestra conversación, a José Regino le había sido asignado un espacio justo en el centro de un largo pasillo. Su aislamiento como único latinoamericano ahí presente estaba acentuado por su salud. Se le había separado de los demás prisioneros debido a la infección de tuberculosis que contrajo meses atrás en la penitenciaría de Sungai Buloh, donde hasta el 70 por ciento de los reos están infectados.

 

Sería nuestra entrevista final, después de haber seguido su caso durante un año y dos meses, desde el principio de su proceso judicial hasta la conclusión, dos días antes, cuando habían sido condenados a morir por la corte superior de Jalan Duta, a través del juez Mohamed Zawawi.

 

Después de cinco viajes a Kuala Lumpur, varios reportajes y una cobertura constante por redes sociales, lo que en México había sido conocido como el #JuicioMalayo por fin había terminado. Curiosamente, cerraba casi como había comenzado en marzo de 2011, cuando conocí a los González Villarreal: en la sala de visitas de una cárcel, cerca de la jungla malaya.

 

En esta ocasión, las autoridades de la prisión sólo me dejaron ver a José Regino. Luis y Simón no tenían autorización para dejar sus celdas ese día. Por primera vez en varios meses, los tres hermanos habían sido separados. Así estarán hasta el día de su liberación o ejecución.

 

-¿Cómo te sientes? -le pregunté al plebe, porque fue lo primero que me vino a la mente. En realidad es muy difícil preguntarle algo a una persona que está sola y aterrada, porque le acaban de informar que está a un paso de ser colgado en un país a más de 10 mil kilómetros de distancia de su hogar.

 

Pero José Regino lo que quería hacer ese día era platicar.

 

-Me siento muy mal -me dijo-. Mi hermano Luis dice que él ya no va a aguantar más tiempo acá. Simón está muy triste.

 

-¿Y tú?

 

-Yo no quiero pensar en eso. Aquí adentro hay muchos que se han vuelto locos de estar pensando en eso todo el tiempo. Pero hoy me desperté y me di cuenta de que estoy condenado a muerte. Es? no lo entiendo.

 

Continuó hablando conmigo. Pude ver que estaba aterrado de pasar más tiempo en esa cárcel, en un país predominantemente musulmán, donde las diferencias culturales con respecto a México son radicales.

 

-Los hermanos lo hemos platicado y no es que quiera decir que nos queremos morir, pero decimos que, si nos van a ejecutar, que sea rápido. ¡Que no nos tengan aquí diez años más! Hemos estado pensando en eso y no queremos estar aquí tanto tiempo. Ya no queremos estar sin la familia.

 

-¿Te arrepientes de haber venido?

 

-Quisiera nunca haber escuchado de Malasia.

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La historia de cómo tres hermanos sinaloenses terminaron al pie del patíbulo al otro lado del mundo arrancó cuatro años antes, en 2008.

 

Los registros policiales apuntan a que entre las 3:10 y 3:20 pm del 4 de marzo de ese año, seis ciudadanos mexicanos fueron detenidos en la ciudad de Johor Bahru, en el sur de la península malaya. Estaban justo en la frontera con Singapur, uno de los más importantes puertos comerciales del mundo y desde donde cualquier mercancía -lícita o ilícita- puede llegar a las megaeconomías de China, India, Japón o Australia.

 

En dos redadas simultáneas, los mexicanos fueron arrestados por escuadrones de la Unidad Antinarcóticos de la Real Policía Malaya. A un grupo se le sorprendió en Senai, una colonia repleta de parques industriales, y a otro grupo en el barrio residencial de Taman Pelangi, suburbio de clase media-media alta a cinco minutos de los estrechos de Johor, que separan a Malasia de Singapur.

 

Tres de los detenidos ese día, los hermanos González Villarreal, se llevaron la peor parte. Estuvieron en el primer sitio, el peor posible, en el que resultó ser el peor momento de todos. Junto con Lee Boon Siah y Lim Hung Wang, un malasio y un singapurense, José Regino, Luis y Simón fueron encontrados en el interior del almacén de la empresa ipl Packaging cerca del cuerpo del delito: drogas en cantidades industriales.

 

En total, en la fábrica se hallaron 29 kilogramos de metanfetaminas ya manufacturadas y listas para su distribución, además de equipo y compuestos suficientes para la producción de 250 kilogramos más.

 

En consecuencia, las autoridades asumieron que los González Villarreal eran cocineros de metanfetaminas, la droga que, se dice, independizará a los cárteles mexicanos de los colombianos. Se trata de un compuesto altamente lucrativo y adictivo que ha golpeado con fuerza en el sudeste asiático y cuya producción en México está casi controlada en su totalidad por el cártel de Sinaloa.

 

Casi al mismo tiempo, en la segunda redada, otros tres mexicanos, Andrés A., Jorge E. y Jesús A. -sin que se haya explicado por qué, hasta la fecha sus nombres completos permanecen clasificados por el gobierno de Malasia- fueron detenidos en una casa de lujo cerca de la frontera, al sur de la ciudad, en posesión de miles de dólares.

 

A este otro grupo se les decomisaron varios vehículos, junto con 40 gramos de ketamina, una droga de uso veterinario que puede ser mezclada con las metanfetaminas para así elevar su valor callejero.

 

Al dar a conocer el operativo, el director de Investigaciones Criminales de la Unidad Antinarcóticos, Datuk Zul Hasnan Najib Baharuddin, aseguró que todo apuntaba a que se trataba de una operación con claras señales del crimen organizado mexicano.

 

«Los mexicanos suelen traficar con cocaína, pero hay una tendencia global hacia la metanfetamina. Por eso estamos tratando todavía de ubicar a la mente maestra detrás de este sindicato», dijo Baharuddin en la presentación de los detenidos ante los medios de comunicación.

 

La prensa local, que de inmediato los bautizó con el apodo de «La Pandilla de la Receta Mexicana», se regodeó con teorías de la conspiración. Hubo quienes aseguraron que los sinaloenses habían sido llevados a Malasia para compartir sus conocimientos en el manejo de químicos.

 

Luego de ser fichados por las autoridades, los seis mexicanos, a los que se sumaron siete cómplices de distintas nacionalidades -un canadiense, tres malasios y tres singapurenses-, fueron enviados a la cárcel de Ayer Molek.

 

La fecha para el inicio de su juicio fue anunciada para septiembre de ese mismo año, es decir, 2008.

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Sólo un mes antes del arranque del juicio de los mexicanos, ocurrió un incidente que habría de marcar de forma definitiva el rumbo del caso. Aun ahora, a cuatro años de distancia, no existe una explicación convincente sobre qué fue lo que pasó exactamente.

 

En la madrugada del primero de agosto de 2008 y sin disparar un solo tiro, un comando armado logró ingresar al cuarto de evidencias de la base policíaca Safe Hill de Johor Bahru, donde se guardaban las drogas que serían usadas en el juicio en contra de «La Pandilla de la Receta Mexicana».

 

Al día siguiente, se descubrió el robo de parte sustancial de las metanfetaminas que habían sido decomisadas en la fábrica de Senai (posteriores reportes revelarían que se llevaron el 60 por ciento). Toda la ketamina confiscada en la residencia de Taman Pelangi también había desaparecido.

 

No hubo testigos, pero unos días después, el cabo policíaco Morne Ali Namat, uno de los encargados de la vigilancia de la comisaría, apareció muerto en una plantación de palmeras, con un tiro en la sien. Oficialmente, fue definido como un suicidio, pero la sospecha sobre su involucramiento en el robo -y la decisión de alguien de silenciarlo- quedó en el aire.

 

Para Malasia, un país que presume de tasas de seguridad muy superiores a las de otras naciones asiáticas, el robo fue algo inédito. Nunca antes una comisaría había sido tomada por asalto sorpresa ni se habían registrado sucesos como esos, propios de una trama detectivesca.

 

«No habrá impunidad. Los responsables serán arrestados pronto y las evidencias recuperadas», prometió el jefe de la policía de Johor, Mohamed Moktar Mohd Shariff, según se asentó en distintas notas de prensa.

 

Pese a su promesa, la droga nunca apareció.

 

El 8 de septiembre, al arrancar el juicio de los mexicanos y sus supuestos cómplices, el gobierno malayo se desistió de los cargos en contra de los detenidos en la redada de la residencia de Taman Pelangi. En realidad, no había caso si no había evidencias físicas. La fiscalía desechó así sus acusaciones.

 

En lo que después se convirtió en un escándalo, Andrés A., Jorge E. y Jesús A. fueron exonerados. El Ministerio del Interior de Malasia simplemente los expulsó del país y regresaron a Sinaloa hacia finales de 2008. «Pasaron navidad con sus familias», reportó la embajada de México.

 

Pero la suerte fue muy distinta para los hermanos González Villarreal. No sólo no desapareció toda la metanfetamina que fue hallada en la fábrica en la que fueron detenidos -por lo que todavía había cuerpo del delito-, sino que un elemento que después sería central en su juicio no fue siquiera tocado por el comando armado que irrumpió en la comisaría policiaca.

 

Se trataba de una maleta con tres cambios de ropa.

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Supe del caso a principios de febrero de 2011, durante un viaje a Estados Unidos. Un contacto diplomático me contó de una historia que había escuchado en pasillos y que le había llamado la atención. Era un rumor sobre tres mexicanos que estaban en riesgo de ser condenados a muerte por tráfico de drogas en un país musulmán.

 

Después de indagar un poco, descubrí que ese país era Malasia, a donde viajé a mediados de marzo del año pasado, comisionado por Grupo Milenio para realizar la investigación. En Kuala Lumpur, y luego de buscar durante varios días, tuve mi primer golpe de suerte. Conocí a Kitson Foong, quien sólo unas semanas antes se había hecho cargo de la defensa de los mexicanos.

 

Cuando nos encontramos, Foong, un ciudadano chino que había estudiado Derecho en Gran Bretaña y cuyo hermano era ministro de la Suprema Corte de Malasia, aseguró haber tomado el caso pro bono, es decir, no recibiría una compensación económica por sus servicios. «Lo hago porque creo que si gano puedo traer muy buena publicidad al despacho», me confesó en una cafetería de la capital.

 

El caso estaba identificado en el sistema judicial malayo por el número de serie MT (3) 45-34-2008. El abogado, quien no dejaba de referirse a los hermanos González Villarreal como «los muchachos», me adelantó entonces que basaría su defensa en un argumento: los tres hermanos estaban en la fábrica, sí, pero no cocinando directamente las metanfetaminas. Se les detuvo en el perímetro exterior de la nave industrial, no con las manos en la materia, o «en la masa» como decimos los mexicanos.

 

-Suena endeble -le dije.

 

-Estoy convencido de que son inocentes. Simples trabajadores de limpieza que estaban en el lugar y momento equivocado. Fueron contratados por el dueño de la fábrica como barrenderos, pero no tenían conocimiento de lo que ahí se estaba haciendo. Tengo esperanzas fundadas en que se desechará el caso -me aseguró Foong.

-¿Y si pierden?

 

-Pueden apelar ante la Corte de Apelaciones y ante la Corte Federal (equivalente a la Suprema Corte de México). Luego, pueden pedir clemencia al sultán. Pero si todo falla, los colgarán. Así de sencillo. En especial es un caso complicado por el juez que les ha tocado. Le dicen el «juez soga». Ha enviado a decenas al patíbulo.

 

Ese juez era Mohamed Zawawi. Al investigar sobre sus antecedentes en diarios de Malasia, me encontré con que se había ganado su reputación a pulso. El siguiente recorte es de The Star, el diario de habla inglesa más respetado del país, de la edición del 26 de enero de 2008:

 

Johor Bahru – «Un limpiacoches y un soldador fueron sentenciados a muerte por la Corte Superior por tráfico de más de seis kilogramos de cannabis. K Nanda Kumar y M. Poobalan, ambos de 31 años de edad, fueron declarados culpables de tratar de vender drogas a un policía encubierto. La defensa trató de argumentar que las drogas pertenecían a otra persona.

 

«?Las explicaciones dadas por los acusados son meras falacias. Esta corte está convencida de que los dos cometieron la ofensa?, dijo el juez Mohamed Zawawi, al leerles su condena. Los dos sentenciados rompieron en llanto al escuchar el veredicto».

 

Como ese recorte, vi una decena más. Zawawi era un duro, en toda la extensión de la palabra.

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El 16 de marzo de 2011 viajé a Johor Bahru con la intención de conocer a esos tres mexicanos, una parte que consideraba crucial para el reportaje que estaba preparando. Foong me había revelado que estaban detenidos en la prisión de máxima seguridad de Ayer Molek. Era la misma en la que habían estado recluidos desde su detención, en 2008.

 

Logré entrar a la cárcel tras presentarme como un visitante de México. «¿Familia?», me preguntaron los guardias de la entrada. «Conocido», repuse. La lista de visitas para los tres mexicanos, que debí firmar para granjearme acceso, estaba penosamente vacía. Únicamente habían recibido a una persona en esos tres años de cautiverio.

 

A la entrada, un guardia me revisó de pies a cabeza en busca de contrabando prohibido, desde cigarrillos y drogas, hasta armas. Me hizo vaciar mis bolsillos, abrir mi cuaderno y desarmar la pluma que llevaba conmigo. Sólo después de eso descorrió el cerrojo y abrió una pesada puerta de metal.

 

Pero valió la pena. Fue ese día cuando conocí a los prisioneros 1453, 1455 y 1456, números con los que José Regino, Luis y Simón están registrados ante el sistema penal malayo. Los encontré sentados al final de un largo pasillo. Eran tres hombres rapados, con barba espesa y bigotes descuidados. Se veía que no se habían rasurado en mucho tiempo.

 

«Buenas tardes», saludé a los tres hermanos que, atónitos, me miraban desde el otro lado de la estancia.

 

La entrevista, que fue monitoreada por las autoridades de la cárcel y en la que por razones legales no pude preguntar a los sinaloenses detalles de su estancia en Malasia, fue publicada días después en Milenio Diario. En ella, los sinaloenses confesaron estar aterrados por su situación.

 

«Estamos muy mal. Con mucha presión. El caso que nos quieren cargar tiene la pena máxima. Estamos preocupados. Yo me siento muy presionado. El juez no cree en nosotros, pero todos aquí dicen que nuestro caso es fácil, que tendríamos que salir libres. Pero la verdad es que es un juez bien duro, nada humano», dijo José Regino.

 

Simón, al que pude ver físicamente más fuerte, saltó a la conversación. «Esto es bastante feo. El juez está siguiendo lo que dice su corazón. No lo que está en las pruebas? no sé si nos llegarán a sentenciar. Tenemos miedo de lo que pueda pasar», sostuvo.

 

Durante la plática se me despejó una de las dudas con las que llegué a Malasia: los tres hermanos sabían que su cuello estaba en riesgo y que el delito por el que se les acusaba podía terminar con ellos siendo enviados a la horca. Entendían por completo lo que les podía pasar.

 

Quien más me sorprendió en esa conversación fue Luis. Podía ver que estaba aterrado. «¡Yo sí estoy bien triste! Ya me contaron cómo es la ejecución. Es un cuarto pequeñito, en donde nadie habla. Y después te cuelgan. ¡No me quiero morir así!», dijo.

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Aparentemente con  todo en su contra, el juicio de los hermanos González Villarreal inició como estaba previsto, a las 9 de la mañana del 27 de abril de 2011, tiempo de Malasia. Nuevamente fui enviado por Milenio Diario a Kuala Lumpur para reportar sobre lo que sucediera.

 

El juicio, que en teoría podía durar de un mes a un año, fue radicado en la Corte de Jalan Duta, al norte de Kuala Lumpur. Era un edificio majestuoso, recién inaugurado, con cúpulas otomanas, salas de madera y pisos de mármol. Estaba posicionado de forma tal que era posible escuchar los llamados a misa que venían de la Mezquita de los Territorios Federales, un complejo religioso ubicado justo cruzando la calle.

 

El primer día de audiencia pude encontrar la sala en la que se llevaría el juicio debido a una pantalla que anunciaba: «Corte del honorable Juez Mohamed Zawawi». Introduje una computadora al juzgado y, equipado con una banda ancha, decidí transmitir lo que estaba sucediendo en su interior. Estaba convencido de que, de una u otra forma, ahí se haría historia. Tuve suerte: los procesos judiciales son públicos en Malasia.

 

«Buenas noches a todos. Me encuentro al interior de la corte», escribí en mi cuenta de Twitter. Comenzaba entonces el ahora conocido como #juiciomalayo en las redes sociales.

 

El proceso basado, como el resto del sistema malayo, en la common law británica, tenía un aire estricto y solemne. Los abogados estaban ataviados con largas túnicas negras y debían iniciar sus frases dirigiéndose al juez con «milord» en señal de respeto. Apenas hace unos cuantos años, el juez habría llevado una peluca blanca, un estilo que fue recientemente descartado.

 

Los tres hermanos mexicanos, junto con sus coacusados, Lee Boon Siah y Lim Hung Wang, fueron sentados en un banquillo especial, ubicado justo enfrente del juez Zawawi. «¡Esta corte está en sesión!», gritó el policía encargado de la vigilancia en el juzgado.

 

Al final, el proceso se extendió por varios meses. Fueron siete audiencias, espaciadas entre abril de 2011 y mayo de 2012. Durante éstas,  salieron a relucir distintos datos que permitieron esclarecer la historia del día en el que los González Villarreal fueron detenidos.

 

Por ejemplo, la policía reconoció que la mitad de las evidencias habían desaparecido durante el asalto a la comisaría de Johor Bahru y que había algunas inconsistencias en el reporte policiaco en lo que se refería a la pureza de la metanfetamina. Durante el año y dos meses que duró, el juicio fue un ir y venir, una contienda entre Foong y la fiscalía, encabezada por Umar Saiffudin. Era un duelo fascinante.

 

A lo largo de los meses y distintas audiencias, Foong buscó por uno y varios medios lograr que el juicio se desechara por errores técnicos en la cadena de custodia de las evidencias. Bajo su argumento, el incidente de la comisaría de Johor Bahru desacreditaba el caso del Estado y obligaba al juez a dejar en libertad a los hermanos González Villarreal, como se había hecho con Jesús, Alfonso y Andrés.

 

Pero el juez nunca compró esa idea. Y eventualmente la defensa de los mexicanos se derrumbó. El momento clave vino el 9 de febrero de 2012, día en que los sinaloenses tomaron el estrado y tuvieron que rendir su versión de los hechos sobre lo sucedido en la fábrica cuando fueron detenidos. Durante su intervención, los González Villarreal, que hasta ese momento se habían presentado como personas de orígenes humildes, revelaron que habían viajado varias veces a Malasia e incluso a Vietnam. Vuelos todos que, en su conjunto, pueden llegar a costar hasta dos mil dólares.

 

Cuando el fiscal Saiffudin detectó ese dato, no lo desaprovechó. Interrogó duramente a José Regino. Lo presionó hasta hacerlo titubear frente al juez Zawawi.

 

Estos son fragmentos del intercambio clave entre José Regino y Saiffudin, traducidos en voz alta por la argentina Lorraine Bouttreau, intérprete judicial español-bahasa contratada por la embajada de México en Malasia.

 

Saiffudin: «Señor Regino, ¿cuánto ganaba en México? ¿Cuál era su sueldo?».

Regino: «Cuando era operador de grúas (en Mazatlán), ocho mil pesos al mes».

Saiffudin: «Dice que vino a Malasia dos veces y que después fue a Vietnam. Pero el viaje de México a Malasia es caro».

Regino: «Ahorramos para pagar el ticket. Viajamos por Aeroméxico vía Narita».

Saiffudin: «¿Y vinieron aquí sin saber que podían tener un trabajo?».

Regino: «Venimos porque nos prometieron un empleo».

Saiffudin: «Pero usted vino y hasta fue a Vietnam, sin dinero, y sin seguridad de que le emplearían».

Regino: «No? no. Nos dieron trabajo limpiando. No era el que queríamos, pero sí teníamos».

Saiffudin: «Señor Regino, vamos. En México tampoco le gustaría trabajar de limpiador, cuando usted es un operador de grúa».

Fue un interrogatorio que duró más de media hora, tiempo durante el que Foong trató de interrumpir el ataque de Saiffudin en varias ocasiones. «¡Objeción, milord!», gritó el abogado de los mexicanos cuando el fiscal acusó a José Regino de ser el «cocinero» de las metanfetaminas. El juez permitió que el cuestionamiento siguiera adelante.

Saiffudin: «Señor Regino, yo insisto. Usted se estaba preparando para cocinar las drogas cuando fue detenido. A la derecha e izquierda de usted fueron hallados guantes de plástico con los que las preparaba».

Regino: «No, no. No estoy de acuerdo? Los usaba para lavar tambos».

Saiffudin: «¡No mienta! Vuelvo a insistir. Usted estaba ahí para preparar la metanfetamina. Ése, señor Regino, era su trabajo. No tengo más preguntas, Milord».

 

Un elemento adicional fue presentado por Saiffudin en sus argumentos de cierre: la maleta que fue confiscada en la fábrica de Senai. En su interior había mudas de ropa que, después de ser analizadas por la policía, resultaron contener rastros del adn de los hermanos González Villarreal. Y peor para ellos: restos de metanfetamina. Era la evidencia que les vinculaba más firmemente con el cuerpo del delito.

 

El 17 de mayo de 2012, el juez Zawawi citó a las partes para leer su sentencia. Antes de entrar a la sala, el fiscal Saiffudin me dijo que ese día se haría justicia. Del otro lado, al menos en un principio, la defensa aseguraba sentirse optimista de que el relato terminaría con una victoria para los tres hermanos mexicanos. «Creo que puede darse el milagro», señaló Foong poco antes de ingresar al juzgado.

 

Esa mañana, a diferencia de otras audiencias, cuando iban sólo armados de un diccionario, los hermanos González Villarreal se presentaron en la corte con sacos de lona blanca. Eran sus escasas pertenencias: pensaban que podían ser deportados y que tendrían la posibilidad de regresar a México.

 

Pude ver algo de su contenido. Había fotografías de sus familias, dos mudas de ropa y obviamente algunos libros religiosos. «Traigo la Biblia y unos folletos sobre cómo rezar», dijo Luis. Pero también había libros de autosuperación, como Nunca te des por vencido de Sharon Lechter, El mensaje de esperanza de Eugene Peterson y El código maya de Barbara Hand Clow.

 

Eran las 10:56 de la mañana cuando Zawawi entró a la sala y pidió a todos los asistentes en la corte ponerse de pie. Esto es lo que escribí en Twitter. Son los argumentos finales del juez, la base de su veredicto.

 

@vhmichel: Zawawi: «La corte toma nota de la evidencia de utensilios para manufacturar drogas y la evidencia prueba que la fábrica era usada para la producción de drogas».

@vhmichel: «¿Por qué vinieron ustedes cinco a trabajar a una fábrica vacía?», pregunta el juez Zawawi. «No hay casas en sus cercanías».

@vhmichel: «…Y ustedes fueron atrapados dentro de la fábrica, no afuera de ella…».

@vhmichel: «La ropa, la comida, las estancias, son evidencias de que ustedes permanecieron en la fábrica día y noche».

@vhmichel: Zawawi advierte: «Los cinco son culpables de los hechos».

@vhmichel: «Señores, entiendan que la única sentencia es la muerte».

@vhmichel: «Se les condena a ser colgados hasta que mueran».

@vhmichel: «Ésa es la sentencia del pueblo de Malasia».

Los mexicanos, que durante algunos lapsos del juicio debieron enjugarse los ojos, se vieron fuertemente impactados por el fallo. «No? no lo esperábamos», dijo Simón al borde de las lágrimas. «Pensábamos que seríamos absueltos? ¡Por favor díganles en México que no se ha terminado esto!».

De los tres, era el que peor tomó la noticia. Minutos antes había visto, por primera vez, las fotografías de la hija a la que no conoce y que nació durante su cautiverio. Su esposa le mandó un álbum a Malasia para darle suerte en la audiencia. Antes de ser sacado de la corte bajo una fuerte custodia policíaca, gritó: «¡Dígales en México que apelaremos!»

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