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Los grupos de autodefensa en Guerrero

Los grupos de autodefensa en Guerrero

Los grupos de autodefensa en Guerrero

-¿Adónde, jefe? – preguntó el chofer a Bruno Plácido Valerio, una vez que pagó la caseta de cobro de La Venta, en la entrada de Acapulco.

-Hacia Protur, Zarco- respondió Bruno sin dejar de atender el teléfono celular.

Zarco, un joven de veintitantos años, ojos aceitunados y barriga prominente, viró a la derecha. Todavía quedaba un camino largo para llegar a las oficinas de la Promotora Turística de Guerrero, el lugar donde Bruno se reuniría con funcionarios de la Comisión Federal de Electricidad para tratar el cobro excesivo del servicio eléctrico en comunidades de la Costa Chica de Guerrero.

-No te detengas por nada hasta llegar a Protur-, instruyó Bruno.

Zarco pisó el acelerador.

Nunca pensé que el lugar donde me sentiría más inseguro en Acapulco sería dentro de una camioneta blindada. Una Denali gmc blindaje nivel ocho, precisaría Zarco con cierta fanfarronería esa noche en Xaltianguis, el destino final de ese tercer día dedicado a seguir al comandante de una de las tres autodefensas más activas del estado. Los fraccionamientos de esta parte de la ciudad asomaron por la ventanilla mucho antes de llegar a Protur. Los cristales blindados son tan gruesos que semejan anteojos de fondo de botella, de modo que vi la zona urbana desde una perspectiva diferente. Bruno iba haciendo llamadas. Nunca deja de atender cualquiera de los tres teléfonos que trae consigo. Escribe mensajes de whatsapp en un smartphone, responde llamadas en una BlackBerry o contesta el Nextel Motorola Ferrari. Cada uno es para determinadas personas.

-No me gusta Acapulco, no me siento seguro- dijo Bruno de la nada, tras colgar para verificar dónde sería el encuentro.

Salimos de Chilpancingo una hora antes bajo una lluvia intensa. Pasaban de las 4 pm. Bruno acababa de terminar una reunión con el rector de la Universidad Autónoma de Guerrero, Javier Saldaña Almazán, en la que logró abrirle cupo a 60 jóvenes indígenas rechazados en nivel superior que le solicitaron que mediara por ellos. La reunión la acordó un día antes, el viernes 26 de julio, en un restaurante de lujo en el sur de la ciudad, donde además habló con el recién nombrado presidente local de la Coparmex (Confederación Patronal de la República Mexicana), Jaime Nava Romero, cuyo gremio le pidió que sus hombres entraran a patrullar la capital de Guerrero.

El mismo viernes, a las 9 am, se reunió con el gobernador Ángel Aguirre Rivero y una comisión del poblado más grande del municipio de Acapulco, Xaltianguis, que se había armado contra los ataques del narco el 12 de junio, algo que Bruno supo capitalizar cuando entró con su autodefensa a petición de los habitantes a hacerse cargo de la seguridad. De las 12 a las 2:30 pm estuvo con el delegado de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, Marcelo Tecolapa Tixteco, y a las 3 pm estaba reunido con los jóvenes rechazados que le pidieron su intervención en las oficinas de su grupo, la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (upoeg), membrete y gestor de la autodefensa que comanda.

Habitantes de Tecoanapa montan guardia.

HICE CONTACTO CON BRUNO vía telefónica tres días antes. Una colega me dio sus números con la advertencia de que nunca contestaba él, sino su secretaria. Añadió que no daba entrevistas largas y que en cuanto se bajaba de la camioneta blindada, sus escoltas lo cuidaban de tal modo que era difícil acercársele.

Cuando le marqué me respondió él. Le dije que quería entrevistarlo y me citó al otro día en un balneario de Chilpancingo donde la Coparmex haría su cambio de presidente. De un taxi se bajó un hombre delgado, de 1.50 metros de estatura, con guaraches, jeans y camisa a cuadros, sin chofer ni escoltas, y me le acerqué sin problemas. Antes de que los reporteros se agolparan a su alrededor, me preguntó cuánto tiempo requería. Le dije que todo el necesario y aceptó. Entonces pensé en el mito que se construía en torno a Bruno desde que el 10 de enero de 2013 su grupo surgió como autodefensa en Tecoanapa, en la Costa Chica de Guerrero.

Siete meses antes cubrí ese levantamiento armado contra el narcotráfico y demás vertientes de la delincuencia organizada. No había sido el primero, en realidad. En junio de 2012 en Huamuxtitlán y en octubre de ese mismo año en Olinalá, ambos municipios de la región de La Montaña, los pobladores ya habían decidido armarse para enfrentar a los delincuentes que asolaban sus pueblos. Pero ninguna autodefensa fue tan contundente, frontal y con tanta capacidad de expandirse como la que Bruno comandaría desde principios de este año. Antes de la segunda semana de junio ya se había extendido a once municipios del estado, entre ellos Acapulco, donde tenía presencia en Xaltianguis.

Aquel 10 de enero llegué con otros reporteros a la cabecera municipal de Tecoanapa en un coche-sardina que fue detenido en la entrada por civiles armados y embozados, quienes nos pidieron identificaciones y preguntaron a dónde íbamos. Eso hacían con todos los vehículos, así que decidimos cooperar. Al principio pensábamos que los retenes eran de la Policía Comunitaria de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC). La CRAC tiene una larga tradición en Guerrero. Fue fundada en septiembre de 1995 luego de la matanza de Aguas Blancas, ocurrida el 28 de junio de ese año. Bien pudiera decirse que fue una de las primeras expresiones de autodefensa que tuvo México desde el siglo pasado.

Bien pudiera decirse, pero no, porque ellos no se consideran autodefensa, sino una policía con formación indígena popular forjada al amparo de los pueblos de la zona donde se unen las regiones Costa Chica y La Montaña. Bruno y su hermano mayor, Cirino, ambos indígenas na savi nacidos en la Costa Chica, formaron parte de ella. La Policía Comunitaria fue creada tras un largo debate en estos pueblos e inició en San Luis Acatlán con un puñado de hombres que no rebasaban los cincuenta, mal uniformados y mal armados. Ahora, a 18 años de aquel acontecimiento, la crac tiene presencia en 18 municipios con un despliegue de más de mil 500 hombres.

«La policía estaba en crisis», me dijo Bruno cuando lo entrevisté en una fonda de Chilpancingo al sexto día de andar tras él. La crisis se debía a que esa corporación había masacrado a 17 miembros de la Organización Campesina de la Sierra de Sur en el vado de Aguas Blancas, Coyuca de Benítez, cuando se dirigían a una manifestación a Atoyac para exigir la presentación con vida de Gilberto Romero Vázquez, desaparecido un mes antes. La versión oficial es que la presencia de los policías buscaba persuadir a los campesinos de no protestar, pero las cosas se salieron de control y los agentes dispararon contra la camioneta en la que viajaban. El debate era que los pueblos ya no podían confiar en la policía y, por lo tanto, tenían que crear una propia.

Los policías, comandantes, coordinadores y consejeros que conforman la estructura de la crac son nombrados por decisión de las asambleas, un método derivado de los usos y costumbres de los pueblos indígenas de Guerrero. Sólo quienes gozan de mayor confianza entre la gente pueden formar parte de ella. También se creó un sistema de justicia que hasta ahora les da resultado. Los principales -ancianos de las comunidades- y los consejeros imponen los castigos a los infractores. Si alguien es detenido por cometer un delito se le somete a un proceso de reeducación: siembra, cosecha, desgrana maíz, pila café, trilla frijol o repara construcciones comunitarias, como la casa de salud, la iglesia o las escuelas. El tiempo que permanece en reclusión, que puede ser de unas semanas hasta un año, depende la falta cometida. A cambio, la gente le lleva de comer y tiene derecho a visita familiar.

Cuando descubrimos que los embozados de Tecoanapa no eran de la Policía Comunitaria, fuimos a la Casa de Justicia de la crac en El Paraíso -una de las cuatro que existen en territorio indígena-, a menos de dos horas de distancia. Al llegar, por una carretera maltrecha y serpenteante, los principales y consejeros ya se reunían en el atrio de la iglesia. A unos metros de allí están las celdas y alrededor se yergue un caserío de adobe y teja habitado por indígenas na savi. Un consejero regional, Arturo Campos Herrera, dijo que no eran ellos quienes hacían los retenes y que no respaldarían esas acciones porque la crac no había nacido para combatir al narco.

La lucha contra el narcotráfico, en cambio, fue señalada como el detonador de la autodefensa que comanda Bruno. Él me lo confirmó durante la entrevista que tuvimos en la fonda, cuando también me dijo que ahora suman unos 3 mil 500 efectivos.

-La delincuencia dejó de ser organizada-, afirmó con un dejo de triunfalismo, -en el momento en que la gente empezó a organizarse.

Bruno Plácido (centro) llega a Xaltianguis.

TECOANAPA NO FUE el primer municipio donde la gente de Bruno se organizó, sino Ayutla, cuya cabecera municipal está a media hora de distancia. Crisóforo García Rodríguez, un hombre rechoncho y cincuentón que conocí coordinando los retenes en Ayutla y que reencontré a la diestra de Bruno siete meses después, me contó que el 5 de enero unos 800 civiles sacaron sus armas de caza, escopetas, pistolas de bajo calibre, rifles .22 y hasta machetes para rescatar a Eusebio Alvarado García, comisario de Rancho Nuevo y miembro de la UPOEG. Alvarado había sido secuestrado por narcos y fue liberado ese día, golpeado y maltrecho.

Los pobladores de Ayutla organizaron redadas y se informaron con transportistas, campesinos y comerciantes sobre el posible paradero de los secuestradores y el comisario. En camionetas estaquitas y taxis colectivos iban y venían por toda la cabecera municipal y los pueblos vecinos. Instalaron retenes en las entradas y salidas. Y hasta dispararon contra un taxista que se bajó con su arma desenfundada cuando le hicieron el alto; los otros reaccionaron antes y le dieron seis balazos. Se llamaba Cutberto Luna Chávez, era chofer de la ruta a Acapulco y tenía 40 años. Los miembros de la autodefensa lo señalaron como halcón (informante de narcotraficantes). Cutberto es uno entre la decena de muertos que los fusiles de las autodefensas han provocado en Guerrero.

Al otro día, los pobladores de Ayutla se reunieron y decidieron que ante el acoso de los narcotraficantes y el contubernio de la policía, ellos mismos iban a protegerse. Al tercer día instalaron puntos de revisión y control en los accesos y salidas de la cabecera, para identificar a los delincuentes y detenerlos. A los cinco días, el 10 de enero, llegaron a Tecoanapa, y antes de que terminara el mes ya habían detenido a 54 presuntos implicados en el narcotráfico. Anunciaron un tribunal popular para enjuiciarlos. Sus acciones atrajeron la atención de los medios del país e internacionales. En la cancha de usos múltiples de El Mesón, les leyeron los cargos (sicarios, halcones, dealers, secuestradores y hasta cobradores de piso) y días después los entregaron a la Procuraduría General de Justicia del Estado. Bruno lideró la entrega y su nombre cobró la notoriedad que tiene ahora.

Presentación de presuntos delincuentes en El Mesón.

UNA SITUACIÓN SIMILAR OCURRIÓ en Huamuxtitlán a mediados del año pasado. Huamuxtitlán está ubicado entre un macizo rocoso de la región Montaña casi pegado al estado de Puebla, en una zona conocida como La Cañada. Fue el 2 de junio de 2012, fecha que quedó registrada como la primera aparición de una autodefensa en Guerrero. Pero eso fue hace más de un año. Hoy que estamos con el fotógrafo Pedro Pardo y un colega de la región, Sergio Ferrer, el pueblo celebra su fiesta. Es 13 de agosto, la víspera del festejo de la Virgen de la Asunción, patrona de la localidad, y nadie quiere acordarse del día en que los habitantes se armaron para rescatar a 17 secuestrados que la delincuencia organizada levantó en menos de una semana.

En esa revuelta, que duró dos días y dos noches, participó mucha gente de Huamuxtitlán. Comenzó cuando alguien alertó que un convoy de camionetas con hombres armados se acercaba a la ciudad por la carretera a Puebla. Sonaron las campanas de la iglesia y los hombres salieron con sus armas de caza. Entre los secuestrados estaba el profesor Cristóbal Rendón Escamilla, ahora comandante de la autodefensa. Los habitantes se organizaron y fueron por el alcalde sustituto del prd, Juan Carlos Merino González. Unos meses antes, Juan Carlos era el jefe de la policía del municipio y cuando la alcaldesa Soledad Romero Espinal pidió licencia para buscar una diputación en las elecciones de julio de 2012, lo dejó en su lugar.

Por eso fueron por él, porque había sido jefe policiaco y creyeron que sabría qué delincuentes operaban en la zona. También pensaban que estaba coludido. Lo sacaron de la sede de la presidencia municipal, lo llevaron al zócalo, lo golpearon y lo desnudaron. Cuando los policías municipales quisieron intervenir la gente los desarmó, quemó la comandancia y volcó una patrulla. Al cabo de unas horas lograron saber que los secuestrados estaban escondidos en el tiradero de basura municipal. Hasta allá fueron a rescatarlos en medio de disparos al aire, por si los delincuentes se hallaban en algún lugar cercano.

Durante esos días, la gente tomó el control de la seguridad y tuvo que llegar la procuradora de Justicia, Martha Elba Garzón Bernal, a salvar a Juan Carlos y a otros seis presuntos implicados que lograron detener en sus patrullajes. Juan Carlos estuvo en un hospital recuperándose, sin cargo alguno, al igual que los otros detenidos que sólo presentaron una declaración en la Procuraduría de Justicia del Estado y fueron liberados. Fue cuestión de días para que la estructura de la autodefensa quedará constituida. Luego buscaron la asesoría de la CRAC para estudiar su funcionamiento y decidieron adherirse a la Casa de Justicia de El Paraíso.

Solo que ahora nadie quiere recordar esos hechos. Hoy, como hace más de un año, algunas calles están cerradas pero por asuntos menos terrenales. Once hombres vestidos de mujer bailan alrededor de «La guapachosa de Tlapa», una botarga de mujer larga y esbelta hecha de trapo y alambrón, como parte de los festejos. La gente come pozole y bebe cerveza y mezcal. En la noche, en medio de la bullanga y los efectos del alcohol, los chicos quemarán los toritos, las chicas estarán atentas al más osado y los niños correrán sintiéndose perseguidos por los fuegos artificiales.

Entre el sonido de los tamborazos y de la tuba que interpretan La danza de las mojigangas, alguien me grita al oído: «Ya está aquí Cristóbal».

Así supe que por fin habíamos podido contactar al comandante de la autodefensa. Nos condujeron por unas callejas hasta la carretera federal. Las explosiones de los cohetones hacían eco en la cañada y los rezos de las procesiones rumbo a la iglesia se oían a lo lejos.

Los efectivos se congregaron en la casa de gestión que está a orilla de la carretera. Cristóbal Rendón Escamilla arribó al final y dio las instrucciones para esa noche. Pregunté si podíamos acompañarlos y él aceptó.

-Antes- me dijo -vamos a mostrarles dónde estará nuestra casa de justicia.

Anocheció mientras estábamos en ese lugar, una zona alta y despoblada. Cristóbal me enseñó dónde estarán las oficinas y las celdas. La cañada se elevaba majestuosa a un lado y las luces del pueblo se fueron encendiendo poco a poco.

Cristóbal recordó cómo sucedieron los hechos aquel 2 de junio, cuando fue secuestrado y rescatado por la gente. Le pregunté cuál era su perspectiva a un año de lo ocurrido. Sin vacilar, me dijo que seguía convencido de que sólo como autodefensa podrían enfrentar a la delincuencia.

-Causaron mucha expectación- dije.

-Sí, hasta el Ejército nos decía que saliéramos armados.

-Pero ahora los andan desarmando.

-Porque vieron que esto está creciendo como una bola de nieve. Eso ya no les gustó y han querido desarmarnos.

-¿Y qué pasará si ocurre el desarme?

-No podremos defendernos. Los delincuentes traen armas de alto poder y nosotros apenas escopetas de un tiro.

Un consejero, Manuel Alejandro Gutiérrez, interrumpió.

-Todos los que estamos aquí sabemos que arriesgamos el pellejo.

-¿Cómo es la estructura de su grupo?- le pregunté a Cristóbal.

-Hay tres coordinadores, diez consejeros, dos comandantes regionales, doce comandantes de grupo, doce segundos comandantes y unos cuatrocientos efectivos en toda la zona de la Cañada.

Cuando dice «toda la zona», se refiere a las ocho comunidades de Huamuxtitlán y una de Alpoyeca, San José Buena Vista, donde apenas en julio de este año se organizaron como autodefensa.

LAS ACCIONES DE la autodefensa comenzaron a las 8 pm y sólo tres grupos salieron a dar rondines. Después supe que fue porque los demás estaban enfiestados y consideraron prudente tomarse la noche libre. Pedro y yo nos subimos a una camioneta con cuatro efectivos. Uno de ellos me llamó la atención por el orgullo que se le notaba al portar el uniforme, que no es más que una playera verde olivo. Era joven y flaco. Su gorra tenía cocido un resorte de calzón que se acomodaba como barboquejo. Buena idea, si se considera que siempre van arriba de la caja de una camioneta pickup o una estaquitas. Quién sabe cuántas gorras habrá volado el viento. Una credencial colgaba de su cuello y un rosario le asomaba del pecho.

Dimos varias vueltas. En los tres pueblos que recorrimos la gente los saludaba con gusto. Nos topamos con vecinos que cenaban en puestos de comida, con chicos platicando y hasta con algunos que bebían cerveza y oían música. Nada fuera de lo normal. A las 9 pm, cuando aún estábamos en la cabecera municipal, una llamada de radio alertó que alguien había visto un carro sospechoso en un potrero. Los efectivos acudieron rápido; podría tratarse de un robavacas. Nos internamos en la oscuridad y de inmediato cundió el olor a bosta. A lo lejos había un coche con las luces encendidas. Sonaron unos disparos. Pedro y yo nos agachamos. Los efectivos saltaron con las armas de bajo calibre listas. Dentro del automóvil había un chico espantado al que no se le halló nada.

Un comandante sugirió ir a donde se habían oído los disparos, un poco más arriba. Otro respondió que no porque eran pocos y podían sorprenderlos en desventaja.

-Nos quieren amedrentar- dijo uno.

-Por eso yo digo que debemos darnos a respetar- dijo otro, ceñudo por no haber ido en busca de los posibles agresores.

CUANDO ESTABA CON Sergio y Pedro en la carretera federal de Huamuxtitlán, en espera de que se congregara la autodefensa, un hombre hizo parar el taxi colectivo en el que viajaba rumbo a Tlapa.

-¿Qué onda muchachos?- dijo en plural, pero mirando a Sergio.

Sergio respondió extrañado, como si se tratara de un conocido ocasional.

-Hay dos muertos en El Paraíso, en Cualac- agregó el hombre con excitación más que con congoja.

-¿Son comunitarios? ¿Cómo fue?- preguntó Sergio.

-No sé- dijo el hombre y pidió al conductor que continuara. -Los mataron en una emboscada- terminó de decir casi a gritos mientras el automóvil arrancaba.

Al día siguiente viajé a Olinalá, a tres horas y media de distancia. Olinalá, también municipio de la región La Montaña, fue el segundo lugar donde surgió una autodefensa el 27 de octubre de 2012. Hasta el 21 de agosto pasado, era comandada por Nestora Salgado García, ahora presa en el penal federal de Nayarit, acusada del secuestro de seis personas, entre ellas el síndico Armando Patrón Jiménez.

Llegué con Sergio al mediodía del miércoles 14 de agosto. Ya sabíamos que los asesinados que había mencionado el hombre del taxi eran de Olinalá: el ganadero Nemesio Guevara Barrera y su hijo Carmelo. Con ellos iba otro hijo de Nemesio, Eduardo, quien logró escapar. Cuando los emboscaron llevaban en su camioneta una vaca cuya propiedad la familia no pudo acreditar.

Buscamos a Nestora, pero su casa que es la comandancia de la autodefensa estaba cerrada, al igual que las casas de al lado. No pude verla sino hasta la mañana siguiente. Nestora no se apareció la tarde del miércoles porque estaba en Huamuxtitlán. Fue hasta allá porque cuando se conoció la noticia de los asesinatos y se supo que era posible que Eduardo estuviera vivo, la familia fue a pedirle ayuda para buscarlo. Le dijeron que los dos cuerpos quedaron tirados durante horas porque ninguna autoridad de Olinalá había ido por ellos, hasta que llegó el Ministerio Público (mp) de Huamuxtitlán para recogerlos.

La autodefensa formó grupos y salieron a buscar a Eduardo. Peinaron los cerros colindantes desde las 5 am del miércoles sin resultados. Pasado el mediodía terminaron en Huamuxtitlán, enterados de que el mp de ese municipio se había llevado los cuerpos, la camioneta y la vaca. No encontraron a los difuntos que ya habían sido trasladados a Chilpancingo para hacerles la necropsia. Sí hallaron al síndico Armando Patrón Jiménez.

Nestora platicó los detalles en una junta con vecinos celebrada el mediodía del jueves. Dijo que en cuanto vio a Patrón le reprochó que, como autoridad, no hubiera ido por los cuerpos, pero que sí andaba reclamando la camioneta y la vaca. Tan pronto Patrón se supo descubierto intentó esconderse detrás del vehículo, mientras su chofer se cubría la cara con una playera. La vaca estaba encabritada. Uno de los efectivos se acercó y le cortó una oreja con una navaja, para que sangrara y se calmara. El agente del mp lo reprendió porque el animal no era suyo, sino del síndico que había ido a reclamarla.

-Pero si la vaca es de mi papá- respondió el efectivo. -Mire aquí está el fierro con sus siglas.

Entonces Nestora dio la orden de detener a Patrón Jiménez.

Policías ciudadanos durante un operativo de vigilancia en el poblado de Xaltianguis, municipio de Acapulco, el 2 de abril de 2013.

EL SÍNDICO PERMANECIÓ SIETE DÍAS en reeducación en la comisaría de Tlatlauquitepec, una comunidad de Atlixtac que se unió a la autodefensa el 23 de junio de 2013. El gobierno estatal envió emisarios para negociar su liberación. Justo cuando yo conversaba con Nestora, un comandante le dijo que el subsecretario Misael Medrano Baza y Moisés Alcaraz Jiménez, director de Gobernación, iban a buscarla. El estruendo del helicóptero en el que llegaron se oyó en todo el pueblo.

-Esto se va a poner bueno- me dijo y suspendió la entrevista.

Nestora me dejó estar en la reunión que se realizó en la azotea de la comandancia. Los funcionarios subieron por unas escaleras exteriores acompañados de la consejera de la autodefensa Maricela Jiménez Navarrete. El lugar está techado y también se puede llegar por unas escaleras en el interior de la casa. En uno de los descansos hay un altar a San Francisco de Asís, patrono del pueblo, con veladoras apagadas y una Biblia abierta.

Sentado en la parte de atrás escuché los motivos de la autodefensa para armarse: los secuestros, las violaciones, los dealers, la impunidad con que los narcos andaban por las calles enfierrados, sin que nadie los molestara. La autoridad municipal no existía y la gente vivía con miedo. Hasta que se armaron y los enfrentaron.

Los funcionarios oían sin decir nada. Más tarde irían al ayuntamiento, en donde serían retenidos hasta el 16 de agosto por la organización Comité de Orden y Vigilancia. Este grupo para-policiaco es comandado por Juan Rendón Mancilla, un hombre sesentón y mal encarado afín al alcalde Eusebio González Rodríguez. Mancilla pugna por la disolución de la autodefensa, a la que acusa de cometer abusos contra la población, y ya han tenido choques.

Nestora explicó el motivo por el que detuvieron al síndico en un informe escrito. El subsecretario Medrano lo leyó en voz alta. Luego habló Nestora. Dijo que lo único que le han pedido al alcalde es coordinarse con la policía municipal, pero que él buscaba un enfrentamiento entre ellos y la policía. «Sabemos que tienen fuero, pero sólo les ha servido para defender a los narcos», añadió. «¿Usted cree que esta gente puede venir a sacarnos de nuestros pueblos? No, nos vamos a defender, aunque perdamos la vida. Si vamos a morir, vamos a morir. Va llegar el día en que si el alcalde no hace lo que le corresponde, vamos a ir por él.»

Medrano dijo que si todo lo que decían era verdad, levantarán una denuncia de hechos. Pidió que dejaran en libertad al síndico y que fuera la autoridad la que lo juzgara. Nestora rechazó esa posibilidad.

La reunión se prolongó varias horas, durante las que se supo que el Comité de Orden y Vigilancia estaba armando a la gente para ir a enfrentar a la autodefensa. Escuché por los altoparlantes que, en efecto, se estaba convocando al pueblo para concentrarse en la explanada de zócalo e impedir «más abusos de la autodefensa». La situación se tensó. Nestora reunió a sus comandantes para que estuvieran alertas en caso de que fuera necesario recurrir a sus compañeros de La Cañada. Misael pidió calma y habló por celular con el alcalde para recordarle que el primero en procurar la paz en el municipio debía ser él. La autodefensa veló armas hasta entrada la noche.

Terminada la reunión, los enviados del gobierno se dirigieron al ayuntamiento donde los reclamos fueron airados y hostiles. El encuentro, en el que participó el Comité de Orden y Vigilancia, fue a puerta cerrada pero los gritos se oían hasta el zócalo que estuvo rodeado por elementos de la Marina. Los funcionarios quedaron retenidos hasta las 3 pm del viernes 16. Todavía alcanzaron a participar en una conferencia de prensa en la que el presidente municipal se dijo agraviado y en la que Rendón se proclamó vocero de otros detenidos por la autodefensa, a los que llamó víctimas y exigió su inmediata liberación.

El tiempo que tardó la conferencia fue el mismo que duró la misa de cuerpo presente de Nemesio y su hijo Carmelo, tres días después de que fueron asesinados, en la iglesia que está enfrente del ayuntamiento. El cortejo cruzó el mercadito, la calle principal y pasó al lado del palacio municipal, donde el alcalde discutía cómo desarmar a la autodefensa.

El mismo día que la Marina liberó al síndico Armando Patrón Jiménez, el 21 de agosto, Nestora fue detenida, acusada de secuestro, y la autodefensa de esa zona quedó descabezada.

OLINALÁ ES CONSIDERADO PUEBLO MÁGICO y hay razones para que sea así. Su iglesia con pinturas de un infierno dantesco en las paredes; sus calles y callejas con casas de techos de teja; su cancha de basquetbol y su mercado en pleno zócalo; las tiendas de cajitas con dibujos de flores y pájaros de colores; la gente de predominancia mestiza en un municipio de indígenas nahuas; el olor a hierba de todas las mañanas… y el pipián. Una montaña de piedra lo resguarda a la distancia. Los soldados y los marinos que dan rondines a distintas horas parecen fuera de lugar. Pertenecen a otro orden. Están aquí desde hace un año, cuando surgió la autodefensa, y blanden la amenaza del desarme.

Nestora tomó el mando desde el primer día, 27 de octubre de 2012, cuando apareció el cadáver torturado y baleado de un joven del pueblo que había sido levantado dos días antes. Nestora le quitó la patrulla a un policía, su arma y su chaleco antibalas, y fue en busca de los sicarios seguida de docenas de pobladores. Todo el pueblo sabía quiénes eran y dónde se refugiaban. Entró a la casa de los delincuentes y halló cuernos de chivo, chalecos antibalas y credenciales de elector. Luego llegó el síndico con la policía municipal y confiscó todo. Los sicarios huyeron para no regresar, y los once días siguientes la autodefensa montó retenes en las entradas y salidas del pueblo. El gobernador Aguirre aplaudió «la acción valiente de la gente de Olinalá».

Policías ciudadanos hacen guardia en el poblado del Mesón.

CON LOS ACONTECIMIENTOS DE EL MESÓN, en Ayutla, que tuvieron más cobertura mediática, las autodefensas tomaron mayor relevancia. Se trataba de un fenómeno reciente pero recurrente que se convertía en patrón en un estado mexicano (más tarde se daría en Michoacán, Veracruz y Oaxaca). Un colega argentino, Sebastián Hacher, no vio con optimismo las movilizaciones civiles armadas en México y me escribió para preguntarme qué tan posible era que se diera un proceso de colombianización. Le respondí que por lo que había logrado ver, las autodefensas en Guerrero no tenían otro interés más que brindar seguridad a los pueblos donde oper

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