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La historia de Vitali Klitschko

La historia de Vitali Klitschko

La historia de Vitali Klitschko

Danny Williams subió al ring del casino Mandalay Bay con la seguridad de que si había podido noquear en cuatro rounds al legendario Mike Tyson, un tal Vitali Klitschko no le representaría mayor problema. Era 2004, una noche más de boxeo en Las Vegas. El duelo parecía parejo. Con 10 centímetros menos de estatura, pero nueve kilos más pesado, Williams confiaba en que bastaría con el primer bombazo que tirara para lastimar al peleador de Ucrania y coronarse campeón de la máxima categoría. Qué equivocado estaba.

Era apenas el primer asalto y Klitschko, después de un alud de golpes, conectó un gancho a la barbilla que hizo que las piernas de Williams fallaran. El resto del cuerpo no respondió y se fue de bruces a la lona. Apenas pudo meter los guantes para no aterrizar directamente con la cara.

Klitschko no le iba a perdonar la vida: era su primera defensa de la corona de los pesos pesados del Consejo Mundial de Boxeo. Estaba decidido a que nadie se la arrebatara. Sonó la campana que anunciaba que el round se había acabado. Vitali se fue a su esquina con el ceño fruncido y la mirada fija en un Williams que, tambaleante, no pudo ni ubicar hacia dónde estaba su esquina.

El inglés pensó que se enfrentaba con un boxeador, pero Vitali es una fuerza de la naturaleza. Su récord así lo marca.

Ese peleador, que no temió a ninguno de sus adversarios y que durante semanas —a principios de 2014— lideró las protestas del pueblo ucraniano en contra de sus gobernantes y después contra la anexión de la zona de Crimea a Rusia, fue derrotado por él mismo. El leviatán que destrozaba a sus contrincantes con sus puños declinó competir por la presidencia de Ucrania, lo que ya había anunciado que haría. Le dejó el camino libre al empresario y magnate Petró Poroshenko. La gente siguió coreando su nombre en las manifestaciones.

El gigante educado

Algunos datos del titán: ganó por KO a 41 de sus 47 rivales, nunca fue noqueado, sólo perdió dos peleas —ambas por lesión, pero iba ganando en la puntuación— y por más de ocho años mantuvo, de forma ininterrumpida, la corona mundial de la máxima categoría del boxeo. Es increíble que ese mismo hombre ahora preste tanta atención en no lastimarme cuando me saluda. También que los mismos puños que ahora estrechan mi mano, durante los meses pasados se alzaron en señal de protesta por las calles de Kiev.

Vitali Klitschko, con sus dos metros de alto y 112 kilogramos de peso, suelta la primera sonrisa de la entrevista cuando admite que no está acostumbrado a agachar la cabeza para pasar por el marco de una puerta, pero sabe que está en México y debe tener cuidado si no quiere darse uno que otro cabezazo.

Se nota que se divierte con lo cerca que le queda el techo de las oficinas del CMB. Cuando empezamos la charla todo debió parecerle aún más pequeño y gracioso. Con mi 1.55 de estatura apenas le llego al pecho. Como un caballero, pide una silla para sentarse y que yo no sufra de calambres mientras detengo la grabadora. Me sonríe. La sonrisa se vuelve todavía más grande cuando habla de ser funcionario público en Ucrania, pero se borra cuando intenta cruzar la pierna izquierda sobre su rodilla derecha y se pega con un escritorio y una silla cercana. Gulliver en el Lilliput mexicano.

“Lo que estoy haciendo en Ucrania lo hago por mi gente y mi país, porque me nace y quiero mostrarles que hay un nuevo panorama. Para la gran mayoría un boxeador es alguien que no tiene ni la preparación ni la inteligencia para ocupar un cargo, pero les demostraré que están equivocados”, dice el también doctor en Ciencias del Deporte. Klitschko ahora busca la alcaldía de Kiev en momentos en los que Ucrania parece, a diario, ser la razón de una posible nueva guerra mundial.

Vestido con pantalones de mezclilla y una impecable camisa blanca con delgadas líneas azules, Klitschko irradia emoción cuando habla sobre Ucrania. No le pesa dejar el boxeo, dice, pues ahí ya logró todas las metas que se planteó.

“Las cosas en mi país no pueden seguir de la misma forma, no están bien. Para poder hacer algo tengo que dedicarme por completo a cambiarlas, y dentro del boxeo ya hice lo que tenía que hacer. Ahora de los logros deportivos se encargará mi hermano”, dice Vitali, quien decidió dejarle el camino libre a su hermano Wladimir, cinco años menor. El pequeño Klitschko está a punto de convertirse en otro monolito inamovible en lo alto de la división de pesos pesados: desde 2011 ostenta los cetros de tres de los cuatro principales organismos a nivel mundial.

A Vitali se le conoce como Dr. Iron Fist. Ese mismo puño que destrozaba oponentes intentó conseguir votos, pero viendo lo duro que pintaba el panorama para la presidencia —con 46 aspirantes, entre los que estaban desde Poroshenko hasta Darth Vader del Partido Ucraniano de Internet Darth Vader— decidió abandonar y abrirle espacio a un proyecto similar al que él pensaba poner en práctica.

Klitschko se convirtió en una de las caras más visibles de la oposición ucraniana y, luego de pelear por mantener su candidatura a la presidencia, ha decidido postularse —por segunda ocasión— a la alcaldía de Kiev. A pesar de contar con el apoyo del gobierno alemán, la apuesta es riesgosa.

Los primeros meses de este año han sido muy complicados para Ucrania: en febrero el Parlamento destituyó al presidente Viktor Yanukovich, después de meses de protestas que dejaron al menos 82 muertos. ¿La razón? Para explicarlo de un modo simple: el gobernante decidió alejarse de la Unión Europea y acercarse a Rusia en cuestiones políticas y económicas. Eso no les gustó a los habitantes, quienes salieron a las calles a enfrentarse con las fuerzas armadas del Estado. Klitschko participó en muchas de esas manifestaciones dejando su posición atrás de un escritorio para salir a expresar su descontento y buscar acuerdos. Después vendría la crisis de Crimea, pero esa historia no se contará aquí.

La carrera política de Vitali empezó en 2004, cuando apoyó abiertamente al candidato presidencial Viktor Yúshchenko. En 2005 se retiró del boxeo por una lesión y aprovechó el tiempo para convertirse en asesor de Yúshchenko, que gobernó el país de 2005 a 2010. Le gustó el sabor de la política.

El gigante decidió competir para ser alcalde de Kiev, la capital ucraniana, en 2006. Perdió, pero quedó en segundo lugar y eso le abrió un sitio como concejal de la ciudad, ya que su partido obtuvo 14 escaños. Lo mismo sucedió en 2008.

Mientras buscaba un sitio en la esfera pública de su país, decidió volver al ring. Al tiempo que su ascenso en la política era moderado, cuando se calzaba los guantes seguía siendo imparable.

“Los deportes que practiqué me dejaron cosas muy valiosas: la disciplina, el trabajo, plantearme metas. Aprendí que si no peleas, la oportunidad de ganar nunca llega. El deporte me forjó un carácter y confío en que podré aplicar lo que he aprendido”, dice.

En 2010 se convirtió en el presidente del partido opositor Udar (que en ucraniano significa golpe) y para 2012 ya era miembro del parlamento del país y líder de su bancada. Las victorias que obtenía vestido de traje se combinaban con las que lograba cuando estaba en shorts y con los guantes puestos. En el cuadrilátero era inteligente, despiadado, siempre con la mirada torva y sin mostrar una sola sonrisa. En la política decidió hacer lo mismo.

Es cierto que a mí me contesta amable en un inglés fracturado y que de vez en cuando busca hacerme reír, pero es el mismo al que, enfundado en un gorro de piel —una ushanka—, se le vio durante días en el centro de Kiev, entre negros nubarrones de humo y enfurecidos manifestantes que peleaban con policías antidisturbios. Como el 22 de enero, cuando Vitali terminó el día bañado por el líquido de un extinguidor de incendios.

La siguiente pelea

Klitschko dice que, aunque hayan pasado 10 años, recuerda perfectamente al réferi Jay Nady contando del uno al 10 para ver si Danny Williams respondía. Sabía que su contrincante estaba perdido. Le gustaría pensar lo mismo sobre sus rivales políticos. El 25 de mayo se llevaron a cabo las elecciones presidenciales y ganó el candidato que él apoyó.

En diciembre de 2013 fue su último combate, esta vez sin oportunidad de decir “volveré”. Como peleador sus puntos débiles siempre fueron pocos: su inteligencia, estatura, peso y alcance lo volvieron casi invencible. En la política las carencias son mayores pues, a pesar de tener un doctorado y hablar cuatro idiomas, la falta de fluidez en ucraniano —su idioma materno es el ruso— y su poca experiencia han hecho que sus detractores intenten usarlo de saco de arena.

Además, los boxeadores casi nunca tienen buena fama. O nunca: “En el ring los hombres luchan con honor, pero en esta esfera política la lucha ha sido sucia”, dice Vitali. “Más allá de mis propuestas o el que no tenga una carrera política de años, lo que más les causa conflicto son los estereotipos. ¿Cuántos boxeadores han llegado a la política? Pocos. ¿Qué papeles juegan? Mínimos. ¿Qué boxeador ha llegado a ser presidente? Ninguno. Vengo a cambiar esa idea de que los boxeadores son personas incultas y sin aspiraciones.”

Esa inteligencia que caracterizó a Klitschko en el ring es la misma que lo llevó a ceder en sus aspiraciones presidenciales ante el empresario Poroshenko, un millonario ucraniano que financió las protestas, ganó las elecciones y que intentará poner orden en el país.

“Hoy es el momento de tomar decisiones responsables. Ucrania vive momentos difíciles. La única forma de ganar es presentar un candidato único en nombre de las fuerzas democráticas”, afirma Klitschko.

Su siguiente pelea, ahora vestido de traje y corbata, será en las elecciones para la alcaldía de Kiev que se llevarán a cabo —o al menos así está planeado— el próximo año.

Vitali sabe que los riesgos al contender por ese puesto no están muy alejados de los que corrió como boxeador y campeón del mundo. Sin embargo, el miedo es una palabra que tiene reservada para una sola situación: “Lo único que me daría miedo es si en algún momento llegara a enfrentarme con mi hermano Wladimir arriba de un ring. No le temo a él, me da pavor pensar cómo reaccionaría mi madre”.

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