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Alejandro González Iñárritu, con los pies en el cielo

Alejandro González Iñárritu

Alejandro González Iñárritu

  • Nací en la colonia Narvarte, en la Ciudad de México, y fui un chico de clase media baja, con muchas limitaciones económicas. Era muy rebelde, muy de la calle, y desde los ocho años tenía mi pandilla. A los 15 tenía mi banda de rock y una batería. A los 17 me fui en un barco carguero que salió desde Tampico, trabajando de limpiapisos. Llevaba sólo 300 dólares y el primer puerto europeo al que llegué fue Barcelona. Regresé a México dos meses después.
  • A los 19 años me volví a ir, otra vez trabajando de marinero, sólo que en esa ocasión me quedé ocho meses en Europa, donde sobreviví con mil dólares. Dormí en los parques de Madrid, vendimié, hice muchas cosas. Me recuerdo leyendo, bebiendo y sufriendo crisis existenciales. Era muy intenso, y todo eso me marcó.
  • Comencé a trabajar en la radio [en la estación wfm] porque no tenía un peso. Mis padres fueron muy generosos, pero dentro de sus limitaciones. Vendía huevo a las 4 de la mañana en la Central de Abastos. Después me iba a estudiar a la Ibero [Universidad Iberoamericana] y ahí también vendía huevo en la cajuela del coche.
  • Me ofrecieron un empleo de locutor. A mí me encantaba la música, así que llegué con mis discos, empecé a poner música y pensé «qué buen trabajo». [El programa] fue un madrazo, y tuve a la estación en primer lugar durante cinco años [Alejandro también fue director de WFM]. Era un host, no un dj, y además de hablar, creábamos personajes, creábamos fantasías.
  • Ahí comencé a contar historias de tres minutos, como las del «pavo asesino». Ahí empecé a dirigir mi propia voz. Fue en la radio donde hice mis pininos. A mí no me mandaron a estudiar cine a Nueva York. Me hubiera encantado ir a estudiar música a Berkeley o cine en la New York University, pero no pude.
  • Después me ofrecieron hacer los anuncios de Canal 5. Empecé a escribir ideas, agarré una cámara, tenía a los actores e hice puras mamadas, pero tenían sentido del humor y vendían emociones. Y eso me dio mucha escuela. Yo no hacía publicidad; hacía mis cortometrajes porque quería ser cineasta. Ésa fue mi forma de aprender y lo hice a propósito. Fue el camino que me tracé y lo logré, pero me costó un chingo.
  • Cuando dirigí Amores perros, ya llevaba años comunicándome con el público y tenía más horas en el set que cualquier otro director mexicano. Me la pasaba escribiendo, filmando y editando, y conocía a toda la gente de la industria. Sabía cómo entretener al público: hablar tres horas diarias en la radio y mantener a la gente contigo no es cualquier cosa. Y el cine también es eso: un diálogo interno en el que tienes que mantener a la gente contigo.
  • Amores perros resultó ser una película muy fuerte porque yo tenía mucho oficio y muchas cosas qué decir, cosas relacionadas con una vida interna muy profunda. Cuando se estrenó, todo el mundo quedó sorprendido porque no conocían mi bagaje.
  • Además, cuando diriges cine, sí hay un oficio que aprender: tienes que saber de arte, de fotografía, de arquitectura, de danza, de géneros cinematográficos. Pero a veces los chavos dicen «qué fácil» No, ni madres. Y aquel cabrón que diga que dirigir una película es fácil, que es muy «colaborativo» Ni madres, ésa es una ignorancia brutal, es no conocer el oficio. Ser director te exige saber de todo lo que he dicho, si no, te lleva la chingada. Por eso hay tantas películas malas.
  • Cuando terminé Babel, dije que quería alejarme de las historias cruzadas con estructura desestructurada. Quería facilitarme la vida filmando una historia lineal, en una sola ciudad, en mi propio idioma, y así lo hice con Biutiful. Lo que pasa es que no resultó tan fácil. De hecho, es mucho más complejo porque las herramientas son mínimas, no hay escondites ni fuegos pirotécnicos. Lo que sí hay es la necesidad de encontrar una voz interior, sutil y congruente, que vaya susurrándole pequeñas cosas al auditorio.
  • La imagen que disparó Biutiful – una imagen muy burda y humana al mismo tiempo – fue la de un hombre que es auscultado por un proctólogo. Con esa imagen que un día se me vino a la cabeza empezó todo, de ahí se me apareció Uxbal y empecé a saber quién era.
  • Cuando un personaje te arremete constantemente, quiere decir que tiene necesidad de salir y que está ahí por una razón profunda. Entonces comienzas a investigar dentro de ti, a razonar y a cuestionarte los porqués de ese personaje, qué es lo que quiere decirte. En este caso, Uxbal me empezó a guiar y me dictó los pasos de la historia. Así fui entendiendo quién era, qué hacía, dónde vivía. Es un proceso que no tiene ningún método, soy autodidacta y muy instintivo.
  • Me dan mucha risa los escritores que dicen que en sus obras hablan de sí mismos. Pura mierda. Si fuera tan sencillo, todo el mundo hablaría de sí mismo y estaríamos rodeados de novelistas. Además, sería aburridísimo. El proceso de escribir o de filmar es bastante más complejo que eso.
  • Biutiful tiene mucho que ver conmigo, pero desde una perspectiva más profunda o compleja. Fue un proceso casi psicoanalítico y sería difícil explicar de dónde vienen tantas cosas que aparecen en la película. Pero estoy seguro que desde chico tuve miedo de perder a mi padre; que ahora tengo miedo de morir y dejar a mis hijos; que a mi edad temo descubrir de pronto que estoy enfermo, como le ha pasado a amigos y seres queridos.
  • En cuanto a la reflexión sobre la inmigración, yo soy inmigrante y he podido ver lo que sufren las personas que dejan su país para buscar un trabajo, y que terminan siendo explotadas y tratadas como criminales. Todos estos temas que se tocan en Biutifiul forman parte de mi bagaje emocional, están dentro de mí desde hace mucho tiempo, o desde siempre.
  • Biutiful parece ser una película muy intensa, pero al analizarla resulta ser profundamente cotidiana y ordinaria. El protagonista, Uxbal, es un héroe trágico, aunque en realidad se trata de un personaje común y corriente. Lo que le sucede a él, es la realidad de millones de personas. Es un hombre desempleado, o con un empleo no formal en el mercado ilegal, como miles de seres humanos en el mundo, sobre todo en la periferia de las grandes ciudades europeas. Está involucrado en una relación que se ha roto debido a una enfermedad emocional, como las de muchas mujeres que sufren depresión. Tiene dos hijos, y su reloj vital se acelera el día menos pensado, cuando le dicen que se va a morir.
  • Uxbales hay muchísimos. Los conocemos en México, pero también en los suburbios de Francia o Inglaterra, donde la vida es muy difícil por la paupérrima situación económica. Yo quería que Biutiful retratara la cotidianidad, el dolor emocional y la lucha diaria de esas personas. Que los pequeños actos y eventos ordinarios – el hombre que cena con sus hijos, que va al doctor, que tiene un pleito con su esposa – fueran impregnando al público poco a poco. Ése era mi reto.
  • En Las enseñanzas de don Juan, el libro de Carlos Castaneda, el autor le pregunta al chamán: – ¿Qué hago? Hay muchos caminos en el desierto, ¿cómo sé cuál debo escoger?» El chamán le responde: «Cada vez que elijas un camino, sólo será uno entre cientos o miles de caminos. Escoge el que tenga corazón.» Me parece una gran enseñanza.
  • En cada cosa que hacemos, tenemos la posibilidad de tomar diferentes caminos. Cuando creas un personaje, tienes la posibilidad de que haga cualquier cosa, desde amar a alguien hasta matar a alguien. Y lo que te va guiando como creador es el corazón. Biutiful la hice un poco así, con corazonadas.
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  • Con Biutiful aprendí que puedo lograr lo que me propongo y que soy capaz de resistir las exigencias físicas, emocionales e intelectuales de hacer cine con una autodisciplina y una autoexigencia brutales, pero productivas. También aprendí que pude haber hecho muchas cosas para aligerar el proceso, porque en todas mis películas he sido demasiado intenso. Hay veces en que la cinta te exige soltar la rienda, pero temes que se te vaya de las manos. Aprender a leer cuáles son los momentos en los que puedes aflojar no es fácil, y eso te lo da la experiencia. Apenas tengo cuatro películas. Junto a los grandes directores, soy un pequeño novato.
  • Biutiful es una película que me exigió constantemente, en la que tuve que involucrarme hasta el fondo para encontrar el tono adecuado, las cosas que ningún guión te puede dar, las sutilezas que sólo se logran en el set, moviendo los hilos dentro de ese caos brutal que es una filmación. La suma de todas esas emociones, a lo largo de semanas y semanas de escenas dolorosas que te van envolviendo y afectando, fue muy difícil.
  • Siempre había hecho películas que demandaban la presencia de un actor durante tres semanas o un mes, y luego llegaba otro actor. Ahora fue sólo Javier Bardem, quien literalmente cargó Biutiful en sus espaldas.
  • Mi trazo fílmico, mi lenguaje cinematográfico, es intrusivo, invasor, íntimo. Para mí no hay territorio más descomunal, desconocido, misterioso y provocador que el rostro humano, que los ojos de una persona. En esa geografía sucede todo. Y yo hago una microcirugía con un lente macro, lo cual lleva mucho tiempo, mucha intensidad y mucha resistencia. Pero así logro que sucedan miles de cosas y de contradicciones, y que algo suene en tu interior. Son mis efectos especiales, y resultan mucho más difíciles de hacer que una explosión o un avionazo.
  • No me gustan los directores fríos. Yo entro con la cámara en la escena, no me quedo fuera; estoy ahí cuando la niña está viendo a su padre morir [en Biutiful]. No hay nada más íntimo que ver a una persona morir, y yo entro con firmeza y me conmuevo. Y cuando estoy editando soy igual. El proceso es inacabable.
  • Siempre he admirado a Roberto Rossellini y a Federico Fellini porque en su cine no hay grandes eventos, sino atmósferas que van impregnándote, como la humedad, y que terminan empapándote sin que te des cuenta. En sus películas hay eventos cotidianos que en apariencia son pequeños. Y alcanzar una tensión dramática con esas atmósferas y esos pequeños eventos es algo que sólo pueden hacer los grandes maestros.

  • Sigo siendo el mismo de siempre. Tengo los pies sobre la tierra en las cosas que son realmente importantes. La gente piensa que el fracaso es terrible y que te puede matar, pero yo creo que es el éxito el que te desangra hasta matarte. Es como ir arrastrando una cadena: te haces esclavo de algo que no quieres perder, pero tu vida se vuelve miserable y, por no perderlo, te paralizas.
  • No me he creído el éxito. El hecho de que haya filmado una película como Biutiful demuestra que no tengo miedo de hacer una cinta en español sabiendo que reduzco mi mercado al 20 por ciento de lo que podría ser si la hubiera filmado en inglés. Pero no me importa. Yo no subordino mis necesidades artísticas a la popularidad o a lo que la gente cree que es el éxito. Para mí, éxito es hacer la película que quiero, de la forma que quiero.
  • Desde un mes antes de empezar a filmar, mi esposa y yo sabemos que se avecina una nube negra. Y tarda mucho en disiparse, porque al terminar una película, comienza un proceso de reencuentro conmigo mismo, para saber quién chingados soy. Después de que acabas una película, te transformas totalmente, eres otro. Y no es sólo por el tiempo que dura el rodaje, sino porque la experiencia emocional y el intercambio de energías con tanta gente cambia muchas cosas.
  • Mi padre tiene 80 años y está un poco enfermo. Tengo una relación muy profunda con él. Ha sido siempre un hombre muy bueno. Todas mis películas se las he dedicado a alguien, y Biutiful se la dediqué a mi padre por el temor que tengo de perderlo y de que mis hijos me pierdan. Uxbal es un personaje que tiene mucho que ver con la paternidad, que a todos nos marca.
  • Soy un padre intenso, complejo y muy cercano a mis hijos. El que vivamos fuera del país nos ha unido mucho y me ha exigido estar muy presente en la vida de ellos, en ocasiones tal vez demasiado, porque soy una persona con mucha energía.
  • Mis hijos me enseñan mucho, son muy sabios, y trato de que no pierdan esa sabiduría y esa nobleza. Cuando tus hijos te dicen algo, su voz suena como un susurro, no tienen que gritarte y, si los escuchas, es muy cabrón. Nosotros, los padres, los vamos desvirtuando con nuestra neurosis.
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