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Tres (no) son multitud

Te ofrecemos na interesante investigación que retrata el mundo del sexo grupal. Que tus decisiones estén documentadas.

Me mira de reojo durante un momento. Me siento un poco extraño, quizá sea por la forma en como acaricia mi muslo? el hecho es que lo que atestiguo de alguna forma me seduce como si estuviera frente a un buffet sexual. Para las demás personas sólo soy uno más que quiere pasar un rato delicioso en esta habitación, creo que ninguno sospecha que soy un periodista al borde de un trauma psicológico… le ha encontrado un nuevo significado a la frase ?pareja sexual?. Mientras observo con los ojos bien abiertos llega una pregunta a mi mente ¿por qué estoy aquí?

Al igual que cualquier otro hombre, siempre me ha atraído ese mundo oculto que, aunque todos saben de él, pocos se atreven a conocer. Lo que se revela ante mis ojos hace que el dicho «tres son multitud» se vuelva obsoleto. Pertenecemos a una generación que con rápidez se siente cómoda con los extremos de la sexualidad. «Gracias a los avances tecnológicos estamos expuestos a cosas consideradas como subidas de tono«, asegura el psicólogo clínico Ronald Bracey. «En el caso de las orgías, se han convertido en imágenes normales a través de internet, lo que a su vez ha permitido quitarles un poco el estigma, pero no convierte en realidad la fantasía de participar en una.»

Mi vida sexual en realidad ha rayado en lo común, comencé en la universidad, tuve relaciones largas en las que aprendí mucho y sólo una vez estuve atado a una cama; me declaro fan del sexo pero no obsesionado con él. Y como la mayoría de los hombres, disfruto las fiestas. Por tanto parece natural sentirse un tanto curioso por la combinación de ambos.

Al principio de mi búsqueda tecleé en google: «sexo grupal», el resultado fue una interminable lista de obscenidades, muchos foros que me hicieron sentir como un pervertido, por lo que sólo elegí los de grupos swingers. Me inscribí a 10 diferentes «clubes» y a la semana siguiente me comenzó a llegar información sobre los eventos y reuniones próximas, inevitablemente me sentí expuesto. Mi perfil fue revelado en línea, desde lo más privado, como el tamaño de mi pene, hasta mi estatus, determinarían ser aceptado o rechazado por el grupo. Mis anteriores encuentros con mujeres habían sido exitosos, no soy un Casanova, pero me defiendo.

Lo cierto es que para los solteros entrar en el mundo de las orgías no es un trabajo sencillo, pues el número dos resulta mágico, por lo que me atreví a solicitarle a una de mis amigas más audaces que me acompañara.

 

Cómo hacer equipo

¿Me lo dices en serio? Preguntó. Después de confirmárselo, sólo expresó: «Claro, ¿por qué no?» En ese momento agradecí a los dioses te contar con una amiga que, además de hermosa, no tenía prejuicios y, lo mejor, estaba dispuesta a participar en mi investigación. Si no crees que soy afortunado, trata de encontrar una compañera con las mismas características que este dispuesta a ir contigo a una orgía.

Fuimos catalogados como una pareja atractiva buscando buenas experiencias, por lo que subimos de nivel, lo cual nos dio la oportunidad de pertenecer a una jerarquía a la que le mandan invitaciones para asistir a las mejores fiestas. Para aceptarnos, me enviaron un formulario por correo electrónico, en el cual describimos profesión, datos personales y gustos sexuales. Esto aumentó mis dudas al respecto, como buen periodista necesitaba respuestas.

En mi intento por conocer más de la subcultura de las fiestas sexuales, tuve la oportunidad de conocer a Ella G. Duke, instructora swinger, quien desde hace años se ha dedicado a «amenizar» reuniones. Compartió conmigo todos sus secretos. «Estas fiestas tienen reglas de etiqueta muy bien establecidas, todas a fin de mantener la seguridad. Si no estás dispuesto a acatarlas, tomas tu ropa y te vas», explica. «En las reuniones el ambiente es agradable, con instalaciones confortables y tienes la oportunidad de participar o no, nadie te obligará. El único fin es la diversión».

 

Que comience la diversión (fiesta 1)

La vestimenta depende mucho del club. Al que yo fui nos solicitaron usar una máscara, me sentí como en la película Eyes Without Shut de Stanley Kubrick. Me pareció experimentar lo que Tom Cruise vivió al llegar al club: el primer pasillo era oscuro, caminamos a lo largo de este acompañados por una mujer igualmente enmascarada. Al final de corredor nos recibieron dos chicas topless de muy buen ver. El miedo que sentía y las mujeres semidesnudas comenzaron a hacerme sentir excitado. Al igual que en cualquier bar, comencé a charlar con varias mujeres que se encontraban ahí. El ambiente era como el de cualquier lugar, agradable y lleno de gente, muy pronto me sentí como pez en el agua.

 

Llegó la hora

Me percate de que el lugar está diseñado para permitir que mucha gente tenga sexo al mismo tiempo, pero hay zonas donde quienes no participarán pueden observar. De pronto, mi amiga se acercó a mi oído y me susurró «toca mi pierna, todos los demás han comenzado a hacerlo y si no lo haces pareceremos idiotas». Cuento unas 15 parejas en el salón, algunas interactúan con sus compañeros y las demás con las de otros, o con ambas. De repente comienzo a entender por qué la gente se siente atraída por exponerse ante los demás, deduzco esto cuando me llegan a la mente las palabras que una vez me dijo el doctor Vince Egan, experto en psicología de la Universidad de Leicester, en Inglaterra, «a los exhibicionistas les gusta mostrar su cuerpo y les gusta ser observados durante su acto».

Aún no me siento completamente a gusto con el espectáculo, por lo que pasamos a un salón más pequeño. Mi falta de decisión por tomar las riendas consiguió que mi amiga se hiciera cargo. Pronto me vi platicando con extraños. Minutos después, una chica morena que me había sonreído cuando llegué comenzó a besar a otra que estaba sentada junto a ella. ¿Vas a participar? Le murmuró sin dejar de acariciarla, detrás de ellas otras dos parejas practicaban la posición del «perrito». De pronto, la morena comenzó a acariciar mi brazo y pronto deduje lo que haría con ella. Después de 10 minutos de una charla que aún no recuerdo, sentí su mano en mi ingle, mientras con la otra comenzaba a desabrochar mi cinturón y metía su mano apresuradamente.

El disfrute es ligeramente diluido por mis pensamientos. Luego veo muy cerca, detrás de la mujer que está conmigo, a otra pareja en pleno coito; sin embargo, no puedo hacer nada, en esos momentos no estoy completamente consciente de lo que pasa. No experimento una sensación negativa, simplemente es extraño ver en vivo un acto carnal cerca de mí. Pero más allá de sufrir el síndrome de Lady Godiva (incomodarme por ver a una persona desnuda) sentí empatía. Sorprendido, me di cuenta que el tener sexo en frente de otros se había convertido en una parte de mi repertorio sexual, lo que ponía en la balanza lo que consideraba ?socialmente aceptable?.

Mi amiga comenzó a tomar ventaja de tocar a distancia, aunque comenzó a prestar mayor atención a una chica que la había besado previamente, la cual tiene sexo con el tipo que se encuentra a mi lado. Dentro de mi cabeza pienso: «increíble, ella está caliente y está tan cerca de mí… es muy extraño… pero sumamente excitante.» Minutos después, comienzo a tener sexo con una mujer de otro grupo…

Cuando estoy a punto de salir de la fiesta con mi corbata en la bolsa del pantalón -la misma que estuvo enrollada en las piernas de dos diferentes chicas hace unas horas-, esbozo una sonrisa de júbilo por haber sobrepasado mis límites. Ahora entiendo por qué esto que podría convertirse en un hábito. El placer y el golpe al ego son demasiado tentadores.

Algunas horas después, mientras me doy un baño caliente el júbilo disminuye, pero llega a mi memoria la imagen de una de las chicas con las que tuve sexo, en realidad era hermosa, pero no sé nada de ella, no puedo recordar ni siquiera su nombre; el momento que viví fue como uno de esos sueños raros, sólo que estaba despierto. Por un lado, experimentas momentos de real intimidad con una desconocida, lo que en sí es excitante. Evitas los instantes incómodos a la mañana siguiente del sexo de aventura y no te expones a una relación que no deseas. Ronald Bracey justifica este acto como el extremismo de la sexualidad que siempre persigue más. Sin embargo, personalmente, prefiero las formas tradicionales.

 

 

Que siga la diversión (fiesta 2)

Mi experiencia podría ser un tanto atractiva para muchas personas y, según sé por mi investigación, es similar en la mayoría de los demás clubes del tipo. Para comprobarlo, me inscribí a otro lugar localizado en la parte oeste de Londres. Varios trámites y estaba todo listo.

Me arreglaba en el cuarto del hotel que había alquilado y, a pesar de nunca tener problemas de disfunción eréctil, me tome una de esas ?vitaminas azules? con un buen vaso de whisky. Salir de la capital me hacía tener desconfianza sobre el lugar al que iría esta noche, quizá suena petulante pero ¿qué puedo decir? Soy todo un capitalino.

En cuanto llego al club, al momento en que la hostess abre la puerta me reconoce por las fotos que había enviado previamente. Ella lucía más delgada que en las suyas, era una morena de cabello rizado ?sus amigos la describen como la ?curvilínea?. Sus ojos me miraron con una expresión de escepticismo y excitación al mismo tiempo. Estaba parado en la puerta, a punto de dar un paso hacia el corredor interno, en mi mente tenía pocas expectativas de lo que estaba a punto de vivir. De manera distinta a la anterior, en un principio la gente comenzó a socializar en uno de los salones, de la misma forma como se celebra un cumpleaños. Me ofrecieron una copa y la acepté. Sinceramente prefiero tener sexo con un tipo de personas diferentes a las que se encuentran aquí reunidas. Al respecto, Bracey una vez me explicó que «muchas de las parejas que acostumbran a acudir a este tipo de diversiones, son aquellas que provienen de relaciones destruidas». Su punto de vista no terminó de convencerme porque creo que vienen con la idea de cumplir una fantasía, y la gente que tengo enfrente luce como si más allá de sus escapes al club, tuviera una vida feliz. Muchos de los asistentes vienen con su pareja, y es posible darse cuenta que existen lazos fuertes entre ellos, pero disfrutan tener sexo con otras personas. En realidad aquí soy un extraño y tengo pocas bases para juzgarlos, pero así podría definirlos.

La fiesta parecía un convento para aquellos que deseaban un placer extremo, no había forma de establecer un poco de intimidad entre tanta concurrencia. Por momentos, estar ahí me parecía una pérdida de tiempo, y pensar en sentirme como un juguete sexual era algo que estaba todavía muy lejos de materializarse.

Creo que mi descontento era tan visible que uno de los anfitriones se acercó y me preguntó «¿está todo bien?» Para no herir susceptibilidades le respondí que me estaba adaptando porque era algo nuevo para mí. El resultado fue que no pude tener sexo con nadie. Ni siquiera tuve una erección. Poco después me dirigí a la puerta, tomé mi abrigo e hice la retirada.

Después de ser ignorado de la orgía, me encontraba caminando por una calle desconocida con una erección que no reflejaba mi estado de ánimo. Cargando un pene engañado, tuve la fortuna de encontrar un teléfono desde donde llamé un taxi que me llevara mi hotel. Tres días después de la «fiesta», decidí ir con un especialista para comentarle lo sucedió y cómo me sentía. La psicoterapeuta sexual Victoria Appleyard me dijo: «sufriste una especie de asalto. De la misma forma que una mujer no se siente bienvenida en los clubes nudistas. De alguna forma tú experimentaste lo mismo».

 

En busca de más diversión (fiesta 3)

Después de reponerme de la cruda psicológica, estaba listo para continuar mi investigación. Mi propio autoperfeccionismo me decía que podía hacerlo mejor la siguiente vez. Las reuniones de más elevada clase social eran las que más llamaban mi atención. Con una separación emocional y unos tragos encima, estaba listo para aprender más del asunto y empaparme del glamour de estas fiestas. La tercera es la vencida.

Como una de las más exclusivas celebraciones, el lujo solamente se ve opacado por la distinción de los asistentes. Estos factores hacen florecer la parte más oscura de mi personalidad, en ese momento llega mi acompañante, nos dirigimos a la entrada del lugar y nos cruzamos con otra pareja. Una vez dentro pude entender por qué Ella G. Duke las describe como ?las orgías de la opulencia?. Más que verse bien, la gente aparentaba ser exitosa.

No pasó mucho tiempo para que cruzara una mirada con una chica que me devolvió una sonrisa. Era una rubia de impresionante cabellera, lucía un corsé ajustado que resaltaba su escote, por un momento pasó por mi cabeza que entre nosotros hubo una atracción más allá del sexo. Sentí el deseo de tomarla de la mano y sacarla de ahí, me gustaría hablar con ella como dos personas normales recién presentadas por amigos mútuos.

Mientras imaginaba cómo sería andar con una chica como ella, llegaron a mi mente las palabras de Ronald Bracey: «las personas con el síndrome de personalidad limítrofe fácilmente llevan a cabo conductas sexuales de riesgo». Cuando acompañó a un tipo a otra habitación, me sentí como esos estúpidos que se enamoran de una desnudista.

Gracias a la sociabilidad de mi compañera platicamos muy a gusto con otras personas, una de ellas sólo portaba ropa interior pero no llamaba tanto mi atención como la morena pequeña y delgada que la acompañaba. Una hora después, ella y yo nos dirigimos a una de las habitaciones. El sexo fue más íntimo de lo que me imaginaba y mejor que en la primera fiesta.

 

Tiempo de duelo

«No te masturbes sobre lo que has hecho», advirtió mi terapeuta. «Comienzas a asociar el placer sexual con experiencias de las cuales puedes volverte adicto. Durante una orgía se experimenta demasiada diversión, pero debes separar de ella tus propias emociones, que es lo más complicado del proceso

Días después de las fiestas, analicé mis emociones y me vi tentado a vivirlas nuevamente. Sentí los deseos de aproximarme a mujeres sólo con fines sexuales. Sin embargo, poco después me di cuenta que está bien tener una conexión puramente física, pero no puedo comprometerme con ellas únicamente por el deseo, porque tendría que apartar una parte de mí. Posteriormente tuve algunos encuentros sexuales y, por muy sorprendente que parezca, me convencí de que no es lo mío.

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