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Steve Carell, hombre agradable trabajando

Tras The Office, Virgen a los 40 y Foxcatcher, ¿Steve Carell nos está mostrando hasta ahora de lo que es capaz? El tipo más agradable del mundo del espectáculo nos habla de sus tres nuevas películas —todas material de Óscar— y además, por qué The Office no funcionaría en tiempos del #TimesUp.

 

Por Bruce Handy.

Te lo diré por adelantado (a riesgo de que te haga cerrar esta pestaña, pero es que la honestidad y la humildad son en parte el tema aquí): puede que este sea el perfil menos sexy de una estrella de cine que leerás en tu vida. Porque, ¿sabes cuando conoces a una estrella de cine e inmediatamente se crea un vínculo porque hablan de llevar a los hijos adolescentes a ver universidades? No, yo tampoco lo sé.

Abrigo, camisa y pantalones de The Row; zapatos de Brunello Cicinelli; bolsos de Thom Browne; lentes de Tom Ford. Foto: Marc Hom.

 

Pero es lo que pasó cuando conocí a Steve Carell el verano anterior. Había pasado la mayor parte del año con su hija de 17 años, visitando prospectos de escuelas de Estados Unidos. Pasé por ese proceso recientemente con mis dos hijos. Así que, como suele ser el caso con los padres de mediana edad en enclaves costeros, comenzamos lamentándonos sobre la profesionalización del proceso de admisión, la manera en que tantas familias ahora contratan a tutores para preparar exámenes y profesores de ensayos y consultores de entrevistas, y el horrendo estrés al que se enfrentan los chicos que, siendo adolescentes, ya tienen por qué preocuparse sin tener que lidiar con la monotonía y la ansiedad de aplicar a veinte universidades. (No es broma: eso es prácticamente una norma en la década de los 2010).

“Ahora es como una ciencia”, dice Carell, de 56, maravillado. “Es muy diferente que cuando estaba en la preparatoria. Tenía una lista como de cuatro universidades,  apliqué y fui a una. No pensé mucho en eso”. Yo tampoco, con mi lotería de tres escuelas allá a mediados de los 70. Estuvimos de acuerdo en que era una tarea de los padres asegurarse desde que los niños llegaran a casa sin pegamento o que resultaran ser unos monstruos, hasta asegurarles que entrarían a algún lugar y que, muy probablemente, la pasarían muy bien ahí —y si no, siempre se pueden transferir—.

Un sano consejo paternal. Como ya dije, puede que este sea el perfil menos sexy de una estrella de cine que leerás en tu vida.

Hasta cierto punto, esto es porque el mismo Carell puede que sea el tipo más agradable en Hollywood, como lo demuestran dos décadas de coprotagonistas, colegas e interlocutores. Sin duda, ha interpretado a algunos de los personajes más agradables de la historia reciente del cine, desde el sincero protagonista de Virgen a los 40, hasta los experimentados pero enamoradizos solteros en Dan en la Vida Real y Loco y Estúpido Amor, a los padres afligidos en la película del año pasado Reencuentro y la recién estrenada Beautiful Boy.

Camisa y pantalones de Gucci; chaleco vintage de suéter y corbata de Early Halloween Vintage Clothing N.Y.C.; reloj de Rolex. Foto: Marc Hom.

 

Incluso sus personajes más “problemáticos” —por ejemplo, Michael Scott, el jefe bobo que hizo durante siete temporadas en The Office, o el emblemático cerdo machista Bobby Riggs en la película del año pasado La Batalla de los Sexos— ofrecen destellos de vulnerabilidad que los hacen agradables de una manera rara. Agrega a esta lista a Gru, el supervillano que dobló en las películas animadas de Mi Villano Favorito, un tipo decente y un padre atento. Un caso aparte en esta filmografía sería John du Pont, el celoso y asesino patrón de lucha libre en Foxcatcher (2014), el primer drama de Carell. El papel, para el que usó una prótesis asombrosa de nariz aguileña, cambió la percepción de mucha gente sobre lo que Carell podía hacer y le valió una merecida nominación al Óscar como mejor actor. Pero incluso du Pont, aunque grotesco, poseía una humanidad reconocible, aunque trágica; en la interpretación de Carell, se sentía más enfermedad que algo maligno.

Carell justo volvía a trabajar cuando nos conocimos. Había pasado la mayor parte de 2017 filmando tres películas más o menos una tras otra tras otra, terminando la última justo antes de Navidad. Luego se tomó casi todo 2018 —“quería estar con la familia”— antes de prepararse para sumergirse en el circuito de festivales y premiaciones de este otoño, durante los cuales esas tres películas, muy diferentes entre sí mismas, pero igual de ambiciosas y todas basadas en historias reales, posiblemente se disputarán varias estatuillas. En una rápida sucesión, tendrás la oportunidad de ver a Carell como un padre luchando por entender y ayudar a su hijo adicto a las drogas en Beautiful Boy; como una víctima de trauma con daño cerebral que lidia con heridas emocionales recreando batallas de la Segunda Guerra Mundial con muñecas tipo Barbie en Bienvenidos a Marwen de Robert Zemeckis; y como el ex secretario de defensa de los Estados Unidos Donald Rumsfeld en la película biográfica de Adam McKay sobre Dick Cheney, Vice.

“No aspiraba a ser un actor de comedia… esos eran los trabajos que me solían dar”.

Rumsfeld puede parecer un papel improbable para Carell, pero una cosa que los dos parecen compartir es una indiferencia por ser el centro de atención, un rasgo extraño en actores y políticos por igual. Carell podría ser el actor menos demandante que he conocido. Con lentes y una barba gruesa pero pulcra, y vestido con un suéter de cuello redondo azul marino sobre una nítida playera blanca, parecía como uno de los directores de admisión que se pudo haber encontrado en un tour universitario; a esta impresión hay que agregarle una actitud reflexiva de voz suave. “No creo que sea un conversador muy brillante”, me dijo, lo cual no es cierto, pero es revelador.

 

Steve Carell, cicatrices de la infancia

Los comediantes son motivados notoriamente —o tal vez estereotípicamente— por cicatrices de la infancia. Pero Carell es famoso entre sus compañeros por mantener esas cicatrices, si es que las tiene, escondidas profundamente. Como le dijo Jon Stewart, su amigo y exjefe, al The New Yorker hace varios años, “Tal vez la falta de heridas de Steve es su herida”. O tal vez, a pesar de décadas de películas biográficas de artistas y músicos, ser estable emocionalmente es más un bien que un obstáculo para la creatividad. (Ver: Meryl Streep, Paul McCartney).

Por sugerencia de Carell, nos encontramos en Smoke House, un restaurante de sillas rojas en Burbank que ha estado frente al lote de la Warner Bros. por más de siete décadas, con un letrero afuera todavía prometiendo “Buena comida a un precio justo”. El menú está lleno de clásicos como camarones Louie y un sándwich French-dip (los lunes hay un especial de costilla), y el área de espera está adornada con fotos de clientes ya fallecidos como Frank Sinatra, Judy Garland, Steve McQueen, Lee Marvin y Danny Kaye. Además de Carell, la clientela de este mediodía era decididamente menos famosa: una agradable multitud de almuerzo de clase media, la mayoría locales, y algunos turistas. El Smoke House también es, casualmente, donde mis dos pares de abuelos se conocieron por primera vez, tras el compromiso de mis padres, en 1951. Se lo mencioné a Carell mientras nos acomodamos en una de las cabinas. “No ha cambiado en lo absoluto, te lo garantizo”, dijo. Probablemente tiene razón. El restaurante tenía un aroma levemente polvoriento, a levadura y a carne, reminiscente de 1951, o eso me imagino. “Nosotros venimos aquí de vez en cuando”, dijo Carell. “Me gusta que no se haya movido ni un centímetro”.

Chamarra, camisa y pantalones de Louis Vuitton; corbata vintage de Early Halloween Vintage Clothing N.Y.C. Foto: Marc Hom.

 

“Nosotros” son Carell; su esposa, Nancy Carell; su hija y su hijo de catorce años. El restaurante está a poca distancia en coche de la casa de la familia en Toluca Lake, uno de los vecindarios más tranquilos en Los Ángeles, una esquina elegante pero poco llamativa del Valle de San Fernando. “No hay mucho que hacer”, dijo Carell, casi disculpándose. “Puedes ir a pasear en bicicleta con tus hijos y esas cosas, así que se siente bastante suburbano dado que estamos en una ciudad”. Agregó que él y Nancy —que, como él, creció en las afueras de Boston— se sintieron atraídos naturalmente por el Valle cuando se mudaron por primera vez a Los Ángeles en 1996, y rentaron una casa en Sherman Oaks. “Simplemente se sentía como muy vecindario y no había mucha pretensión, así que era agradable”.

Un lugar agradable. Un tipo agradable. Buena comida. Hablando de eso, si hay una foto de Jimmy Stewart en la pared del Smoke House, no la vi, pero él podría servir como un antecedente del viejo Hollywood para Carell: una estrella que podía hacer tanto comedia ligera y drama, y quien también proyectaba la decencia alguien común y corriente. ¿Acaso no es Mr. Smith Goes to Washington la precursora en blanco y negro, con un forajido, de Virgen a los 40? Y si eres un ejecutivo contemporáneo de algún estudio que está leyendo esto y está pensando en hacer una nueva versión de Harvey o ¡Qué bello es vivir! o Vértigo, bueno, no lo hagas. Sin embargo, si estás decidido a hacerlo, no asumas que vas a darle el papel a Tom Hanks. ¿Estoy loco por pensar que una versión de La Ventana Indiscreta con Carell y Amy Adams o Tiffany Haddish podría estar buena?

Pero hablemos de películas reales de Carell. Beautiful Boy es adaptada de memorias paralelas de padre e hijo David y Nic Sheff —el primero fue periodista de revistas (Rolling Stone, Playboy); el segundo, un adicto en recuperación que se convirtió en escritor—. Admiro inmensamente la cinta por no ofrecer soluciones fáciles a la adicción y por ser lo suficientemente valiente para mostrar a los placeres fugaces del abuso de drogas tal y como son; a ratos es difícil verla, pero no podría ser más pertinente, con la crisis opioide destruyendo comunidades en Estados Unidos. Como Nic, quien se enganchó a las metanfetaminas, está Timothée Chalamet, el chico de 22 años y melena corta que se abrió paso el año pasado como una especie de galán pensativo adolescente, haciendo del novio pretencioso de Saoirse Ronan en Lady Bird y en el papel principal de la historia de amor de iniciación Llámame por tu Nombre, junto al mayor Armie Hammer.

Chalamet y Carell desarrollaron algo así como una dinámica de padre e hijo dentro y fuera de la pantalla, tal y como lo había calculado el director Felix Van Groeningen. “Que Steve sea un hombre de familia muy dedicado fue muy importante” [para darle el papel], dijo Van Groeningen, un belga haciendo su primera película estadounidense. “Cómo son las personas en la vida real y cómo es el personaje obviamente no tiene que coincidir, pero quería que para este papel el actor que lo fuera a interpretar fuera muy parecido, para que venga de un lugar muy honesto”.

Un ejemplo: para representar a Nic Sheff en las más profundos y tensos últimos momentos de la adicción, Chalamet —para empezar, delgado— hizo una dieta controlada después de que el reparto había terminado un proceso de largos ensayos. Según la actriz Maura Tierney, que interpreta a la segunda esposa de David Sheff y a la madrastra de Nic, cuando Chalamet apareció por primera vez en el set varias semanas después, “Recuerdo que Steve dijo ‘¡Oh, por Dios, ¡está perdiendo peso!’ de una manera muy paternal. Su relación fue realmente así”. Carell me dijo que su sincera consternación por la apariencia de Chalamet ese día (“Se veía terrible con el maquillaje que le pusieron, muy impactante”) arrancó una de las escenas más dolorosas de la película.

Junto con Timothée Chalamet in Beautiful Boy. Foto: Amazon Studios.

 

Carell también se inspiró en sus propias memorias de la infancia sobre su padre: “Mi papá, que está por cumplir 93 años, es una verdadera piedra. Un verdadero estoico. No lloraba mucho, pero me daba cuenta cuando algo lo estaba destrozando por dentro. Lo internalizaba por el bien de la familia. Y eso para mí era más desgarrador que alguien que, ya sabes, externalice muy bien sus emociones. Es un poco cómo interpreté el papel de David: está tratando de mantener la calma”. Luchando contra los límites del amor de David por su hijo, y su impotencia de cara a la adicción de Nic —la cinta tiene un mensaje distintivamente poco hollywoodense, que a veces el amor no es todo lo que necesitas—, Carell hace una de las mejores y más controladas actuaciones de su carrera, muchas veces sin palabras. Se puede ver la resignación en su cuerpo mientras baja una foto de Nic de la pared en su estudio; y el titubeo, en la escena final, con el que pone un brazo encima del hombro de Chalamet (un vínculo roto que comienza a sanar). Si eres como yo, en ese momento se te pueden salir las lágrimas, y hasta puedes perdonar a la película por poner “Sunrise, Sunset” en una escena anterior, esa mezcla de bar de El Violinista en el Tejado y Bat Mitzvah eterno (“Is this the little girl I carried…”).

 

Consolidando su carrera

Tanta plática de padres e hijos me dio curiosidad: ¿Los hijos de Carell son fans de Carell? ¿Ven sus películas y hacen maratones de las temporadas de The Office? ¿O intenta mantenerlos alejados de todo eso? “Ellos mismos se mantienen alejados”, dice riéndose. “Soy solo un papá para ellos. Obviamente saben lo que hago, pero no le damos mucho valor a eso. De vez en cuando ven mis cosas y se enteran un poco en la escuela. Pero solo es mi trabajo”. (Supongo que también hubiera evitado ver Virgen a los 40 si hubiera sido estelarizada por mi papá”).

Chamarra y playera polo de Ermenegildo Zegna; reloj de Tom Ford. Foto: Marc Hom.

 

El estoico padre que mencionó Carell era empresario e ingeniero eléctrico; su madre era enfermera psiquiátrica. Creció en Acton, Massachusets, como el menor de cuatro hermanos. Hizo algo de actuación en la preparatoria y en la universidad, en Denison, de donde se graduó en 1984 con una doble licenciatura de historia y teatro. Pero nunca se pensó como un intérprete, o en actuar como una posible carrera, hasta que aplicaba a la escuela de leyes como cualquier otro graduado de humanidades que no sabe qué hacer con su vida. De hecho, mostró tan poco entusiasmo por estudiar leyes —se trabó en la pregunta de una de las aplicaciones: “¿Por qué quieres ser abogado?”— que sus padres le sugirieron que dijera “algo que siempre hayas disfrutado”.

La respuesta, se dio cuenta Carell, era actuar. Finalmente se mudó a Chicago, pensando que sería más hospitalaria para un joven artista en bruto que las despiadadas Nueva York o Los Ángeles. Tenía razón, o al menos Chicago estuvo bien para él, y comenzó a obtener pequeños papeles en programas y comerciales. (Puedes verlo en YouTube en un comercial de 1989 para Brown’s Chicken: “Aunque siempre hemos cocinado nuestro pollo en aceite de semilla de algodón sin colesterol, ¡ahora también tenemos masa sin colesterol!”). En 1987 se unió a la legendaria institución de la improvisación Second City, en la que coincidió con Stephen Colbert (su reemplazo por algún tiempo), Tina Fey y Adam McKay. También conoció a su futura esposa, en ese entonces Nancy Walls, en Second City; ella era estudiante de una clase de improvisación que él daba a quien lo superaría al inicio de sus respectivas carreras, cuando ella obtuvo un puesto como miembro del reparto de Saturday Night Live en la temporada 1995-96. (Hoy Nancy trabaja como productora. Ella y Carell coproducen Angie Tribeca, una serie de comedia en TBS protagonizada por su ex compañera en The Office, Rashida Jones).

Carell obtuvo su primer éxito no mucho después del de Nancy, cuando fue seleccionado, junto con Colbert, como parte del elenco del breve (pero amado por los geeks de la comedia) programa de sketches en horario estelar de Dana Carvey en ABC. En 1999, por recomendación de Colbert, fue contratado en The Daily Show de Jon Stewart, donde se desempeñó durante seis años como un corresponsal ridículamente entusiasta.

Ganó la atención de críticos y audiencias por papeles secundarios en Todopoderoso (2003) y El reportero: La leyenda de Ron Burgundy (2004). En el set de la segunda, Carell conoció a Judd Apatow, uno de los productores de la cinta, quien lo invitó a ponerse en contacto si tenía buenas ideas para alguna película. Carell pensaba que las tenía. “Así que fui a la oficina de Judd y le presenté una idea. Hablamos durante hora y media y pensó que estaba bien”. Bien, como lo sugiere el tono de Carell, como un simple “OK”. “Y justo cuando me estaba levantando, dije ‘Oh, y luego está esta idea secundaria sobre un tipo que nunca ha tenido relaciones sexuales’. Y Judd se entusiasmó con eso y dijo ‘Puedo venderle eso a Universal mañana’. Y, literalmente, la siguiente semana que se lo mencionó de paso a un ejecutivo de Universal, lo compraron de inmediato”.

 

Steve Carell: «Solo quería trabajar»

Con Carell y Apatow escribiendo el guion y Apatow dirigiendo —era su primera película—Virgen a los 40 se convirtió en un gran éxito, impulsado por la actuación sincera y dulce de Carell, y su buena química con su coprotagonista Catherine Keener, quien preparó el terreno para los chistes más salvajes y reubicó la improbable premisa a un lugar cerca de la credibilidad. Sin embargo, Universal, tal vez sufriendo del remordimiento del comprador, canceló la producción después de su primera semana de filmación porque los ejecutivos del estudio estaban preocupados de que, como Carell lo dijo, “lo cotidiano de mi personaje se veía muy perturbador. Dijeron que me veía como un asesino serial”.

Él y Apatow le aseguraron al estudio que no habían llegado a las escenas con corazón. Que la cosa funcionaría —¡lo prometemos!—, pero otros tenían dudas también. “Fui a una reunión de preparatoria justo antes de que la película saliera”, dijo Carell. “No había visto a estas personas en muchos años. Y comenzaron a hablar sobre lo que habían estado haciendo, y mencione que justo había hecho esta película llamada Virgen a los 40, y mientras lo pienso, me doy cuenta de lo tonto que le habrá sonado a toda esta gente. Solo basada en el título, sonaba como si fuera la peor película de la historia. Podía sentir a mis compañeros sintiendo pena por mí. Pude ver la pena en sus ojos”.

Camisa y pantalones de Gucci; chaleco vintage de suéter y corbata de Early Halloween Vintage Clothing N.Y.C.; reloj de Rolex. Foto: Marc Hom.

 

Otro movimiento de carrera que no necesariamente se vio bien en papel fue protagonizar la adaptación norteamericana de The Office, la serie de culto favorita de la televisión británica del malvado Ricky Gervais. Los fans de la original pusieron los ojos en blanco, y la primera temporada debutó en NBC en marzo de 2005, con críticas variadas y ratings indiferentes. Fue el ruido que hizo el prelanzamiento de Virgen a los 40 el que ayudó a persuadir al canal para renovar el programa para una segunda temporada. Con Carell ahora como un nombre familiar y la serie encontrando su balance creativo, The Office duplicaría sus ratings en la segunda temporada y ganaría el Emmy por la mejor serie de comedia, mientras que su protagonista recibiría la primera de seis nominaciones —nunca ganó, inexplicablemente— por mejor actor en una serie de comedia.

Entre temporadas, Carell filmó varias comedias, incluyendo Regreso del Todopoderoso (2007), El Superagente 86 (2008) y Una Noche Fuera de Serie (2010), que tuvieron buen desempeño en la taquilla, pero no eran tan interesantes como lo que estaba haciendo en televisión. No iba directo a la ruina, pero tampoco estaba moviendo la aguja en su carrera. Oírlo decirlo, sin embargo, suena como que esa carrera era algo así como un giro a la izquierda en primera instancia. A diferencia de muchos comediantes o actores de comedia, Carell insiste que no creció desesperado por hacer reír a los demás. Ni siquiera era fan del género de chico, aunque sí amaba escuchar discos de comedia. “Especialmente a George Carlin y a Steve Martin; escuchaba esas rutinas una y otra vez. Creo que en ese momento no me di cuenta de que estaba estudiando. Intentaba entender qué los hacía chistosos, por qué lo disfrutaba tanto, qué hacían con el lenguaje, qué hacían con la distracción. Steve Martin en particular, su marca cómica era tan diferente y tan absurda que realmente me empezó a gustar. Pero nunca me consideré particularmente gracioso”.

“Cuando me mudé a Chicago, no aspiraba a ser un actor de comedia”, continuó. “Yo solo quería trabajar, y esos eran justo los trabajos que me solían dar más seguido, las partes cómicas. Medio que terminé haciéndolo por necesidad”.

Le pregunté por qué pensaba que le dieron esos papeles. “No sé”. Hizo una pausa para reflexionarlo. “Claramente hacía mejor eso que las cosas convencionales. Creo que en general hay más actores que audicionan para papeles comunes, así que solo por las probabilidades, creo que tienes mejores posibilidades de ir por un rol cómico, porque a algunos les da miedo intentarlo”. Hizo otra pausa. “No sé. Simplemente caí en esa comunidad en Chicago. Quería ganar experiencia. No estaba muy preocupado sobre cómo me iban a etiquetar. Simplemente estaba interesado en trabajar”.

“Ya sea que un personaje es súper-amplio o increíblemente interiorizado, lo más importante para mí es una suerte de registros de honestidad, donde puedes notar que estos son seres humanos”

Me pregunté si había algo binario en sus acercamientos a la comedia y al drama —si estaba dibujando en diferentes lados de su cerebro, por así decirlo— o si había más una continuidad en su acercamiento, sin importar el material. “Es una pregunta interesante”, contestó pausadamente, como si no lo hubiera considerado antes (o amablemente quería que creyera que no lo había hecho). “Creo que es más o menos lo mismo. “Ya sea que un personaje es súper-amplio o increíblemente interiorizado, lo más importante para mí es una suerte de registros de honestidad, donde puedes notar que estos son seres humanos”. Hizo una voz seria fingida: “Ese es mi objetivo: representar a alguien que cae dentro del terreno del ser humano”. Se rio y luego se puso genuinamente serio otra vez: “¿Sabes? Te pones a investigar. Piensas en tu historia de fondo. Incluso los personajes más tontos o los más oscuros o los más engañoso, hay muchos componentes diferentes para ellos que no necesariamente tienes que decir abiertamente o registrar en una película, pero deberían estar presentes en algún lado. Pienso en Peter Sellers y cómo era capaz de hacer esos personajes increíblemente amplios, pero al mismo tiempo siempre sabías que era una persona. “Clouseau” —el torpe inspector de las películas de la Pantera Rosa— “era una persona real. Era absurdo, tonto, pero estaba pasando por algo. Para mí, ese personaje se trataba de un hombre que retiene su dignidad, y eso se sintió muy honesto y verdadero para mí. Por lo tanto, todas las cosas que hizo eran mucho más divertidas porque sentías que estabas viendo a un ser humano real que sentía emociones reales”.

Mencionó a Michael Scott y cómo trabajó para darle al personaje un lado bienintencionado, aunque inconsciente, para quitarle lo grosero a la comedia. “Conozco gente como esa, que puede ser realmente molesta sin sentir ninguna culpa, pero al mismo tiempo sé que son buenas personas. Eso es lo que buscábamos con Michael. Simplemente pensé ‘Es un tipo bastante complicado, con muchas facetas diferentes’. Del mismo modo, dijo, había trabajado duro para encontrar una “historia triste” en algún lugar de la composición psicológica de John du Pont.

Bueno, entonces, ¿cuál era la historia de fondo de Brick Tamland, el meteorólogo serio, trastornado y posiblemente con daño cerebral que Carell interpretó en las dos películas del personaje del presentador de noticias Ron Burgundy? Se rio. “Toda la entrevista debería ser sobre la historia de Brick. Él podría ser la anomalía. Creo que cuanto menos se revele sobre Brick Tamland, mejor. Se puede salir con la suya en cualquier cosa porque no hay marco referencial de su vida de ninguna manera. Así que puede aparecer en su propio funeral, o puede sacar una pistola del futuro o estar sosteniendo una granada de mano sin una buena razón. Personajes así son muy divertidos porque son comodines. En El Reportero: La Leyenda de Ron Burgundy, casi no tenía diálogos. Obviamente era miembro del equipo de noticias, pero Adam McKay” —el director de ambas películas— “me decía que solo hiciera un comentario al final de la escena. Y decía lo primero que se me venía a la cabeza. Y generalmente no estaba relacionado en absoluto con lo que estaba pasando. Era una especie de fantasía en la mente de este tipo”. Pero Carell soltaba esos diálogos con tanta convicción que le crees a Brick cuando declara “Me comí una vela roja grande” o, en una escena eliminada que aparece en los créditos, “Cagué un martillo”. Es gracioso porque parece cierto.

 

Chamarra y camisa de Belvest; lentes, los de Carell. Foto: Marc Hom.

 

Dejando de lado a Brick, mi actuación favorita de Carell es Bobby Riggs en La Batalla de los Sexos, una película que merecía ser mucho más vista. (Carell aceptó que estaba de acuerdo). Si la contribución de Riggs más grande a la historia fue ser el complemento de Billie Jean King, su segunda mayor fue ser un vehículo para el amplio talento de Carell. Habitó la persona pública de Riggs, bufonesca pero ingeniosa, con una energía cómica igual a la original, mientras sombreaba sus momentos fuera del escenario con dudas, melancolía, y con un tipo de astucia más consciente: un bufón en su totalidad, y uno inesperadamente conmovedor.

 

Bienvenidos a Marwen

Es otra película que aprovecha al máximo las habilidades binarias y no binarias de Carell. Basada en el documental aclamado por la crítica de 2010 Marwencol, la nueva cinta cuenta la verdad a medias (verdad de Hollywood, digamos) de la historia de Mark Hogancamp, un artista que vive en el estado de Nueva York y quien alguna vez se especializó en ilustraciones de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en 2000, se convirtió en víctima de un crimen de odio cuando fue golpeado brutalmente en una pelea en un bar y dado por muerto en el estacionamiento por cinco hombres que lo señalaron porque habían escuchado que era un travesti. Sobrevivió después de nueve días en coma, pero perdió la mayoría de sus recuerdos y su habilidad para dibujar. Al necesitar un nuevo medio creativo, Hogancamp creó una réplica a 1:6 de una ciudad belga de la era de la Segunda Guerra Mundial en su patio trasero que pobló con muñecas que representaban a las mujeres que conoció, así como a un alter ego: el Capitán Hoagie; agregó muñecos nazis para representar a sus atacantes y arregló a todo el elenco en cuadros para fotografías, no solo un nuevo medio sino también una especie de terapia psicológica ad hoc, una versión para adultos de un niño representando un trauma con muñecos en el consultorio del psicólogo. Las fotos artísticas de Hogancamp de lo que él llamó Marwencol finalmente encontraron su camino a las galerías. (Explicaría la discrepancia entre Marwencol y Marwen, pero eso sería un spoiler).

Bienvenidos a Marwen va y viene entre la representación directa de la existencia algo precaria del día a día de Hogancamp y secuencias fantasiosas reflejando su vida interior, en las cuales los muñecos (representados por Carell y compañeros reales como Leslie Mann y Janelle Monáe) son animados a través de la tecnología de captura de movimiento que ayudó a Zemeckis a ser pionero en películas como El Expreso Polar y Beowulf, la leyenda. Las secuencias de fantasía tienen un toque teatral y cómico, y el cambio de tono es lo que llevó al director a elegir a Carell. “Necesitaba a alguien que fuera un gran actor, alguien que pudiera evocar emociones y patetismo a la hora de interpretar a un personaje dañado y frágil que sufre de trastorno por estrés postraumático”, me dijo Zemeckis. Pero también necesitaba un artista que pudiera afectar “toda esta arrogancia de película de la Segunda Guerra Mundial” para las escenas de las Barbies en guerra. “Necesitaba a un actor que pudiera hacer las dos cosas y Steve encajó a la perfección”.

Vi una versión incompleta de la película y creo que atraerá especialmente a los fans de Forrest Gump (también de Zemeckis), una película muy diferente, pero similar a Bienvenidos a Marwen en tono y tema. Como en Beautiful Boy, Carell hace un trabajo físico sutil, pero conmovedor. Hay momentos donde puedes ver el dolor emocional acumulado del trauma de Hogancamp presionando los hombros de Carell mientras de aleja de la cámara, y la huella de la fisioterapia en cada paso intencionado. “Eso es de un gran actor”, dijo Zemeckis. “Transforma su físico por completo”. Sin embargo, no hay nada ostentoso en la actuación de Carell, en un papel que otras estrellas que empezaron en comedias tontas hubieran hecho como un “completo Patch Adams”, por citar erróneamente a Una Guerra de Película.

En Carell: Suéter cárdigan de Prada; camisa y pantalón de Mr P. En el representante de Carell, Steve Sauer: abrigo de Belvest; sus propios traje, camisa, corbata, mancuernas y lentes. Foto: Marc Hom.

 

Vice sigue la carrera de Dick Cheney durante varias décadas. Será la cuarta película con McKay, después de las dos películas de Ron Burgundy y La gran apuesta. (Me gustaría que los directores de cine se hubieran quedado con el título provisional de Back Seat). El reparto incluye a Christian Bale como el exvicepresidente, Amy Adams como Lynne Cheney, Sam Rockwell como George W. Bush y Tyler Perry como Colin Powell. Carell me mostró una foto en su teléfono personificado como Rumsfeld, y la transformación es asombrosa: si no se veía exactamente como el ex secretario de defensa, se ve como Rumsfeld en una fotografía rara y poco representativa, o tal vez como Rummy cuando los aires acondicionados se descompusieron en Madame Tussauds.

Este papel podría ser el reto más grande hasta el momento para la capacidad de Carell por comprender al personaje y encontrar algo un poco humano o algo profundo que realmente sangre —pero, como el propio Rumsfeld dijo alguna vez, “vas a la guerra con el ejército que tienes”—. “Me puse a pensar, ‘Aquí hay un hombre, uno muy inteligente, que claramente tiene defectos, pero que también creía en lo que estaba haciendo’”, me dijo Carell. Leyó cuantos libros sobre Rumsfeld pudo, tanto las biografías como los libros de Rumsfeld (ha escrito dos memorias y un libro de “lecciones de liderazgo”). “La gente tiene una idea sobre Rumsfeld, pero es una muy limitada. Sentí que mi trabajo era expandirla y pintar una imagen más amplia sobre quién era, a qué le temía, qué le molestaba. Es fácil solo hacer una caricatura o ver un clip de un video y decir ‘Haré eso’. Es un poco arrogante decir que comprendo a Donald Rumsfeld o John du Pont. Pero lo he intentado. Haces lo mejor que puedes con el material que tienes, con las fuentes que tienes y con tu imaginación”.

¿Cuál sería el punto final lógico de ese reto? ¿Podría encarnar a… Donald Trump? ¿Podría encontrar la humanidad debajo del pelo de risa, el racismo y sexismo repugnantes, y el desorden de personalidad depredador? (Esa es mi descripción; Carell no transmite sus puntos de vista políticos, aunque hizo una aparición en la campaña de Hilary Clinton en 2016). Lo pensó por un momento. “Esperas encontrar humanidad en cualquier personaje”, dijo finalmente. “Si no pudiera, entonces no lo interpretaría. Si vas a hacer un personaje con completo desprecio y no encuentras ni un poquito de humanidad en una persona, entonces simplemente no lo haría”. (Luego notaré que Michael Scott tenía una ejemplar del libro de Trump Think Like a Billionaire: Everything You Need to Know About Success, Real Estate, and Life por varias razones en su librero en The Office)

“Esperas encontrar humanidad en cualquier personaje. Si no pudiera, entonces no lo interpretaría”.

Señaló que ha pasado un tiempo desde que Carell hizo una comedia. “Han sido como seis años”, dijo, y se remonta a principios de 2013, cuando hizo Al Diablo con las Noticias 2 (y sin incluir un par de películas de Mi Villano Favorito). Esto tampoco fue una decisión deliberada en su carrera, solo que “las cosas que me interesaban tendían a ser más dramáticas”. Le gustaría hacer una comedia otra vez, dijo, y estaba desarrollando algunos proyectos en ese sentido.

Pero las reglas de la comedia han cambiado bastante en la última mitad de la década, incluso en el último año. Chistes y personajes que antes parecían inofensivos ahora podrían generar indignación en las redes sociales o hasta boicots y sabáticos involuntarios. Carell volvió a hablar de Michael Scott. “Como The Office está en Netflix y la repiten en la tele, mucha más gente la ha visto recientemente”, dijo. Y creo que debido a eso ha resurgido el interés en el programa y hasta se ha hablado de traerlo de vuelta. Pero más allá del hecho de que no creo que sea una buena idea, podría ser imposible hacer ese programa hoy y que la gente lo acepte como lo aceptó hace una década. El clima es diferente. Digo, toda la idea de ese personaje, Michael Scott… Gran parte de ella se basó en comportamiento inapropiado. Ciertamente no es un jefe modelo. Mucho de lo que se muestra en el programa es completamente erróneo. ¿Ese es el punto, sabes? Pero no sé cómo le iría ahora. Hay una gran conciencia de cosas ofensivas hoy en día, que está bien, por supuesto. Pero al mismo tiempo, cuando haces un personaje así de literal, no funciona”.

A estas alturas, Carell y yo hemos estado hablando por más de dos horas y media. El restaurante se había instalado en una calma de media tarde. Yo estaba calmado, también. (Tenía una fuerte gripa de verano, y gracias a las sobredosis de Claritin y Mucinex, alucinaba que la cara de Carell se convertía en la que tiene Al Pacino en esa película donde Pacino actúa con Keanu Reeves e interpreta al diablo). Pero Carell estaba feliz de continuar. Se preocupaba por no haber sido lo suficientemente interesante —falso, y de nuevo revelador— y la conversación se dirigió hacia los actores que admira. Además del ya mencionado Peter Sellers, nombró a Tina Fey y Julia Louis-Dreyfus. De la última dijo: “Es realeza. Es otra que puede hacer un personaje cómico, que puede ser muy amplia en cualquier dirección, pero siempre le crees. Ese centro de humanidad está siempre ahí”.

Y ahí es donde terminamos, con un poco más de charla sobre universidades y algunas bromas de despedida, con Carell llevando el reflector hacia alguien más, como debe de ser.

Este artículo aparece originalmente en la Edición de noviembre en de Esquire US.

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