Icono del sitio Esquire

La incomodidad de llamarse Anne Hathaway. 

La incomodidad de llamarse Anne Hathaway. 

La incomodidad de llamarse Anne Hathaway. 

Una de nuestras favoritas.

Recibió el Óscar por su papel en Les Misérables y se ganó el odio inmerecido de cierto sector de la prensa y algunos fanáticos que la acusaban de no ser sincera en sus declaraciones. Sin embargo, esa historia quedó en el pasado. A sus 32 años, la ex Gatúbela protagoniza The Intern con un becario de lujo: Robert De Niro. Hablamos con ella desde Nueva York.

*****

 

“ SABES?, HE APRENDIDO A SENTIRME CÓMODA ESTANDO INCÓMODA”, dice al sentarse de vuelta en el sillón. Leída así, la frase puede responder a un amplio menú de preguntas distintas, pero en este caso se refiere a una situación en particular: la fatiga que le produce estar en el carrusel de prensa para una película que ya tiene fecha de lanzamiento. Esa incomodidad, hay que decirlo, no es evidente. En absoluto. De hecho, este mínimo preámbulo —es tan prematuro el intercambio que la grabadora sólo registra las últimas dos palabras de la pregunta— revela una condición que se irá manifestando a lo largo de nuestra entrevista. Por el momento, Anne Hathaway está sentada en un sillón, con una taza sobre la mesa, acomodada en su incomodidad.

Odiar a Anne Hathaway pasó de moda. Tal vez. Hablar de odio es excesivo. Para algunos el rechazo data de años atrás y su origen es difuso. Para otros, en cambio, la fecha es más precisa: la ceremonia de la 83a entrega de los premios Óscar en 2011, por ejemplo. Algunos más fijarán la verdadera razón del desagrado en 2013 (¡el maravilloso 2013!). Anne Hathaway venía de participar en dos super producciones el año anterior: como la acrobática Gatúbela en The Dark Knight Rises, la última parte de la trilogía de Batman, dirigida por Christopher Nolan; y como la tuberculosa y trágica Fantine en la versión musical de Les Misérables, dirigida por Tom Hooper.

Como es costumbre, muy temprano por la mañana del 13 de diciembre de 2012, Ed Helms anunció que la terna de nominadas para ganar el Globo de Oro a Mejor Actriz de Reparto incluía a Anne Hathaway por su bien entonada Fantine. Poco menos de un mes después, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas la ponía a competir por una estatuilla en la misma categoría con Amy Adams, Sally Field, Helen Hunt y Jacki Weaver. Comenzaba así el “maravilloso” 2013.

Las ceremonias de premiación se reducen, en realidad, a dos únicos momentos: el paseo por la alfombra roja y el discurso de los ganadores. Lo demás son tomas de relleno, transiciones y planos cerrados a extras en la consagración de alguien más. Ambos momentos, paseíllo y oratoria agradecida, cortejan y padecen el juicio de los extraños: qué vestido porta quién, qué combinación de accesorios y colores, a quién no agradecieron… Sobra decir que Anne Hathaway ganó ambos premios. Entonces se habló de su vestido, se habló de su discurso. Abundaron los comentarios despectivos y los ensayos explicativos que intentaban glosar dichos comentarios. Lena Dunham y Anderson Cooper salieron en su defensa. Hathahate quiso ser eslogan. El juicio de los extraños estaba echado: comenzó la temporada terrible de 2013. 

Anne Hathaway no ha dormido. El insomnio no es lo suyo pero esta vez la alcanzó sin que pudiera hacer nada al respecto. La noche anterior, una cena y un concierto de Belle & Sebastian en Radio City Music Hall. Esta mañana, los nervios erizados. “Me solté a llorar en un par de entrevistas previas, así, sin más. Espero no hacerlo en esta.” No lo hace. Durante toda la conversación, de hecho, es perfectamente cortés, amable, encantadora. A más de una pregunta mal planteada le hace una corrección silenciosa e inmediata y responde a esa nueva pregunta más clara, mejor estructurada. Y lo logra sin perder la gracia ni demostrar hartazgo. Lo hace con un encanto que de tan genuino parece actuado. Por ahora, Anne Hathaway está recargada contra el respaldo del sillón, sonriendo y contando cómo lidia con la incomodidad.

“Lidio con la duda y la inseguridad mucho mejor que antes. Solía ser muy racional todo el tiempo y eso te dificulta dejarte llevar por cualquier tipo de impulso, hace que sea muy difícil echarte a andar. Sin embargo, he esta- do trabajando en confiar plenamente. Lo pienso así: cuando algo bueno te sucede, por lo general dices: ‘Ah, qué increíble, qué agradecida debo estar, claro que algo así iba a suceder’. Y cuando algo malo te sucede, piensas: ‘Dios, ¿por qué me pasa esto? No puedo creerlo’. En realidad sólo son dos cosas que suceden. Una te pone contenta, otra te entristece, pero son sólo cosas que pasan. Así que al trabajar en confiar plenamente, siento que dejo de estar tan atada al resultado; así aprenderé sin importar lo que suceda y podré aceptarlo, con un poco más de ecuanimidad y un poco menos de duda.” Aunque tampoco se toma tan en serio, Anne Hathaway: “Pero, por otro lado, hasta salir a la calle me pone nerviosa”, me dice con sus risa encantadora.

Anne Hathaway no se ve cansada. Si se mueve en el sillón o bebe de la taza no parece hacerlo animada por la impaciencia. En otras palabras, parece cómoda. Advertido por aquella frase al inicio de la conversación, estoy pendiente. Intento registrar microgestos, inventariar gradaciones de sonrisas y prestar atención a los decibeles de las palabras que pronuncia. Mientras, ella parece sentirse genuinamente cómoda. “¿Sabes qué creo?, que cuando comencé mi carrera, Princess Diaries (2001) fue una especie de caja. Así que me hice la promesa de no interpretar al mismo personaje dos veces, porque estaba muy consciente de no querer volver a estar encerrada dentro de una ‘caja’. Y ahora ya se me quedó, y he tenido la oportunidad de interpretar a todos estos personajes que son tan distintos entre sí.” Su versatilidad no está en entredicho. Aunque la recordamos de inmediato por sus papeles en las comedias ligeras, su capacidad dramática es notable: esposa de un vaquero en Brokeback Mountain (2005), una adicta en recuperación en Rachel Getting Married (2008), la ya mencionada Gatúbela, Fantine, la científica Amelia Brand y la voz de Jewel en la película de dibujos animados Rio 2 (2014). Este otoño, sin embargo, no hay traje completo de piel con antifaz ni habilidades de combate. Este otoño Anne Hathaway regresa a la oficina. A una oficina muy distinta a la que la recibió hace casi 10 años. Y a un papel muy diferente al de la becaria que conquista, a fuerza de trabajo y encanto personal, los pisos superiores del organigrama.

“Lo primero que me atrajo a participar en The Intern fueron Nancy [Meyers] y Bob [De Niro]. No me importó que fuera una comedia de oficina. Luego me di cuenta de que Jules es un personaje que nunca había interpretado. Lo que me más me interesó de ella, y lo que me llamó la atención al encarnarla, fue que mostraba a una mujer que lucha contra el estrés. Está pasando por un momento muy duro de su vida. Siento que lo hace con una gracia y una empatía poco comunes y uno no se entera de eso sino hasta el final de la película. Durante todo el filme los espectadores se preguntan: ‘¿Pero qué le pasa, por qué está tan tensa?’.”

Jules Ostin, emprendedora y decidida, ha creado una empresa de venta de ropa por internet mucho más exitosa de lo esperado. Innovadores como son en esa empresa, deciden incluir un programa de becarios veteranos. La puerta está abierta para que aparezca Ben Whittaker (De Niro) —septuagenario viudo y prudente— y redoble la apuesta de la innovación: las lecciones de los 70 son los remedios insospechados contra los males de la adolescencia tardía y la adultez temprana. Anne Hathaway vuelve al horario laboral y a la cuenta de correo corporativo. Vuelve también a tener de contraparte a una leyenda. Hace casi 10 años fue Meryl Streep. Ahora es Robert De Niro, como el sabio inopinado, el modesto consejero, el amigo mayor. “Mira, Bob es un ser humano con una gracia fuera de lo común. Es muy gentil y trata a las personas y se trata a sí mismo con respeto. No es superficial. No te da nunca una respuesta fácil. Está comprometido con el trabajo. Es generoso. Y lo que creo haber aprendido de él es que puedes ser una leyenda y también todo lo anterior. A veces esperamos lo peor de nuestros héroes. Con él no tenemos que hacerlo. Sin duda es algo a lo que aspirar. No puedes deslindarte de eso, porque si Bob De Niro encara un día difícil de trabajo con gran actitud, claro que uno puede hacerlo también.”

El personaje que Anne Hathaway interpreta en esta película debe enfrentarse, entre otras cosas, a las exigencias de la madurez. El relato de Jules Ostin no es el de la persecución del sueño. Es la historia del sueño conseguido y los interminables problemas que trae consigo. Las decisiones a las que se enfrenta no son los saltos al vacío de quien no tiene nada que perder. Son, más bien, las cuidadosas consideraciones de quien tiene varias decenas de personas a su cargo. En escena está la disyuntiva entre elegir lo conveniente para uno o lo justo para todos, entre los ideales y el pragmatismo, entre el beneficio inmediato o las recompensas a futuro: dilemas de madurez. El paralelo entre los trabajos de Jules Ostin y el momento que vive la carrera de Anne Hathaway es tal vez forzado. Pero tal vez no.

Su personaje no esconde ciertos rasgos de compulsión. Nada grave: afectaciones sencillas que sirven para teñir de comedia la personalidad obsesiva y enfocada de Jules Ostin, la empresaria que está lidiando con el estrés. ¿Tú tienes afectaciones así? “Sí, sí tengo”, contesta sonriendo. Luego Anne Hathaway hace una pausa y con un tono a la vez cándido y enfático, dice: “Pero no quiero decirlas porque me hacen sentir muy vulnerable. ¿Puedo mantener en privado mis pequeñas compulsiones?”. Bueno, al menos lo intenté.

 

Salir de la versión móvil