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Uniendo puntos

the cure foto getty images

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La opinión de Benjamin Acosta

Un par de hits en la FM de la radio de Ciudad de México me abrieron los oídos.

“Boys Don’t Cry” e “In Between Days” sacudieron por completo todos mis referentes musicales hasta ese momento, sin tener idea de qué se trataba pero con la certeza de que ese algo no tenía nada que ver con el resto de la música que comúnmente se programaba.

Durante los años ochenta la única manera que tenía para apropiarme de mis canciones favoritas era mediante los casetes que grababa de esas transmisiones. No tenía idea de The Cure y menos aún quién podría compartir ese gusto en un lugar tan pequeño y poco vanguardista como Pachuca. Rock 101 y WFM, así como la revista Sonido, eran las únicas fuentes que tenía al alcance, pero fue hasta que un compañero de preparatoria me comentó que uno de sus amigos de infancia tenía el Standing On A Beach, el primer recopilatorio de la banda británica. 

Fue tal mi obsesión por colocarlo en la tornamesa Fisher de mi padre que no dudé en salir en su búsqueda. El dueño de esa joyita vivía a tan solo unas cuadras, así que una tarde toqué a su puerta, me presenté y le expliqué mis intenciones. Todavía no entiendo cómo fue capaz de poner en las manos de un casi desconocido ese disco, pero supongo que se trataba de una de las ventajas de vivir en un lugar pequeño. Así que me marché, con la promesa de cuidarlo y devolverlo al día siguiente. 

Antes de llegar a casa compré un casete Maxell de cinta de cromo porque definitivamente estaba a punto de realizar una grabación especial: la de un disco con una portada que, en lugar de mostrar a la banda, presentaba la imagen de un hombre cuyas marcas en el rostro evidenciaban el paso de los años. No sé cuántas veces dí vuelta a esa cinta, fascinado con la voz de Robert Smith y la manera evidente como el grupo había evolucionado desde 1977 hasta 1985, desde la minimalista “10:15 Saturday Night” hasta “Close To Me”. Para mí ese camaleonismo era nuevo, porque fue mucho después que me acerqué a David Bowie y The Beatles.

No pude compararlo con otra cosa, solo me dejé llevar por esta música que echaba mano de lo gótico, de lo dark, pero de forma juguetona, con letras y melodías pegajosas que hicieron eco en las primeras etapas de Soda Stereo y Caifanes.

The Cure no solo produjo un efecto de expansión musical muy poderoso –a la fecha el álbum Disintegration (1989) me eriza la piel–, sino que fue piedra angular para una amistad que perdura y que nos llevó a hacer un programa de radio durante mucho tiempo, después de recibir algunas cartas como suscriptores de su club de fans y haber visto una copia en VHS del célebre concierto The Cure In Orange.

Ahora aquí estoy, a poco más de treinta años del primer encuentro personal, con una de las expresiones más genuinas que mis sentidos han experimentado, que siguen disfrutando y redescubriéndo.

Sobre Benjamin Acosta
Benjamín Acosta es egresado de Ciencias de la Comunicación de la UNAM. Los caminos del periodismo lo llevan a vivir entre California, Canadá y México para entrevistar a diversos personajes de la cultura pop. En sus viajes aprovecha para dejarse sorprender por la creatividad gastronómica y los atardeceres. Experimenta aún la fascinación que produce los formatos físicos de la música aunque considera irresistible el ambiente digital.
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