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Congelar los instantes por María Aura.

Congelar los instantes por María Aura.

Congelar los instantes por María Aura.

Columna: Hombres con Aura

Hemos dejado de sentir y emocionarnos para, en su lugar tomarnos selfies e intentar retener los instantes. Quizás deberíamos vivir en lugar de buscar recordar. 

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Queridos caballeros, ¿Cómo están? Mejpr que nunca, lo sé, porque esas canas nuevas que por fortuna no se han pintando se les ven muy sexis. 

Les quiero habla de la obrea de teatro  que estoy haciendo: se llama Casa Matriz y es una comedia muy divertida sobre las relaciones entre madres e hijas. 

De primera impression puede parecer un poco frívola, pero al repensarla es una obra muy profunda. En ella, Bárbara (el personaje que interpreto) se regala de cumpleaños un servicio en Casa Matriz, en el que se puede rentar a una actriz que interprete varios tipos de madres. Claramente, Bárbara tiene muchos asuntos pendientes con la suya: decirle que la quiere es el más importante. Durante toda la obra, Bárbara pide a la actriz que interprete momentos que nunca vivió o que hubiera querido vivir de otra manera con su madre.

Lo que me parece muy interesante es esta necesidad de revivir las cosas, como si el recuerdo mismo no fuera suficiente. Miro la cantidad de selfies que se toma la gente (yo incluida) en cada momento y pienso en lo que significa esta necesidad de apresar momentos, congelarlos en fotos para que nunca dejen de existir.

Mi papá odiaba las fotos. Hay pocas imágenes de mi infancia y ahora entiendo por qué: hay algo hermoso en dejar pasar los momentos, vivirlos al máximo cuando están sucediendo y después soltarlos para que se quede con nosotros sólo el sabor de boca, el olor o la sensación de la experiencia. Hay una necesidad ansiosa de atrapar cada vivencia en una foto o una selfie, y me da la impresión de que todos sentimos que se nos van los momentos, que no seremos capaces de recordarlos o revivirlos después. Sin embargo, observar una foto tampoco implica que reviviremos un instante: únicamente seremos espectadores de una experiencia que ya no está porque en vez de gozarla, estuvimos con el ojo detrás del celular tomando la foto. El beso robado, la caricia, la sensación de unas manos sobre un cuerpo, son cosas que no podemos captar en una selfie, pero que nos dejan la sensación hasta que se borren de la memoria para dejar entrar otras experiencias.

Hay que aceptar que todo se acaba y que por más que nos aferremos a documentar cada paso que damos, cada bocado que probamos, cada persona que nos topamos, todo tiene un final y los momentos no van a volver.

Bárbara, en la nueva obra que protagonizo —y que es una comedia, aunque esta columna haya adquirido un tono lúgubre—, intenta revivir la relación con su mamá y, como una junkie emocional, lo que pide es sentir. Sentir. Sentir el dolor, el amor y el arrullo. Ella es tan suertuda que en esta ficción tiene la posibilidad de que una actriz que interpreta el personaje de su madre pueda ofrecerle eso porque Bárbara no puede vivir con la culpa, las ganas de decir, las ganas de sentir: no puede aceptar su pasado como lo vivió.

Les sugiero, queridos señores míos, que cuando tengan la oportunidad digan lo que quieran decir, sientan lo que tengan que sentir, toquen lo que tengan que tocar, amen lo que necesiten amar y no esperen a tener que rentarse una madre o una novia sustituta para poderlo hacer.

 

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