Democracia a la egipcia

Democracia a la egipcia

En el segundo aniversario de la revolución que derrocó a Mubarak, se evaporan los consensos y se alimentan los conflictos.

Por: Témoris Grecko | Fecha: 24/01/13

 

Las nociones más simplistas de la democracia consideran que ésta consiste en el descarnado deseo de la mayoría, entendida tan sólo como el grupo más grande de entre quienes expresan una opinión. Las visiones más desarrolladas, en cambio, toman en cuenta otros elementos de gran importancia, como los derechos de las minorías, el papel de aquellos que no participan e incluso el peso de la variabilidad de las opiniones y los estados de ánimo en las sociedades, que es muy parecida a los cambios de humor de los seres humanos: si hoy me va mal en el trabajo, ¿es correcto que me divorcie en un arranque de disgusto? ¿O debería asegurarme de que no voy a cambiar de idea cuando los vientos soplen a mi favor?

 

En Egipto, al momento de redactar estas líneas, 10 distritos habían realizado un referéndum sobre el proyecto de Constitución Política, el sábado 15 de diciembre, y otros 17 lo iban a celebrar el sábado 22. Los datos disponibles son, por lo tanto, provisionales y sujetos a lo que decidan los electores en esa segunda ronda. Pese a ello, son también lo suficientemente contundentes como para que analistas y políticos señalen que la nueva Carta Magna, que bajo las actuales reglas sin duda será aprobada, quedará marcada por un serio cuestionamiento a su legitimidad y, además, por un nivel de exigencia inconsistentemente mayor para futuros cambios.

 

LES GUSTE O NO LES GUSTE

 

Por principio de cuentas, el 15 de diciembre apenas salió a votar el 31 por ciento del electorado en las zonas involucradas. La normatividad, impuesta por el presidente Mohamed Morsi, no establece ningún porcentaje mínimo de participación para que el proceso sea válido, de manera que podrían haber votado él y su esposa, y de todos modos tendrían que aceptarlo los 80 millones de egipcios.

 

Tampoco se definió una mayoría calificada, lo que significa que basta con la decisión del 50 por ciento más uno de los votantes para definir un resultado, sin importar la opinión del otro 49.9 por ciento. Dado que el partido de Morsi y sus organizaciones aliadas ganaron el 75 por ciento del voto para la cámara baja del Parlamento, en noviembre de 2011, se esperaba que su propuesta constitucional fuera respaldada por una mayoría incontestable, pese a lo cual el ?Sí? sólo obtuvo un 56 por ciento. Esto quiere decir que, del total de los egipcios elegibles para votar en los distritos de referencia, fue un 17 por ciento el que bastó para que el país tuviera una nueva Constitución, le gustara o no al restante 83 por ciento.

 

Se puede cuestionar el civismo de las dos terceras partes de electores que se quedaron en casa, prefirieron hacer otra cosa u optaron por boicotear el referéndum, pero hay que hacer notar que el presidente lo convocó con sólo tres semanas de anticipación. Por ello, los ciudadanos no tuvieron más que este periodo para familiarizarse y entender un texto legal de 236 artículos, con enormes repercusiones en todos los ámbitos de la vida civil, desde el papel del Estado y la religión hasta los derechos individuales.

 

En muchos países se prevé que las decisiones de mayor importancia (relativas a artículos constitucionales o leyes superiores) puedan ser aprobadas no por mayoría simple, sino por mayorías calificadas de 60 o 66.67 por ciento de los votos, para asegurar que los cambios tengan un consenso tan amplio que no sea cuestionado, que las minorías puedan oponerse a actos lesivos y que se haya construido una mayoría favorable tan grande que quede protegida de los vaivenes en el estado de ánimo.

 

CONSTITUCIÓN BLINDADA

 

No es lo que tomó en cuenta Morsi al imponer las reglas para aprobar algo tan significativo como la Constitución. Pero sí consideró pertinente incluir este tipo de mecanismos ?y muy endurecidos? para prevenir futuros cambios: cuando pide calma a sus opositores y les promete que se podrá discutir posibles modificaciones a lo que no les gusta, Morsi deja de lado que conseguirlas resultará sumamente difícil.

 

Primero, porque antes de proponer una reforma constitucional, habrá que preguntarle al Parlamento si está de acuerdo en tomarla en cuenta, y para que acepte, hará falta, ahí sí, el 66.67 por ciento de los votos. Después, un equipo de expertos tendrá que participar en su redacción. Los diputados deberán aprobarla de nuevo, con porcentaje similar, y entonces pasará a consideración de los ciudadanos en referendo.

 

En suma, el presidente se fundamentará en la decisión del 17 por ciento de los electores egipcios para establecer una Constitución blindada, irreformable.

 

No debe sorprender el malestar de la oposición. En los días tempranos de esta democracia, los Hermanos Musulmanes, el poderoso grupo político-religioso al que pertenece Morsi, dieron señales de que rechazarían coaligarse con los parlamentarios salafistas, que son islamistas muy radicales, y que preferirían asociarse con partidos liberales, izquierdistas y cristianos para diseñar un nuevo régimen político representativo de todos los egipcios.

 

No ocurrió así y se decantaron por los salafistas, con quienes redactaron un proyecto constitucional que, denuncian sus opositores, deja el país expuesto a la erección de una república islámica que cercene las libertades de las personas y afecte en especial a las mujeres y a los cristianos.

 

Morsi, los Hermanos Musulmanes y sus simpatizantes se dicen decepcionados porque los critican quienes les pidieron abrazar la democracia, y ellos lo han hecho. El problema es que la democracia es algo mucho más complejo, delicado y sensible que la burda y torpe imposición del peso de la mayoría. Así, el poder generador de consensos de la democracia se evapora y lo único que queda en pie es el escenario para el conflicto. ?Los Hermanos no serán capaces de conducir el país?, dijo Hisham Kassem, un analista político egipcio, al diario The Guardian. "Van a terminar con un fracaso del Estado."

 

Ahora que se cumplen dos años del inicio de la revolución que derrocó a Hosni Mubarak, el 25 de enero, todavía no se ve la luz al final del túnel.