Volar: la eterna obsesión del hombre

Desde Ícaro el hombre ha soñado con volar. ¿Habremos llegado a la era del vuelo individual con propulsión a cohetes?

Por: Rupert Howe | Fecha: 15/01/13

En mayo pasado, sobre el cerro del Corcovado en Río de Janeiro, reconocido por la estatua de Jesús con los brazos abiertos, un hombre se aventó al vacío desde un helicóptero. En vez de buscar la tierra como paracaidista, permaneció en caída libre antes de emprender el vuelo cual pájaro: activó unos motores de reacción miniatura, localizados en las alas de fibra de carbono que estaban amarradas a su espalda, y dio unas vueltas frente a un grupo de asombrados espectadores ubicados en la base de la estatua. Estaba volando.

 

"Fue un vuelo fantástico", aseguró el hombre pájaro suizo, Yves Rossy. "No me esperaba una sensación tan increíble. Estaba totalmente en osmosis. Era parte del momento, el lugar, los elementos, el aire. Te lo digo: por primera vez estaba llorando dentro de mi casco de tan hermoso que era".

 

En los últimos años, Rossy se ha vuelto una especie de fenómeno alado. Su espectacular vuelo en Río no sólo fue atestiguado por miles de personas, sino que fue publicado en varios diarios del mundo. Al igual que lo fue su vuelo en el Gran Cañón, en 2011. Y su recorrido de nueve minutos a través del Canal de la Mancha, en 2008. Como lo muestran estas hazañas, Rossy es tan experto en generar publicidad como en mantener su aeronave equilibrada en el aire. El delgado ex capitán de Swissair y ex piloto de guerra, de 52 años, se bautizó hace poco con el apodo de "Jetman", aunque con su arnés de alas y sus coloridos trajes parece una cruza entre Evel Knievel y Buzz Lightyear.

 

"Vemos a un humano volar y, por supuesto, pensamos en Iron Man o Superman. Volar para un humano es una súper habilidad y eso es lo que lo hace tan fascinante", dice Rossy. "En el momento que dejo el helicóptero soy como una ave".

 

La humanidad ha soñado con volar como pájaro desde hace siglos, desde Ícaro hasta Superman, de Leonardo da Vinci a R Kelly (por su canción "I Believe I Can Fly"). Incluso en nuestra era de viajes supersónicos, la fantasía de dar un brinco hacia el cielo conserva su atractivo mítico, aunque la realidad todavía requiere del uso de un poder más grande que la voluntad o las plumas. El poder de un cohete, por ejemplo.

 

El know-how ingenieril que hay detrás de un jet pack de esos que van montados atrás -como los que hemos visto en las tiras cómicas, en el cine y en la gira Dangerous de Michael Jackson-, ha existido desde hace cerca de 70 años. Pero mientras tecnologías aparentemente estrafalarias se han convertido en realidad -teléfonos con video, pantallas táctiles-, los cinturones cohete todavía representan la promesa de un futuro distante en el que competiremos por el espacio aéreo con las aves.

 

Inevitablemente, estos sueños han sido moldeados por los medios, desde los trajes y jet packs de papel aluminio de la serie Lost in Space y los mercenarios de Boba Fett en The Return of the Jedi, hasta el famoso Iron Man de Tony Stark. El cameo del jet pack más emblemático de Hollywood se dio en la película de James Bond de 1965, Thunderball, cuando Sean Connery escapa de la fortaleza de Spectre usando un backpack con cohetes que logra guardar, sin que se le mueva un pelo, en la cajuela de su Aston Martin DB5. Después, Connery-Bond dice: "A ningún hombre bien vestido debería de faltarle uno de estos".

 

Tal vez no, pero un traje de Savile Row no ofrecería la protección suficiente para un escape sobrecalentado. Volar con un jet pack es tan peligroso como parece. Las alas de Rossy cuentan con un mecanismo para dejarlas ir y con un paracaídas escondido: una ráfaga de viento inesperada o un poco de turbulencia lo podrían llevar a una caída incontrolable, como sucedió en su intento de cruzar el estrecho de Gibraltar en 2009, cuando cayó al mar.