Volar: la eterna obsesión del hombre

Volar: la eterna obsesión del hombre

Desde Ícaro el hombre ha soñado con volar. ¿Habremos llegado a la era del vuelo individual con propulsión a cohetes?

Por Rupert Howe | Fecha: 11/09/14

En mayo pasado, sobre el cerro del Corcovado en Río de Janeiro, reconocido por la estatua de Jesús con los brazos abiertos, un hombre se aventó al vacío desde un helicóptero. En vez de buscar la tierra como paracaidista, permaneció en caída libre antes de emprender el vuelo cual pájaro: activó unos motores de reacción miniatura, localizados en las alas de fibra de carbono que estaban amarradas a su espalda, y dio unas vueltas frente a un grupo de asombrados espectadores ubicados en la base de la estatua. Estaba volando.

 

"Fue un vuelo fantástico", aseguró el hombre pájaro suizo, Yves Rossy. "No me esperaba una sensación tan increíble. Estaba totalmente en osmosis. Era parte del momento, el lugar, los elementos, el aire. Te lo digo: por primera vez estaba llorando dentro de mi casco de tan hermoso que era".

 

En los últimos años, Rossy se ha vuelto una especie de fenómeno alado. Su espectacular vuelo en Río no sólo fue atestiguado por miles de personas, sino que fue publicado en varios diarios del mundo. Al igual que lo fue su vuelo en el Gran Cañón, en 2011. Y su recorrido de nueve minutos a través del Canal de la Mancha, en 2008. Como lo muestran estas hazañas, Rossy es tan experto en generar publicidad como en mantener su aeronave equilibrada en el aire. El delgado ex capitán de Swissair y ex piloto de guerra, de 52 años, se bautizó hace poco con el apodo de "Jetman", aunque con su arnés de alas y sus coloridos trajes parece una cruza entre Evel Knievel y Buzz Lightyear.

 

"Vemos a un humano volar y, por supuesto, pensamos en Iron Man o Superman. Volar para un humano es una súper habilidad y eso es lo que lo hace tan fascinante", dice Rossy. "En el momento que dejo el helicóptero soy como una ave".

 

La humanidad ha soñado con volar como pájaro desde hace siglos, desde Ícaro hasta Superman, de Leonardo da Vinci a R Kelly (por su canción "I Believe I Can Fly"). Incluso en nuestra era de viajes supersónicos, la fantasía de dar un brinco hacia el cielo conserva su atractivo mítico, aunque la realidad todavía requiere del uso de un poder más grande que la voluntad o las plumas. El poder de un cohete, por ejemplo.

 

El know-how ingenieril que hay detrás de un jet pack de esos que van montados atrás -como los que hemos visto en las tiras cómicas, en el cine y en la gira Dangerous de Michael Jackson-, ha existido desde hace cerca de 70 años. Pero mientras tecnologías aparentemente estrafalarias se han convertido en realidad -teléfonos con video, pantallas táctiles-, los cinturones cohete todavía representan la promesa de un futuro distante en el que competiremos por el espacio aéreo con las aves.

 

Inevitablemente, estos sueños han sido moldeados por los medios, desde los trajes y jet packs de papel aluminio de la serie Lost in Space y los mercenarios de Boba Fett en The Return of the Jedi, hasta el famoso Iron Man de Tony Stark. El cameo del jet pack más emblemático de Hollywood se dio en la película de James Bond de 1965, Thunderball, cuando Sean Connery escapa de la fortaleza de Spectre usando un backpack con cohetes que logra guardar, sin que se le mueva un pelo, en la cajuela de su Aston Martin DB5. Después, Connery-Bond dice: "A ningún hombre bien vestido debería de faltarle uno de estos".

 

Tal vez no, pero un traje de Savile Row no ofrecería la protección suficiente para un escape sobrecalentado. Volar con un jet pack es tan peligroso como parece. Las alas de Rossy cuentan con un mecanismo para dejarlas ir y con un paracaídas escondido: una ráfaga de viento inesperada o un poco de turbulencia lo podrían llevar a una caída incontrolable, como sucedió en su intento de cruzar el estrecho de Gibraltar en 2009, cuando cayó al mar.

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El complejo de Ícaro

 

La preocupación por la seguridad fue lo que contribuyó a que los jet packs fueran rechazados por las fuerzas armadas de Estados Unidos a finales de la década de los sesenta, pero hoy están regresando como el juguete supremo para los hombres. También hay un interés renovado sobre los impulsos psicológicos que hay detrás de este tipo de vuelo individual sin ataduras. El año pasado, los etnólogos alemanes Thomas Hauschild y Britta N. Heinrich montaron en Berlín la exposición The Art of Flying, que examinaba el vuelo desde la perspectiva cultural y científica: desde los viajes en jet, pasando por rituales chamánicos y por el complejo de Ícaro, un término acuñado por el psicólogo estadounidense Henry Alexander Murray, en 1945, para describir a personas que tienen un deseo incontrolable de "elevarse" de la tierra. Se dieron cuenta de que el impulso de volar es algo exclusivamente humano, gracias a la sofisticación de nuestro oído interno y a la habilidad de plasmar mentalmente el espacio tridimensional. "El equilibrio corporal humano y el sueño de volar", explican, "están atados a la evolución misma de los primates en humanos".

 

Como lo señalan Hauschild y Heinrich, este "sueño de vuelo" antecede a la tecnología de aviación por miles de años. Respuestas emotivas extremas, como las lágrimas de Rossy sobre Río, están ligadas a vuelos igualmente estimulantes, pero enteramente sensoriales, realizados sólo en la mente. "El vuelo tecnológico [como el que se lleva a cabo en avión] a menudo no alcanza la índole grandiosa de las vivencias de vuelo a las que accedemos en nuestros sueños o en experiencias cercanas a la muerte", dicen los etnólogos. "Pero pioneros del vuelo contemporáneos, tales como Rossy o [el piloto de globo aerostático suizo] Bertrand Piccard, comparten las mismas fantasías de vuelo que los chamanes, los yoguis y los consumidores de drogas alucinógenas".

 

 

El primer jet pack

 

Por ser el punto medio entre las restricciones tecnológicas de la aviación y el vuelo libre de los pájaros, no sorprende que los jet packs se hayan vuelto recurrentes en las cintas de ciencia ficción de las últimas décadas. El primer cinturón cohete apareció en la edición de agosto de 1928 de la publicación estadounidense Amazing Stories. En un cuento titulado Armageddon 2419 A.D., el viajero del tiempo,  "Buck" Rogers, despierta en un mundo del futuro donde la gente vuela usando unos cohetes sujetados con un arnés.

 

Rogers y su excepcional rocket pack le concedieron un éxito inmediato a su autor, Philip Francis Nowlan, generando una tira cómica, un programa de radio y una serie de películas. Sin embargo, la tecnología detrás de sus proezas aéreas se mantenía lejos de convertirse en realidad.

 

No fue sino hasta la Segunda Guerra Mundial que los jet packs fueron tema de estudios aeronáuticos serios. Científicos alemanes que habían desarrollado la bomba v1 y los misiles v2, comenzaron a experimentar con un arnés propulsado con un cohete llamado Himmelstürmer (Asalto del cielo). No era una verdadera máquina para volar, sino un pulse jet que se podía usar en trayectos cortos, ayudando a las tropas a brincar sobre campos minados o fortalezas. Un prototipo capturado fue analizado por la empresa contratista de la defensa de Estados Unidos, Bell Aerosystems, pero se consideró demasiado peligroso debido a su combustible altamente inflamable.

 

Los años de Hollywood

 

Para los escritores de ciencia ficción, los dolores de cabeza que sufren los ingenieros nunca se han interpuesto para crear una gran historia. Imágenes inverosímiles de vuelos solitarios se convirtieron en parte esencial de series y películas de posguerra como King of the Rocket Men (1949), en la que un buen samaritano, vestido de tela entallada, es propulsado por un jet. Dave Stevens volvió a visitar estos escenarios futuristas y retro para su tira cómica de los ochenta, The Rocketeer (en Los Ángeles, antes de la Segunda Guerra Mundial, un piloto se encuentra por casualidad un jet pack nazi; inspiró el filme de culto del mismo nombre de 1991).

 

Tan rebuscada como parezca la trama de King of the Rocket Men, los encargados de la planeación militar de Estados Unidos tenían sus propias fantasías con los cinturones cohete. A finales de los cincuenta, el financiamiento para la investigación de un srld (Dispositivo para Elevar con Cohete Pequeño, por sus siglas en inglés) llevó a Wendell F. Moore, ingeniero de Bell Aerosystems, a desarrollar una especie de arnés con cohete, inspirado en los recuerdos de la tira cómica de "Buck" Rogers. Montado sobre un corsé de fibra de vidrio rígido, el invento de Moore se veía como el interior de una caldera de calefacción y consumía cantidades alarmantes de un combustible de peróxido de hidrógeno. Cuando se intentó el primer vuelo el 20 de abril de 1961, cerca de las Cataratas del Niágara, el piloto Harold Graham logró despegar y llegar a una altura de casi 1.20 metros para mantenerse en el aire durante 13 nerviosos segundos, viajando una distancia de 34 metros.

 

Sin importar que tan espectaculares hayan sido esos vuelos, los altos mandos de Estados Unidos nunca se convencieron de que este aparato pudiera tener una aplicación militar seria. Tenía un rango de menos de 200 metros, una duración de menos de 21 segundos, y cada unidad necesitaba de todo un grupo de ingenieros para poner a un solo hombre en el aire. Al final de la década, el financiamiento fue retirado.

 

Sin embargo, donde el gobierno de Estados Unidos dudó, los individuos obsesionados con la tecnología vieron una oportunidad. En 1969, el inventor y empresario californiano Nelson Tyler construyó su propio cinturón cohete y contrató al piloto que había fungido como doble en Thunderball, Bill Suitor, como su asistente. Dos años después, Tyler aparecía en anuncios del whisky Canadian Club hablando sobre la emoción de llevar a cabo actividades relacionadas con el jet pack, como los "saltos en la montaña".

 

Puede ser que el jet pack de Tyler nunca haya alcanzado la producción en masa, pero sí llegó a un público masivo cuando Suitor aterrizó en la cancha dentro del estadio donde se inauguraban los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, un vuelo de 17 segundos que fue visto por 2,500 millones de personas alrededor del mundo.

 

A pesar de los esfuerzos de Tyler y Suitor, y de algunas contribuciones de la nasa, que en 1984 estrenó un backpack que ayudaba a los astronautas a maniobrar en sus caminatas espaciales, no fue sino hasta los noventa que un interés serio por los jet packs se volvió a encender. Aficionados entusiastas tomaron el reto, incluyendo a un desventurado trío de Texas, cuyas disputas internas y secuestro, en vez de su jet pack RB-2000, fueron la inspiración para la cinta de 2008, Pretty Bird.

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La era del "hágalo usted mismo"

 

El sueño del cinturón cohete se ha mantenido vivo gracias a los fanáticos del "Do It Yourself" (diy), como el inventor neozelandés Glenn Martin, que recientemente puso a prueba el "primer jet pack práctico del mundo". Pero su Martin Jetpack lo es sólo de nombre: sus aspas gemelas de rotor, alimentadas por un motor de petróleo de dos tiempos, funciona como un helicóptero. Por otro lado, es del tamaño de un Smart y no se ve muy cómodo.

 

Otro fanático del diy es Stuart Ross de West Sussex, un piloto comercial de Boeing 767 que se topó en una búsqueda de Google con "extrañas máquinas voladoras", con lo que inició un proyecto de siete años para construir en su cobertizo un prototipo funcional de cinturón-cohete. Cuando la bbc lo visitó hace un par de años, su esposa lo describió como un "loco de remate". "Tantas personas me han dicho: ?Stuart, ¡estás completamente chiflado!?", cuenta por teléfono desde su taller. "Tal vez lo estoy y ni siquiera lo sepa".

 

Al admitir sin reserva que se ha gastado 160 mil libras esterlinas en su pasatiempo, Ross insiste que la emoción de volar con un jet pack vale cada centavo gastado. También confirma que no es algo que sea para todo el mundo. "Hoy, las personas que vuelan estas máquinas son las mismas que las construyen", dice entusiasmado. "Es como construir un helicóptero para una persona sin siquiera saber si va a funcionar. Somos una media docena en todo el mundo".

 

La tecnología detrás de los cinturones cohete como el de Ross es bastante simple y no requiere utilizar combustibles de cohete altamente inflamables. Los tanques gemelos de acero inoxidable están llenos de hidrógeno de peróxido (H2O2) en altas concentraciones, presurizado, y emplean un tercer tanque de nitrógeno. Cuando el hidrógeno de peróxido pasa a través de un ensamblaje de válvulas que tiene un catalizador de plata, reacciona y crea una explosión de vapor súper caliente, que es expulsada a través de dos escapes; estos emiten cantidades de calor alarmantes y hacen mucho ruido. "El ruido es increíble", dice Ross.

 

Pero incluso un entusiasta de los rocket belts como Ross admite que la tecnología del siglo xxi lo está sobrepasando, con constructores que se están diversificando mediante backpacks impulsados por motores de jet miniatura, similares a los que usa Yves Rossy. El propio Rossy fue un ingeniero del "Do It Yourself" y empezó a construir su prototipo en su garaje. Inspirado en un inicio por el paracaidismo, el sueño de Rossy le ha llevado más de 20 años y una inversión de 200 mil libras esterlinas. Pero su deseo de "volar de la manera más natural posible" hace que su aparato se vea torpemente rígido mientras hace sus maniobras para moverse no con un alerón, ni con el poder del motor, sino con movimientos corporales.

 

La última meta

 

"No quiero reinventar los aviones", dice Rossy. "La meta es lograr una especie de vuelo puro, como el de los pájaros, usando únicamente mi cuerpo para navegar. Tengo un pequeño acelerador para controlar el poder de los motores, pero todas las vueltas y giros son controlados por mis brazos y hombros. Me arqueo para subir, me inclino hacia el frente para bajar. Tuerzo mis hombros para dar la vuelta... es como un niño cuando pretende ser un avión".

 

A pesar de la emoción casi infantil, se requiere de mucha valentía para saltar de un helicóptero con unas alas de fibra de carbón amarradas y volando a velocidades que llegan a los 280 kilómetros por hora. Poco después de que imágenes de su vuelo en Río aparecieran en YouTube, uno de los comentarios más votados decía: "¿Cómo es que se mantiene en el aire con esas pelotas tan grandes?".

 

Rossy sólo ríe. "Puede parecer un poco loco, pero es un riesgo calculado. En los 16 años en que he desarrollado esto, hubo momentos en los que no funcionó, y sí, en esos momentos tenía pelotas muy grandes. Quise renunciar cuando estuve cerca de un accidente casi fatídico. Para mí, tener pelotas grandes es eso: seguir adelante a pesar de los malos momentos".

 

La historia de Rossy sugiere que los jet packs están destinados a continuar como un pasatiempo costoso para algunas personas muy dedicadas, no obstante uno potencialmente lucrativo. Stuart Ross menciona que algunas compañías estadounidenses ganan alrededor de 12 mil libras esterlinas por un vuelo de 30 segundos. Es justo, pensarás: Bill Suitor, cuyos 1,200 vuelos lo hacen el piloto de cinturón de cohete más experimentado, comparó el intentar mantenerse en el aire a "pararte sobre una pelota que está flotando en medio de una piscina".

 

No hay duda de por qué los jet packs han mantenido su mística; menos hombres han piloteado un cohete de los que han caminado sobre la Luna (que son 12, por si te lo estabas preguntando). Y mientras el atractivo para clientes ricos es obvio, las máquinas son bastante ruidosas, muy difíciles de volar y demasiado caras. Los especialistas mexicanos en cohetes tam ofrecen una versión modernizada del Rocket Belt de Bell y la puedes ordenar. ¿Su precio? Más de 120 mil libras.

 

Y en lo que respecta a Rossy, él simplemente se siente feliz de estar ahí arriba, teniendo el punto de vista de un pájaro sobre los mejores monumentos del mundo. Admite que la edad lo está alcanzando, por lo que está entrenando a un aprendiz de 25 años de edad, el paracaidista francés Vince Reffet. Pero la mira de Rossy es estrictamente vertical; su próxima meta es establecer un nuevo récord de altura. Por supuesto, pondrá cuidado de no volar demasiado cerca del sol.