Bruce Springsteen, el último cantante de protesta

Bruce Springsteen, el último cantante de protesta

El Jefe regresó con sus críticas al sistema y una gira. Lo seguimos para ver si a alguien aún le importa lo que el jefe tiene que decir.

Por: Tom Chiarella | Fecha: 17/12/12

 

Me pareció lamentable cuando dejaron de fabricar Pontiacs, aunque sólo sirvieran para subirle todo el volumen a las estaciones de frecuencia modulada y a la música más ruidosa que podíamos encontrar, mientras buscabas un buen lugar para fumar. Aprendí a discutir sobre música en un Pontiac. Aprendí a apreciar las canciones de Bruce Springsteen en uno de esos autos. Y defendí esas canciones desarrollando el concepto de que cada palabra en sus letras era importante. En un Pontiac, un santuario rodante con ceniceros en las puertas, sus letras se convirtieron en mi primer catecismo. A mis amigos les gustaba escuchar a Rush, Genesis y Led Zeppelin, así que discutíamos sobre eso. Eran los tiempos en que todos oíamos fm, incluso antes de los reproductores de cassettes. No había elección. Pero yo esperaba, manejando sin destino, hasta que ponían a Bruce: un adolescente tratando de ser un espíritu nocturno. Toda la noche.

 

Ahora hay demasiada música y, probablemente, pocos argumentos para la discusión. Hay menos gente que quiera salir a pasear en auto y escuchar canciones que no hayan elegido ellos mismos. Y nadie discute con sus amigos por lo que ponen en sus listas de reproducción. Yo, en cambio, sigo analizando la música, la del Jefe. No es que él se entere, claro está. No le discuto nada a Nebraska, el oscuro himno suicida de 1982. Tampoco a The Ghost of Tom Joad, de 1995, que no tiene ni un átomo fuera de su lugar. Ni a The Rising: un material cargado de tristeza, que surgió en las noches polvorientas que siguieron al 11 de septiembre, cuando Bruce tenía unos cuantos temas bíblicos que rumiar. Pero también ha fallado, y no voy a dejar de decirle sus verdades: Human Touch, el álbum de 1992, grabado con una banda huérfana, fue un desastre. En serio. Y no me importa que Born in the U.S.A. haya vendido más de 20 millones de copias y haya tenido siete éxitos en la lista de los Top Ten. No me parece bien que un hombre que ha logrado crear por lo menos cinco discos impecables se conforme con menos.

 

Por ejemplo, veamos las dos primeras frases de la canción que le da título a su nuevo disco Wrecking Ball (bola de demolición), lanzado en el Año de nuestro Señor de 2012: I was raised outta steel here in the swamps of Jersey, some misty years ago.

 

¿Los pantanos de Jersey? ¿Es en serio esto? ¿Más mitología sobre ese deshuesadero devorado por la ciudad? ¿Y eso de "crecer alimentándose de acero"? Está cantando como si fuera la voz del viejo estadio de los Giants, según me explican, pero incluso el egocentrismo obrero pondría objeciones a esa imagen. ¿Y qué tal eso de adjetivar con "neblinosos"  (misty) los años? Qué chulada. Por tonto que me haga parecer, debo decir que ese par de líneas casi me impiden escuchar el resto del álbum. Así soy yo.

 

Cualquier fan de Springsteen -cantinero en fiestas, cajero de banco, jardinero, maestro, asfaltador, cerrajero, abogado, técnico de una empresa telefónica, mesera, vulcanizador, matemático- debe tener fe en que las letras de las canciones dicen lo que dicen por algo. Después de escuchar a Bruce cantar "I don?t give a damn for just the in-betweens" (no me conformo con medias tintas) en "Badlands", hace 34 años, esa frase se convirtió en uno de mis lemas. ¿Creen que para escribir eso consultó un diccionario de rimas?

 

Obviamente seguí escuchando Wrecking Ball que, luego de ese tropiezo inicial, se convierte en un disco de protesta hecho y derecho. Springsteen arremete contra los bancos por defraudar la confianza de la gente. Declara la compasión como prioridad nacional. Habla de la muerte de las ciudades, como suele hacerlo; ciudades como la que me vio crecer. Las voces narrativas de sus canciones, furiosas, devastadas, llaman a la destrucción y a la muerte. Éste sí es el disco del año -olvídense de Adele, Beyoncé y Mumford & Sons- no por sus cifras de ventas, sino porque se ha vendido (no para romper récords, pero sí bastante) a pesar de su mensaje: una especie de anarquía que busca desmarcarse del pasado reciente. Es un álbum en el que la memoria, no olvidar las cosas, es la única vía para el perdón. La pregunta es: ¿alguien lo escucha de verdad?

 

 

Antes de este año, la última vez que vi al Jefe fue en televisión, en el medio tiempo del Super Bowl de 2009, y cantó como si supiera que estaba vendiendo algo. Dijo algo así, y yo traté de olvidar esa actuación. No me costó trabajo.

 

Tal vez por eso, en el estacionamiento de The Palace en Auburn Hills, Michigan, 12 conciertos después del inicio de su presente gira, una hora con 45 minutos antes de que comience a cantar, me siento reticente. Es la primera de sus actuaciones que veré, de un pequeño circuito por el Rust Belt (ciudades post industriales de Estados Unidos) y luego lo seguiré al oeste, hasta California, con la idea de averiguar por qué la gente sigue yendo a verlo y si es que tiene algo que ver con protestar.

 

Hordas vociferantes se agolpan en las diversas entradas. Las mujeres llevan bebidas azucaradas en vasos de plástico, los hombres se apretujan y avanzan a empujones. A cada persona que pasa le pregunto: ¿Te gusta el nuevo disco? Ninguno lo ha oído muy bien que digamos, la mayoría ni siquiera conoce una canción y tres veces me mandan a la chingada.

 

Total, por fin entramos y, ya en las gradas, veo que a mi lado hay un viejo de pelo erizado, con una gorra de hockey, sin rasurar, con un olor a pimienta negra y la mano contraída, que avanza con ayuda de unas muletas bastante usadas. Afirma que ha logrado entrar a cada concierto y evento deportivo que se ha presentado en Auburn Hills en la última década, simplemente apostándose a la entrada del estadio y pidiéndole a la gente un boleto que les sobre. "Mira qué buen lugar me tocó. Quiero escribir un libro sobre este asiento, sobre todos los excelentes lugares donde me ha tocado sentarme. He visto muchas historias aquí. Piensa todo lo que he visto. Sí, voy a escribir ese libro", dice. "De título, le tienes que poner El gorrón", sugiero. Luego me cuenta sus penas. Que la pierna le duele todo el tiempo. Que no puede manejar y por eso sigue viviendo con su mamá, que va a venir por él acabando el concierto. Casi suena a canción de Bruce Springsteen.

 

Minutos después, la banda abre con "We Take Care of Our Own" (cuidamos a nuestra gente), la ácida y crítica canción del músico de New Jersey con la que abrieron los premios Grammy de este año, donde fue el primer artista en subir al escenario, incluso antes de que comenzaran los homenajes a Whitney Houston. Sigue precisamente "Wrecking Ball", que suena mucho mejor así, a un volumen estruendoso y con un ritmo que recuerda un poco el de una banda de guerra. En el intermedio, le pregunto a "El Gorrón" qué opina. "Pues que hay que derrumbarlo todo, claro. Eso es lo que dice el Jefe", explica. "Yo estoy de acuerdo. Tirar toda esta mugre ciudad, todo el estado, de una vez. Acabar con todo esto". Y golpea con el puño retorcido en la palma de su mano buena. "Una bola de demolición rompe todo, no deja nada en pie".

 

En los siete conciertos que veo durante las siguientes dos semanas, "El Gorrón" es el único tipo que le entiende a esa canción. Y sólo la escuchó una vez. Después de eso, dejo de ponerle peros a la letra.