Bruce Springsteen, el último cantante de protesta

Bruce Springsteen, el último cantante de protesta

El Jefe regresó con sus críticas al sistema y una gira. Lo seguimos para ver si a alguien aún le importa lo que el jefe tiene que decir.

Por Tom Chiarella | Fecha: 11/09/14

 

Me pareció lamentable cuando dejaron de fabricar Pontiacs, aunque sólo sirvieran para subirle todo el volumen a las estaciones de frecuencia modulada y a la música más ruidosa que podíamos encontrar, mientras buscabas un buen lugar para fumar. Aprendí a discutir sobre música en un Pontiac. Aprendí a apreciar las canciones de Bruce Springsteen en uno de esos autos. Y defendí esas canciones desarrollando el concepto de que cada palabra en sus letras era importante. En un Pontiac, un santuario rodante con ceniceros en las puertas, sus letras se convirtieron en mi primer catecismo. A mis amigos les gustaba escuchar a Rush, Genesis y Led Zeppelin, así que discutíamos sobre eso. Eran los tiempos en que todos oíamos fm, incluso antes de los reproductores de cassettes. No había elección. Pero yo esperaba, manejando sin destino, hasta que ponían a Bruce: un adolescente tratando de ser un espíritu nocturno. Toda la noche.

 

Ahora hay demasiada música y, probablemente, pocos argumentos para la discusión. Hay menos gente que quiera salir a pasear en auto y escuchar canciones que no hayan elegido ellos mismos. Y nadie discute con sus amigos por lo que ponen en sus listas de reproducción. Yo, en cambio, sigo analizando la música, la del Jefe. No es que él se entere, claro está. No le discuto nada a Nebraska, el oscuro himno suicida de 1982. Tampoco a The Ghost of Tom Joad, de 1995, que no tiene ni un átomo fuera de su lugar. Ni a The Rising: un material cargado de tristeza, que surgió en las noches polvorientas que siguieron al 11 de septiembre, cuando Bruce tenía unos cuantos temas bíblicos que rumiar. Pero también ha fallado, y no voy a dejar de decirle sus verdades: Human Touch, el álbum de 1992, grabado con una banda huérfana, fue un desastre. En serio. Y no me importa que Born in the U.S.A. haya vendido más de 20 millones de copias y haya tenido siete éxitos en la lista de los Top Ten. No me parece bien que un hombre que ha logrado crear por lo menos cinco discos impecables se conforme con menos.

 

Por ejemplo, veamos las dos primeras frases de la canción que le da título a su nuevo disco Wrecking Ball (bola de demolición), lanzado en el Año de nuestro Señor de 2012: I was raised outta steel here in the swamps of Jersey, some misty years ago.

 

¿Los pantanos de Jersey? ¿Es en serio esto? ¿Más mitología sobre ese deshuesadero devorado por la ciudad? ¿Y eso de "crecer alimentándose de acero"? Está cantando como si fuera la voz del viejo estadio de los Giants, según me explican, pero incluso el egocentrismo obrero pondría objeciones a esa imagen. ¿Y qué tal eso de adjetivar con "neblinosos"  (misty) los años? Qué chulada. Por tonto que me haga parecer, debo decir que ese par de líneas casi me impiden escuchar el resto del álbum. Así soy yo.

 

Cualquier fan de Springsteen -cantinero en fiestas, cajero de banco, jardinero, maestro, asfaltador, cerrajero, abogado, técnico de una empresa telefónica, mesera, vulcanizador, matemático- debe tener fe en que las letras de las canciones dicen lo que dicen por algo. Después de escuchar a Bruce cantar "I don?t give a damn for just the in-betweens" (no me conformo con medias tintas) en "Badlands", hace 34 años, esa frase se convirtió en uno de mis lemas. ¿Creen que para escribir eso consultó un diccionario de rimas?

 

Obviamente seguí escuchando Wrecking Ball que, luego de ese tropiezo inicial, se convierte en un disco de protesta hecho y derecho. Springsteen arremete contra los bancos por defraudar la confianza de la gente. Declara la compasión como prioridad nacional. Habla de la muerte de las ciudades, como suele hacerlo; ciudades como la que me vio crecer. Las voces narrativas de sus canciones, furiosas, devastadas, llaman a la destrucción y a la muerte. Éste sí es el disco del año -olvídense de Adele, Beyoncé y Mumford 3Sons- no por sus cifras de ventas, sino porque se ha vendido (no para romper récords, pero sí bastante) a pesar de su mensaje: una especie de anarquía que busca desmarcarse del pasado reciente. Es un álbum en el que la memoria, no olvidar las cosas, es la única vía para el perdón. La pregunta es: ¿alguien lo escucha de verdad?

 

 

Antes de este año, la última vez que vi al Jefe fue en televisión, en el medio tiempo del Super Bowl de 2009, y cantó como si supiera que estaba vendiendo algo. Dijo algo así, y yo traté de olvidar esa actuación. No me costó trabajo.

 

Tal vez por eso, en el estacionamiento de The Palace en Auburn Hills, Michigan, 12 conciertos después del inicio de su presente gira, una hora con 45 minutos antes de que comience a cantar, me siento reticente. Es la primera de sus actuaciones que veré, de un pequeño circuito por el Rust Belt (ciudades post industriales de Estados Unidos) y luego lo seguiré al oeste, hasta California, con la idea de averiguar por qué la gente sigue yendo a verlo y si es que tiene algo que ver con protestar.

 

Hordas vociferantes se agolpan en las diversas entradas. Las mujeres llevan bebidas azucaradas en vasos de plástico, los hombres se apretujan y avanzan a empujones. A cada persona que pasa le pregunto: ¿Te gusta el nuevo disco? Ninguno lo ha oído muy bien que digamos, la mayoría ni siquiera conoce una canción y tres veces me mandan a la chingada.

 

Total, por fin entramos y, ya en las gradas, veo que a mi lado hay un viejo de pelo erizado, con una gorra de hockey, sin rasurar, con un olor a pimienta negra y la mano contraída, que avanza con ayuda de unas muletas bastante usadas. Afirma que ha logrado entrar a cada concierto y evento deportivo que se ha presentado en Auburn Hills en la última década, simplemente apostándose a la entrada del estadio y pidiéndole a la gente un boleto que les sobre. "Mira qué buen lugar me tocó. Quiero escribir un libro sobre este asiento, sobre todos los excelentes lugares donde me ha tocado sentarme. He visto muchas historias aquí. Piensa todo lo que he visto. Sí, voy a escribir ese libro", dice. "De título, le tienes que poner El gorrón", sugiero. Luego me cuenta sus penas. Que la pierna le duele todo el tiempo. Que no puede manejar y por eso sigue viviendo con su mamá, que va a venir por él acabando el concierto. Casi suena a canción de Bruce Springsteen.

 

Minutos después, la banda abre con "We Take Care of Our Own" (cuidamos a nuestra gente), la ácida y crítica canción del músico de New Jersey con la que abrieron los premios Grammy de este año, donde fue el primer artista en subir al escenario, incluso antes de que comenzaran los homenajes a Whitney Houston. Sigue precisamente "Wrecking Ball", que suena mucho mejor así, a un volumen estruendoso y con un ritmo que recuerda un poco el de una banda de guerra. En el intermedio, le pregunto a "El Gorrón" qué opina. "Pues que hay que derrumbarlo todo, claro. Eso es lo que dice el Jefe", explica. "Yo estoy de acuerdo. Tirar toda esta mugre ciudad, todo el estado, de una vez. Acabar con todo esto". Y golpea con el puño retorcido en la palma de su mano buena. "Una bola de demolición rompe todo, no deja nada en pie".

 

En los siete conciertos que veo durante las siguientes dos semanas, "El Gorrón" es el único tipo que le entiende a esa canción. Y sólo la escuchó una vez. Después de eso, dejo de ponerle peros a la letra.

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Crecí en Rochester, Nueva York, una versión reducida y menos devastada de Detroit; una ciudad igualmente vacía, pero más hermosa, llena de subidas y bajadas y con edificios más importantes que Buffalo (la segunda parada de la gira a donde sigo a Springsteen), que es, básicamente, un fuerte amurallado contra el resto del mundo. Mi padre murió en Albany (el tercer punto de mi recorrido) hace cuatro años, así que también conozco esa aldea. Y sigue Cleveland (la cuarta), que parece estar en bastante buena forma, comparada con el resto del Rust Belt. Así que no provengo del mundo de los problemas de los que hablaba Springsteen en sus primeros trabajos. Fábricas, motores, inquietud social, obreros que trabajarán sin ningún ascenso, estacionamientos, padres iracundos y desempleados, vagabundeos y arrancones en autos viejos, escapes. Algo de eso me toca, pero no del todo. Mi descubrimiento de su música llegó sin aspavientos, de repente, un día en que escuché Born to Run en una tornamesa, como una revelación que comenzó justo con la primera línea de la letra de la primera canción, que vi en mi mente como una fotografía: "The screendoor slams, Mary?s dress waves". (La puerta de tela de mosquitero se azota y el vestido de Mary ondea en el aire.) Eso, amigos míos, es escribir en serio. Dos elementos: un sonido y un movimiento. Un par de frases y puedes ver la escena completa: la puerta trasera de la casa, el patio, la cochera, cómo ella baja de su cuarto y sale, se escapa, huye, esperanzada. Incluso puedo ver los pechos de Mary, debo confesar. Me sabía de memoria toda la letra de "Thunder Road" al día siguiente de haber comprado el disco. En ese entonces no tenía idea de a qué se refería con eso de llevar a la chica a la tierra prometida, pero claro que desde entonces la he visitado con la mayor frecuencia posible.

 

Años después, he visto multitudes de hombres y mujeres cantando con todas sus fuerzas "Thunder Road", concierto tras concierto. Cuando era un chamaco en mi Pontiac, creía que este fenómeno cantor significaba que, si bien todos en los conciertos éramos admiradores de Bruce, los que amábamos esa canción éramos una legión aparte, que apreciar la historia que en ella se cuenta nos volvía especiales. Ahora me parece que simplemente habla de lo que todas sus canciones expresan: que no estamos solos en querer algo más, algo mejor.

 

En marzo, poco después del lanzamiento de Wrecking Ball, Springsteen dio el discurso que inauguró la parte musical del festival South by Southwest (sxsw) en Austin. Habló sobre sus influencias y se extendió sobre Eric Burdon and The Animals. Luego tomó una guitarra acústica Takamine negra, comenzó a rasgar sus cuerdas con un ritmo familiar, y cantó, lentamente, parte de la letra de "We Gotta Get Out of this City", un tema clásico de Burdon donde habla de crecer en un barrio de clase baja, en el que la gente te dice que no tiene caso intentarlo y ves morir a tu padre, acabado por años de trabajo incesante. Un sitio del que hay que escapar a como dé lugar, para ir en pos de una vida mejor. Al terminar, Bruce abrió los ojos, miró a la audiencia y dijo: "Eso mismo dice la letra de todas las canciones que he escrito".

 

 

 

Nunca puedes acercarte lo suficiente a Springsteen. No puedes plantearle otra vez una pregunta que le han hecho miles de veces. Así que nunca lo he hecho. Pero me ha tocado estar a su lado en tres ocasiones, por pura casualidad. Aunque tenía mucho que decirle, las tres veces ha sido él quien me ha dirigido la palabra.

 

En 1978, en la Rochester War Memorial Arena, me abrí paso para llegar hasta el escenario, como solamente los más jóvenes y esbeltos pueden hacerlo. Estaba tratando de esquivar a los de seguridad cuando un cabello rizado empapado en sudor, que ocultaba una gran sonrisa, se acercó a ese rincón tras bambalinas para tomar una guitarra que le tenía preparada uno de los técnicos. Era él, y sonó como un ser de otro mundo cuando me gritó, por encima del estruendo del público: "Qué buena noche. Es una gran noche, ¿verdad?". Sé qué edad tenía yo, y soy más joven que él. Pero lo único que se me ocurrió fue que era un chamaco, y que ya llevaba años en los escenarios. Para ese entonces ya había salido en las portadas de Time y Newsweek con "Rosalita" y Born to Run, y estaba en la gira de Darkness on the Edge of Town. Recuerdo que pensé: "Tengo que ponerme a trabajar, en serio". Y no pensé en que Bruce me había hablado.

 

Ni siquiera me sorprendió, porque Springsteen te habla todo el tiempo en el escenario. Al oído. Siempre he sentido como si Bruce estuviera parado frente a todos nosotros, hablándonos por un megáfono distinto cada vez, el que elige para cada ocasión. Más de tres décadas después, ése es el pacto fundamental de la gira Wrecking Ball, de cada una de sus interpretaciones: Yo les diré cosas. Ustedes cantarán conmigo.

 

En Albany, me toca estar rodeado de una muchedumbre que espera para entrar al estadio, luciendo jeans de miles de pesos y haciéndose los muy banda con sus gorras de beisboleros y sus camisetas desgarradas a propósito, sobre sus cuerpos bronceados por las vacaciones en la playa. Puedo afirmar que pocos de ellos vienen aquí a escuchar las canciones del nuevo álbum. Algunos sólo quieren completar su colección de boletos de conciertos, comprar la camiseta conmemorativa, y corear "Brilliant Disguise" o "Spirit in the Night", cada uno atrapado en su correspondiente año del calendario chino de Springsteen.

 

"Yo vengo a oír sus clásicos", me dice un tipo. Su mujer se une a la plática: "Pero no la de ?Born in the U.S.A.? Cuando cante ésa, yo aprovecho para ir al baño". "A mí sí me gusta", dice el esposo. Empieza a cantarla, y la gente de la fila lo sigue. "Te gusta nada más porque naciste en Líbano", agrega la señora, dándole un codazo. Y el hombre sigue cantándola a voz en cuello.

 

Los demás espectadores se dan cuerda entre ellos, y una mujer me enseña el punto exacto de sus caderas donde alguna vez el guitarrista Nils Lofgren le dio un autógrafo. En Cleveland, en un bar elegante, donde seguramente hace 10 años los banqueros de la ciudad brindaban mientras le daban en la torre a su propia ciudad. Otra mujer me enseña la foto de un coco, y afirma que el fruto cayó de una palmera del jardín de la casa de Springsteen en Florida. En cada punto de la gira veo al mismo tipo vendiendo la oportunidad de posar junto a un cartel enorme que reza: "Springsteen para presidente".

 

Ya en los conciertos, rodeado por esa luz dulzona de atardecer que envuelve siempre a los estadios, el público pide canciones viejas, y Bruce no se agobia. Parece que toca sus viejos éxitos porque le gustan esas canciones, por lo que representan para la gente, porque así puede llevarlos a conocer las de Wrecking Ball antes de llegar a los puntos culminantes del concierto. Admite, sin falsas modestias, que es un buen guitarrista, que no necesita ayuda en ese departamento. Afirma que escribió las canciones de este nuevo disco porque no le parecía notar "un sentimiento evidente de enojo" en la población de su país. Señala el obvio sarcasmo de "We Take Care of Our Own" (sarcasmo que el Comité Nacional Demócrata puede o no haber captado cuando la voz irónica de Bruce entró al aire, en cuanto el presidente Obama terminó su discurso en la convención celebrada en septiembre). Cada noche, la gente deja pasar las canciones de este último disco. Y el cantante pregunta si están enojados. Se vuelve hacia su banda, con integrantes viejos y nuevos, temporales y permanentes, hasta llevar las canciones al tono iracundo que necesita.

 

Bruce Springsteen podría prender al Polo Norte. No aleja a nadie. Ni a los jóvenes, que no lo conocieron en sus inicios, ni a los rudos, ni a los desdeñosos. Puede motivar, sacudir, exhortar, dar tregua. Se pavonea en escena, la recorre de un lado a otro. Chilla un poco en su propia "prendidez", en una onda un poco a lo James Brown.

 

La semejanza a un servicio religioso no se oculta: es el llamado de un hombre de alma inmensa, que regresa cuando más se le necesita. Y ahora lo necesitamos. Springsteen -que se ve como sea, menos viejo, especialmente bajo su propio hechizo, mientras canta- es un predicador que pisa fuerte con sus botas para recordarle a la gente que debe "aferrarse a su furia", "encontrar a los bastardos y dispararles en caliente" y seguir "atravesando penosamente la oscuridad en un mundo desquiciado", para encontrar que "a veces el mañana viene empapado de sangre y tesoros". Esas citas son actuales, tomadas directamente del nuevo disco. Y en Albany, la multitud grita cuando Springsteen arremete con "Death to My Hometown", la diatriba de estilo irlandés del disco, con una letra en contra de los abusos de los banqueros. "Ellos trajeron la muerte a nuestra ciudad, muchachos. Muerte a nuestra ciudad". Cuando ves cómo la canta durante varias noches, no queda más que pensar que sí lo están oyendo, que la gente canta con él, patea el suelo en el coro y, por un momento al menos, escuchan de verdad.

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La segunda vez que Springsteen me habló fue en Indianápolis, en 2002, cuando yo ya estaba más grande y podía entender las cosas. Supuestamente. No lo había visto en más de 10 años, y pasé la tarde horneando unos brownies aderezados con demasiada marihuana, y de la más cara. Cuando llegamos al backstage, mis amigos empezaron a pasarlos y a atascarse. No es que hicieran desmanes, nada más estaban muy pachecos. Pero, como esto sucedía meses después del 11 de septiembre, los policías, temiendo que se tratara de bombas de ántrax, intervinieron cuando algunos perdieron la vertical. El concierto se pospuso y todo mi grupo de amigos salió en camillas, susurrando historias de portada en el camino a la clínica improvisada detrás del escenario, donde le repetíamos a las enfermeras una sola palabra: ostiones. Había ostiones crudos en la barra de alimentos para los músicos y su gente. El propio Bruce se asomó rápidamente, antes de subir a cantar, mientras yo hablaba con uno de los oficiales. Por supuesto, se había enterado de nuestra emergencia. "¿Todo bien por acá?", preguntó. Yo apreté mis resecos labios y asentí con la cabeza. Un policía le contestó que todo estaba bajo control, y mencionó los ostiones. "Les tenemos buenos lugares", dijo Springsteen. "Ahorita los llevan a sus asientos". Y tampoco dije nada esta vez.

 

 

Juro que yo veía que Bruce murmuraba "ostiones" dirigiéndose a nosotros en el concierto, y yo estaba aterrorizado y más puesto que nunca. Y nunca le dije a mis amigos que Springsteen me había hablado.

 

A la mañana siguiente platiqué con mi abogado. Me aconsejó dejar la marihuana. "¿Sabes que Bruce no se mete ninguna droga?", preguntó. Y sí, lo sabía. Luego le dije al abogado algo que él también ya sabía: "Bruce es mucho más inteligente que la mayoría de nosotros".

 

 

 

En Albany, voy al concierto con un viejo amigo, al que conozco desde que éramos niños. Este hombre ha pasado por varios trabajos en los últimos años: bienes raíces, ventas, mensajería, reparaciones caseras. Hace seis meses consiguió un trabajo de nivel medio en el gobierno, y no lo ha soltado. "El trabajo. Es bueno tenerlo", me dice mientras tomamos una copa antes de entrar al concierto. Meses antes, no le iba nada bien, me cuenta. Incluso, en algún momento, fue repartidor de periódicos para ganar un poco de dinero extra. Tenía que levantarse a las 3:20 de la madrugada para cargar su camioneta. Cuando regresaba a casa, sus hijos se estaban levantando para desayunar.

 

Hay una canción en el disco sobre un tipo como él, que trabaja de lo que sea con tal de mantener a su familia. "Eres tú", le digo. "Eres el héroe de esa canción". Y aunque en ese momento se oye torpe y brusco decírselo en el bar, cuando Springsteen comienza con "Jack of All Trades", tengo que darle un codazo cómplice. La canción comienza suavemente, enlistando los trabajos que un hombre ofrece, los que puede y sabe hacer: cortar el pasto, limpiar las hojas que se acumulan en el desagüe, arreglar el techo para que no se cuele la lluvia.

 

Soy un idiota. Ni siquiera puedo ver a mi amigo a los ojos, así que pretendo estar completamente concentrado en lo que canta Springsteen, sin la banda, bajo un solitario reflector. ¿De dónde saqué la idea de que esta triste balada -que suena a la vez resignada y decidida, por sobre un ritmo calmado, pero que te eriza la piel- le traería algún consuelo a mi amigo? ¿Acaso se me olvidó que, cuando te das cuenta de algo gracias a una canción de Springsteen, esa toma de conciencia es personal y privada? Mi amigo no dice nada. Y luego sucede: la canción cambia, del discurso y la imaginería de un impermeabilizador desempleado, hasta alcanzar una furia decidida y creciente que me había sonado fuera de lugar al escucharla por primera vez, antes del concierto. La letra habla de que, si el narrador tuviera una pistola, buscaría a los bastardos esos y les dispararía en caliente. Y de que es un milusos, así que su familia estará bien.

 

La canción termina. Mi amigo no reacciona, actúa como si yo nunca le hubiera sugerido ponerle atención a toda la rabia que contiene. Pero luego asiente con la cabeza y, como si hasta ese momento nada le hubiera gustado demasiado, por fin exclama: "qué chingona canción". Y, para mí, esa es la prueba de que mi amigo realmente la escuchó, de que el mensaje de Bruce sí le llega a la gente. No estás solo.

 

 

La tercera vez en mi vida en que Springsteen me habla, no alcanzo a escuchar lo que dice. Está recostado sobre las palmas de una docena o más de sus fans, en Buffalo, a metro y pico del suelo, en un estadio de hockey: un hombre de 62 años, haciendo crowdsurfing. Yo estoy solo, y en medio de la muchedumbre. Bruce parece un espíritu que llega flotando hasta mí, y trato de alcanzarlo con ambas manos, aunque traigo una cerveza en una de ellas. Por fin logro tocarlo. Y entonces, Bruce Springsteen me tira el vaso de cerveza en la cabeza.

 

Se siente bien. Él se ríe, y me grita algo que en ese momento no entiendo. Es un hombre de edad "neblinosa", sí señor, que avanza montado en las manos de una masa de desconocidos, levitando en medio de todos nosotros. En la enorme pantalla del estadio, la escena parece -predeciblemente- una crucifixión en el aire, sobre manos alzadas, pero sin vestigios de miedo ni de enojo. Para entonces, ya han pasado más de tres cuartas partes del concierto, ya transcurrieron más de dos horas y queda una más. El hombre, el Jefe, ha estado en su mejor momento, como siempre, para transmitirle a su público lo que siente: una mezcla de euforia, cansancio bien ganado y una buena dosis de ira justiciera. Y en ese instante pienso en todo lo que quiero cantar de su obra. Sí, quiero quemar todo eso. Dejarlo atrás. Derrumbarlo. Ir por más. Demolerlo. Aquí y ahora. Lo que Bruce diga. Siempre.

 

Sí, volvió a hablarme, por tercera vez. Y yo no alcanzo a oír bien, así que me pongo la mano en la oreja y pregunto: "¿Qué dijiste?". Y Springsteen contesta: "Que te debo una cerveza". Se aleja, en manos de la multitud, pero esta vez lo escucho claramente. Y le voy a tomar la palabra. Siempre lo he hecho.