Las ruinas del imperio de Joe Paterno

Las ruinas del imperio de Joe Paterno

Ésta es la historia de dos hijos. La confesión de uno acabó con el padre del otro, El coach leyenda de Penn State.

Por Luke Dittrich | Fecha: 11/09/14

 

Lo único que revelaremos es que lleva puesto su uniforme de corredor.

Shorts, playera de tirantes.

Un par de tenis Asics de pista.

Antes de colocarse en la línea de salida, da un brinquito extraño y sacude las piernas una última vez, antes de ponerlas en acción.

Cuando ya está en posición de "listos", se agacha mucho más que sus tres jóvenes rivales.

No podemos decir de qué color es su cabello, pero podemos decir que no es del color original. Se lo tiñe con frecuencia, espontáneamente, casi por capricho.

No voltea a ver al juez de partida cuando éste levanta la pistola de salida, ni siquiera porque lleva puesta una camisa naranja fluorescente.

Fija la mirada en la pista y espera el disparo.

Supongo que podemos decir que sus ojos son verdes.

Su piel es blanca y su cara, como la de muchos adolescentes de 18 años, está salpicada de acné.

Mientras llega el disparo de salida, conviene aclarar que hace cinco años, cuando apenas entraba en la adolescencia, su piel era tersa, inmaculada.

 

Jay Paterno está en el bar del sótano de un restaurante italiano, propiedad de un amigo suyo. De pie, demasiado cerca de su interlocutor para incomodarlo a propósito, finge bañarse, levanta un brazo y pretende enjabonarse la axila. Dice que las regaderas en los vestidores del edificio de futbol americano no son tan estrechas, no se está tan apretado. Es posible bañarse junto a alguien sin invadir su espacio personal.

No lo malinterpreten: no está negando los hechos horribles que sucedieron, que algunos muchachos hayan resultado heridos, ni que haya sido una tragedia.

Está diciendo que en ocasiones bañarse es sólo eso.

Que no siempre es un acto criminal.

Los jugadores de futbol americano se bañan juntos. A veces los mayores se bañan con los menores. Y a veces? Es mejor no seguir.

Son sólo palabras.

Incluso si tuviera un argumento que convenciera a su interlocutor, Jay Paterno no podrá recuperar lo que ha perdido.

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El médico no ha leído nada sobre la noticia.

 

Ha escuchado algo en el radio de camino al trabajo, o en fragmentos de conversaciones. Es inevitable enterarse de algunos detalles aquí y allá. Uno no tiene puestos tapones para los oídos.

 

Aunque sí se puede desviar la mirada. No tenemos por qué ver lo que no queremos.

 

Wayne Sebastianelli es el médico principal del equipo de futbol americano de la Universidad de Pennsylvania, o Penn State. Conoce -mejor dicho conoció-, al coach hace 24 años. Recuerda su primer encuentro en el campo de entrenamiento. Fue en 1988, durante la primera temporada perdedora del entrenador. Sebastianelli jugó futbol americano en la universidad, era guardia nariz en el equipo de Rochester. Se dieron la mano, y luego el coach lo miró con los ojos entrecerrados, a través de sus famosos lentes de fondo de botella. Con su también característico acento, que delataba su origen neoyorquino -de

 

Brooklyn, específicamente-, le dijo:

"¡Me acuerdo de ti! Eras muy bajo, lento y débil para jugar en Penn State."

Sebastianelli recuerda cuál fue su respuesta.

"Ya sé que no pude jugar para ti porque no era un buen jugador, pero ahora soy un buen médico y voy a cuidarte a ti y a tu equipo."

Y es lo que ha hecho durante décadas.Ha cuidado al coach y a sus equipos. Los atiende. Y a veces les brinda tratamiento preventivo.

 

Hay una gran fotografía de hace algunos años, durante un partido contra la Universidad de Temple. En ella, Sebastianelli está tacleando a un corredor rival que salía del campo a toda velocidad y estaba a punto de estrellarse contra el coach.

 

El doctor Sebastianelli estaba en la banca, como siempre, esperando a que las lesiones se produjeran. "Era tercera oportunidad y seis, así que calculé que, si la jugada se dirigía hacia nosotros, irían directo a la marca del primero y diez. Me coloqué unas ocho yardas a la derecha de la marca. Tan pronto empezó la jugada, me di cuenta que el coach estaba al lado de la marca. Temple ejecutó un pase pantalla y todos se movieron hacia la línea de banda, así que empecé a caminar más rápido y, en cuanto el jugador se dirigía a la marca, lo derribé."

 

Protegió y atendió al coach siempre que le fue posible, como la vez que un grupo de jugadores lo derribó durante un partido y le rompió una de sus frágiles piernas. Cuando este asunto empezó, en noviembre de 2011, decidió no ponerle atención. Pero era inevitable que se enterara de los datos generales: Jerry Sandusky, el coordinador defensivo de Penn State desde 1977, fue arrestado por múltiples cargos de abuso sexual de menores. Al coach se le implicó en el caso cuando se hizo público que, una década antes, un asistente le dijo que había visto a Sandusky en un acto de naturaleza sexual con un menor en las regaderas del edificio de futbol americano.

 

El doctor Sebastianelli prefiere no enterarse de nada más. Quizá sea la única persona en la ciudad que no ha visto ni de lejos el reporte de 23 páginas del gran jurado, esa antología de relatos despiadados que inculpan.

 

Víctima 1. Víctima 2. Víctima 3. Víctima 4. Víctima 5. Víctima 6. Víctima 7. Víctima 8.

 

"El caso puso en duda nuestras creencias, nos dejó muy confundidos", dice. "Es evidente que nada está claro: qué es cierto, qué es falso, qué es realidad, qué es ficticio." Así que no intentó esclarecer o entender lo que había pasado. No se preguntó qué tanto sabía el coach y por qué no hizo más. Decidió, más bien, bloquearlo todo, desviar la mirada, mantener esa información lejos de su mente para que no contaminara sus recuerdos, sus certezas.

 

Para seguir haciendo lo que siempre ha hecho.

 

"A todos nos preocupaba el coach", dice. "Para mí era lo importante."

"Me interesaba cuidar al equipo."

"Proteger al coach y a su familia."

"Ésos eran mis objetivos."

"Estaba tan concentrado en lo que tenía que hacer, que lo demás era?".

No termina la frase.

La velocidad con la que sucedieron las cosas fue muy rápida, irreal. El consejo administrativo de Penn State despidió al coach cuatro días después de que se dio a conocer el reporte del gran jurado. Y luego el coach fue diagnosticado con cáncer de pulmón.

Ocho semanas después, Sebastianelli estuvo en el cuarto donde exhaló su último aliento.

Con ojos llorosos relata lo sucedido ese día.

Se recupera.

"¿Sabías que la raíz de su nombre significa ?padre??", pregunta.

Cinco sílabas.

Las primeras dos: Joseph.

El nombre en inglés del padre del hijo de Dios, José.

Las siguientes tres: Paterno.

Padre, ¿no?

O sólo dos sílabas.

JoePa.

 

El segundo hijo de JoePa, Joseph "Jay" Paterno Jr., está de pie frente a un atril en un escenario montado en un estadio con 12 mil personas en duelo. Jay pide a todos que se levanten de sus asientos y se tomen de las manos.

 

Es el final de su elegía, ha sido un buen discurso. Lo escribió en su laptop a lo largo de varias noches de desvelo en la mesa del comedor de su casa. Procuró hacer a un lado lo que sucedía a su alrededor, incluso los buenos deseos y las condolencias. La Casa Blanca llamó en algún momento y Jay le pasó el teléfono a su madre. El presidente Barack Obama le dijo que la gente reconocía las buenas obras que ella y su esposo habían hecho.

 

La audiencia se pone de pie.

 

Se levantan, inclinan la cabeza y escuchan mientras Jay recita el Padre Nuestro.

"Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre?".

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No podemos revelar el nombre del corredor.

 

Sin embargo, podemos mencionar el nombre que el gran jurado de investigación número 33 del estado de Pennsylvania le dio en su descripción.

 

Víctima 1.

No lo llamaron Víctima 1 porque haya sido la primera víctima.

Lo llamaron Víctima 1 porque su historia los condujo a desenterrar las otras.

 

Víctima 2. Víctima 3. Víctima 4. Víctima 5. Víctima 6. Víctima 7. Víctima 8.

 

La detonación de la pistola produce un sonido débil, y un delgado hilo de humo blanco envuelve la mano del juez de salida durante un instante, lo que distrae la atención de los espectadores. Cuando el humo se dispersa, volvemos a concentrarnos en la carrera: en cuestión de uno o dos segundos, el corredor ya aventaja a sus competidores.

 

Qué buena zancada. Una salida rápida, la cabeza no le tiembla, los hombros relajados, va a buen ritmo.

 

Ha tenido que entrenar duro. Muchos otros corredores, incluso en la carrera de hoy, tienen un talento más innato que el suyo. Su estilo es mucho más fluido y se les nota más sólidos desde el punto de vista biomecánico. Pero la naturaleza no marca el destino, los dones no lo son todo.

 

En parte su desempeño se debe al programa de entrenamiento, la combinación diaria de biología y estadísticas y sudor.

 

Lunes: tres series de 500 anaeróbicos, con descanso de tres minutos entre cada una. Dos series de mil anaeróbicos, con descanso de cinco minutos entre cada una. Entrenamiento para torso.

Martes: alterna 800 a lo largo de seis kilómetros, de 75 por ciento a 80 por ciento, y hace una pausa. Corre un kilómetro y medio para calentar y otro para enfriar. Pliometría.

 

Y así sucesivamente.

 

Se lo toma muy en serio, le complace la respuesta de su cuerpo ante este tipo de abuso a la medida, se da cuenta de que se fortalece y se vuelve más rápido.

 

Pero hay otros atletas jóvenes que entrenan con la misma intensidad, que tienen mejores condiciones genéticas, y que son igual de fuertes y rápidos.

 

El corredor está a punto de terminar la primera vuelta, quizá a 20 metros de la línea de salida, y la brecha entre él y los otros competidores se hace más grande.

 

Se trata de la primera carrera de la temporada y hay unos cien espectadores. La mayoría está de pie, frente a la reja del lado norte de la pista, otros están sentados en una de las dos hileras de gradas de metal localizadas detrás de la reja.

 

El día está soleado y precioso, es el comienzo de la primavera, el cielo es azul claro, hay algunas nubes aquí y allá. A la distancia se vislumbran los tímidos montes que se levantan en esta parte de Pennsylvania central, cubiertos de árboles de troncos gruesos. Solían ser la columna vertebral de la economía de la región, hasta que la industria maderera desapareció. Hoy en día, la economía de esta zona no tiene columna vertebral.

 

El corredor nunca ha tenido mucho. Madre soltera. Casa de interés social. Muy poco dinero. ¿Padre? No.

 

Su vulnerabilidad y sus carencias saltan a la vista de cualquier persona que quisiera aprovecharse de él.

 

Cuando el corredor termina la primera vuelta, sus contrincantes van tan atrás, que parece que están en otra carrera: compiten entre ellos, no contra él. El corredor va solo.

 

Jerry Sandusky guarda silencio.

 

Está sentado junto a su abogado, de cara al juez y de espaldas al público. Es abril de 2012 y su juicio está programado para empezar hasta junio, pero han convocado a esta audiencia previa para resolver lo relacionado con las evidencias. Como, por ejemplo, si la parte acusadora puede o no usar el audio de una conversación telefónica entre Sandusky y la Víctima 1 que se grabó en secreto, sin su conocimiento.

 

Una cabeza grande sin cuello y cubierta de pelo blanco emerge como un hongo del saco azul de Sandusky. ¿Qué ideas pasan por esa cabeza, qué pensamientos nacen y crecen detrás de esa mirada de interés antropológico?

No lo sabemos.

 

Su abogado le ha prohibido conceder entrevistas desde que hizo aquellas declaraciones desastrosas, cuando los hechos salieron a la luz: "No utilizaba a cada niño que conocía para satisfacer mis necesidades sexuales".

 

Al revisar lo que otros han escrito sobre Sandusky, la confusión aumenta, pues la opinión que se tiene de él ahora es muy distinta a la de antes de su arresto.

 

Por ejemplo, en un archivo viejo del campus de Penn State, hay una carta del ex jefe de Sandusky donde respalda su nominación al premio humanitario que otorga una asociación estatal de la industria aseguradora:

 

"Jerry Sandusky", escribió Joe Paterno en 1986, "es un individuo incansable, resuelto y leal que ha dedicado gran parte de su vida a ayudar a jóvenes en situación de riesgo? Jerry es un hombre humilde e íntegro, cuyo único interés es ayudar a la gente sin esperar nada a cambio".

 

Quizá lo más cercano a la verdad se encuentre en lo que Sandusky escribió sobre sí mismo.

 

En el año 2000 publicó sus memorias y, desde su arresto, este libro ha estado en boca de todos, en parte porque el título, Touched: The Jerry Sandusky Story, es una ironía grandiosa. Sin embargo, al leerlo uno se pregunta si en verdad alguien pasó más allá del título, y no sólo porque la escritura es desafortunada, sino porque el contenido es cursi y banal. Se lee como una versión novelada de The Family Circus, aquel aburrido cartón de los años sesenta sobre una familia estadounidense convencional. A pesar de la dulzura exagerada, es claro que el libro es obra de un individuo extravagante y trastornado.

 

Entre poemas sobre su madre -"Me preparó para la vida según su Regla de Oro,/mi mamá, la que yo adoro./Limpia la casa de noche y de día,/todo brilla de alegría"- y recuerdos de uno de sus amigos intimidando a un minusválido, Sandusky incluye pasajes que exhiben una perturbación extraordinaria y que vale la pena citar completos. En el siguiente fragmento, Jerry Sandusky describe lo que ocurrió después de que encontró a dos niños que se habían escapado de la casa que administraba su organización para adolescentes desvalidos, Second Mile:

 

"Los custodios son crueles", Bobby, de enormes ojos azules, me dijo enojado. "Nos obligan a comernos todo lo que nos sirven y a limpiar nuestros cuartos."

"Pero qué horror", contesté fingiendo compasión. "La están pasando muy mal."

"[Elliott] me agarró de los hombros", continuó Bobby, "y me obligó a hacer algo que no quería. ¿Tú harías algo así?"

No quería que se acostumbraran a huir, así que pensé en una solución, por lo menos en un experimento para que la próxima vez lo pensaran dos veces. "No, Bobby, yo no agarro a mis hijos así, yo los agarro así".

Lo tomé del cuello, suavemente, con las dos manos. Estaban confundidos y asustados. Bobby no quería volver a la casa de Second Mile y Steve no quería ir a mi casa, así que a las 4:30 de la madrugada me detuve en un semáforo mientras decidía a dónde ir. Finalmente, les dije que teníamos que llegar a un acuerdo. Iríamos a la casa de Second Mile y se podían quedar en mi casa otro día. Éste es un ejemplo de la organización y estructura que teníamos en Second Mile.

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Quizá tratar de entender a Jerry Sandusky no tenga ningún sentido. No es fácil distinguir entre un héroe y un monstruo, ni comprender que un hombre puede ser las dos cosas al mismo tiempo. Lo mejor sería analizar lo que pasó después, las consecuencias, los efectos y no las causas.

 

La audiencia de hoy es breve y no concluyente. El juez levanta la sesión pasados 17 minutos y 43 segundos, y anuncia que dedicará los próximos días a reflexionar antes de tomar una decisión. Cuando la audiencia termina, una aglomeración de reporteros se abalanza formando una herradura alrededor de un podio colocado al pie de las escaleras de la corte. En cuestión de minutos, los abogados de las dos partes saldrán del edificio y ocuparán su lugar en el podio para responder las preguntas que a gritos les harán los ávidos periodistas.

 

Hay ocho camiones de noticiarios de televisión estacionados en la plaza principal de esta ciudad pintoresca. El que tiene las letras wtaj grabadas a los lados, tuvo que hacer un viaje de una hora desde su sede en la ciudad de Altoona, porque aún no reponen el camión que perdieron en los disturbios ocurridos la noche en que el consejo administrativo de Penn State despidió a Joe Paterno. Uno de los reporteros recuerda lo sucedido. Recuerda haber corrido tras un grupo de policías que se dirigían a College Avenue, mientras sostenía una cámara en el hombro. Llegó justo en el momento en que el camión exhalaba su último aliento, se sostuvo en dos llantas un buen rato y después su centro de gravedad cambió, perdió el equilibrio y se volcó. Durante una transmisión de emergencia del programa Radio Free Penn State, un antiguo miembro del consejo administrativo de la universidad que había viajado a Pennsylvania desde su casa en Florida ese día, lamentó el despido de Paterno. Su voz, cargada de rabia y pesar, pronunciaba lo siguiente: "Es una tragedia inconmensurable. Quisieron hacer borrón y cuenta nueva, pero con ello borraron también nuestro honor y nuestro orgullo. Se deshicieron de nuestro héroe e ídolo". Una de las personas que participaba en los disturbios lanzó un cigarro encendido al derrame de gasolina del tanque.

 

El reportero recuerda los cánticos que parecían venir de todas partes: "¡Carajo, que no se vaya Joe! ¡Carajo, que no se vaya Joe! ¡Carajo, que no se vaya Joe!"

De pronto empezaron a llover piedras y botellas, y el reportero pensó que así debía ser encontrarse del lado perdedor durante una guerra.

 

 

Podemos revelar que el corredor lleva puesto su uniforme deportivo, pero no podemos dar a conocer el nombre de la preparatoria que aparece estampado en letras blancas en la parte delantera de su camiseta.

Podemos decir, sin embargo, que no está cursando su último año de preparatoria en la escuela cuyo nombre lleva estampado en la camiseta.

 

Se trata del nombre de su antigua escuela, la que tuvo que dejar cuando demasiadas personas contaron a otras tantas los rumores acerca del corredor; es una ciudad muy pequeña. Todavía corre para esa escuela, pero prefiere no volver a poner un pie en sus pasillos.

Marica.

 

Por tu culpa JoePa ya no está.

 

Al menos los adultos, el personal administrativo, no fueron tan despiadados como los otros chicos. No le pusieron apodos, ni lo insultaron. Pero tampoco se esforzaron mucho para ayudarlo. La preparatoria y su equipo de futbol eran típicos de una ciudad pequeña, pero durante siete años se deleitaron con la participación de Jerry Sandusky como entrenador voluntario, un héroe que descendía del Olimpo de Penn State, un gran hombre que con el tiempo sustituiría a Joe. Es duro perder el apoyo de alguien así. Quizá por eso, como asegura la madre del corredor, cuando éste confesó hace cuatro años para ponerle fin a la situación, uno de los directivos de la escuela respondió sin titubear: "Jerry tiene un corazón de oro".

 

Cuando el escándalo se descubrió y extendió, junto con una ola imparable de rumores circuló la noticia de que el corredor era la Víctima 1.

Y hubo otros rumores.

 

Digamos que se rumora que antes de que el corredor dejara su antigua escuela, visitó a otro directivo para hablar de un asunto ajeno al escándalo.

 

Quería reclamar por el despido de un entrenador asistente de atletismo que se había enemistado con el entrenador titular, pero al que él y los otros miembros del equipo admiraban.

 

"¿Y ahora qué?", le respondió el directivo, "¿también te estás acostando con él?".

¿Es cierto el rumor?

 

El corredor prefiere no hablar de ello.

De hecho no quiere hablar de nada.

Es mejor no hablar de ciertas cosas.

Dejó su antigua escuela.

Hay algunas batallas que no vale la pena pelear.

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Jay Paterno recuerda a quienes le dieron el pésame como envueltos en una nebulosa. Entraban y salían de su casa horas después de concluido el funeral de su padre. La gente elogió el discurso que había leído en el estadio. Jay tuvo que reprimir un poderoso impulso: llamar a su padre para preguntarle su opinión. Es probable que haya hecho la pregunta en voz alta varias veces, en los pocos momentos de privacidad que encontró en el transcurso de esa tarde agotadora.

 

Joe, ¿qué te pareció?

Para algunos es raro que llamara Joe a su padre, pero tiene sentido. Adoptó ese hábito hace 17 años, cuando Joe lo contrató como entrenador asistente en Penn State. En las juntas, sentado entre unos ocho o nueve hombres, imaginaba cómo sonarían sus intervenciones: "Pero papá, ¿qué tal si??" o "papá, ¿por qué no??"; como si tuviera 12 años. Así que en público le empezó a decir como los demás: Coach o sólo Joe. En poco tiempo, llevó ese hábito a su vida privada.

 

Esos últimos años en los que trabajó para Joe fueron una bendición. De niño nunca pasó el tiempo que hubiera querido con su padre. A diferencia de los papás de sus amigos, el suyo no pescaba, no cazaba, ni era entrenador de la liga infantil. Siempre estaba ocupado. Pero el futbol americano los unió. En uno de los recuerdos de su infancia, Jay está sentado en el piso del estudio de su padre mientras éste revisa cintas de jugadas en el proyector. Enseguida Jay absorbió lo que veía en esas sesiones, comprendió que detrás de ese juego en apariencia descarnado subyacían estrategias muy delicadas y complejas. Con el paso de los años, decidió hacer una carrera como entrenador profesional de futbol. Ya sea que su decisión fuera parte de su propia estrategia delicada y compleja o no, fue fundamental para acercarlo a su padre.

 

Un día después del funeral, Jay tenía un correo electrónico en su bandeja de entrada. Un sitio web llamado American Rethoric le escribía para comunicarle que planeaban incluir su elegía en una lista de los discursos más importantes del siglo xxi.

 

Jay recordó la pregunta que se había hecho la noche anterior.

¿Qué te pareció, Joe?

De acuerdo, pensó, ya tengo tu respuesta.

 

Muchas personas creen que al morir uno desaparece, y que no hay forma de que el difunto influya en el mundo que ha dejado atrás. Jay no comparte esa forma de pensar. Cree en señales, y está seguro que su papá le ha estado enviando muchas.

 

Como el partido de basquetbol en el que jugó su hijo de doce años, hace un par de semanas.

 

Su hijo se escribió las iniciales de su abuelo, "jp", en una mano y la palabra "siempre" en otra.

 

Su hijo es un buen jugador, pero no es una estrella. La diferencia entre su equipo y el rival en el marcador final difícilmente superaba los 20 puntos, y su hijo solía encestar un promedio de cinco o seis puntos por partido. A la mitad de este partido en particular, Jay llamó a su esposa.

 

"Algo está pasando", le dijo.

 

Su hijo encestó trece puntos.

 

En el siguiente partido, cuando la tinta se había borrado, volvió a encestar cinco o seis.

 

Jay recibió otra señal mientras se encontraba en Brooklyn.

 

Ocurrió dos semanas después de la muerte de su padre. Estaba en Manhattan en una ceremonia de recaudación de fondos de Penn State. El domingo por la mañana decidió despertarse temprano para ir a misa de 8:30 en la iglesia a la que su papá asistía de niño, la parroquia St. Edmund, en Sheepshead Bay.

 

El sacerdote se puso de pie y empezó su sermón. Jay estaba atónito.

 

"El día de hoy", dijo el cura, "vamos a leer del Libro de Job."

 

Jay, sentado en el banco con la espalda bien recta, dijo para sí: Está bien papá, entiendo.

 

Había estado pensando en Job y en las similitudes entre Joe y Job.

 

Dios arruinó a Job, le quitó todo lo que tenía para comprobar su fe.

 

A pesar de lo sucedido, de lo que perdió, Job nunca se amargó, nunca se enojó.

 

Y a pesar de lo sucedido, de lo que perdió, Joe nunca se amargó, nunca se enojó.

 

Al principio, en los peores días del escándalo, cuando camionetas con antenas de transmisión invadían la casa de su padre, Jay quería salir corriendo a destruir las luces y las cámaras. Sabía qué preguntarían, la cantaleta que repetían sin cesar en la televisión: ¿qué tanto sabía Joe?, ¿cuándo se enteró?, ¿por qué no fue a la policía? También sabía que nada de lo que dijera o gritara sería suficiente. Pero las ganas que tenía de enfrentarlos eran incontrolables.

 

Su papá lo tranquilizaba. "Están haciendo su trabajo", decía.

 

 

Jay ha estado leyendo El crisol (The Crucible), la obra de Arthur Miller sobre los juicios de brujas en Salem. El libro le recuerda lo que su padre solía decirle, que la naturaleza humana nunca cambia. Le vienen a la mente las reacciones de las personas en situaciones de histeria: las audiencias anticomunistas del senador republicano Joe McCarthy en la década de 1950, las secuelas del 9/11, o el escándalo "Duke lacrosse", en el que tres jugadores del equipo de lacrosse de la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, fueron acusados falsamente de violación. Cuando la opinión pública se forma un juicio, es muy difícil llevarle la contraria.

 

Jay es aficionado a la historia, como su padre. Una de las últimas películas que habían planeado ver juntos era The Conspirator, de Robert Redford, en la que una mujer se ve implicada en la histeria posterior al asesinato de Abraham Lincoln. Se llamaba Mary

 

Surratt, y era dueña de la pensión donde John Wilkes Booth planeó el asesinato del presidente. Una nación herida, conmovida por la tragedia y deseosa de venganza, asumió que Surratt había sido cómplice de su inquilino.

 

Así que vale preguntarse: ¿se es responsable de todo lo que sucede en nuestra propiedad?

 

El mal, como la virtud, puede estar demasiado cerca sin que lo percibamos en absoluto.

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El corredor admira a Usain Bolt, si bien él no es ese tipo de corredor.

 

Usain Bolt es dinamita, un mutante, una máquina jamaiquina que ha arrasado con todos los velocistas que le han antecedido. Para ser honestos, Bolt no es tan resistente. Corre 100 y 200 metros, y los que saben de carreras aseguran que si corriera 400, también dominaría. Pero los 400 metros exigen algo que Bolt no puede o no quiere sufrir: dolor. Verdadero dolor. Aquél que sientes cuando el cuerpo se acaba las reservas anaeróbicas y tiene que empezar a producir y quemar combustible nuevo, mientras inhala grandes cantidades de oxígeno y las convierte en el momento. Es una sensación parecida a la de nadar a la superficie buscando aire y encontrarte con una capa de hielo.

 

Es ahí donde el corredor se siente cómodo.

 

Corre 800, mil 600 y 3 mil 200 metros, esas carreras en las que para sobresalir tienes que llegar al límite de tus fuerzas, aguantar el dolor y seguir corriendo.

 

Con el tiempo, los rumores sobre la Víctima 1 se esparcieron fuera de la escuela y de la ciudad y llegaron a los medios nacionales. Vivía con su madre, sus hermanas y varios perros, a los que usaban para alejar a los periodistas. Los dejaban salir uno por uno, desde el más grande hasta el más pequeño. El método funcionó durante un tiempo, pero la prensa es implacable. Otro rumor: el reportero de uno de los periódicos nacionales de mayor circulación regaló celulares a los vecinos a cambio de sus testimonios. El corredor no soportó sentirse atrapado en casa de su madre, así que se mudó y le dio su nueva dirección a muy pocas personas.

 

Es una figura pequeña al otro lado de la pista, ha recorrido 300 metros en esta carrera de 800. No se nota ningún cambio en su condición física, su zancada todavía es suave y fuerte, levanta los pies del asfalto inmediatamente después de tocarlo. Sin embargo, es evidente que el cansancio lo ha alcanzado, su tanque está vacío, el dolor lo ha invadido.

 

El reporte del gran jurado se lee como fragmentos de una adolescencia destruida.

 

Sandusky y el corredor se conocieron en el campus de Penn State. El corredor tenía 11 o 12 años, y asistía a un campamento que la organización caritativa de Sandusky, Second Mile, organizaba. Se conocieron junto con los demás niños y consejeros, pero con el tiempo se empezaron a reunir fuera del campamento. Sandusky invitaba al corredor a excursiones privadas: prácticas de pretemporada de Penn State, partidos de los Eagles en Filadelfia o a nadar en albercas de hoteles.

 

A la casa de Sandusky o al sótano de la casa de Sandusky.

 

No es difícil imaginar lo que para un niño sin padre significa tener a un hombre -a un héroe- en su vida, que no escatima en cuidados paternales.

 

Tampoco es difícil imaginar lo que significa para ese niño darse cuenta de que ese hombre no es ningún héroe.

 

Sucedieron varias cosas, y esas cosas muy pronto saldrán a la luz en la corte.

 

"Sandusky recostó a la Víctima 1 sobre él, cara a cara, y le recorrió la espalda con los brazos hasta ?tronársela??"

 

"Luego Sandusky le sopló en el vientre desnudo?"

 

"La Víctima 1 declaró que Sandusky le practicó sexo oral en más de 20 ocasiones entre 2007 y principios de 2008."

 

Cierto día, el corredor llegó a su casa y encendió la computadora (Sandusky le había dado toda clase de regalos: una computadora, palos de golf, ropa, dinero en efectivo) y le preguntó a su mamá si conocía el nombre de una página web que había escuchado por ahí, una especie de registro en línea en donde uno podía buscar nombres de depravados sexuales.

 

"¿A quién buscas?", le preguntó su madre.

 

"A Jerry", respondió.

 

Una carrera de 800 metros consiste en dos vueltas a la pista. El corredor se acerca a la mitad, a su segunda vuelta, y ya no se le ve encorvado como al inicio, todo lo contrario, corre tan erguido que parece más alto y más fornido de lo que es. Aunque es evidente que está en agonía, no lo demuestra.

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Hay que reconocer que Joe Paterno era un buen hombre.

Un hombre decente, generoso y leal.

Comenzó a entrenar al equipo de la Universidad de Penn State en 1950, y dejó de hacerlo cuando lo despidieron, 61 años después. Recibió mejores ofertas económicas para entrenar a equipos profesionales de la nfl, pero siempre las rechazó. Durante su carrera, estructuró uno de los programas de futbol universitario más exitosos de la historia y fue responsable de 409 victorias, más que cualquier entrenador reputado de esa categoría. Procuró formar a sus jugadores no sólo como atletas superiores, sino como seres humanos respetables: les exigía mantener promedios altos, llevar pelo facial corto y vestir de manera formal y conservadora incluso fuera del campo. Era licenciado en literatura inglesa y creía con vehemencia que el desarrollo de la mente era tan importante como el del cuerpo. Aprovechó su reputación para recabar una cantidad extraordinaria de fondos para la universidad, y donó millones de dólares de su propio dinero para varios proyectos de construcción.

Era un buen hombre.

El mayor monumento a su bondad, el proyecto del que estuvo más orgulloso, es la Biblioteca Paterno, ubicada en el centro del campus. Recaudó millones de dólares para darle vida. Es hermosa, austera y sólida, sin ser ostentosa, como los uniformes blanquiazules de sus jugadores en Penn State.

Entre otras cosas, esta biblioteca resguarda una colección especial integrada por archivos que contienen la historia literaria y laboral de Pennsylvania, así como millones de documentos históricos sobre la universidad, que incluyen pormenores sobre el programa de futbol. La Biblioteca Paterno administra los archivos personales de Joe Paterno. Cualquier usuario tiene acceso a materiales fidedignos que relatan su extraordinaria trayectoria. Al leerlos, se percibe su devoción por la universidad y el equipo de futbol; en breve, es evidente su pasión y empeño. Incluso fuera de temporada su agenda siempre estaba llena, viajaba miles de kilómetros para visitar a posibles donadores y jugadores.

Sin embargo, en estos archivos de la Biblioteca Paterno también se encuentra información que suscita varias preguntas.

De acuerdo con la acusación del gran jurado, en 1998 se investigó a Jerry Sandusky por sospechas de abuso sexual. El 13 y el 19 de mayo de ese año, detectives de los departamentos de policía municipal y universitaria se ocultaron en la casa de la madre de una presunta víctima y escucharon una serie de conversaciones que ella sostuvo con Sandusky, en las que él admitió que sus genitales pudieron haber estado en contacto con su hijo. Decía estar arrepentido, "quisiera estar muerto", le confesó a la madre. El 1 de junio, los detectives interrogaron a Sandusky. Poco tiempo después, por razones inexplicables, el caso fue cerrado.

¿Joe Paterno sabía de esta investigación?

¿Es posible que alguno de los oficiales de policía o funcionarios administrativos de la Universidad de Penn State le haya informado a Paterno que estaban investigando a su heredero por presuntos crímenes atroces?

No lo sabemos.

El mismo Paterno aseguró desconocer la investigación de 1998 y no se ha publicado evidencia que lo contradiga.

No existen este tipo de pruebas en los archivos de Paterno.

Sin embargo, hay información curiosa o perturbadora, todo depende de cómo se interprete.

Al estudiar los archivos correspondientes a 1998, cualquiera se percata de que Paterno era un hombre muy ocupado. En una carta escrita por él, explica que ha "dedicado todo mi tiempo libre a" la campaña permanente de recaudación de fondos, la cual le "exigía mucho". Era un hombre confiable. Cuando se proponía algo, siempre lo conseguía. En su agenda de 1998 es evidente que solía cumplir con todos sus compromisos. Sus únicas cancelaciones corresponden a un periodo específico.

El primer compromiso que canceló se remonta al 15 de mayo, dos días después de que la policía escuchara la confesión que Sandusky hiciera a la madre de una presunta víctima. Esa misma tarde, Paterno cancela sin previo aviso un viaje a Valley Forge para recaudar fondos, después suspende sus vacaciones en su casa de verano en Avalon, Nueva Jersey, planeadas del 16 al 19 de mayo. Retoma los viajes de trabajo previamente programados a partir de junio, una semana después de que la investigación a Sandusky se cerrara. No interrumpe ningún otro viaje a lo largo de ese año.

La temporada siguiente, Sandusky anuncia de forma abrupta e inesperada su retiro.

¿Joe sabía?

Imposible asegurarlo. Los documentos suscitan dudas, pero no dan ninguna respuesta.

Nada cambia lo que ha dicho todo aquel que lo conoció o idolatró: Joe Paterno era un buen hombre. Destaquemos una cosa más.

En 2002, Joe Paterno siguió las reglas de la universidad al pie de la letra cuando uno de sus asistentes, un estudiante de posgrado, lo buscó en su casa para contarle que había visto a Jerry Sandusky molestando sexualmente a un niño en las regaderas de las instalaciones del equipo de futbol.

Joe Paterno notificó a un funcionario de Penn State.

Joe Paterno no hizo nada más.

La conducta de Joe Paterno se podría definir según se vea.

Propia de un directivo. Burocrática. Legal.

¿Heroica?

Si lo que se busca en esta historia es un héroe, habrá que buscar en otro lado.

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Jay tiene una voz grave y estruendosa y además, hace una muy buena imitación del sonsonete agudo de su padre.

Lo escucha en todas partes.

"No te detengas. ¡Vamos!"

Eso le ha dicho últimamente la voz que escucha en todo momento. Ese cacareo, esas palabras de aliento. No te detengas, no ahora.

Cuando despidieron a Joe Paterno, Jay no estaba seguro si debía seguir presentándose en el trabajo. ¿Seguiría colaborando con la universidad que echó a su padre?

Habló con él y Paterno le dijo: "Tienes responsabilidades, con los otros entrenadores y con los jugadores. Desde luego que debes seguir trabajando".

Así que continuó en el equipo. Asistió a las prácticas y dirigió a Penn State desde la banca en el primer partido en 61 años en el que su padre estuvo ausente.

Desde entonces, aun con el final de la temporada, con la muerte de su padre, después de que la universidad no le renovara su contrato y se encontrara desempleado por primera vez desde que se graduó, no se ha detenido ni un solo momento. Una cosa ha seguido a la otra.

El discurso durante el funeral le atrajo mucha atención. La cantidad de correos que ha recibido es increíble, invitaciones para conceder entrevistas, compromisos para dar discursos. Desde que esto empezó, ha sumado 40 mil seguidores en Twitter. La gente lo busca para hablar de un tema que discutían con su padre: política. Le gusta la política, la energía y la emoción de las campañas electorales, las metas precisas.

Las secuelas del caso de su padre son como una campaña electoral: hay narraciones combativas con distintos mensajes y hay que cerciorarse de que tu bando sea el más fuerte.

La familia contrató a un experto en crisis llamado Dan McGinn, cuyos clientes suelen ser grandes empresas como General Motors y Texaco. Durante los primeros días, McGinn aconsejó a los Paterno que fueran cautos y prudentes, que mantuvieran un silencio digno mientras recibían los primeros golpes. Ahora han aflojado las riendas. La familia ha empezado a responder a los insultos que consideran más ofensivos con declaraciones formuladas con toda severidad. En marzo pasado, cuando el consejo administrativo de Penn State dio una nueva versión pública de sus razones para despedir a Joe Paterno, la familia, con la ayuda de McGinn, produjo una respuesta rápida y contundente. Cuando en abril un par de periodistas de Pittsburgh publicaron un libro escrito a toda prisa, cuyo contenido consistía en testimonios anónimos que cuestionaban la reputación de Joe, los Paterno publicaron una declaración al cabo de un día.

Cabe mencionar que la familia Paterno no tiene que defenderse constantemente, al menos no en estos rumbos. Las certezas y lealtades de la comunidad son firmes, nunca las han puesto en duda. Si bien la Universidad de Penn State modificó el contrato de propiedad de marca con los Paterno, la familia comercializa sus productos de manera independiente y todos se siguen vendiendo bastante bien.

Jay camina por College Avenue y ve la cara de su padre en docenas de playeras debajo de consignas como "Nos debemos a él" o "Más que un hombre". Hay una iniciativa para rebautizar una de las calles principales de la ciudad con el nombre de Paterno Way. Algunos fervientes creyentes como Travis Reitnauer, el líder del grupo de manifestantes que volteó la camioneta del noticiario durante los disturbios, sugiere que esta iniciativa no debería terminar aquí y propone que la universidad reciba el nombre de Paterno State University.

En una de las intersecciones más concurridas de la ciudad hay un monumento local, un mural inmenso pintado hace una década que representa a docenas de luminarias de Penn State. Días después de que el escándalo estallara, el muralista tachó a Jerry Sandusky, sentado en una gran silla justo al lado de Joe Paterno. Cuando Paterno falleció, el muralista pintó una aureola dorada sobre su cabeza.

Hace no mucho Jay adoptó a un perro. Lo llamaron Penélope, como la esposa de Odiseo que permaneció leal a su esposo ausente. Jay lleva a Penélope a dar paseos muy largos y procura que su mente no se vaya muy lejos. Le preocupa lo que puede ocurrir si se detiene a descansar más de lo debido. Le preocupa darle rienda suelta a sus emociones, lo derribarían como lo haría un guardia nariz.

Cuando las cosas están tranquilas, cuando no tiene que asistir a ceremonias para recaudar fondos o dar discursos, cuando no está paseando a Penélope o jugando tenis o basquetbol con sus amigos, cuando no les enseña a sus hijos los puntos básicos sobre el futbol americano como su padre lo hizo, se refugia en los libros: lee y escribe.

Ahora trabaja en una novela. Ya tiene el argumento. Se trata de una historia de misterio que se lleva a cabo en una universidad ficticia. Se desencadenan hechos horribles dentro del equipo de futbol americano. Un entrenador es asesinado y se convierte en un escándalo nacional. Docenas de camionetas con antenas de transmisión aparecen de la noche a la mañana.

El protagonista de la novela de Jay, su héroe, es un jugador de futbol.

 

Hace mucho tiempo, el corredor escribió un breve ensayo sobre héroes.

Para él, un héroe es aquel que salva a las personas. "Me da gusto ser un héroe. Me salvo a mí mismo constantemente."

Se salvó a sí mismo.

Se expuso y contó su historia.

Se salvó a sí mismo y, al hacerlo, también salvó a otros.

Es verdad que, al hacerlo, este joven sin padre acabó con JoePa sin haberlo planeado.

Le puso fin a su situación.

Y tuvo que pagar por ello.

Sin embargo, pronto verá el fin de la trama. Testificará en el juicio y es probable que después no tenga que relatar su historia nunca más. Planea abandonar el estado tan pronto termine la preparatoria y empezar de cero en otro lugar, sin mirar atrás, no quiere saber cómo termina el juicio ni cómo la gente intenta rescatar su honor de los escombros.

Pero ése es el futuro.

Hoy, veámoslo correr.

Veamos cómo corre alrededor de esta pista que muestra las divisiones de un campo de futbol americano.

Los partidos de futbol preparatorianos suelen reunir a unas mil personas eufóricas, y no a las cien que vienen a ver esta carrera.

Pero el corredor no parece mirar al público.

Está terminando su última vuelta y sus competidores ni siquiera la han empezado. Su mirada se concentra en la pista y más allá, en la meta.

En su último esfuerzo se hace evidente el dolor que padece. Su cara se tensa y  se contorsiona.

Las últimas zancadas son duras y dolorosas, pero lo peor ya ha quedado atrás. La victoria es especialmente dulce cuando la consigues por ti mismo.