El Extintor: Amor para tres amigos

El Extintor: Amor para tres amigos

Nuestra colaboradora se encontró con viejas amistades que la llevaron a establecer una nueva e inesperada conexión.

Por: Patricia Monge | Fecha: 14/12/12

 

Hay días en que sencillamente no sé qué hacer. Mi humor parece una montaña rusa. Para dichas ocasiones, nada mejor que salir a la calle y dejar que la vida proponga. Así lo hice. Cambié mi atuendo "casero" de shorts y camiseta de tirantes por unos jeans ajustados, blusa negra y botas cómodas. Estaba lista para ir a mi bar de confianza. Caminé tres calles, giré en la esquina y allí estaban mis dos amigos tomando algo. "A veces las situaciones son más fáciles de lo que creemos", pensé.

 

Los saludé, me senté y pedí una copa de vino. Hablaban de política; si bien coincidimos en opiniones, no estaba con ganas de tertulia, sino más bien de filosofar sobre la vida. Después de un par de bebidas, la conversación fue cambiando de tono: pasamos al amor y el sexo, dos temas fundamentales en nuestra vida -y en la de muchos- a los que les dedicamos eternas y placenteras horas. Estábamos animados cuando, de pronto, Santiago preguntó si sabía que él estaba en la ciudad. "No", respondí sorprendida. Sonreí y guardé silencio. "Le avisaremos dónde estamos", dijo, mientras le enviaba un mensaje. Una hora después llegó Claudio, tan guapo como siempre. ¡Qué escalofrío sentí al verlo! Hacía casi dos años que no sabía de él y de pronto ahí estaba, frente a mí, con una gran sonrisa. Mi cuerpo tembló. Sugerí ir a mi casa y los tres aceptaron.

 

Claudio escogió la música, algo de Cat Power, mientras yo preparaba los gin and tonic. Cuando cerré el congelador, con los hielos en las manos, él estaba esperándome. "Hola", susurró. Yo sentí cómo se aflojaban mis piernas. Me tomó por la cintura, retiró mi cabello de la cara y me dio un beso corto, pero profundo, que me dejó palpitando de ansiedad. Coloqué los hielos en la bebidas, antes de que se derritieran. Claudio acercó su cuerpo al mío y bailamos suavemente mientras servíamos las bebidas. Volvimos a besarnos. Santiago entró de repente. "¡Perdón, chicos! Sólo vine por los tragos. No quería interrumpir", dijo al vernos acaramelados. Reímos. "No, no lo haces", dije extendiendo mi mano para acercarlo hasta nosotros. Nos abrazamos. Unas manos, que adivino eran las de Claudio, acariciaban mis hombros; las de Santiago deleitaban mis cabellos. Llamé a Pablo, pues no lo dejaríamos fuera. Se sorprendió de vernos, pero enseguida se acercó. Lo tomé de la mano, lo traje hasta mí y besé sus labios. La sensación de estar rodeada por ellos me quemaba por dentro. Me recorrió una ola de calor y excitación. Acercándome a Claudio volví a besarlo. Supe que él también estaba excitado, aunque sé que no siempre podemos controlar los celos que son tan naturales como la esencia humana. Lo comprendí en silencio. Propuse un brindis. Los cuatro levantamos la copa y nos encaminamos hacia la sala.

 

Se sentaron. Yo me quedé de pié y comencé a danzar. Deseaba ser libre, entregarme al momento y permitir que los ojos de tres exquisitos caballeros resbalaran por mi cuerpo. Deseaba ser deseada. La luz de las velas impregnaba de un tono dramático y sexy a la escena; me sentí poderosa. Comencé por deslizar mis botas. Me gustó cuando mis pies desnudos tocaron el suelo frío. Agité mi cabello hacia atrás y desajusté mi blusa; me la quité. Por supuesto que no me dejaría los jeans. Bailé para ellos, en ropa interior, expuesta a la confianza de los verdaderos amigos. Los tres observaban. Susurré sus nombres. Uno me tocaba el cuello, recorriéndolo pacientemente hasta mis hombros; los besó. Tomó mi rostro y lo acarició, sin perder el ritmo. Resbaló sus dedos en el contorno de mi brassiere. Deseé llevarme a ese hombre a la cama; entregarnos el uno al otro; estar a solas con él.

 

 

No supe cuándo se fue. Su olor se quedó impregnado en mi almohada y en mí, las ganas de verlo de nuevo.

 

 

"Sentémonos", dije al término de la canción. Lo hice sobre sus piernas, en medio de Santiago y Pablo. Pretendí explicarles lo que sucedía, pero los dos adivinaron de lo que se trataba. Besaron mis mejillas, bebimos entre algunos comentarios triviales y en 15 minutos se marcharon. Nos despedimos cómplices.

 

Claudio se quedó. Tomó mi mano y me condujo a mi habitación, dejando la puerta abierta. Por la ventana ya entraban los primeros rayos del amanecer. Me desnudó con delicadeza. Luego se acostó a mi lado y comenzó a besarme de la cabeza a los pies mientras yo me perdía, extasiada.

 

No supe cuándo se fue. Su olor se quedó impregnado en mi almohada y en mí, las ganas de verlo de nuevo.

 

Hay días en que sencillamente no sé qué hacer. Mi humor parece una montaña rusa. Para dichas ocasiones, nada mejor que salir a la calle y dejar que la vida proponga. Así lo hice. Cambié mi atuendo "casero" de shorts y camiseta de tirantes por unos jeans ajustados, blusa negra y botas cómodas. Estaba lista para ir a mi bar de confianza. Caminé tres calles, giré en la esquina y allí estaban mis dos amigos tomando algo. "A veces las situaciones son más fáciles de lo que creemos", pensé.

 

Los saludé, me senté y pedí una copa de vino. Hablaban de política; si bien coincidimos en opiniones, no estaba con ganas de tertulia, sino más bien de filosofar sobre la vida. Después de un par de bebidas, la conversación fue cambiando de tono: pasamos al amor y el sexo, dos temas fundamentales en nuestra vida -y en la de muchos- a los que les dedicamos eternas y placenteras horas. Estábamos animados cuando, de pronto, Santiago preguntó si sabía que él estaba en la ciudad. "No", respondí sorprendida. Sonreí y guardé silencio. "Le avisaremos dónde estamos", dijo, mientras le enviaba un mensaje. Una hora después llegó Claudio, tan guapo como siempre. ¡Qué escalofrío sentí al verlo! Hacía casi dos años que no sabía de él y de pronto ahí estaba, frente a mí, con una gran sonrisa. Mi cuerpo tembló. Sugerí ir a mi casa y los tres aceptaron.

 

Claudio escogió la música, algo de Cat Power, mientras yo preparaba los gin and tonic. Cuando cerré el congelador, con los hielos en las manos, él estaba esperándome. "Hola", susurró. Yo sentí cómo se aflojaban mis piernas. Me tomó por la cintura, retiró mi cabello de la cara y me dio un beso corto, pero profundo, que me dejó palpitando de ansiedad. Coloqué los hielos en la bebidas, antes de que se derritieran. Claudio acercó su cuerpo al mío y bailamos suavemente mientras servíamos las bebidas. Volvimos a besarnos. Santiago entró de repente. "¡Perdón, chicos! Sólo vine por los tragos. No quería interrumpir", dijo al vernos acaramelados. Reímos. "No, no lo haces", dije extendiendo mi mano para acercarlo hasta nosotros. Nos abrazamos. Unas manos, que adivino eran las de Claudio, acariciaban mis hombros; las de Santiago deleitaban mis cabellos. Llamé a Pablo, pues no lo dejaríamos fuera. Se sorprendió de vernos, pero enseguida se acercó. Lo tomé de la mano, lo traje hasta mí y besé sus labios. La sensación de estar rodeada por ellos me quemaba por dentro. Me recorrió una ola de calor y excitación. Acercándome a Claudio volví a besarlo. Supe que él también estaba excitado, aunque sé que no siempre podemos controlar los celos que son tan naturales como la esencia humana. Lo comprendí en silencio. Propuse un brindis. Los cuatro levantamos la copa y nos encaminamos hacia la sala.

 

Se sentaron. Yo me quedé de pié y comencé a danzar. Deseaba ser libre, entregarme al momento y permitir que los ojos de tres exquisitos caballeros resbalaran por mi cuerpo. Deseaba ser deseada. La luz de las velas impregnaba de un tono dramático y sexy a la escena; me sentí poderosa. Comencé por deslizar mis botas. Me gustó cuando mis pies desnudos tocaron el suelo frío. Agité mi cabello hacia atrás y desajusté mi blusa; me la quité. Por supuesto que no me dejaría los jeans. Bailé para ellos, en ropa interior, expuesta a la confianza de los verdaderos amigos. Los tres observaban. Susurré sus nombres. Uno me tocaba el cuello, recorriéndolo pacientemente hasta mis hombros; los besó. Tomó mi rostro y lo acarició, sin perder el ritmo. Resbaló sus dedos en el contorno de mi brassiere. Deseé llevarme a ese hombre a la cama; entregarnos el uno al otro; estar a solas con él.

 

"Sentémonos", dije al término de la canción. Lo hice sobre sus piernas, en medio de Santiago y Pablo. Pretendí explicarles lo que sucedía, pero los dos adivinaron de lo que se trataba. Besaron mis mejillas, bebimos entre algunos comentarios triviales y en 15 minutos se marcharon. Nos despedimos cómplices.

 

Claudio se quedó. Tomó mi mano y me condujo a mi habitación, dejando la puerta abierta. Por la ventana ya entraban los primeros rayos del amanecer. Me desnudó con delicadeza. Luego se acostó a mi lado y comenzó a besarme de la cabeza a los pies mientras yo me perdía, extasiada.