¿Por qué le temen a Ai Weiwei?

¿Por qué le temen a Ai Weiwei?

Las autoridades en China golpearon, encarcelaron y monitorean al reconocido artista. ¿Qué les preocupa tanto?

Por Malcolm Moore | Fecha: 11/09/14

 

Cuando sale el sol en Beijing, Ai Weiwei hace lo mismo que muchos de los padres que viven en esta masiva metrópoli: todos los días lleva a su hijo de tres años al parque de su colonia para hacer un poco de ejercicio, siente la luz del sol y prueba el aire fresco. Un día antes de encontrarme con él, interrumpieron su rutina. "Me di cuenta de que había dos personas en el parque que me estaban siguiendo", me dice. Se trataba de la policía secreta.

 

Hace casi año y medio, el 22 de junio de 2011, el artista y activista chino de 54 años de edad fue liberado después de pasar 81 días encerrado en una cárcel secreta por presuntos "crímenes económicos" (evasión fiscal, en español). Desde entonces, Ai había procurado no llamar la atención (cosa que se terminó con su parodia en YouTube del famoso baile Gangnam Style). Aunque muchos creen que su arresto fue parte de una campaña emprendida por el gobierno en contra de sus críticos, ha impugnado el caso de evasión mientras cuenta los días que le quedan para cumplir un largo año de libertad condicional y prohibición para viajar. Cuando me reuní con él le quedaban 40 días para cumplirla, aunque reconoce que cuando identificó a los policías encubiertos, "me emocioné. Ninguno de ellos quería admitir que eran policías. Decían que ?eran personas caminando en el parque?. Pero era obvio. Les arrebaté una de sus cámaras. Eran policías y por supuesto que pueden ponerse muy agresivos, pero yo también puedo".

 

Después de forcejear con los policías, logró sacar una tarjeta de memoria de la cámara. "Cuando llegué a mi casa, puse la tarjeta en mi computadora y lo que vi fue impresionante. Eran imágenes de mis asistentes en el parque tomadas desde lejos, del restaurante en donde como, de una serie de hombres jóvenes y estudiantes en distintos lugares. Uno sabe que hacen estas cosas, pero verlo es distinto", dice. Para Ai, los enfrentamientos con el gobierno son rutinarios. Sus problemas empezaron hace seis años, primero a raíz de su actividad en su blog y después en microblogs como Sina Weibo, la versión china de Twitter, y van aumentando a la velocidad de la luz. Este año ha tenido que lidiar con los cargos por evasión fiscal y con una situación surrealista que le ha impedido interponer una demanda en contra de las autoridades fiscales. Luego, en junio, se presentaron los cargos de pornografía en su contra, que ahora se prepara para impugnar. Gracias a estos problemas legales, su creatividad y el tiempo que emplea para crear se están perdiendo en un laberinto de enredos burocráticos. Cada vez recurre con más frecuencia a las redes sociales para exponer sus circunstancias.

 

Ai ha criticado la postura de China sobre derechos humanos y democracia. En internet, se ha conectado con cientos de miles de simpatizantes. "Todos tenemos la responsabilidad de dar nuestra opinión", escribió en 2006, "de exponer aquellos principios que rigen nuestras vidas".

 

Declaraciones de este tipo lo llevaron a entrar en conflicto con el gobierno con mayor frecuencia. Culminaron con una crítica en contra de la corrupción que ocasionó que miles de niños murieran cuando sus endebles escuelas se derrumbaron en el temblor de Sichuan en 2008. Ai hizo una obra con mochilas, seis de las cuales cuelgan en las paredes de su estudio, y sus investigadores reunieron una lista con todos los nombres de los muertos. Cuando en 2009 viajó para asistir al juicio de Tan Zuoren, un activista en Sichuan que protestó en contra de lo acontecido, policías encubiertos lo golpearon hasta causarle una hemorragia cerebral y tuvo que someterse a una cirugía. El mismo año lo vetaron de todos los medios chinos y cerraron su blog. Sin embargo, continuó twitteando y sus críticas en contra del gobierno se agudizaron.

 

Ai Weiwei nació en Beijing en 1957, el mismo año en el que su padre Ai Qing, uno de los poetas revolucionarios más famosos de China, cayó en desgracia y el Partido Comunista lo exilió. Su madre, Gao Ying, trabajó en la Asociación de escritores de China y fue la tercera esposa de su padre. En 2007, en sus memorias, su madre escribió que su esposo abrió un diccionario para elegir el nombre de su hijo, dejó caer su dedo en un carácter que se pronunciaba "wei" y significaba "poder". Dado que las circunstancias de la familia habían empeorado de forma tan abrupta, su padre eligió otro carácter con el mismo sonido pero con otro significado: "todavía no".

 

Ai recuerda su infancia en Xinjiang, donde su familia vivió durante cinco años en una cueva subterránea. Recuerda que una vez reprendieron a su madre por robarse el alimento de las vacas a las que cuidaba. "Estaba consciente de todo: mi memoria empieza en esa época. No distinguía si algo estaba bien o mal. Cuando eres un niño y llueve, no te parece que sea malo. Cuando llovía había muchas goteras, así que poníamos tazas. Las distintas profundidades del agua emitían música y lo disfrutaba", dice.

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Un estado maligno

Cuando por fin perdonaron a su padre en 1976 y la familia regresó a Beijing, Ai Weiwei se había convertido en un adolescente amargado. Cuando arrestaron a uno de sus amigos, Wei Jingsheng, y lo encarcelaron 14 años por ser uno de los líderes del movimiento Democracy Wall, Ai decidió irse del país. Le dijo a su madre que aunque no hablaba inglés, sentía que irse a Nueva York era como "irse a casa".

 

Ai estudió en la Parsons School of Design pero su profesor, el artista Sean Scully, dijo que sus dibujos "no tenían corazón". "En ese momento, dejé mi pluma. Y nunca la volveré a tomar. Soy así de tajante", dice.

 

Para mediados de los ochenta, estaba haciendo arte con objetos cotidianos: ganchos, zapatos e impermeables. Regresó a Beijing en 1993, y hoy hace instalaciones conceptuales, diseña edificios, hace fotografía y videos. Y escribe. Una selección de su obra en mármol y cerámica se ha expuesto recientemente en la Lisson Gallery, en Milán. Ha pasado buena parte de sus días bajo libertad condicional trabajando en el pabellón de verano de este año para la Serpentine Gallery, en Londres. Se trata de una colaboración más con los arquitectos suizos Herzog 3de Meuron, con los que trabajó en el famoso estadio Bird?s Nest de Beijing.

 

Trabajaron juntos en 10 conceptos antes de decidirse por el diseño final: un laberinto subterráneo en el que los contornos de los 11 pabellones anteriores están esculpidos en la tierra y revestidos en corcho. El laberinto tiene un techo plano cubierto por un estanque de agua. Ai ha visitado la galería, le parece importante tener un punto de cultura en medio de Hyde Park, sobre todo este año con el "otro evento grande" que se lleva a cabo al otro lado de la ciudad. Compara el pabellón con "una fosa arqueológica", pero añade: "por supuesto que también es irónico porque excavas por nada".

 

Ai está consciente de que sus métodos de trabajo suscitan comentarios. Cuando en 2010 llenó el Turbine Hall del Tate Modern con semillas de girasol hechas de porcelana, detrás estaban 1,600 mujeres de Jingdezhen, la capital de la cerámica china, que habían trabajado durante dos años y medio para crear la obra. "Era un lienzo enorme con muchos significados políticos que ni siquiera para mí son claros. La gente me pregunta: ?¿Por qué provino de China? ¿Por qué los chinos hicieron esto? ¿Quiénes formaron parte del proyecto? ¿Cómo se hizo? ¿Cuánto dinero costó??".

 

Ai decidió quedarse en China y sufrir el monitoreo y acoso que han obligado a otros artistas, escritores e intelectuales a exiliarse. "Nunca ha sido tan necesario estar aquí como lo es ahora", dice. "Cuando fui a Nueva York en 1981 juré que nunca regresaría". Sin embargo, está muy comprometido y confía en que el poder de internet y la globalización cambien el panorama en China, así que no puede irse.

 

Su casa abierta y estudio es un oasis de tranquilidad, espacioso y aireado. Él mismo lo diseñó y lo construyó en las afueras del norte de Beijing hace poco más de una década. Ai y su esposa, Lu Qing, también artista, viven en un ala del edificio y sus asistentes en otra. Su hijo vive en un departamento en el centro de la ciudad con su madre, con quien Ai tuvo un romance extramarital. Fuera de la puerta color turquesa, como su encuentro en el parque lo demostró, cámaras de circuito cerrado y un ejército de policías secretos chinos vigilan cada uno de sus movimientos. "Si no le hubiera arrebatado las fotografías [a la policía], estarían enterradas en una montaña de papeles en la oficina de alguien y todos los días ese alguien analizaría las imágenes y sacaría sus propias conclusiones", dice. "Son tan estúpidos que planean vigilarme durante un año mientras camino en el parque y por fin tengo la prueba de ello. No me parece que sean muy eficientes.

 

"Saben demasiadas cosas que no deberían y desconocen aquellas que tendrían que saber. Éste es el tipo de conocimiento que crea un Estado maligno. Es como una máquina descompuesta que sabe cosas que no debería y, en cambio, ignora las que debería saber". Se ríe al pensar en la escena que los transeúntes presenciaron. "Les habrá parecido absurdo que un tipo de 54 años forcejeara con un policía encubierto de 32 años. Al caer la noche, cuando estaba solo, me sorprendió lo que hice. Haberle arrebatado la cámara de las manos a un policía, el sistema nunca se lo habría esperado".

 

Al final del encuentro, Ai y sus dos oficiales de vigilancia se dirigieron a la estación de policía local. El más joven de ellos estaba al borde de las lágrimas. "Le dije que debería admitir que había hecho algo malo", recuerda Ai. "A lo que respondió: ?Por favor, entienda que mi trabajo no es fácil?. Le dije que no revelaría su nombre en internet, pero que debería pensar en los 81 días que me encarcelaron, que mi madre, mi esposa y mi hijo no sabían en dónde estaba. Le pregunté si eso le parecía correcto. Se quedó mudo. Era una persona ordinaria, pero parte de este sistema. No tengo ningún problema con él. Estoy peleando en contra de alguien a quien nunca conoceré".

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De regreso al activismo

 

El maltrato de Ai por parte del gobierno se ha agudizado al tiempo que su fama aumenta, sobre todo en el extranjero. Cuando las autoridades chinas le exigieron el pago inmediato de 2.3 millones de dólares por supuestos impuestos sin pagar, sus seguidores hicieron aviones de papel con billetes de 100 yuanes chinos (poco más de 15 dólares americanos) y los dirigieron al patio de su casa. Una mujer reunió un millón de yuanes chinos (unos 160,000 dólares americanos). "Eran los ahorros de toda su vida. Me dijo que no necesitaba un recibo, que no importaba si nunca se los regresaba, que yo les daría un mejor uso. Era una mujer común y corriente del sur", dice.

 

En una semana, 30 mil personas le habían dado 9 millones de yuanes chinos (casi 1 millón y medio de dólares americanos) y con ellos pudo pagar una fianza y tener derecho a apelar. "Nunca me arrestaron o acusaron formalmente. No tienen ningún respeto por la ley", asegura. "Perdieron toda credibilidad, de lo contrario, ¿por qué tanta gente reunió ese dinero? No se trata de mí, sino de la gente que colabora y se preocupa por los demás. No somos ingenuos. Estamos provocando un cambio aunque sea limitado".

 

A pesar de su legión de seguidores, el chino promedio nunca ha escuchado hablar de Ai, un artista al que le han prohibido exponer en su propio país. De camino a su casa, le pregunto al taxista si sabe quién es. "¿Es el tipo ciego que usa lentes de sol?", me pregunta. Debió pensar que me reuniría con otro activista chino de derechos humanos, Chen Guangcheng, un abogado al que recientemente dieron asilo en la embajada de Estados Unidos en Beijing y actual estudiante especial en la escuela de derecho de la Universidad de Nueva York.

 

Ai Weiwei ríe cuando le cuento esta anécdota y me dice: "Bueno, tenemos algunas cosas en común. Tenemos valores. Los dos hemos estado en la cárcel y hemos sobrevivido". Desde su liberación, ha limitado su actividad en Twitter, ha acatado la disciplina y sale poco de casa. Todos los días trabaja en la mañana, recibe diversos invitados en su estudio (periodistas internacionales, galeristas y artistas) y a media tarde va a ver a su hijo. Pasa el resto del día con el niño, van al parque o a cenar y luego regresa a su casa en la noche.

 

Lo que suceda al terminar el periodo de libertad condicional no está claro. Tampoco está claro si sucederá (el gobierno chino aún tiene su pasaporte). Como hijo de Ai Qing, como artista cuyo trabajo reverencian los líderes chinos, su encarcelamiento resultó insólito. Estaba muy bien conectado, era muy prominente. Hay semejanzas incómodas con el sufrimiento de su padre durante la Revolución Cultural: lo exiliaron. Al "desaparecer" a Ai el año pasado, las autoridades elevaron la apuesta y le dejaron pocas opciones. Su regreso al activismo con el que respondió al desastre de las escuelas de Sichuan ocasionaría su encarcelamiento de nuevo.

 

"Tuve una infancia muy extrema. A veces estaba tan débil que no podía levantarme. Ahora, en cambio, soy muy fuerte. La vida es impredecible", se ríe. "Las únicas frases que recuerdo de esa época son las siguientes de mi padre: ?Tengo 60 años, no sé quién limpiaba mi baño antes pero ahora lo hago yo y está bien?. Me encantan este tipo de declaraciones por la racionalidad que estructura nuestras emociones". Algo que figurará en su futuro será la paternidad. Ai pasa diez horas al día con su hijo. "Fue muy difícil pensar en él en la cárcel. Quienes me interrogaron me dijeron: ?cuando salgas en diez años tu hijo no te reconocerá?. Estaba desolado". La policía tiene curiosidad por saber cuál será su próxima jugada. "Cuando los vi el fin de semana pasado me preguntaron qué haría", dice. "Procuraron que pareciera una pregunta muy casual. ?¿Y ahora qué sigue??. Les respondí: ?Es una pregunta interesante. ¿Qué sigue para esta nación??".

 

Aunque Ai evade la pregunta, al menos constitucionalmente no puede tomar otro camino. "Como artista procuro no ser tan expresivo", explica. "Pero es muy difícil. Diario discuto con mis amigos, familiares y las personas cercanas a mí. Ellos me dicen: ?Weiwei ya has hecho suficiente. Enfócate en tu obra y disfruta de la vida?. Respeto su opinión, pero no me parece que haya hecho demasiado. Sólo he emitido mi opinión, procurando hacerlo con calma, y nunca he perjudicado a nadie". ¿Entonces no renunciará al arte o al activismo? "Creo que hay un espacio infinito en el arte y en la comunicación", dice. "Desde luego es muy difícil si estás encarcelado. Aun así, si veo a las personas que han pasado 20 años en la cárcel, no se les nota un cambio de actitud, al contrario, el encierro refuerza sus creencias".

 

"Cuando la policía me interroga", añade, "me dicen que soy un títere de Occidente, que la gente compra mi obra porque me quieren dar dinero, que utilizo la política para promoverme y ser más famoso. Hay algo de verdad en ello. Pero a la policía se le olvida cuál es el propósito de esta fama y estatus. No los necesito personalmente. Nunca han logrado entender el contenido de mi mensaje".

 

Su fama reciente lo "ha sorprendido". Hace algunos años era un hombre sin título universitario. "Hace diez años nunca se me habría ocurrido que sería un artista famoso. Me dedicaba a la arquitectura y al diseño. No tenía ninguna meta, ningún propósito en la vida". Sonríe al recordar el incidente en el parque. "Esta vida me ha ofrecido la posibilidad de tener emociones en cualquier momento".

 

 

 

<br>LAS 4 PIEZAS MÁS REPRESENTATIVAS DE AI WEIWEI

 

1. Estadio para los Juegos Olímpicos de Beijing, 2008.

Ai fungió como asesor artístico de Herzog 3de Meuron en esta obra sobre el surgimiento de China. Sin embargo, se ha convertido en férreo impulsor de una reforma política en China. Se negó a asistir a la ceremonia de inauguración.

 

2."Telaraña de luz" en Exchange Flags, Liverpool, 2008.

Como parte de una colaboración con el Tate, Ai erigió esta araña gigante, llena de luces de led, que se extendía amenazadora sobre el distrito comercial de Liverpool.

 

3. "Semillas de girasol" en el Tate Modern, Londres, 2010.

Hasta ahora la obra más famosa de Ai Weiwei es su proyecto de semillas de girasol, una colección de ocho millones de semillas de porcelana pintadas a mano que ocuparon el piso del Tate Modern en Londres en 2010. Representa las masas amontonadas en China y su inmenso potencial para liberarse. La obra se vendió hace poco en una subasta por más de 800 mil dólares americanos.

 

4. El pabellón de verano en la Serpentine Gallery, Londres, 2012.

Esta es otra colaboración con los arquitectos Herzog 3deMeuron. Con un interior revestido en corcho, bancos en forma de hongos y un estanque reflejante, el pabellón de verano recibe críticas muy favorables de entusiastas de la arquitectura. Debido a sus problemas legales, Ai no pudo asistir a la inauguración.

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