Denominación de origen

Denominación de origen

La afición al alcohol muchas veces no es culpa del hombre, sino de la tierra que habita.

Por: Atouk | Fecha: 03/12/12

Está bien. Si quien lee regularmente estas líneas considera que Atouk no es algo más que un alcohólico empedernido con un foro mensual en Esquire, vamos a concedérselo. Pero debo acotar que la culpa no es mía,  sino de la nación que habito, tan generosa en esas plantas puntiagudas que guardan un elíxir divino en su interior. Más aún cuando los efectos del mismo, tan asociados con la liberación de los demonios internos y la apertura cabal del tercer ojo, pueden convertir a un hombre en un extraordinario orador público que recrea el sermón de la montaña, o a una mujer en el monstruo comegalletas, devoradora de ornamentos de harina colgados en una pared.

 

Magueyes. Agaves. Como les queramos llamar. Basta salir de las fauces de las tres grandes metrópolis de este país y recorrer los campos para encontrarles ahí: silvestres, adornando los paisajes semiáridos, madurando con la paciencia que sólo otorga la grandeza y aguardando que acudan los grandes maestros campesinos, los que están conectados con la tierra, a comenzar el ancestral ritual que inicia con la recolección: el corte de las pencas, la extracción de la piña y el rasurado, para que quede expuesto el corazón.

 

Ahí empieza la magia, cuando la piña pasa por la etapa de cocción, que sólo los mejores artesanos de la localidad saben equilibrar, por lo general en un horno de barro o de leña enclavado en la tierra, bien acompañada de los bagazos del maguey y recubierta de la misma tierra de la región, lo que imprime el característico sello ahumado a un mezcal. Después, por supuesto, siguen los procesos de triturado, fermentación, destilación... y ¡salud! Esa es, en definitiva, una de las grandes virtudes del agave: dado que la planta se demora sus buenos años en madurar antes de obsequiarnos con sus brebajes sagrados, una vez que esto ocurre su destilado ya no requiere reposar en ninguna parte que no sea en nuestras sedientas gargantas.

 

 

El abuso ya es asunto de cada quien, que aquí no nos toca hacer el papel de policía del consumo.

 

 

Dado que mi apelación de origen es la de mexicano, no me queda otra más que sucumbir ante los misterios del agave y sus jugos, llámense como se llamen de acuerdo a las denominaciones de origen otorgadas por los organismos reguladores según la región donde son producidos: mezcal, tequila, raicilla, bacanora, sisal, etcétera. Llámese como se llame, pues, viniendo de los distintos magueyes, cultivados o silvestres, curtidos de la tierra de cada rincón geográfico de este querido país, el resultado final es un trago 100 por ciento mexicano, extraído del suelo de la suave patria, de probada cualidad como promotor de la conversación, de la amistad, de la camaradería y de la hermandad entre propios y extraños. El abuso ya es un asunto de cada quien, que aquí no nos toca hacer el papel de policía del consumo.

 

Lo cierto es que si las bebidas del agave se consumen en Mesoamérica desde que comenzó la agricultura, tenemos una obligación con la Historia. En materia de tragos, cada persona es libre de elegir el que le venga en gana, de acuerdo con la ocasión. Sin embargo, vale la pena tomar en cuenta que la elección de los destilados del agave puede ser considerado un acto patriótico digno de las más nobles condecoraciones.

Salud.