Pacífico Occidental: el nuevo Golfo Pérsico

Pacífico Occidental: el nuevo Golfo Pérsico

Es la nueva zona de mayor interés para Estados Unidos. Sólo un problema: China está creciendo y quiere más espacio.

Por Témoris Grecko | Fecha: 11/09/14

 

Si la guerra fuera siempre como esto: barcos guardacostas de países rivales enfrentándose con cañones de agua durante horas, unos y otros barriendo las cubiertas enemigas con potentes chorros. Otras naves menores y desarmadas (40 pesqueros chinos) tratando de aprovechar la confusión para seguir avanzando con el propósito de infiltrarse en aguas en disputa, rumbo a las islas que los japoneses llaman Senkaku y los chinos, Diaoyou. Parecería un juego, pero se trata de algo serio.

 

Aunque no existe un acuerdo internacional que reconozca la soberanía de alguna nación sobre las Senkaku, Japón las ocupa y administra, y no planea ceder terreno en esta zona de valor estratégico. China las quiere; sin embargo, no fue este país el que desplegó aviones caza y barcos militares en las cercanías, listos para "cualquier eventualidad": fue Taiwán, la China insular que, al igual que Japón, depende de Estados Unidos para su protección.

 

Nadie puede negar la complejidad de una región que -mientras los ojos del mundo están en Medio Oriente- es considerada como la más importante para la seguridad del planeta en el siglo XXI.

 

El Pacífico Occidental ha desplazado al Atlántico -eje de la economía y las tensiones del mundo durante cinco siglos- a un segundo plano. Más allá de animadversiones locales, es ahí donde Estados Unidos siente que enfrentará los mayores retos de este siglo. Lo demuestra no sólo en el discurso: ha construido una nueva base con dos mil 500 marines en Darwin, una ciudad en el norte de Australia, y ha reforzado pactos de defensa o establecido nuevos acuerdos con varios países, incluso Vietnam, el último que lo derrotó en una guerra.

 

Todo esto es parte de una reorganización general de sus fuerzas, llamada "rebalanceo" o "pivote", que habrá colocado una buena parte de su Marina en el Pacífico para 2020. El objetivo, teme Beijing, es contener el crecimiento de China. En Washington no se distraen: aquel 25 de septiembre de 2012, la noticia del día para la mayoría fue la cómica batalla de agua en las Senkaku, pero para los analistas de inteligencia fue la puesta en servicio del Liaoning, el primer portaaviones chino.

 

"El Mar del Sur de China es el futuro de los conflictos", escribió el analista Robert D. Kaplan en un artículo publicado en la revista Foreign Policy, en septiembre del año pasado.

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ALTAS PRETENSIONES

 

A lo largo de milenios, China luchó por expandir y proteger sus fronteras terrestres. Hoy, las preocupaciones de Beijing  han dejado de ser los dramas de las minorías tibetana y uigur, los desiertos y las altas mesetas: "Las invasiones que más nos han dañado han provenido del mar", dice Pan Chenchiang, consejero en el China Reform Forum, de Beijing. "Una coalición de potencias occidentales (Gran Bretaña, Rusia, Francia, Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia y Austria-Hungría) y Japón pusieron de rodillas a la dinastía Qing  en 1901. Sus tropas llegaron en barcos. Lo mismo que hizo Japón cuando arrasó medio país entre 1937 y 1945".

 

Desde un concepto de seguridad nacional, para China es vital asegurar el control de su espacio marítimo, que está delimitado por una cadena de islas que empieza en Japón, se alarga por Taiwán (al que Beijing considera como una provincia rebelde), las Filipinas y Borneo, para cerrarse en Vietnam: son los mares Amarillo, de China Oriental y del Sur de China.

 

El problema es que sus vecinos no se sienten fascinados por tales pretensiones, sino que las consideran amenazas. Además, cada uno de ellos mantiene disputas por islas, islotes, cayos y meras rocas sobre el agua, lo que de acuerdo con la legislación marítima les permitiría reclamar soberanía o derechos económicos sobre las aguas circundantes. Éste es el punto donde el tema de seguridad se transforma en un asunto de dinero.

 

Sólo en el Mar del Sur de China, por ejemplo, se captura la décima parte de la pesca mundial, según el South China Morning Post, el principal diario de Hong Kong. Por ahí también transita alrededor de la mitad del tonelaje de bienes comerciales que intercambian Asia y América. Por si fuera poco, algunos expertos en petróleo han acuñado un fuerte apodo para esa zona, que resuena como cañones en los oídos de los analistas militares: "es el nuevo Golfo Pérsico", una frase destinada a llamar la atención sobre la enorme riqueza en reservas de hidrocarburos que se estima que esconde su subsuelo, pero que inevitablemente sugiere graves tensiones bélicas.

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INTERESES ESTRATÉGICOS

 

Taiwaneses y japoneses se miran con recelo en el Mar de China Oriental. La gente de Malasia, Filipinas, Vietnam, Singapur y, por qué no, el sultán de Brunéi, hacen lo propio en el del Sur de China. Los reclamos de unos y otros se basan en dos pequeños archipiélagos deshabitados: las islas Paracel y las Spratly. En todos los casos, el principal rival es China (y el más temible, por su obvio gigantismo). Los proyectos de exploración petrolera de Vietnam y Filipinas, por ejemplo, encuentran objeciones de los chinos que, por supuesto, tienen sus propios planes.

 

La situación, como se ve, es complicada. Es ahí donde entra, sin embargo, Estados Unidos y lo que ve como un derecho y un deber: proteger a sus aliados, garantizar la libertad de navegación en esos mares y hacer sentir que no permitirá que el crecimiento chino lo limite.

 

"Su interés no es sólo estratégico, la región tiene un enorme valor histórico y sentimental para Estados Unidos", dice Mark delas Alas, investigador del Institute for Strategic and Development Studies, de Manila, Filipinas. Delas Alas no menciona la conquista estadounidense de su archipiélago, que en 1898 era una colonia que le fue arrebatada a la corona española por oficiales de la talla de Douglas MacArthur, uno de los únicos cinco hombres que han alcanzado el grado de General del Ejército (General of the Army) en las fuerzas armadas de su país.

 

La gesta de MacArthur es citada con orgullo por sus compatriotas: como comandante de las operaciones en el Lejano Oriente durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados del militar sucumbieron al empuje japonés en Pearl Harbor y fueron expulsados de las Filipinas en 1942. "Regresaremos", declaró. Y como en una película taquillera, lo cumplió de manera apabullante dos años más tarde, cuando sus tropas (entre las que había batallones australianos e incluso un escuadrón aéreo mexicano) tomaron la isla de Ley-te. Antes había tenido que convencer al presidente Eisenhower de que ése era el camino, y no atacar primero la isla de Formosa (Taiwán), como proponían otros, ya que "América tiene la obligación moral de liberar Filipinas". Unos 14 mil estadounidenses murieron en Filipinas.

 

Estados Unidos mantenía en ese país la base naval de Subic Bay, la más grande fuera de su territorio. La arrancó a los españoles en una batalla de 1898, la perdió ante los japoneses en 1942, la recuperó en enero de 1945 y la cerró en 1992, tras la expiración de un tratado entre ambas naciones. Sin embargo, el 7 de junio de 2012, la web militar Stars and Stripes informó que Filipinas le había hecho saber a Washington que podía volver a ocuparla: "Pueden venir, una vez que haya coordinación con el gobierno", afirmó el secretario de Defensa Honorio Azcueta. "Lo que queremos es que haya más ejercicios (militares conjuntos) e interoperabilidad".

 

Es una más de una serie de acciones emprendidas por Estados Unidos en el último año como parte del "rebalanceo" de sus ejércitos: abrió la base en Australia, esbozó un acuerdo para desplegar naves de combate en Singapur y en Tailandia, y dio a conocer un nuevo pacto para solucionar los problemas causados por sus fuerzas en la isla japonesa de Okinawa.

 

No sólo eso: pocos días antes de que se anunciara el acercamiento militar con Filipinas, el 3 de junio, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, descendió del buque destructor Richard E. Byrd, anclado en la antigua base aeronaval de Cam Ranh Bay, en Vietnam, e hizo una visita acompañado de funcionarios vietnamitas. "Hemos avanzado mucho", le dijo Panetta a los reporteros, "en particular con lo que tiene que ver con nuestra relación de defensa". No se dieron a conocer grandes acuerdos entre Hanoi y Washington. El mensaje de proximidad entre los antiguos enemigos, no obstante, fue enviado. ¿Sorprende? No debería. Los pueblos de Asia Oriental y Central siempre han tenido que soportar el enorme peso del gigante de la región, China, a la que necesitan y temen a la vez. Por eso buscan apoyos fuera de la zona.

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NUEVAS INVERSIONES

 

El 17 de noviembre de 2011, en una visita a Australia, Barack Obama declaró: "Que no haya duda: en el Asia-Pacífico del siglo xxi, Estados Unidos está totalmente comprometido". Nada mal para un hombre que nació en Hawai y pasó parte de su infancia en Indonesia. E inevitable para cualquier presidente estadounidense con los pies sobre la tierra.

 

Así presentó lo que se conoce oficialmente como "rebalanceo" de las fuerzas armadas de Estados Unidos. En la práctica, esto se traduce en el traslado masivo de unidades militares al Pacífico Oriental, "no para impedir la ascensión pacífica" de China, quiso aclarar Obama, sino para estar seguros de que se trata sólo de eso, de una ascensión pacífica, y no de que Beijing pretenda alterar en su favor los equilibrios militares en su región inmediata.

 

Los alcances del "rebalanceo" se conocieron durante esa gira de Panetta a principios de junio por el sudeste de Asia, con la que Washington dio imagen a su decisión de reforzar los lazos tanto con sus aliados tradicionales en el área (está ligado por acuerdos de defensa a Australia, Japón, Filipinas, Corea del Sur y Tailandia) como con Vietnam y Singapur. Este traslado masivo de hombres, transportes, armas e infraestructura terminará con el despliegue permanente en el Pacífico del 60% de su Marina.

 

Tal movimiento puede no implicar tantos buques como los que Estados Unidos tenía en 1916, como se ocupó de señalar el republicano Mitt Romney en el debate presidencial del 22 de octubre. Pero, como replicó Obama, se trata de una fuerza de tecnología avanzada: "estas cosas que se llaman portaaviones, sobre las que aterrizan los aviones" y "estos barcos que se sumergen, submarinos nucleares", dijo el presidente.

 

"Que nadie se equivoque, Estados Unidos está rebalanceando y mejorando sus recursos militares en esta región vital de una forma deliberada, constante y sostenible", aseguró Panetta en Singapur. Añadió que se realizaría una serie de "inversiones" para retener la capacidad de "proyectar rápidamente poder militar, si es necesario, para cumplir nuestros compromisos de seguridad" en la región. Detalló que se trataba de nuevos barcos capaces de operar más cerca de las costas enemigas, submarinos de ataque veloz, interceptores de misiles, un bombardero de largo alcance y sistemas de comunicaciones y lucha cibernética fortalecidos.

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GUERRA DE MÚSCULOS? ECONÓMICOS

 

"Construyeron el portaaviones en secreto, durante años", recuerda el filipino Delas Alas. "Pero era un secreto a voces: para verlo en el puerto de Dalin, sólo teníamos que subir al cuarto piso de la tienda Ikea y raspar un hoyo en la cinta gris con la que habían tapado la ventana. Se llamaba Varyag, porque no es nuevo, es un barco de segunda mano, de origen ruso".

 

No parece muy impresionante que los chinos hayan tenido que recurrir a un desecho ruso para convertirlo en su buque insignia. Es apenas un adelanto, sin embargo: reportes de la agencia privada de inteligencia Stratfor indican que Beijing está realizando grandes gastos en misiles balísticos y anti-barcos, bombarderos marinos, submarinos capaces de llevar misiles y torpedos, todos diseñados para hacer que las operaciones dentro de lo que llama "primera cadena de islas" (los mares vecinos) resulten demasiado riesgosas para la aviación estadounidense. También trabajan en armas cibernéticas y anti-satélite para "cegar" las redes de comunicaciones enemigas. Desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos había operado desde bases y portaaviones que sus oponentes no podían alcanzar. Eso ha cambiado.

 

Panetta les explicó la situación a los ministros de defensa del sudeste de Asia, reunidos en lo que se llamó Diálogo de Shangri-La, en Singapur, del 1 al 3 de junio pasado. Y quiso tranquilizarlos al revelarles que Estados Unidos está desarrollando una nueva estrategia, llamada Batalla Aeromarítima (AirSea Battle), pensada para desarrollar las llamadas "capacidades anti-acceso/rechazo de área" (A2/AD) que están siendo adquiridas por rivales tecnológicamente avanzados como China. "Anti-acceso" consiste en evitar que una fuerza entre en un área de operaciones. "Rechazo de área" es que, si consigue ingresar, pague un alto costo. Que puede ser, tal vez, demasiado alto.

 

Yang Yiechi, ministro de exteriores chino, se hizo famoso por declarar, en una reunión con sus pares del sudeste de Asia en 2010, que "China es un país grande y los demás países son pequeños, y eso es simplemente un hecho".

 

Algo que no sólo han constatado muchos de sus rivales comerciales. Estados Unidos ya empieza a padecerlo. En la actualidad, sus líderes encuentran confort al señalar ante sus electores que, a pesar de sus crecientes dificultades económicas, su gasto militar sigue siendo mayor que el del resto del mundo junto. La supremacía no está en peligro. ¿O sí?

 

De acuerdo con el Stockholm International Peace Research Institute (sipri), una organización sueca dedicada a monitorear el gasto militar, el de China creció de 30 mil millones de dólares en 2000 a 120 mil millones en 2010, y el de 2012 probablemente alcanzará los 160 mil millones. Aunque Estados Unidos todavía tiene un presupuesto militar equivalente a cuatro veces y media el de China, la tendencia sugiere que Beijing podría superar a Washington en 2035.

 

Además, la crisis en Estados Unidos ha forzado cortes presupuestales en un renglón antes intocable, el de defensa, y serán grandes: al menos 487 mil millones de dólares en los próximos 10 años, y es posible que unos 500 mil millones adicionales si el Congreso no acuerda subidas de impuestos o reducciones en otras áreas.

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ESTRATEGIA INCOHERENTE

 

"Rebalancear sale caro", apunta el chino Pan Chenchiang, quien no sólo anota que a Estados Unidos no le sobra dinero, sino que no es creíble que pueda recortar sus gastos militares en otras zonas tanto como para aumentarlos significativamente en el Pacífico: "no puede desatender sus intereses en el resto del mundo". Además, "generar tensiones e inflamar disputas territoriales es jugar con fuego", añade, para cerrar con un tercer argumento: "Están dejando un asunto crítico sin responder, que es el tipo de rol que debe jugar China en la estructura de seguridad calculada por Estados Unidos para el Asia-Pacífico. Pueden creer que deben contener a China, pero Estados Unidos sabe muy bien que China se ha vuelto un socio indispensable para su prosperidad económica y seguridad sostenida. Esta mentalidad ambivalente, esquizoide en Washington seguirá haciendo que su política hacia China sea inconsistente, inestable e irracional. Por lo tanto, el rebalanceo seguirá siendo una estrategia incoherente y confusa".

 

También en Occidente hay respetados académicos preocupados por el rumbo de la política estadounidense. Nathan Freier, del Center for Strategic and International Studies, un think tank ubicado en Washington, argumenta en su ensayo "Challenges to American Access: The Joint Operational Access Concept and Future Military Risk", publicado el 5 de enero, que aunque un conflicto con China "podría ser el juego de circunstancias más letal", también es "el menos probable y el más especulativo".

 

Para Estados Unidos, el problema es China con la mayor agresividad que despliega en sus disputas territoriales con sus vecinos del área, y para controlar sus mares adyacentes. Para Beijing, en cambio, el error está en que Washington se mete en asuntos ajenos, lo cual, como estableció la agencia oficial de noticias china Xinhua, "aparentemente ha animado a ciertas partes relevantes", en referencia a las naciones vecinas, "a lanzar provocaciones contra China".

 

El australiano Hugh White, un prominente analista de asuntos de Asia-Pacífico, advierte en contra de la creación de una "relación de rivalidad estructural" entre Estados Unidos y China. En su nuevo libro The China Choice, White plantea que Estados Unidos tiene tres opciones: tratar de resistir el reto chino, como lo hace ahora; ceder ante la dominación regional china, lo que sería inaceptable para muchos estadounidenses y atemorizaría a sus aliados, o negociar "un nuevo orden en que la autoridad y la influencia chinas crezcan lo suficiente para satisfacer a los chinos, y que al mismo tiempo Estados Unidos siga siendo importante como para asegurar que China no haga mal uso de su poder".

 

¿Qué escogerán los estadounidenses? ¿Y los chinos?

 

Un miembro del Partido Comunista en Guanzhou (Cantón), que habla con Esquire bajo la condición de preservar su anonimato, lo plantea así: "El incremento de la conflictividad en la región es absolutamente lógico y, por lo tanto, lo tenemos previsto. No es nuestra intención buscar el enfrentamiento. Pero hasta cierto nivel, es inevitable, porque China está creciendo y el que crece, necesita más espacio. Hasta ahora, ese espacio lo han ocupado otros, incluso algunos que no tienen por qué medrar en nuestra región, es decir, Estados Unidos. Naturalmente, lo van a tratar de defender. Pero no podrán porque, mientras unos crecen, otros pierden talla y peso". Por eso, prosigue, hay que ver esta situación como algo normal, aunque, advierte, "no carente de riesgos, porque hace falta talento y mesura en todas las partes para jugar este juego sin romper el tablero. No voy a hablar de los políticos de mi país. Pero si los de Washington quieren hacer política local, ganar votantes y patrocinadores, atacando a China, será más fácil que se enreden en su propio discurso y acaben tomando decisiones exageradas que provoquen que las cosas se salgan de control, y esa conflictividad crezca más allá de los niveles manejables. Entonces sí estaremos en muy graves problemas".

 

Aun peor que las disputas entre taiwaneses y japoneses, con sus guerritas de agua: lo que Kaplan denomina "el futuro de los conflictos" podría reeditar la situación de una Alemania creciente y una Gran Bretaña suspicaz de hace un siglo. O no.